El amanecer de los memes: ¿Cómo ha llegado Batman a participar en una película llamada ‘Lego Batman: La Película’?

Tres años después de convertirse en la estrella de La Lego Película, el Caballero Oscuro protagoniza el inevitable spin-off ambientado en el universo Lego, Lego Batman: La Película. Las cantidades de humor gamberro, discurso autorreferencial y sabotaje indiscriminado de la cultura pop prometen ser incluso superiores a lo visto en la obra magna de Chris Miller y Phil Lord. Pero antes de ir corriendo al cine cabe preguntarse cómo ha acabado un personaje tan supuestamente sombrío como Batman prestándose así a la parodia… y por qué es muy probable que ésta sea la mejor película de DC de la que disfrutemos en mucho tiempo.

Corría el año 2005 cuando Traveler’s Tales lanzó el videojuego de Lego Star Wars, dándole al público la oportunidad de construir e inyectarle movimiento a las piezas a través de una pantalla, y nada menos que en el marco de las precuelas galácticas ideadas por George Lucas. Meses después, Christopher Nolan recogía el maltrecho testigo de Joel Schumacher estrenando Batman Begins en las salas de todo el mundo, y devolviéndole de paso a la figura del murciélago gran parte del prestigio perdido tras los excesos, los colores y los pezones de entregas precedentes.

Doce años han transcurrido desde entonces, y ambos productos culturales disfrutan hoy de un momento de total esplendor y relevancia. En el caso de la compañía juguetera fundada en 1932 por Ole Kirk Christiansen, ya han sido producidos otros muchos videojuegos exprimiendo al máximo las licencias de turno, largometrajes para televisión haciendo lo propio, y una película de gran éxito cuyo inmediato spin-off, Lego Batman: La Película, se estrena esta semana.

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En lo que respecta al personaje creado por Bob Kane y Bill Finger hace ya casi ocho décadas, se ha producido un incremento del interés que va mucho más allá de la trilogía de Nolan o de todo lo referente a Batman v Superman: El amanecer de la Justicia (2016); superproducciones que obviamente volvieron a exponerle al gran público, pero cuyo impacto no explica por sí solo su aparición en La Lego Película hablando de bufflers o haciendo chistes sobre su orfandad. Así pues, ¿en qué momento se convirtió Batman en la excusa perfecta para que la cultura pop se mirara el ombligo?

Los años previos a la Batmanía

El hecho de que apenas meses después de ver a Batman interpretado por Ben Affleck vayamos a disfrutar de su versión menos afectada en el filme de animación de Chris McKay, contrariamente a lo que pueda parecer, no sienta ningún tipo de precedente en la historia del personaje. Y es que la génesis de Bruce Wayne nunca fue ajena ni a la esquizofrenia ni a la maleabilidad, empezando desde su propia razón de ser: ofrecer algo diametralmente opuesto a lo que el recién nacido Superman representaba en 1938.

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Esto llevó al temprano esbozo de un ser humano cualquiera, sin poderes, que resolvería sus movidas superheroicas a golpe de ingenio, talonario y demás armas mundanas, y que frente a las tonalidades vivas y patrióticas del Último Hijo de Krypton vestiría una indumentaria oscura y un carácter sombrío. Aun cuando los primeros bocetos de Bob Kane fueran bastante coloridos, el personaje acabaría El caso del sindicato químico –su primera aventura- alegrándose de la muerte del villano por suponer “un final adecuado para alguien de su calaña”. Claro está, el temperamento de este vigilante enmascarado -que tenía más en común con un detective cínico y adicto al tabaco que con Superman- no tardaría en suavizarse según DC Comics se consolidaba como empresa y buscaba lectores más jóvenes, y nada mejor para su propósito que la instalación de Dick Grayson/Robin en la mansión Wayne, menos de diez números después.

La buena acogida del personaje conduciría de inmediato a la producción de un par de seriales a manos de Columbia Pictures, siendo el primero el más definitorio de ambos por desvelar la naturaleza dúctil de Batman, capaz de ser el héroe que el pueblo necesitara que fuera. En 1943, EE.UU. requería a alguien de férreas convicciones anti-comunistas, y así fue cómo el Hombre Murciélago, interpretado por Lewis Wilson, y Robin, con los rasgos de Douglas Croft, pasaron a ser agentes secretos con la misión de derrotar a unos conspiradores japoneses instalados en Gotham, mientras la aparición de la BatCueva y el carácter flemático de Alfred Pennyworth pasaban automáticamente a las viñetas influidos por el éxito del serie. 

Antes de la serie televisiva de los sesenta creada por William Dozier que tantas alegrías habría de dar al público de todas las épocas, y que tan bien simbolizaría la constante retroalimentación entre Batman y sus interpretaciones audiovisuales, la trayectoria editorial de nuestro personaje daría todo tipo de tumbos. A mediados de siglo, el Caballero Oscuro encontraría en la figura de Fredric Wertham y sus maliciosas dudas sobre la sexualidad del superhéroe -que nunca han perdido sonoridad- a sus más acérrimos enemigos, mientras sus aventuras adquirían un componente sci-fi cada vez más acusado que daría pie, entre otras cosas, al nacimiento de Bat-Mite: una entusiasta criatura que viene de otra dimensión, admira profundamente a Batman pese a que cualquier tentativa por ayudarlo suele acabar en desastre y que, además de introducir los primeros retazos de metaficción en el cómic -con historias en las que llegaba a conversar con los dibujantes de DC exigiéndoles más protagonismo-, podría haber supuesto una especie de inspiración para el Robin fanboy que veremos en Lego Batman: La Película.

Nanananananana… ya sabéis qué viene ahora

Los años sesenta llegaron acompañados de una drástica disminución de ventas de los comics en base a la cual se llegó a hablar incluso del fin del personaje. Por suerte, fue justo entonces cuando William Dozier se hizo cargo de la adaptación del personaje a la televisión, siendo emitido el primer episodio de la nueva serie por ABC el 12 de enero de 1966. En estos veinte minutos iniciales, los espectadores de la época asistían a un delirio lleno de color y un ansia tanto por ponerlo todo patas arriba mediante la sátira más desmadrada o en pos de, simplemente, pasar el mejor rato posible. La escena en la que el solemne héroe de Gotham bailaba el Batusi (un estilo de danza inventado por su nuevo intérprete, el simpar Adam West) con Jill St. John -que luego sería chica Bond en la deliciosa Diamantes para la eternidad (1971) sin que ningún otro trabajo, lamentablemente, volviera a destacar en su currículum- suponía, en estas circunstancias, la carta de presentación perfecta.

La serie de Dozier fue un éxito absoluto y se convirtió en un fenómeno pop del que medio siglo después aún seguimos experimentando la resaca, gracias a su particular visión del género pasada por el inexcusable filtro camp -etiqueta que Adam West siempre detestaría-, y a su pegajosa iconicidad. La memorable sintonía compuesta por Neal Hefti -y que, por supuesto, ni el Hombre Murciélago de juguete puede evitar tararear en Lego Batman: La Película- era sólo uno de los muchos hallazgos del show, que contaba en su reparto con el Robin más voluntarioso de todos (Burt Ward, personificación de un target adolescente al que Batman no dejaba de ilustrar en cuanto a las más elementales normas cívicas), unos villanos descacharrantes (ese César Romero que se negó a afeitarse el bigote para hacer de El Joker, o esa Catwoman que cambió varias veces de actriz sin alterar un ápice su sensualidad), y un caudal inagotable de running gags y chorradas varias (por supuesto que la manía de ponerle el prefijo “bat” a todo ya existía en el cómic, pero el público necesitaba a Dozier para descubrir su inherente ridiculez). La obligada película, estrenada el mismo año que la primera temporada, compartía todas estas características y las elevaba al cubo, y añadía de su cosecha cierta faceta macarrónica en el héroe, que llegado un momento se las apañaba para ligar con Catwoman empleando símiles de la Guerra Fría.

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Debido a los índices de audiencia cada vez más bajos, tan formidable artefacto sería desactivado en la tercera temporada, sin que la inclusión de BatGirl para darle perspectiva al asunto o la producción circundante de imitadores tales como Mr. Terrific (1966), Captain Nice (1967) o El Avispón Verde (1966) –este último había llegado a hacer un crossover con la serie protagonizada por Adam West que ríete tú de los de la CW– avalaran su continuidad. No obstante, la influencia de Batman se extendería a lo largo del tiempo no sólo gracias a Internet -que retrospectivamente vería en esta serie todo un filón, como no podía ser de otro modo-, sino también a los sucesivos espectáculos hollywoodienses que no por dárselas de más serios olvidaron la estrecha línea que siempre había separado la trascendencia del personaje de su inherente ridiculez.

Los colores imborrables

Antes de la cancelación de la serie, las publicaciones del personaje habían experimentado un gran aumento de ventas gracias a esta Batmanía, cuya fugacidad sin embargo no tardó en volver a dejar al personaje en una situación insostenible. La producción de dos series de dibujos siguiendo el espíritu del 66 -contando incluso con las voces de Adam West y Burt Ward, encasillados para siempre en sus personajes- ayudaron a que la figura del Caballero Oscuro no llegara a difuminarse del todo, pero la actualización devenía imprescindible. Sobre todo, tras el estreno de 1978 del Superman de Richard Donner, la primera gran superproducción basada en un superhéroe, que hacía gala de una ambición y una épica a años luz de la alumbrada por Tozier y compañía.

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Tras varios intentos infructuosos a lo largo de la década de los ochenta, el antes y después que supondría la serie Crisis en Tierras Infinitas (1985) favoreció un renacer del personaje mucho más similar a la imagen convencional que, Legos aparte, tenemos ahora sobre Batman: un vengador atormentado, arbitrario y de problemas psicológicos muy jodidos. Frank Miller y El regreso del Señor de la Noche (1986) fueron los responsables de esto, como también lo fueron Batman: Año Uno (1987, nuevamente de Miller), o La broma asesina, de Alan Moore (1988). El personaje, así, recuperó la madurez y la complejidad que sólo pudo ser insinuada al comienzo de su andadura, y se convirtió no tanto en el superhéroe definitivo como en un recipiente para que cada autor inquieto depositara en él su propia visión del personaje, amparado por los claroscuros y posibilidades de la biografía de Bruce Wayne -que, no por casualidad, es de las que menos modificaciones ha sufrido dentro del siempre caótico mundo de los espantajomanes-.

Todo estaba preparado, pues, para que Hollywood centrara su atención en el Hombre Murciélago, y para el renacimiento de la Batmanía. La elección del floreciente Tim Burton como director de Batman (1989) resultó ser de lo más acertada, al no basarse exclusivamente -como era previsible que ocurriera- en el renovado y taciturno Bruce Wayne. Bien al contrario, la estética del Batman cinematográfico coquetearía con lo más abigarrado y gótico -esa Gotham que en nada se parecía a la ciudad fincheriana de Año 1-, y acogería ecos de la imaginería de William Dozier, sobre todo en lo que se refiere a la configuración de su villano: ese Jack Nicholson que, teniendo carta blanca para hacer lo que buenamente quisiera, prefirió recordar a César Romero. Ni que decir tiene, la película sería todo un éxito en taquilla, ganando un Oscar a Mejor Dirección Artística.

Fue la época de Batman. La serie animada (1992-1995), producto que, pese a nacer a rebufo de los logros de Tim Burton, encontró su propio camino y ganó cinco Emmys a lo largo de éste, además de ver nacer a Harley Quinn y sembrar los cimientos del universo animado de DC que tantas alegrías daría a los fans. Sin embargo, las posteriores secuelas del Batman de Michael Keaton no harían sino ahondar en la deuda con el pasado gloriosamente camp del personaje, alcanzando su punto cualitativo más alto en la enfermiza Batman vuelve (1992); manteniendo cierto nivel de disfrute en Batman Forever (1995) con Jim Carrey en modo focotopia de Frank Gorshin (el Enigma sesentero); y hundiéndose sin remisión con Batman & Robin (1997), en la que Joel Schumacher no sólo obligó a los actores a actuar como si fueran dibujos animados, sino que también rindió su particular homenaje a las cejas pintadas del Batman de Adam West con los tan denostados pezones de gomaespuma.

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Y ya que hablamos de Adam West, este valiosísimo baluarte de la cultura pop aprovechó todas las oportunidades que el final de siglo hubo de presentarle para que nadie olvidara al Batman de los sesenta -aunque Tim Burton y compañía ya se ocuparan de ello-, ya fuera protagonizando un magnífico gag en Los Simpson, convirtiéndose en el alcalde de Padre de Familia, o participando junto a su inseparable Burt Ward en el simpático telefilme Batman recuerda (2003), donde hacían de sí mismos. Esto, junto con la debacle de Batman & Robin, debió dar la impresión general (profundamente equivocada) de que ya era hora de olvidar los sesenta… y así es como llegamos a Christopher Nolan.

¿Por qué tan serio?

Batman Begins (2005) fue un taquillazo, y aunque su apuesta por la seriedad y el ceño fruncido ya consiguiera instaurar una tendencia que perjudicaría el recuerdo de películas como Los Cuatro Fantásticos de Tim Story –estrenada ese mismo verano–, no fue hasta tres años después, con el estreno de El Caballero Oscuro, cuando se puede hablar tanto de una tercera Batmanía como de, digamos, una Batmanía final que viene durando casi una década.

En este año, 2008, la campaña de promoción de El Caballero Oscuro y la comunión entre crítica y público a la hora de cantar sus alabanzas a volúmenes ensordecedores dio pie a que Internet descubriera por fin el potencial del personaje creado por Bob Kane y Bill Finger. Poco antes, Daniel Baxter y Tommy Watson habían sentado al Hombre Murciélago junto a Superman en el SuperCafé para concluir con ellos ciertas entregas de su iniciativa How It Should Have Ended? y, mezclando la voz forzada de Christian Bale en Batman Begins con el ineludible componente de flipao de la figura, habían dado con la que es sin duda la característica clave del Batman de la era Internet: su costumbre de salir de cualquier aprieto pronunciando un oportuno “Because I’m Batman”, posteriormente parafraseado por Sheldon Cooper (Jim Parsons) en The Big Bang Theory.

Así, mientras El Caballero Oscuro hacía cundir la molesta impresión de que el género superheroico había alcanzado la cima -aún cuando fuera a base de renunciar a sus características más puramente lúdicas-, Batman era sometido a una tan incesante como cariñosa campaña de desprestigio, imprescindible por otra parte para aguantar esa sobredosis de trascendencia que nos ofrecía Nolan. Pese a que el nolanismo se infiltrara en el mundo de los videojuegos con la saga iniciada por Arkham Asylum (al menos hasta cierto punto), nadie pudo evitar que los memes se multiplicaran, que el repaso de las páginas clásicas nos trajeran la hoy tan socorrida bofetada de Batman a Robin, que descubriéramos que los chistes absurdos de Batman eran nuestro tipo de humor preferido… la sombra adulterada del Hombre Murciélago se cernió sobre las redes de una manera tan masiva y caótica, en fin, que el intento de hacer algo de similares proporciones con el Spider-Man animado de la serie de los sesenta acabó quedándose en lo anecdótico (aunque fuera tan estúpidamente divertido como el que más).

2008 fue también, por cierto, el año en que fue lanzado tanto LegoBatman -primer videojuego con argumento propio en una franquicia que no hacía sino crecer-, como la serie El intrépido Batman –serie de dibujos emitida por Cartoon Network en la que primaba abiertamente el cachondeo y donde se localiza el germen del movimiento Batman no come nachos -, de lo que se deduce que, por mucho que lo intentaran los hermanos Nolan y Warner Bros., no había manera de alejar a su héroe de la locura desprejuiciada de los años sesenta. Es probable que, por este motivo, se acabaran rindiendo, y en el final de El Caballero Oscuro. La leyenda renace (2012) se marcaran un sibilino homenaje a la prole de Adam West haciendo que el héroe de Gotham tratara de librarse de una bomba gigantesca… tal y como sucedía en la escena más recordada de la película Batman de 1966.

El momento actual

Poca novedad ha habido desde entonces. Los años posteriores no han hecho sino redundar en la condición de Batman como objeto de mofas, pesando más esta tendencia que el estudio de las temáticas políticas y filosóficas que con tanto cuidado habían sido introducidas en la trilogía de El Caballero Oscuro. Y eso, sin hablar de los recientes movimientos de DC y Warner Bros.

El 23 de agosto de 2013 fue anunciado que Ben Affleck interpretaría a Bruce Wayne, sustituyendo al alabado Christian Bale. Como era de esperar dado el escaso prestigio del intérprete y el recuerdo de su papel en la película marvelita Daredevil (2003), esta decisión desató las iras de los fans, así como las represalias en forma de bromas y memes divertidísimos, aunque no tanto como el hecho de que su interpretación, tres años después, acabara siendo de los pocos aspectos de Batman v Superman: El amanecer de la Justicia (2016) que apenas obtuvieran críticas negativas. El Caballero Oscuro de Affleck, como era obvio, resultó ser un cabronazo fascista y psicótico en la mejor tradición de Frank Miller, y la cara más visible y definitoria de un blockbuster que podrá ser muchas cosas, pero desde luego divertido no es una de ellas.

La pose abatida de Affleck –que recientemente ha abandonado la realización de The Batman tras el fracaso de su última obra como director, Vivir de noche (2016)– mientras oye hablar de las malas críticas del filme de Zack Snyder supone el último y más poderoso de los memes que han pugnado por despojar de cualquier atisbo de solemnidad a todo lo que rodea la figura del Hombre Murciélago. El inminente estreno de Lego Batman: La Película, transita por esta misma senda.

Lo que no ha de ser percibido, sin embargo, como algo malo. La transformación del veterano personaje en saco de boxeo de esa posmodernidad que no respeta nada podría llevar a la conclusión de que Batman, el maldito Batman, está acabado y ya no tiene nada que aportar –al menos en materia audiovisual–, cuando obras como La LegoPelícula (2013) nos indican lo contrario. La película dirigida por Chris Miller y Phil Lord, que de tontos no tienen un pelo, nos mostraba a las claras las dos únicas características que, a la hora de verdad, han de definir a Batman. Una, que más allá de sus opiniones políticas, de sus ambigüedades, de sus meadas fuera del tiesto, Batman sigue siendo lo que ya era durante la Segunda Guerra Mundial: alguien que sabe adaptarse. Que sabe ser actual, siempre. E importante.

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Y dos: que más allá de sus opiniones políticas, de sus ambigüedades, de sus meadas fuera del tiesto, Batman es un personaje querido. Probablemente, en Batman: La LegoPelícula, lo único que hará este personaje será, constantemente, furiosamente, regodearse en este amor. Por eso va a ser un pasote.

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