Alan Moore se retira: la historia del cómic pasa página

Tras cuatro décadas de actividad, Alan Moore ha anunciado que no piensa seguir escribiendo para las viñetas a fin de evitar convertirse en una vieja gloria. Nos despedimos del mago de Northampton recordando su decisiva y única influencia en el medio: una huella que va mucho más allá de Watchmen V de Vendetta.

Es un tópico enorme, pero hay que decirlo: ahora que Alan Moore (Northampton, 1953) ha anunciado su jubilación como guionista de cómics, el arte de la viñeta queda con un vacío que le costará mucho rellenar. Porque, a diferencia de otros artistas que toman decisiones similares, este escritor inglés aún sigue en activo, y produciendo obras tan interesantes como Providence, su acercamiento (satírico y deconstructivo, cómo no) a la obra de H. P. Lovecraft. Así pues, y aunque el tópico haga referirse a él como “el autor de Watchmen y V de vendetta”, no estamos hablando en absoluto de una vieja gloria.

Y, precisamente, la negativa a convertirse en una vieja gloria es la clave de la decisión del autor. Con 62 años a cuestas, con su mastodóntica segunda novela, Jerusalem, recién publicada en inglés (en España, seguramente, Planeta se hará cargo de su edición en castellano), y habiendo ya anunciado su intención de retirarse de la vida pública en 2014, Moore lo tiene claro. “Ya he hecho bastante con los cómics”, ha declarado Moore en la presentación de su libro. “He hecho todo lo que puedo. Creo que, si siguiera trabajando en los cómics, las ideas acabarían sufriendo sin remedio, acabaríais viéndome recorriendo caminos trillados, y creo que tanto vosotros como yo os merecéis algo mejor que eso”Aun así, el guionista afirma que todavía le quedan “unas 250 páginas” de guiones por escribir, entre ellas la conclusión a La liga de los caballeros extraordinarios, una de sus obras recientes de trazado más laberíntico, elaborada junto al (también mítico y veterano) dibujante Kevin O’Neil. También junto a O’Neil, Moore desea concluir Cinema Purgatorio, una sátira del séptimo arte y sus topicazos. Y, por último, quiere terminar “esa cosa de Lovecraft”. Es decir, Providence.

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Las despedidas invitan a mirar atrás, y, en el caso de Moore, esa mirada retrospectiva abarca un territorio vastísimo e inclasificable. Un territorio que comienza cuando a un chaval de familia pobre es expulsado del instituto por trapichear con LSD entre sus compañeros. Sin ningún título académico, y con una carrera profesional que incluyó trabajar en una curtiduría (retirando sangre y entrañas de vaca a chorros de manguera, y aguantando un olor nauseabundo), nada presagiaba entonces que aquel Alan Moore, cuyo primer trabajo estable en el cómic fue escribir y dibujar tiras humorísticas para el New Musical Express, acabaría convirtiéndose en el mayor y más luminoso faro para las nuevas vías del cómic de los 80. Un faro que prendió cuando la revista 2000 AD (aquel espumarajo de subversión devorado por los adolescentes británicos) fichó a Moore como guionista. Y cuyo haz de luz apuntó desde el principio a la deconstrucción perpetua: primero, aún en el Reino Unido, de los superhéroes de la ‘Golden Age’, mediante Miracleman (1982-1984), y de la política en los cómics mediante la larga, tortuosa gestación de V de Vendetta, que comenzó también en el 82. Después, introduciendo ideas prestadas de su amigo Michael Moorcock en el universo Marvel, mediante su trabajo en Capitán Britania. Y, cuando Len Wein lo fichó para DC, poniendo patas arriba los tópicos del género de terror mediante su mil veces revisable La Cosa del Pantano.

Escribiendo las aventuras del monstruo-héroe más fangoso, Moore incorporó aires nuevos (y putrefactos) a un panorama que apenas se había movido desde los días de la EC y de La tumba de Drácula. Aires que venían de Ramsey Campbell, de Clive Barker y de lo mejorcito del terror literario publicado en la época. Pero, claro, después llegó Watchmen (1986-1987), y el tema de discusión quedó sentado para siempre. Aunque la terrible historia de Ozymandias, el Doctor Manhattan, Rorschach y demás psicópatas con disfraz haga colgarle demasiado a menudo el sambenito de “hombre que mató a los superhéroes”, Alan Moore ha insistido en que su intención no era esa. Aún ahora, en su despedida, afirma que los aventureros enmascarados fueron cruciales en su formación como autor, y que sigue viendo a la obra de Stan Lee, Jack Kirby y otros titanes como “una forma perfectamente respetable, y, a menudo, hermosa, de entretenimiento para niños”. Poniendo al género en solfa, su intención era evidenciar cómo el deseo de hacerlos ‘madurar’ a base de oscuridad forzada significaba condenarlos a perecer, aplastados por sus contradicciones. Un proceso que, a su pesar, no fue interrumpido por su obra: “Tal vez los centenares de miles de adultos que van a ver la última película de Batman tengan una buena razón para hacerlo, pero a mí se me escapa”, bromea. Cabe señalar, eso sí, que el Señor de la Noche protagonizó una de las obras de las que se siente menos satisfecho durante su etapa en DC (Batman: La broma asesina1988). De hecho, Moore afirma ahora estar “absolutamente harto” del antihéroe de Gotham City.

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El hecho de que, a Moore, Batman le dé asco, es perfectamente normal. Porque, como anarquista confeso y practicante, el escritor ha sido mucho menos cínico de lo que, a menudo, se le suele considerar. Por más que la tercera de sus obras capitales (From Hell, 1989-1999, junto a Eddie Campbell) abordase los crímenes de Jack el Destripador desde una perspectiva tan alucinada como rigurosa, por mucho que su carrera le haya llevado a ver el lado más feo de la industria (su enemistad con DC, por razones de propiedad intelectual, es legendaria) y por mucho que se haya visto obligado a aparcar proyectos ambiciosísimos (Big Numbers, junto a Bill Sienkiewicz, inconclusa) mientras se ponía al borde de la ruina económica, el tono de su obra siempre ha puesto en un lugar preferente a aquellos que aspiran a mejorar el mundo, bien con superpoderes (véanse Tom Strong, Promethea Top Ten, criaturas generadas para su proyecto editorial America’s Best Comics), bien sin ellos. Pocas veces eclosionó más abiertamente el espíritu libertario de Moore que en Lost Girls, la obra abiertamente pornográfica creada al alimón junto a su pareja, Melinda Gebbie, a partir de 1991. Y cuya trama expone, a partir de parodias de clásicos de la literatura juvenil (Peter Pan, El mago de Oz, Alicia en el País de las Maravillas) cómo la violencia y la estupidez acaban degradando los goces de la vida. Como el del fornicio, sin ir más lejos.

Las últimas peroratas de Alan Moore contra la evolución de la cultura popular (como su odio saduceo por J. K. Rowling Harry Potter) son tan cuestionables como los de cualquier otro autor, así como sus excentricidades y su afición por rodearse de un aura de gurú. Pero lo que es, es lo que hay: no es sólo que, sin la sensación causada por Moore en el cómic estadounidense, nos hubiéramos quedado sin las obras de Grant Morrison (al que odia, y que le odia), de Neil Gaiman (al que ama, y que le ama) y de tantos otros exponentes de la ‘british invasion’ de los ochenta y los noventa. También nos hubiéramos quedado sin uno de esos periódicos recordatorios que, en el cómic o en cualquier otro arte, recuerdan aquello de “nada es verdad, todo está permitido”. Así pues, bien se lance a la escritura de novelones aún más largos de los que ya ha publicado (antes de Jerusalem, llegó La voz del fuego en 1996), bien se lance al mundo del cine (“Algo sobre lo que no tengo la menor idea”), bien se trate de uno de esos faroles que a veces gusta de soltar, esta retirada debe obligarnos a reflexionar, y a escuchar ese llamamiento de Moore a crear “la cultura que este siglo necesita y merece”. “Creo que [en los cómics] ya no tengo nada que demostrar”, resume Moore. Y, no, no lo tiene.

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Gracias por todo, viejo.

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