Ampliar los límites: ‘Cadencia’ y el cómic experimental

Siempre que aparece una obra que desafía los cánones de lo que convencionalmente se ha entendido como cómic, hay quien se inquieta y empieza a cuestionar si realmente estamos ante un tebeo. Las discusiones en torno a la definición del cómic y su función no se hacen esperar. Hace unos días, volvió a suceder con Cadencia de Roberto Massó, así que nos parece un buen momento para hablar un poco de todo esto.

Recientemente, la editorial viguesa Fosfatina, especializada en cómic experimental, ha publicado el último trabajo de Roberto Massó: Cadencia (2019). Massó es uno de los más prolíficos artistas que se mueven en el circuito vanguardista del cómic español, y ya sea con sus fanzines o con cómics publicados por pequeñas editoriales, siempre muestra un espíritu inquieto que investiga sin cesar las posibilidades del medio. Como muchos otros dibujantes con los que comparte generación y movimiento -aunque sea informalmente-, Massó no dibuja siempre igual ni se preocupa de cultivar un único estilo. Por ello, parece mantener deliberadamente varias vías abiertas.




Algunas son más convencionales y figurativas, como las obras en las que presenta a una estirpe de héroes cósmicos con aspecto de action figures, como Medieval Rangers (Dehavilland, 2014), o sus trabajos más recientes, Zona hadal (Fosfatina, 2017) y El ruido secreto (Spiderland/Snake, 2017), en los que propone un viaje a las profundidades marinas y un homenaje a la pionera de la danza contemporánea Loïe Fuller, respectivamente. Otra vertiente artística es más radical en sus planteamientos, y se enmarca en una abstracción geométrica dura. Cadencia es, en cierta forma, la culminación de esto, y su reciente publicación ha generado, a raíz de comentarios elogiosos por parte del crítico Álvaro Pons, entre otros, la enésima discusión acerca de qué es cómic y qué no lo es. Pero empecemos por el principio.

Cadencia, ritmo y composición

Aunque ha sido con este libro con el que el público ha conocido este estilo tan formalista, lo cierto es que Roberto Massó lleva un tiempo explorando las posibilidades de la abstracción pura aplicada al cómic, en fanzines como Circuito internacional de curvas, Gemelas y Gris / Dimensión / Curvas. Hay mucho de estos en las páginas de Cadencia, hasta el punto de que pueden considerarse ensayos o primeras tentativas. Pero este libro de 144 páginas supone un paso más contundente en su exploración, e intuimos, quizá su aportación definitiva a este campo, al menos dentro de unos parámetros tan estrictos y parcos. Aunque no las comparta, en realidad entiendo que, si uno está acostumbrado a leer obras más convencionales, surjan las dudas acerca de cómo catalogar esta obra, y si es o no es un cómic. Hay mucho de lo que podemos hablar a partir de Cadencia, pero, ante todo, la obra tiene un valor por sí misma que no podemos olvidar, y que merece un mínimo análisis.

Tanto en aquellos fanzines como en este libro, Massó presenta composiciones de página muy regulares, con viñetas uniformes, y divide la obra en secuencias, “capítulos”, si se pueden llamar así, en los que plantea unos elementos geométricos con los que experimentar. Líneas rectas y curvas de mayor o menor grosor forman ángulos, se “mueven” por las viñetas y conforman tanto una secuencia que podemos seguir como un sentido diferente si se observa la página completa. Por supuesto, no hay aquí ni personajes ni una trama narrativa, pero sí hay, claramente, secuencias e intenciones.

Massó, al comienzo de cada intervalo, establece unas “reglas”, que el lector intuirá pronto si está atento, y que le sirven de guía para explorar cada presupuesto. En algunas partes, las líneas rectas atraviesan el plano, forman ángulos entre sí y con los marcos de la viñetas; en otras, las líneas se disparan a un punto de fuga fuera del marco. Massó juega con las continuidades y discontinuidades de esas líneas, con su posición -con respecto a otras en la misma viñeta o con las de otras-, su grosor y, sobre todo, su número. La densidad de los conjuntos de líneas dependen de la distancia que haya entre ellas, y es aquí donde encontramos una de las claves de Cadencia: el ritmo. El libro busca, entre otras cosas, profundizar en cómo se genera el ritmo en una historieta, hasta el punto de que, por su condición abstracta, acaba teniendo un componente musical importante: por momentos, el lector “escucha” este cómic. En conjunto, funciona como una especie de sinfonía o pieza de música experimental, que alterna partes más tranquilas y ordenadas con otras que son puro caos y ruido. Es entonces cuando se aprecia el sentido de este trabajo de Massó, quien, lejos de tirar líneas al tuntún, estudia cada página y su efecto en el total de forma evidente.

Por supuesto, no está escrito en ninguna parte que este cómic tenga que gustarte. De hecho, esa idea de que todos los cómics deben gustar al aficionado al cómic™ ha sido uno de los problemas que solo recientemente el medio ha comenzado a superar. No pasa nada si no te interesa Cadencia. Pero sí convendría, al menos, acercarse con la mente abierta si uno quiere hacer el esfuerzo de leerlo. Acudir a una obra con el hacha de los prejuicios levantada suele servir solo para confirmar los sesgos. También creo que no hay que leer este tipo de cómic con la obsesión de desentrañar su secreto, de descifrar lo que está contando, lo que hay oculto en sus páginas: esto no es un libro de El ojo mágico. Es una experiencia estética y narrativa abstracta, y, por tanto no hay un “mensaje” en un sentido convencional.

¿Qué es cómic? Cómic eres tú

La publicación de Cadencia ha motivado unos pocos comentarios negativos, incluso burlescos, por parte de gente que aún no lo ha leído, ni, seguramente, lo lea nunca. Pero esto, que es anecdótico, me interesa menos que contestar al debate, de nuevo resucitado, acerca de qué es cómic y qué elementos definen al medio. Los lectores de cómic tienen una especial obsesión con esto, que ha sido alimentada también por algunos teóricos, como Scott McCloud, que han dedicado muchos esfuerzos a dar con la definición perfecta. En principio, parece algo interesante y hasta “necesario”… el problema es que, muchas veces, estas definiciones se alcanzan sin la formación específica necesaria para que tenga un rigor científico imprescindible si uno quiere pasar de la mera opinión de lector a la definición teórica universal.

Y no solo eso: las definiciones que suelen darse están totalmente mediatizadas por el contexto espacial y temporal en el que se formulan. Si alguien, por ejemplo, no ha leído manga en su vida, seguramente la definición que haga de cómic será muy diferente a la que puede dar un lector japonés. Así es como se llegan a supuestos esencialismos del tipo: “un cómic debe contar una historia”, “un cómic debe tener personajes”, “un cómic debe combinar imagen y palabra”. Son un reflejo del cómic hegemónico, el que ha dominado la faceta más comercial del medio durante décadas, pero no condiciones sine qua non de su lenguaje. Como tampoco lo es la secuencia, el uso de la viñeta o ninguna otra característica que la realidad se ha encargado de demostrar que puede o no aparecer en un cómic.

Lo curioso es que estas definiciones parciales, generadas desde la experiencia personal y un conocimiento limitado del medio, se elevan a categoría de verdad universal y “ley natural”, como si fueran la ley de la gravedad, y se usan, en consecuencia, para expedir certificados de pertenencia al medio: lo que no se ajuste a esta definición que me he inventado automáticamente queda expulsado del paraíso del cómic y pasa a ser otra cosa… Que no sé qué es ni me interesa, porque a mí solo me interesa leer tebeos.

Lo voy a decir ya sin dar más rodeos: creo que la formulación de definiciones cerradas en campos artísticos hace mucho que dejaron de tener sentido o utilidad. En un contexto cultural en el que la posmodernidad nos pasó por encima hace ya unas cuantas décadas, y en el que la hibridación y multidisciplinariedad están a la orden del día, pretender acotar qué es un cómic en una definición de dos líneas me resulta tremendamente limitador y, como ejercicio crítico, estéril. Si ante una obra tan desafiante y estimulante como Cadencia lo único que atinamos a hacer es darle vueltas a si es o no es un cómic, mal vamos.

De todas formas, lo más curioso de todo es que, bajo ciertos presupuestos conservadores, Cadencia encaja mejor de lo que parece. En primer lugar, porque es pura secuencia. Desprovisto de argumento y trama, lo que queda es la mecánica rítmica sin artificios ni adornos. El propio Massó así lo ha defendido en entrevistas: considera que lo que hace es cómic secuencial en su sentido más estricto. Su Tumblr Esto no es un cómic también nos da algunas pistas sobre su posición y sus posibles influencias. Entender que la narrativa equivale a la historia o la trama, por otro lado, es un error común en lectores y críticos. Para que una obra “cuente algo” no hace falta tener una historia al uso, ni personajes, ni escenarios. Puede transmitir simplemente sensaciones y emociones, como hace buena parte de la poesía de vanguardia, por buscar un símil, pero es que, además, la mera exposición de una serie de imágenes ordenada según una mecánica es ya una transmisión de información en sí misma. Eso es narrativa en sentido estricto, como lo es, por ejemplo, la mecánica de Tetris, como explicó muy bien John Tones en un artículo de hace unos años. Otro autor, Horacio Muñoz Fernández, propone el término “posnarrativo” para referirse a este tipo de obras que no ofrecen un relato al uso; puede ser una buena aproximación y me parece, desde luego, un ejercicio mucho más fructífero y enriquecedor que cerrar las puertas al campo. Este tipo de cómics deberían servir para expandir sus límites y abrir posibilidades, y no para reducirlas y encerrarse en el búnker de la esencia pura de lo que el cómic DEBE ser. Un arte no “debe” ser nada de nada.

Experimenta, que algo queda

La experimentación ha sido consustancial al desarrollo de cualquier medio de expresión. Tener que decir esto me parece una obviedad, pero lo digo, por si acaso. Siempre ha habido creadores inquietos que han hecho cosas que nadie estaba haciendo, o que han aplicado herramientas que ya existían con usos novedosos. Y no podemos ponerle límites a eso, porque es así como avanzan los lenguajes artísticos. “Experimentar dentro de un orden” me suena tan reaccionario como “libertad pero sin libertinaje”. Un artista no puede andar preocupándose de hasta dónde puede experimentar antes de que su obra deje de pertenecer a un medio, primero porque es absurdo que eso sea una prioridad, y segundo, porque lo que importa es, al fin y al cabo, la obra en sí.

‘Los Nuevos Mutantes’ de Sienkiewicz

De cara a crítica y afición, tampoco debería preocuparnos esto, a poco que tengamos perspectiva histórica. Es fácil comprobar cómo lo que en su momento causó rechazo y fue despreciado acaba convirtiéndose en algo normal y plenamente aceptado. El experimento de hoy es el canon conservador del mañana, porque los gustos cambian y el campo artístico se va ampliando, afortunadamente. La música es quizás el mejor ejemplo. El adagio “eso no es música, es ruido” se ha ido desplazando desde La consagración de la primavera de Stravinsky al rock, al punk, al rap y el hip hop, a la electrónica y, hoy, al trap. El espacio de lo que no genera controversia y es aceptado se va moviendo y ampliando a través del tiempo, precisamente gracias a la experimentación. En el cómic, determinadas manifestaciones que generaron rechazo en su día, bien por su propuesta narrativa experimental o bien por recurrir a un estilo de dibujo poco ortodoxo, acaban siendo totalmente aceptadas, desde The Cage de Martin Vaughn-James, los cómics de Micharmut o el underground más artie. Sin ir más lejos, basta recordar el rechazo visceral que provocó el trabajo de un artista como Bill Sienkiewicz en Los nuevos mutantes, un dibujante que hoy tiene estatus de maestro consagrado y al que pocos aficionados critican.

Sin embargo, yo creo que hay algunos agravantes que hacen que, mientras que casi nadie pone en duda que un poema dadaísta es literatura o un cuadro de Piet Mondrian es pintura, todavía haya más de uno y más de dos aficionados que ante la visión de Cadencia arruguen el gesto. El cómic, en su condición de entretenimiento de masas que solo recientemente ha comenzado a atraer interés académico y legitimidad cultural, no ha generado discursos teóricos tan sólidos como otras artes. A eso hay que sumarle el hecho de que la inmensa mayoría de la producción de cómics se ha dirigido a un gran público y con unos objetivos comerciales que desincentivaban la experimentación y subrayaban la concepción del autor de cómic como un artesano que repetía fórmulas de la mejor manera posible antes que como un artista que revolucionara su lenguaje o lo hiciera avanzar. Esa idea comienza a aparecer en los años sesenta, pero tarda en explotar y en convertirse en habitual en los discursos autorales.

Por eso, abundan las posiciones escépticas. Están, por un lado, los “desintegrados”, que no quieren negar el valor de estas obras o incluso afirman que les gustan, pero ponen en duda que se pueden considerar cómic; y están, por otro lado, los “posapocalípticos”, que manifiestan su alarma y preocupación por lo que puede pasar si este tipo de cómics experimentales se normaliza, por el daño que puede hacer al mercado. De los conspiranoicos prefiero no hablar. Todas las posiciones que se mueven incómodas en sus asientos comparten algo: se preguntan el por qué de esta obra, por la intención del autor, por su necesidad o su lugar en “la industria”. Sin embargo, pocos de ellos se preguntan el por qué del spin-off número ciento cuarenta y siete de X-Men o por la necesidad de un nuevo álbum franco-belga sobre batallas navales. Y eso es por que estas cosas forman parte de lo que siempre han conocido, del terreno que han considerado “natural” dentro del medio que aman.

Pero la experimentación no precisa de justificación. Cadencia, al igual que muchas otras obras, tiene valor por sí misma. Hay muchas maneras de innovar y muchas formas de romper con la tradición de la historieta o retorcerla para crear algo nuevo. Pensar que las obras experimentales tienen utilidad porque, después, sus hallazgos se pueden incorporar a obras más convencionales es caer en otra trampa, aunque no pueda negarse que eso suceda. Como decía más arriba, el experimento, si se incorpora a la panoplia de recursos habituales de un medio, deja de serlo y pasa a ser visto con total normalidad. Pero Roberto Massó no ha dibujado Cadencia para que los dibujantes de Marvel asimilen sus hallazgos, sino porque necesitaba hacerlo, y explorar las posibilidades de ese camino mediante una investigación concienzuda. Es cierto que, posiblemente, este tipo de abstracción geométrica tenga su recorrido; resultaría extraño que, una vez que ha desarrollado una obra tan ambiciosa, volviera ahora a publicar fanzines breves donde hiciera exactamente lo mismo. Pero si alguien piensa que es un “ejercicio de estilo” o una excentricidad sin conexión alguna con el resto de su obra, solo tiene que contemplar páginas como estas de Ruido secreto del mismo Massó para darse cuenta de su error.

La abstracción geométrica, por otra parte, tiene múltiples manifestaciones en el cómic. Hay bastantes autores practicándola, con resultados muy diferentes entre sí, desde el más conocido, el francés Alexis Beauclair, pasando por Ben Sanair y llegando a autores que emplean la geometría de una forma más integrada con cierto figurativismo más narrativo, como los vigueses Óscar Raña y Cynthia Alfonso. Hay cuerda para rato y campo para explorar, porque el arte siempre escapará a la definiciones y a las reglas.

Nos despedimos con un importante mensaje de Nacho García.

Dibujo de Nacho García.

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