Adiós a John Hurt: Mucho más que la primera víctima de ‘Alien’

No era alto. No era guapo. No estaba cachas. El actor inglés que falleció el viernes, era un icono de la cultura popular gracias a papeles memorables en películas y series inolvidables. Nos despedimos de él recordando sus logros más allá de Alien, de Harry Potter y de El hombre elefante.

Una buena prueba de los poderes interpretativos de John Hurt tuvo lugar, quién lo iba a decir, en su escena más célebre: el famoso ‘momento revientapechos’ de Alien, el octavo pasajero (1979). Allí, el actor inglés aparecía rodeado de un guaperas (Tom Skerritt), de dos de los mejores actores de carácter de la historia (Harry Dean Stanton Yaphet Kotto), de dos profesionales discretos y eficientes (Veronica Cartwright Ian Holm) y de una Sigourney Weaver (Sigourney Weaver): justo la clase de reparto que podría ensombrecer al más pintado, sobre todo ante un público ignorante de lo que estaba por ocurrir. Para colmo, Hurt -un tipo que, hasta entonces, se había hecho valer gracias a su talento para el histrionismo- encarnaba a un personaje sin más rasgos aparentes que su timidez, su voz temblorosa y su condición de víctima. Y, sin embargo…

Sin embargo, decimos, Hurt se convertía en el gancho perfecto para el bromazo que Ridley Scott, los guionistas (Dan O’Bannon, Ronald Shusett) y el equipo de efectos especiales habían preparado tanto para el reparto (sí, la escena se rodó por sorpresa, y la cara de asco de la Cartwright es real) como para los espectadores. Porque, en cuestión de segundos, aquel señor tan poquita cosa se convertía en una máquina de estertores y borborigmos: en el eje dramático del parto más antinatural, más primigenio y más famoso del cine de ciencia-ficción. Hacía falta un intérprete como una catedral para producir un momento así. Y, más allá de una celebridad puntual, John Hurt fue el hombre más adecuado para esa tarea.

Aunque la falta de perspectiva histórica pueda hacérnoslo olvidar, John Hurt ya había destacado entonces por interpretar a personajes que mostraban el reverso putrefacto de la normalidad, bien por sus actos, bien por las circunstancias que les envolvían. Cuando se estrenó Alien, por ejemplo, los espectadores británicos habían disfrutado de su Calígula sangunario y locaza en Yo, Claudio (1976) y, sobre todo, de El funcionario desnudo (1975), un telefilme basado en el libro autobiográfico de Quentin Crisp en el que un Hurt pintado como una puerta se despedía del público (tras 77 minutos de palizas, de denuncias, de redadas en baños públicos y de profunda soledad) con las siguientes palabras: «Os desafío a que tratéis de herirme: no podréis, porque ya he pasado por lo peor. Ahora ya no podéis tocarme. Soy la maricona oficial de Inglaterra».  Calcúlese el efecto de estas palabras en el año en el que fueron emitidas por televisión, y se entenderá que El funcionario desnudo fuese el papel que le dio la fama a John Hurt en su país de origen.

Así pues, el talento de Hurt destacó, más que en dramas o comedias ‘convencionales’, en películas que le permitían cruzar al otro lado de lo aceptable o de lo esperable. Así lo supieron ver tanto David Lynch (rodando El hombre elefante -1980-, el actor sufrió lo suyo… y nos hizo sufrir a nosotros) y Mel Brooks, quien contó con él tanto para interpretar al mismísimo Jesucristo en La loca historia del mundo (1980) y para reírse de su momento más célebre en La loca historia de las galaxias (1987). El actor, al hablar de estas dos intervenciones, se reía de la tacañería de Brooks: «Me decía: ‘Ven, que la escena es corta y te pagamos el hotel. Te lo vas a pasar estupendamente’. Y, cuando llegaba a plató, me encontraba con un circo que debía haber costado millones de dólares, y que seguramente no se hubiera podido rodar si yo no hubiera aceptado cobrar el salario mínimo». A cuenta de su papel en La resurrección de Frankenstein (1990), Hurt también sentenció aquello de «todo el mundo debería trabajar con Roger Corman al menos una vez en la vida», con lo que su aprecio por la serie B y el cine de guerrilla debe tomarse como sincero.

Otro que supo hacer justicia al potencial de Hurt fue Jim Henson, quien contó con él para que interpretase al personaje titular en su serie El cuentacuentos (1987-1988). Otro papel que le exigió pasar horas en manos de los maquilladores, y en el cual daba rienda suelta a su apabullante versatilidad siendo un anfitrión hospitalario y amenazante a la vez (incluso aunque pasara la mayor parte del minutaje charlando con un perro de trapo). Una versatilidad de la cual tuvimos pruebas innúmeras con el tiempo. En el Dead Man de Jim Jarmusch y el Wild Bill de Walter Hill, por ejemplo: dos filmes estrenados en el mismo año (1995) y que expresaban visiones diametralmente opuestas sobre el western. En sus películas para Lars Von Trier, bien como narrador (Dogville, 2003, Manderlay, 2005), bien frente a la cámara (Melancolía, 2011). Adoptando a un demonio cornudo en la primera entrega de Hellboy (2004). O poniéndole piel, huesos y decadencia al espionaje cutre de John Le Carré en El topo (Tomas Alfredson, 2011).

Y, claro, también estuvieron sus apariciones puntuales en algunas entregas de la saga Harry Potter, y ese líder vociferante en V de Vendetta (2005). Un papel, este último, que permitió a Hurt cachondearse de su pasado una vez más (él había sido Winston Smith en la cenicienta versión de 1984 rodada por Michael Radford) a costa de quitarle toda la chicha al personaje concebido por Alan Moore. Una de las cosas que más rabia nos dan sobre John Hurt, ahora que tenemos que tragar con la noticia de su muerte, es que jamás rodase un largo con Terry Gilliam, un director para cuyo estilo deformante y demencial parecía predestinado. Pero, incluso ante dicha certeza, el muy zorro nos tuvo preparada una broma. Porque su personaje en Rompenieves (Bong Joon-ho, 2013) se llamaba, precisamente… Gilliam. Así fue la carrera de John Hurt: un conjunto de desafíos, de piruetas, de trabajos alimenticios y de saltos al vacío que, en cierto modo, justificaba el amor que algunos profesamos por el cine.

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