«Advertencia: el porno perjudica seriamente la salud (mental)»

El gobernador del estado de Utah firma una resolución declarando a la pornografía como un problema de sanidad pública. Reírse de ello es fácil, pero pensar a fondo sobre los efectos del sexo audiovisual sobre sus espectadores y espectadoras (sobre todo los más jóvenes) es, aún, una asignatura pendiente.

A primera vista, parece un chiste. Y, en el fondo, lo es: resulta que, según The Vergeel gobernador del estado de Utah Gary Herbert ha firmado una resolución en la que señala un grave problema para la salud pública, «responsable de un amplio abanico (…) de daños a la sociedad», que afecta especialmente a los más jóvenes y cuyos efectos deletéreos socavan los pilares de las instituciones, sobre todo de la familiar. ¿Cuál es ese problema? Pues nada menos que el porno. El texto, que no tiene valor de ley, señala la necesidad por parte de las autoridades de tomar «medidas preventivas, educativas, de investigación y normativas» para contrarrestar la plaga que supone el sexo audiovisual. Por lo pronto, el republicano Herbert ha señalado que sus intenciones no apuntan a prohibiciones o censuras, sino más bien a llevar a cabo campañas que disuadan al público de presenciar actos sexuales a través de una pantalla.

Como decíamos, hay muchas razones para reírse de la resolución, o incluso para preocuparse por sus efectos. Sin ir más lejos, el hecho de que Utah, el territorio estadounidense donde ésta ha sido promulgada, sea el feudo (religioso, pero también social y político) de la muy reaccionaria iglesia mormona puede mover a la risa floja a aquellos que hayan visto la película Orgazmo o el musical The Book Of Mormon. También cabe considerar que Herbert (un antiguo misionero mormón, educado en la Universidad Brigham Young y ex miembro de la Guardia Nacional) se ha ganado titulares por su homofobia y su oposición al matrimonio igualitario. Por último, es inevitable fijarse que su texto se apoya en argumentos que, o bien se caen de puro viejos («La pornografía normaliza la violencia y los abusos contra mujeres y niños») o bien pueden ser duramente cuestionados tanto por los usuarios, y especialmente por las usuarias (y por las profesionales) del cine X desde múltiples ángulos. Sin ir más lejos, aquel que reza:«La pornografía equipara la violencia contra mujeres y niños con el sexo, y el dolor con el placer». Sumando a todo esto sus referencias a las «conductas sexuales desviadas», una lectura rápida del asunto invita a mandar éste a paseo, no sin antes recurrir a un meme muy socorrido.

Está claro que la resolución de Utah es sensacionalista, torticera y, en potencia, un arma para atacar la libertad de expresión. Pero las peores mentiras son aquellas que conllevan una parte de verdad, y entre sus párrafos encontramos verdades que duelen. Sin ir más lejos, aquella que afirma que el consumo de porno es cada vez más abundante entre los menores de edad, y que éstos acceden al ñogo ñogo filmado a edades cada vez más tempranas. Lo cual, si ya de por sí resulta problemático, se vuelve preocupante cuando sale a relucir otra certeza: que el porno, especialmente el porno mainstream y accesible, difunde entre sus consumidores estereotipos de conducta y de imagen corporal tan asfixiantes y, sí, tan dañinos como aquellos promulgados por cierta publicidad, cierto cine (sin sexo explícito) y, en general, todos esos contenidos culturales que nos dicen qué pinta debemos tener, cuánto debemos pesar, cómo debemos relacionarnos con el prójimo y, según vemos, cómo debemos follar. Contenidos que afectan en su mayoría y para variar, pero no exclusivamente, a las mujeres.

Para examinar a fondo un asunto como este, hay que documentarse. Y, sentimos decirlo, una búsqueda en Google sobre los efectos sociales y psicológicos del porno resulta desalentadora: los estudios académicos abundan menos de lo que cabría esperar, y en general uno va a encontrarse, bien con webs que apuntan al tema desde la inspiración religiosa, ultraconservadora o ambas cosas), bien con contenidos que, como suele ocurrir cuando la prensa generalista aborda un tema de ciencias sociales, apuestan por el alarmismo o por el cachondeo sin demasiada base real. Por suerte, hay excepciones, como el muy interesante blog Your Brain On Pornque enfoca el consumo de sexo audiovisual desde el punto de vista de la neurociencia y (uf…) desde el estudio de las adicciones. Por otra parte, tenemos este estudio firmado por un estudiante de UCLA (resumido por la BBCen el cual obtenemos conclusiones esclarecedoras: que, si bien la pornografía no resulta adictiva o destructiva per se (y, estamos seguros, multitud de lectoras y lectores de CANINO podrían validar esto), un consumo excesivo y desinformado sí puede serlo. O que la producción más comercial del género, con su afán de recaudar pasta, ofrece productos muy objetables, no desde la moral y las buenas costumbres, sino desde la ética (incluso un director como Jules Jordan, nada sospechoso de remilgos en su trabajo, afirma sentirse a veces asustado por las demandas del público).

Pero también, y sobre todo, que la tarea del investigador es evitar falacias como la confusión de relación y causa: de acuerdo con Neil Malamuth, autor del estudio, muchos consumidores de porno experimentan éste como «una parte normal y positiva de sus vidas sexuales». Por otra parte, advierte Malamuth, la cosa cambia si el consumidor (especialmente el masculino, ya que las miras del análisis están puestas en la violencia sexual) presenta factores de riesgo. «Entonces», indica, «es como echar gasolina a una hoguera». De ahí que, según declara el investigador, aún queden muchos pasos que dar en el estudio serio de sus efectos. A lo cual, podemos apuntar nosotros, también hace mucha falta un vistazo serio a las formas de producción y de consumo: como sabemos, el porno es una industria, centrada en la ley del máximo beneficio y los mínimos costes, en la cual encontramos reflejos (amplificados muchas veces hasta lo grotesco) de brechas y discriminaciones presentes en cualquier ámbito laboral. Sin ir más lejos, para encontrar algo que se parezca a normas de seguridad y códigos deontológicos declarados ante el público tenemos que irnos a una productora de vídeos BDSM como Kink, la cual no ha estado tampoco exenta de polémicas. Y las confusiones entre la realidad tras las cámaras y la imagen pública del star system pueden dar lugar a casos tan desagradables como el escándalo de James Deen Stoya.

Desde un punto de vista más informal, pero muy documentado, podemos remitirnos a nuestra querida Erika Moendibujante de cómics muy aficionada al porno (y al sexo, en general), autora del estupendo blog en viñetas Oh Joy, Sex Toy! Entre reseña y reseña de aparatitos para dar gusto en el lecho, o en cualquier parte, Moen y su marido y coguionista Matthew Nolan tienen tiempo para hablar de mores sexuales, incluyendo aquellas que afectan al cine X. Y, a grandes rasgos, sus tebeos apuntan varias cosas muy sensatas: por ejemplo, que los estereotipos que imponen un determinado físico para los intérpretes (masculinos y femeninos) y unas determinadas conductas frente a la cámara resultan, no sólo irreales o discriminatorios, sino también aburridos. Y, por otra parte, que una auténtica actitud positiva hacia el sexo no sólo implica disfrutar de prácticas y representaciones, sino también criticarlas cuando toca y, lo más importante, respetar las opciones de quienes no las comparten. El dictámen de Moen y Nolan podría resumirse en que nos vendría bien fijarnos menos en el porno y más en el folleteo propiamente dicho. Y, también, pensar más sobre todo ello en lugar de limitarnos a consumir.

A estas alturas, la resolución del gobernador Herbert nos sigue pareciendo cosa de risa. Pero también es verdad que, si no nos molestamos en seguir (buenos) ejemplos acerca de cómo estudiar la pornografía, la tarea de censurar sus malos efectos caerá en manos de los sectores más reaccionarios, con las consecuencias que podemos imaginar. En todo caso, el guante está ahí: a ver qué fuerzas progresistas se atreven a recogerlos. Y, ya que estamos, a ver cuándo alguien hace algo parecido respecto a según qué revistas de moda o según qué anuncios de cosméticos.

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