Algo te espera en la jungla: 30 años de ‘Depredador’

Filme paradigmático de una época irrepetible, Depredador ha llegado al siglo XXI enseñando pecho tras ser rey del videoclub, reivindicando su lugar en el Olimpo de los mitos más testosterónicos. Viajamos a un  pasado granítico para descubrir sus secretos y enfrentarnos a las secuelas.

Depredador es un título elevado a los altares del cine de evasión. Una audaz mezcla de géneros que combina la acción, el survival, el suspense y la ciencia ficción con efectos especiales jamás vistos, y que brindó a Arnold Schwarzenegger uno de sus mejores papeles. Por primera vez se encontraba ante un enemigo inédito en la gran pantalla, que le plantaba cara y lo ponía en aprietos: un deportista con la fuerza de Goliat, como él, llegado del espacio y sediento de sangre.




El doce de junio de 1987 se estrenó en EE.UU. Las malas críticas no impidieron que se hiciera con el número uno de taquilla, recaudando más de 17 millones de dólares, prácticamente la cuantía de su presupuesto. El veinte de agosto aterrizó en Madrid con un recibimiento similar por parte de la prensa. Se exhibió en los cines Aluche, Benlliure, Cartago, Juan de Austria, Novedades 1 y Palacio de la Música 1. Celebramos el trigésimo cumpleaños y revisamos la saga a la que dio lugar.

Aquellos maravillosos años

Arnold Schwarzenegger y Ronald Reagan en 1984.

Arnold Schwarzenegger y Ronald Reagan en 1984.

Los ochenta, la década hiperbólica. El mundo, ardiente por la Guerra Fría, el inicio de la desregularización de los mercados y las primeras advertencias del calentamiento global, estaba convencido de que, cayera el telón de acero cerrado por derribo o debido a una hecatombe nuclear, se acercaba el “fin de la Historia” tal y como se concebía hasta entonces. En la huida hacia delante mandaba la ley del exceso.

1987: el cielo es un lugar en la tierra y se llama Hollywood. Hasta las cejas de anabolizantes y balas por el desafío de la “vídeomanía”, se le permitió todo. Fue el año más rentable de la historia de la taquilla estadounidense hasta aquel momento, con una recaudación de 4.247,3 millones de dólares. Se estrenaron, entre otras, Terroríficamente muertos, Robocop, La princesa prometida, El último emperador, Dirty Dancing, Jóvenes ocultos, La chaqueta metálica, Las brujas de Eastwick, El corazón del ángel, Atracción fatal, El imperio del sol, Los viajeros de la noche o Masters del universo.

Entre ellas está Depredador, que se ha ganado el estatus de clásico gracias a su arrollador temperamento, a sus personajes icónicos y a un fiable mecanismo a prueba de avances tecnológicos, modas y moralinas. En ella confluye el folclore de índole “hemingwaiano” de El malvado Zaroff (1932) -valga la cita del Nobel: «Sin duda, no hay cacería como la caza de hombres y aquéllos que han cazado hombres armados durante el suficiente tiempo y les ha gustado, en realidad nunca se interesarán por nada más«-, el nihilismo de Defensa (1972), la desesperación de La presa (1981) y la fibra de Acorralado (1982).

Ripley y sus soldados en Aliens (1986)

No existiría si Aliens: el regreso (1986) –la secuela de la otra insignia alienígena de 20th Century Fox– no hubiera sido un rotundo éxito de público y crítica. La paradigmática Alien, el octavo pasajero (1979), a través del objetivo de Ridley Scott, aúna el academicismo renovado de los setenta con los nuevos códigos visuales de los ochenta. La continuación directa, dirigida por James Cameron ofrecía al espectador una experiencia extenuante, repleta de acción claustrofóbica, sucia y cruda. La heroína Ellen Ripley (Sigourney Weaver) regresaba al planeta LV-426 para exterminar al parásito asesino liderando a una tropa de excéntricos marines asediada por hordas de xenomorfos al modo de El álamo (1960), de John Wayne. Depredador hereda la acendrada tensión de la primera y el  vigor expresivo de la segunda. Comparten fuerza de choque: un grupo de personajes –las brigadas de sendas películas podrían ser intercambiables entre sí– en un escenario laberíntico y orgánico, luchando por la supervivencia.

Los orígenes de la caza

Los hermanos Jim y John Thomas, grandes aficionados a la mitología, acabaron su primer guión, Hunter, en septiembre de 1983. En él, un grupo de mercenarios de élite debe cumplir una misión de rescate en lo profundo de la selva centroamericana. En plena refriega son exterminados por placer a garras de un alienígena experto en camuflaje, armamento y lucha cuerpo a cuerpo, como ellos. Se trata del cazador más avezado del universo, sale de partida en busca de las presas más peligrosas en nuestro insignificante planeta. La situación los llevará a enfrentarse a sus miedos más profundos, a la locura y a la muerte. Además de manejar referentes literarios como El corazón en tinieblas, de Joseph Conrad, partían de la realidad inmediata que agitaba el debate público: en este periodo la administración Reagan autorizó operaciones de la CIA en Sudamérica en colaboración con “patriotas benefactores” –veteranos de Vietnam, exespías, mercenarios, etc. que trabajaban para el gobierno–. En una de las más mediáticas brindó apoyo a la Contra, la guerrilla enfrentada al sandinismo en Nicaragua.

Ejemplar del guión, datado el 7/4/86.

Ejemplar del guión, datado el 7/4/86.

No disponían de agente y nadie se molestó en leer la historia hasta que colaron el guión bajo la puerta del despacho del ejecutivo de la Fox Michael Levy. Éste pidió la opinión de su mano derecha, el bisoño John Davis, de 28 años, el cual intuyó el potencial y fue designado para producirlo. Buscaban un nuevo proyecto para Arnold Schwarzenegger –la hipertrofiada Commando (1985) había dado buenos dividendos a la casa– y pensaron que se adaptaba a la perfección a su estilo: el guión describía al mayor Dutch Schaefer, al mando de la milicia, como un líder nato. El hombre más fuerte, el trofeo más deseado. Un adversario sobrenatural no podría resistirse a desafiarlo.

El veterano Lawrence Gordon –productor de Los amos de la noche (1979) o calles de fuego (1984)– fue el encargado de comprar el guión y le ofreció participar a Joel Silver, que ya había colaborado con el austríaco en Commando. Renovaría el subgénero de las buddy movies con Arma letal (1987), que tenía pendiente de estreno. La estrella dio el “Sí, quiero” y convenció a los productores para que contrataran como director a un desconocido llamado John McTiernan. Contaba con 36 años y una discreta e irregular película en su haber: Nómadas (1986), en la que se intuía a un contador de historias nato, con gran capacidad visual y dotado de buen pulso para la intriga. Al seis veces ganador del título de Míster Olympia le sorprendió la poderosa atmósfera que consiguió imprimir a la película, y que hoy podría recordar tanto a Kathryn Bigelow como a Roman Polanski.

Dentro del coto de caza

Arnold Schwarzenegger y John McTiernan durante el rodaje.

En la primavera de 1986, tras seis revisiones del guión, se da luz verde a un rodaje muy exigente. Sucedería íntegramente en México, en Puerto Vallarta (estado de Jalisco) y en las selvas de Palenque (Chiapas). Una semana antes un asesor militar se encargaría de impartir un seminario de convivencia básico a los intérpretes principales. Silver pidió al guionista Shane Black, con el que acababa de trabajar en el futuro hit Arma letal –cuatro años después se convertiría en el mejor pagado del mundo al embolsarse 1,75 millones de dólares por El último Boy Scout (1991), superando su propia marca con los tres millones percibidos por Memoria letal (1996)–, que reescribiera el guión, pero éste se negó. El productor le encasquetó un rol secundario para disponer de él como script doctor –guionista por lo general no acreditado al que se contrata para revisiones o reescrituras de última hora–. Finalmente se dedicó a improvisar sus líneas.

La planificación de McTiernan requería complejos movimientos de cámara, no se llevaba bien con localizaciones naturales casi siempre en empinadas pendientes –tuvieron que escayolarle una muñeca por una caída–, a una media de cuarenta grados de temperatura y con un noventa por ciento de humedad. El director de fotografía australiano Donald McAlpine, gran aficionado a la caza –ganador del Óscar por Moulin Rouge (2001)–, actuó como su mentor y protector. Los ayudó una conciliadora botella de güisqui escocés vaciada en los monótonos trayectos de ida y vuelta del set. Repetiría con él en la fábula ecologista Los últimos días del Edén (1992), ya en una posición muy distinta, un intento de hacer cine familiar con mensaje de resultados desiguales, en esta ocasión rodada en Veracruz. El equipo no tardó en ser torpedeado por diarreas y fiebres. McTiernan decidió no probar la comida local y llegó a perder diez kilos.

El reparto se completaba con Carl Weathers (como Dillon; Apollo Creed en la franquicia Rocky y exjugador de fútbol americano), Bill Duke (Mac; director y productor), Jesse Ventura (Blain; ex-Navy Seal y exluchador profesional, gobernador de Minnesota durante cuatro años), Richard Chaves (Poncho; ex-marine veterano de Vietnam), Shane Black (Hawkins; el guionista infiltrado); y, finalmente, Sonny Landham (Billy; ex-actor porno, stuntman y aspirante a candidato a gobernador de Kentucky en 2003. Como arrastraba fama de “chico malo”, la compañía de seguros permitió su contratación con el requisito de que un guardaespaldas lo vigilara. La leyenda dice que dimitió cuando Landham intentó tirarlo por el balcón de la habitación de su hotel. Falleció el pasado 17 de agosto). Tipos auténticos y no siempre fáciles de manejar. El cast principal se completaría con la mexicana Elpidia Carrillo (Anna) y el curtido R. G. Amstrong (General Phillips). Nos falta un invitado esencial, que se hizo de rogar al presentarse con retraso en la última fase del rodaje: el monstruo. Boss Film Studios, responsable de los efectos de Cazafantasmas (1984) o Golpe en la pequeña China (1986), se encargaría de darle forma.

De izq. a dcha.: Ventura, Black, Schwarzenegger, Duke, Weathers, Landham y Chaves.

De izq. a dcha.: Ventura, Black, Schwarzenegger, Duke, Weathers, Landham y Chaves.

Un bípedo zancudo y achaparrado, parecido a un velociraptor raquítico desprovisto de cola, salta de tronco en tronco torpemente. Podría ser una mascota borracha escapada de un desfile de PortAventura. Podría ser Jocántaro hipervitaminado. Intenta dar mucho miedo, pero da más pena. Debajo se encontraba un joven portento físico llamado Jean-Claude Van Damme sintiéndose bastante estúpido. Intentaba hacerse un hueco en el cine y a lo mejor debía cambiar de agente. Él pensaba que llevaría unas mallas y algo de maquillaje, pudiendo darse el gustazo de machacar a Schwarzenegger, su ejemplo a seguir y batir. La realidad estaba siendo muy distinta. Con aquello encima apenas podía ver, respirar y mantener el equilibrio mientras maniobraba unos cables que hacían que la cabeza y la mandíbula se moviesen. Durante el par de días que estuvo en el set, McTiernan rodó tomas de prueba, también con la versión de peluche –otro traje más básico de color rojo que tapaba al actor de la cabeza a los pies para usar de referencia y ser sustituido en postproducción por los efectos de camuflaje–. El resultado habría deprimido a Ed Wood; Fox ordenó parar máquinas de inmediato.

El Depredador de Boss Film.

El Depredador de Boss Film.

Pasado el ataque de pánico, todos estaban de acuerdo en que debían encargar un nuevo diseño o la película fracasaría estrepitosamente. Además, se habían quedado sin dinero. Lawrence Gordon era por aquel entonces jefe del estudio y protegió la película consiguiendo más financiación. Necesitaban algo tan bueno como el Alien creado por H. R. Giger; Boss y Van Damme quedaron fuera de juego. No ha quedado claro si el belga fue despedido o renunció, aunque gracias al crédito obtenido por su “interpretación” consiguió trabajar en Contacto sangriento (1988); su despegue. El productor de ésta, el inefable Menahem Golan, cerebro de Cannon Films junto a Yoram Globus, dio por hecho que Van Damme había sido una de las estrellas de Depredador, que evidentemente no había visto, pero lo contrató al instante. Schwarzenegger sugirió llamar a Stan Winston, el mago de los efectos especiales con el que había trabajado en Terminator (1984). Mientras el artista creaba, McTiernan aprovechó para trabajar en el montaje, rellenando los huecos con guiones gráficos. En cuanto lo vio el nuevo jefe del estudio, Leonard Goldberg, autorizó cuatro semanas más para rodar el cara a cara del tercio final.

El diablo cazador de hombres

Alien es un ente atávico de esencia lovecraftiana, estilizado e hipersexual. El fruto del subconsciente que representa el terror y el mal puros e irracionales. El Depredador es menos sofisticado: en ninguna de las películas se hace referencia a su especie o raza (sí lo harán los comics de Dark Horse), aunque su aspecto variará a lo largo de las secuelas. Es un atleta musculado, un cazador nato de complexión similar a la humana, más fuerte, grande y ágil como un ninja o un simio. Su aspecto es el de un guerrero indígena –con una armadura parecida a la de los samurái– y look rastafari –una idea original de Joel Silver–. Va pertrechado con cuchillas retráctiles, un cañón láser, un botiquín y un comunicador en su antebrazo que incluye un mecanismo de autodestrucción consistente en una explosión nuclear a pequeña escala –el miedo atómico estaba enraizado en la sociedad, no solo por la amenaza de la Guerra Fría, también por el desastre de Chernóbil en 1986–.

Sus armas más poderosas son un sistema de camuflaje de alta tecnología con el que puede fundirse a la perfección en el entorno, y su visión infrarroja. Porta una máscara que recuerda el arte africano y esconde una tez a medio camino entre la de un saurio y un crustáceo, en el que destaca una amenazante mandíbula –sugerencia de James Cameron– rematada por afilados colmillos. La caza es su ritual y la practica siguiendo a rajatabla un código de honor que evoca una amplia y pretérita cultura tribal.

El Depredador exhibe su poder.

El Depredador exhibe su poder.

Winston confeccionó un disfraz de noventa kilos de peso que requería de su propio sistema de refrigeración a partir de los moldes del actor de 2,28 de estatura experto en ballet y artes marciales Kevin Peter Hall, encargado de vestirlo y encarnarlo, y famoso por interpretar al gigante Harry en Bigfoot y los Henderson (1987). El actor estudió los rituales de danza africanos para definir los movimientos del Depredador. Todos quedaron tan impresionados con su trabajo que McTiernan le regaló un plano en el desenlace mostrando su verdadero rostro, interpretando a uno de los pilotos del helicóptero que recoge a Dutch. Los efectos de camuflaje se consiguieron mediante un recurso fotográfico bautizado como “ondas concéntricas” por Joel Hynek, el supervisor de efectos especiales. Se combina el metraje del Depredador –un actor vestido con el mono rojo de referencia– , el fondo del plano y lo que hay “dentro” de la figura para conseguir esa textura “viva” que dejó con la boca abierta al público de la época.

Quedaba un último reto: los efectos ópticos para poder recrear la visión térmica. Utilizaron un artilugio alineado con la perspectiva de la cámara que proporcionaba una imagen basada en el calor desprendido por los seres vivos. Como la temperatura superaba los treinta gradosm los actores tenían la misma que el entorno y no podían distinguirse. Intentaban enfriar el aparato con agua helada y colocaban a los actores junto a fogatas justo antes de rodar, pero era un proceso lento, agotador y caro. Según McTiernan, a espaldas de los productores recurrió a una empresa de efectos especiales de vídeo especializada en anuncios. Viraron las imágenes correspondientes a azul y se seleccionaron ciertas partes para “colorearlas”. La película recibió una única nominación al Óscar por los efectos especiales, que le arrebató El chip prodigioso (1987).

El Depredador camuflado y su visión infrarroja.

El Depredador camuflado y su visión infrarroja.

El cine está mucho más cerca de la música que del teatro. Es la máxima de McTiernan. La música es melodía, armonía y ritmo. Traducido a su idiosincrasia, se trata de definir personaje y al espacio en una unidad fluida mediante movimientos de travelling, Dolly, steadycam y señalados cambios de foco para vehicular todos los elementos de la narración, haciéndola muy ágil. Gracias a esta precisa caligrafía el montaje es cristalino y el interés del espectador nunca decae, siempre está “dentro” de la acción.

No resultaría emocionante sin resultar verosímil: los personajes siempre mantienen los pies en el suelo, por muy absurdo que sea el siguiente número, el “más difícil todavía” en el que tengan que verse inmersos. El arquetipo de McTiernan es humano. Pese a su estampa de superhéroes de cómic, cada uno está perfectamente definido cual integrante de una boy band –invocando las aventuras del titánico Sargento York, cuya adaptación al cine estuvo ligada a Schwarzenegger, y de ahí viene el guiño en los créditos finales–, Dutch y sus hombres están unidos por una camaradería fordiana. No luchan por ganar sino por sobrevivir. Son despojados de sus atributos y, confrontados a sí mismos, asesinados sin piedad.

Dutch no vence; resiste. Su mirada vacçia tras ser rescatado lo atestigua. Ha visitado el Hades y ha conseguido regresar. Nunca volverá a ser el mismo, se ha traído parte del “otro lado” con él. Su odisea evoca a la del comandante Nelson (Erroll Flynn) en el bélico-survival Objetivo: Birmania (1945), obra maestra de Raoul Walsh con la que comparte modos de representación. En plena Segunda Guerra Mundial, Nelson capitanea un pelotón de paracaidistas que se adentra en la jungla birmana con el objetivo de destruir una estación de radio japonesa. Tras cumplir la misión, son diezmados ferozmente por el enemigo, invisible e incansable, en un paraje desconocido y enmarañado que lleva a los supervivientes al límite. En el plano final de Nelson, éste mira hacia su interior y constata la destrucción de su alma. No sería descabellado afirmar que McTiernan debió tenerla muy presente, como Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan (1998) o Ridley Scott en Black Hawk derribado (2001).

Últimos planos de Nelson y Dutch.

Últimos planos de Nelson y Dutch.

En cuanto a la banda sonora, los planos eran largos y los diálogos, escuetos. Depredador necesitaba una música que exhibiese músculo; su presencia iba a ser definitoria. Jerry Goldsmith era una elección lógica; había firmado Alien y Acorralado. Una vez desestimado por su indisponibilidad –McTiernan se desquitaría unos años después y trabajaría con el extraordinario compositor en Los últimos días del edén y en El guerrero número 13 (1999)–, Alan Silvestri fue el encargado de poner música a la epopeya. Encargado de la trilogía Regreso al futuro (1985-89), es un prolífico compositor especializado en cine de acción y fantasía cuyo recorrido está estrechamente ligado al de Robert Zemeckis. Captó a la perfección la amalgama de tonos de la película y entregó una de sus obras más compactas y equilibradas, con un poderoso tema principal.

Violencia e ironía

El cine de acción hollywoodiense de esta década fue un excelente escaparate para la Casa Blanca. Exhibe una violencia glorificada, triunfalista, acorde con un periodo de fuertes escaladas armamentísticas y de chovinismo exacerbado. Depredador fue calificada R (Restricted: los menores de 17 deben estar acompañados de adultos). Muestra impactantes imágenes de tiroteos y explosiones con destellos gore. En una de las secuencias grabadas a fuego en la mente del fan, Dutch, Mac y Billy arrasan un sector de la selva con sus armas. La protagonista es la minigun que maneja Mac, apodada Old Painless en la versión original y La Impaciente en la doblada al castellano. Miles de balas por segundo que diezman la inofensiva vegetación. McTiernan afirma que se trata de una burla del falso poder de las armas que se empeñaba en vender Hollywood.

Si bien es discutible si consigue o no transmitir el mensaje, es cierto que el director ha ido cargando de ironía sus trabajos. Depuró el discurso escorándolo hacia el sarcasmo en Jungla de cristal (1988), también producida por Gordon y Silver, de nuevo bajo auspicio de la Fox –el director se convirtió en el rey del cine de acción para adultos y en uno de los directores mejor considerados con este título magistral–, donde retrata a los altos mandos de la policía y del FBI como ineptos y sádicos. El average action hero que representa John McClane (Bruce Willis) se permite mofarse de nuestro héroe: «Tienen misiles, armas automáticas y suficientes explosivos plásticos para poner en órbita a Arnold Schwarzenegger».

La intención desmitificadora del actioner y de sus códigos se concretaría en la segunda película que emprenderían juntos el director y Schwarzenegger, la incomprendida El último gran héroe (1993), escrita por Shane Black. Una parodia-homenaje del género –se podría decir que lo clausura como tal– tan ambiciosa como engreída, adelantada a su tiempo, que presagiaba las revisiones posmodernas de principios del siguiente siglo. Supuso un fracaso económico que dejó la carrera del actor herida de muerte y fue el primer revés serio para McTiernan, obligado a volver al terreno seguro de la antología que inició para recuperar el crédito perdido. Jungla de cristal III: La venganza (1995) fue el mayor éxito cinematográfico de aquel año y su última gran película.

Vivir y morir en L.A.

En 1989 apareció la primera miniserie sobre Depredador en cómic, editado por Dark Horse, y se convirtió en un éxito instantáneo. En las viñetas el alienígena se ha enfrentado a Batman, Superman, a su viejo enemigo Alien e incluso al Juez Dredd, con resultados cuestionables. Joel Silver tuvo la excusa perfecta para convencer a la plana mayor de la Fox de la conveniencia de hacer Depredador 2 (1990). Le ofrecieron un plazo de tiempo muy ajustado y el proyecto se desarrolló a contrarreloj, con la seguridad de que los desafíos técnicos de la primera ya no iban a ser un inconveniente –la famosa visión calorífica se realizó en esta ocasión con una cámara infrarrojos de la policía “coloreada” en postproducción–.

El reto consistía en suplir el factor sorpresa de la primera por un ejercicio de acción más dura que debía desvelar aspectos desconocidos de la criatura y su mundo. Los Thomas querían de nuevo a Schwarzenegger que, sin embargo, prefirió embarcarse en la empresa que lo propulsaría definitivamente a la gloria: Terminator 2: El juicio final (1991).

Predador vs. Judge Dredd (Dark Horse, 1997).

Los Ángeles, en el “futuro cercano” de 1997. Reina el caos y la violencia. La metrópoli se encuentra sitiada por una guerra entre los cárteles y la policía, mientras sufre una asfixiante ola de calor provocada por el efecto invernadero. En este escenario tan apetitoso el trampero galáctico se da un paseo en busca de emociones fuertes. El pertinaz teniente de policía Mike Harrigan y su equipo se cruzarán en su camino, viéndose inmiscuidos en los planes de una siniestra corporación gubernamental encabezada por el  agente Peter Keyes, que busca cazar al cazador.

Los Thomas le dieron al conjunto una pátina de cine negro –reforzado por el vestuario; los personajes portan sombreros y gabardinas ¡a cuarenta grados!–, algunos detalles futuristas –armas tuneadas, la preeminencia de monitores en cada esquina, una secuencia desarrollada en el metro cuando aún no había sido proyectado en la ciudad– y añadieron una tosca pero muy efectiva crítica a la prensa sensacionalista, además de unas gotas de humor por completo disonantes. El resultado es una mezcolanza imposible, curiosamente camp.

Tras la cámara se situó Stephen Hopkins –suyo es otro entretenido survival urbano, Los jueces de la noche (1993)–. Como frontman, optaron por un valor seguro más que digno: Danny Glover sería Harrigan –se llegó a considerar un protagonismo compartido entre Dutch y éste–. Acababa de arrasar de nuevo junto a Mel Gibson con Arma letal 2 (1990), también de Silver.

Lo secundaba un plantel de lujo: Gary Busey –de vuelta al cine tras un accidente de moto que lo dejó clínicamente muerto durante unos instantes, y famoso por su rol de bellaco en Arma letal–; el panameño Rubén Blades –cantante, músico, actor, abogado y político–; la cubana-venezolana-estadounidense María Conchita Alonso –actriz, cantante, presentadora y exreina de belleza–; y Bill Paxton –el recordado actor y director tuvo el “priviliegio” de ser masacrado en pantalla por el T-800 de Terminator, por el xenomorfo en Aliens y por nuestro carnicero–. Kevin Peter Hall volvió a encarnar por última vez al Depredador. Lamentablemente falleció al año siguiente a la edad de 36 años.

Glover, Alonso y Blades en 'Depredador 2'

Glover, Alonso y Blades en ‘Depredador 2’

Depredador 2 es tan espectacular y briosa como efectista y rutinaria. Sorprende lo hostil que por momentos resulta, poco habitual en un lanzamiento masivo. La violencia salvaje de la primera media hora golpea las retinas y la sofocante atmósfera de enajenación que despliega a posteriori llega a desconcertar. Stan Winston, de nuevo a bordo, llegó a decir que nunca había fabricado tantos cadáveres para una producción. Según Hopkins, fue a éste a quien se le ocurrió la idea de introducir un cráneo de Alien en el osario que aparece en el interior de la aeronave extraterrestre, donde sucede el final match entre Harrigan y el Depredador. Los guionistas, por su parte, se atribuyen el hallazgo. Probablemente hoy estaríamos hablando de una película muy distinta de haber sido sometida a screening tests; que no permitió el apretado calendario. Fue la primera película que obtuvo una calificación NC-17 (solo para adultos), que pasó a R tras una veintena de cortes.

Tras la mala recepción de la prensa, la recaudación total en su país de origen resultó raquítica: apenas superó los 30 millones de dólares sobre un presupuesto de 35, más del doble de su antecesora, sin llegar a alcanzar los 60 en el mercado mundial. Se estrenó el 21 de noviembre de 1990, fin de semana de Acción de Gracias, con la cartelera dominada por dos títulos amables y familiares: Solo en casa (1990) en primer lugar y Tres hombres y un bebé (1990) en el segundo. Entró en la cuarta posición, un mazazo que se agudizó la semana siguiente, cuando la recaudación cayo más del cincuenta por ciento. Quedó condenada al ostracismo.

Enemigo mío

En 2010 llegó a las salas la tercera parte de la serie, titulada Predators (2010) en homenaje a Aliens y dirigida por el húngaro Nimród Antal. Su ópera prima, Kontroll (2003), disfrutó de cierto recorrido internacional, y este encargo era un empeño personal de Robert Rodriguez, productor de la función, desde mediados de los años noventa. Se trata de un impersonal y discreto remake no declarado de la película fundacional, que recicla un puñado de highlights de ésta, como el salto de la cascada, la destrucción de la selva a tiros o la pelea final a la luz del fuego, en esta ocasión con un esculpido Adrien Brody untado en barro. Parte de un respeto y admiración referencial por la película primigenia, incluso se permite introducir algún fanservice como el cameo de una nueva presa aparte de la humana basada en el Depredador de Van Damme. Tuvo mejor recibimiento y superó en recaudación al segundo capítulo.

La idea de enfrentar al Alien y al Depredador en la gran pantalla databa de principios de los noventa y partía del cómic. Paul W. S. Anderson –director de las interesantes Horizonte final (1997) y Soldier (1998)– los enfrentó en el crossover Alien vs. Predator (2004). Desacomplejada y hortera, no se puede negar que su espíritu de folletín de aventuras ofrece cierta diversión y se esfuerza por profundizar en la mitología de los leviatanes. Una mediocre puesta en escena que sigue un guión plano y obvio no fueron inconvenientes para que la propuesta cumpliese económicamente.

Propició la fatigosa, embarullada y pobre Aliens vs. Predators 2 (2007), debut de los Hermanos Strause, reputados expertos en efectos especiales. La recién estrenada y corta franquicia –nadie se atrevió a materializar una cacareada tercera parte que se pretendía ambientar en el planeta originario del Alien– abraza definitivamente su vertiente más adolescente para ofrecer más sangre y crueldad -su única aportación junto al plato fuerte de la película, el desgraciado engendro Predalien, que no ayuda a levantar los ánimos-. A Bill Paxton le ofrecieron ser liquidado también en esta nueva serie, pero la agenda no le permitió cumplir con el deseado cameo.

Pronto comenzará la cacería

Tras empezar a expandir el universo Alien con la inaugural Prometheus (2012), Fox tenía ganas de resucitar Depredador. Esta vez pretendían darle hechura de acontecimiento inyectando un presupuesto holgado y agenciándole un mes de apertura (agosto de 2018) reservado tradicionalmente para las apuestas taquilleras. Esta cuarta entrega oficial, The Predator, título bajo el que se conoció durante una temporada el proyecto de 1987, cuenta con la tríada original de productores: John Davis –que ha manifestado que reinventará la saga–, Joel Silver y Lawrence Gordon. La dirección corre a cargo de Shane Black, que ya ha demostrado que puede manejar proyectos de envergadura como Iron Man 3 (2013). Escribe a cuatro manos con su viejo amigo Fred Dekker –director y guionista de la entrañable Una pandilla alucinante (1987)–.

Tras varios retrasos el rodaje comenzó el 20 de febrero de 2017 y concluyó el 2 de junio. Boyd Holbrook –en sustitución del previsto Benicio del Toro por incompatibilidad de fechas-, Olivia Munn, Trevante Rhodes, Keegan-Michael Key, Jacob Tremplay –de once años, primera presencia infantil de peso en la dinastía– o Jake Busey –interpretando al hijo de Peter Keyes, el rol que encarnó su padre, Gary, en Depredador 2– son algunos de sus protagonistas. Como era de esperar los responsables pretendieron el comeback special de Dutch, pero rehusó el ofrecimiento: «Me lo dijeron, lo leí y no me gustó«, ha confirmado Schwarzenegger. Se trataba de un cameo al final de la película. Demasiado poco para el austriaco.

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