‘Aggretsuko’ y la explotación laboral en clave de kawaii death metal

Una afable panda roja que esconde una faceta oculta, oficinistas a la merced de un cruel jefe, romances fallidos, amistades en yoga y la liberación de las frustraciones diarias a través de la música. Todo esto y más nos ofrece un anime que apuesta por el humor y las situaciones cotidianas para hablarnos de la realidad de muchos trabajadores.

Netflix parece haberle cogido el gusto a eso de los especiales navideños. Tras el espectacular regreso de Neo Yokio (2017-) y el insulso capítulo de Las escalofriantes aventuras de Sabrina (2018-), le ha llegado el turno a Aggretsuko (2018-), una interesante comedia de animación japonesa que se encuentra disponible en la plataforma de streaming. Su planteamiento sencillo, su estética kawaii y su empleo del death metal como motor de los pensamientos internos de la protagonista sirven para narrar la monótona vida de la panda roja Retsuko, que descarga la ira que acumula durante el día debido a su estresante labor como oficinista soltando guturales a todo pulmón en una sala privada de karaoke.




Con tan solo una temporada a sus espaldas, en CANINO la hemos considerado una de las mejores series del año. Su visionado resulta sencillo y maratoneable, ya que consta de 10 capítulos que rondan los 15 minutos, en los que se nos presenta un variopinto universo de adorables animales antropomórficos que llevan unas vidas tan comunes como las que podrían tener sus espectadores. Con esta mezcla de agilidad, ingenio y estética es fácil engancharse, como también lo es empatizar con la pobre panda, que a sus 25 años intenta mantener las apariencias en un trabajo del que se siente prisionera mientras desahoga sus frustraciones como puede. Y además de amena, es muy divertida por cómo aúna estos elementos y porque entre sus gags reconoceremos que, en algún momento, todos somos, hemos sido o seremos esa superada Retsuko que necesita gritar con fuerzas lo que siente realmente.

La fauna que habita cualquier oficina

A través de una sencilla pero efectiva animación estilo flash seguimos la rutina de esta panda roja en el departamento de contabilidad de una empresa situada en pleno Tokio. Allí es donde descubriremos un limitado abanico de personajes, suficientes para identificar algunos de los individuos con los que podemos toparnos en cualquier otra oficina, desde el jefe capullo que (literalmente) es un cerdo machista a la lagarta (de nuevo, literal) que te encasqueta todo el trabajo, pasando por el pelota, la cotilla de turno, el compañero que no da un palo al agua o la adicta a las publicaciones en las redes sociales.  

Es cierto que a primera vista reconocemos multitud de clichés, pero son empleados de manera inteligente, de forma que los personajes no resultan meros estereotipos, pues se muestran distintas facetas de sus personalidades y motivaciones. Gracias al mimo volcado en su caracterización externa e interna, todos cuentan con un carisma y profundidad que le otorgan realismo e interés a este mundo regido por animales.

La adorable estética de la serie es una de las primeras cosas que llaman la atención. Todo es absurdamente mono, lo que hace especialmente hilarante toparnos de golpe con una escena en la que Retsuko comienza a vociferar con agresividad. Este contraste es uno de sus puntos fuertes y tiene mucho que ver con las apariencias, tema central de la ficción. Nos guste o no, las fachadas importan. Y todos tenemos que mantenerlas en algún momento, especialmente en el trabajo, donde un desliz puede costarnos el puesto (y, por ende, el subsistir). Eso motiva que la panda sueñe despierta con escapar del sufrimiento que le causa su rutina, incapaz de mostrar realmente lo que está pensando; algo que desde la cultura occidental podemos entender, pero que cobra aún más sentido si tenemos en cuenta la tradición y el carácter típico de la sociedad japonesa.

Detrás del proyecto se encuentra la compañía Sanrio, creadora de otro icono de lo cuqui: Hello Kitty. Pero su ideador es Rareko, que primero había trabajado en una serie de cortos de un minuto conocidos con el nombre de Aggresive Retsuko (2016-2018) y emitidos en la cadena TBS, que ampliaron su duración cuando Netflix se interesó por el proyecto para desarrollar una temporada completa. Director y guionista de Gakkatsu! (2012), en Aggretsuko Rareko también toma el control creativo y, atención, presta su voz a la protagonista cuando canta.

Identidad y escape en una orquesta vacía

Bajo esta cotidianidad y un aire un tanto surrealista se esconde mucha mala baba, ya que crea una sátira del mundo laboral que esboza con acierto situaciones con las que seguramente nos hayamos encontrado. Pero también es interesante la vida de la protagonista más allá de esas anodinas cuatro paredes, pues nos descubre otros problemas a los que debe -y debemos- hacer frente: las dificultades asociadas a la independencia, la envidia ante el éxito ajeno, los planes que no salen adelante, la presión para encontrar pareja o las viejas amistades que se van perdiendo en parte por culpa de los horarios imposibles de cuadrar, en parte por la pérdida de cosas en común.

Profundicemos más en la construcción de la identidad mostrada en la serie a partir de estas tramas (eso sí, con SPOILERS a partir de este punto). Desde el principio vemos claramente que Retsuko no puede soportar más su trabajo, aunque es incapaz de expresarlo en voz alta. Llega hasta el punto de plantearse algo tan machista y anticuado como casarse con un hombre adinerado para poder vivir de su marido. Incluso comienza a hacer ejercicio y maquillarse con la esperanza de dar un braguetazo. Y, en estas, conoce en una cita a ciegas a su “príncipe empanado”, con quien comienza un romance en apariencia idílico.

Este mundo de rosa es tan solo otra evasión, un nuevo escape que muestra una relación poco sana de una forma que se ha visto poco en la ficción. Reasuke es otro panda rojo, motivo por el que ella siente que están hechos el uno para el otro. Pero su novio es incapaz de comprenderla y ni siquiera parece actuar movido por sus propios sentimientos. No hay comunicación, ni una conexión verdadera. Tan solo el deseo de estar con alguien, un impulso tan fuerte que la lleva a anular su verdadera personalidad.

Por fortuna, Retsuko había entablado amistad con dos importantes empresarias a las que admira gracias a las clases de yoga -que imparte un peculiar y descacharrante instructor canguro-, a las que empezó a acudir para tonificarse. Es a través de esta relación y de la sinceridad entre mujeres que comprende que no puede seguir en esa situación. Se arma de valor y le muestra a Reasuke su verdadero yo de la única manera que sabe: cantando death metal en el karaoke. Ahí es cuando acaba el hechizo y puede ver que, en realidad y aunque su novio la acepta tal y como es, no está enamorada. De esta manera, al final de la temporada regresa un poco al punto de partida inicial: soltera, frustrada y con un trabajo que odia. Aunque, al menos, le queda la compañía y apoyo de la serena Washimi y la entusiasta Gori.

Demasiado formal para tomar medidas, en cierta manera Retsuko también se ha acomodado en esa vida que no disfruta. Por eso, aunque la desilusión que siente va más allá de lo que sucede en la oficina, sigue estrechamente relacionada con su ambiente laboral y las duras condiciones que debe sufrir a causa del trabajo asalariado, las excesivas responsabilidades que asume en él, la falta de tiempo libre y el sentimiento de agotamiento físico, mental y existencial que resume el de toda una generación.

Pesadilla antes de Nochebuena

Diciembre se convierte con facilidad en una trampa económica (esos regalos que nos vemos obligados a comprar), social (las ineludibles comilonas navideñas) y personal (la crisis que llega con la evaluación de lo acontecido a lo largo del año). En Aggretsuko son bien conscientes de ello y en Feliz Navidad y próspero Heavy Metal han aprovechado unas fechas tan señaladas para mostrar los perjudiciales efectos que puede tener la obsesión por las redes sociales y así seguir hablando de la frustración vital que empapa nuestras vidas.

Alejándose de un tropo muy común como es ese círculo del infierno reservado para las cenas de trabajo, la historia se centra en la reciente fijación de Retsuko por Instagram, donde intenta aparentar a través de cuidadas fotografías que lleva una existencia de ensueño completamente alejada de la realidad. Su (inconsciente) objetivo es compensar las carencias emocionales a través del reconocimiento en el plano online. Acaba tan absorta en su esfuerzo por ser una influencer que se olvida hasta de organizar un plan para Nochebuena. Desesperada, intentará por todos los medios encontrar algo interesante que hacer -y fotografiar- esa noche, acudiendo a todos sus conocidos en busca de compañía, sin éxito.  

La soledad es un sentimiento omnipresente en el episodio, representada a la perfección por el personaje de Haida, la hiena y compañero de trabajo de Retsuko, que está enamorado de su amiga y no puede evitar beber los vientos por ella a pesar de haber sido rechazado. El miedo a una nueva negativa le impide invitarla a la fiesta a la que iba acudir con unos amigos y lo sume en la miseria, en una trama que se dirige preocupantemente a la tradicional historia del nice guy que consigue a la chica tras mucho esfuerzo. Más allá de la subtrama romántica, el mensaje final es que es mejor dejar de lado el postureo y disfrutar de esos pequeños (e imprescindibles) momentos, en apariencia insignificantes, como tomar un tazón de fideos recién hechos en un lugar cutre y nada instagrameable junto a tus mejores amigas.

Fiel a su esencia metalera, este capítulo ha contado con una contribución especial: la de Tim Timebomb, cantante del grupo punk Rancid, que ha versionado el conocido villancico Jingle Bells para el especial, de nuevo escrito y dirigido por Rareko. Una vez más, la música se utiliza como vehículo para superar los desengaños, para lanzar el mensaje de que los hobbies forman parte de nuestra personalidad y, sobre todo, para reivindicar la importancia de dejar de lado las apariencias y mantenerse fiel a uno mismo como forma de alcanzar la felicidad, aunque sea de manera momentánea.

Concisa, directa y cañera, Aggretsuko no defrauda demasiado y se sigue perfilando como una socarrona propuesta, un karaoke personal al que acudir para liberar el malestar acumulado a lo largo del estresante día a día. Afortunadamente, en 2019 podremos volver de nuevo a esta sala privada, ya que Retsuko regresará en una segunda temporada para continuar divirtiéndonos con ese ácido reflejo de nuestra propia existencia.

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