Animación ilimitada: 9 largometrajes anime visualmente espectaculares

Al hablar de animación caemos a menudo en un montón de errores. Creer que tiene los mismos códigos visuales que el cine live action, considerar buena animación sólo un dibujo espectacular o algo que parece muy fluido o difícil de hacer, e incluso pensar que la animación tradicional o la digital son mutuamente excluyentes o una mejor que la otra.

Todo eso son errores comunes. Pero a fin de cuentas, no estamos educados en las bondades de la animación. Y si bien siempre hay sitio para aprender, es lógico que consideremos bueno lo que vemos habitualmente sin entrar en mayores consideraciones.




Por eso hoy hemos elegido un enfoque diferente. No hablaremos de las bondades de este grupo de películas en tanto películas. En esta ocasión nos da igual su narrativa, su dirección o su subtexto. O al menos, ese no va a ser el foco. Por una vez, vamos a hablar exclusivamente de animación.

anime-animacion02

Todas las películas de las que hablamos en este artículo son excepcionales. Cada una a su manera. Ya sea por el uso de las transiciones, de la animación limitada o del puro diseño artístico, cada una de ellas destaca con luz propia dentro del anime por hacer algo que puede pasar por alto en muchos casos: una animación espectacular.

De ahí que hayamos tenido que ponernos límites. Sólo hablar de películas. Porque si consideráramos también cortometrajes, tendríamos que entrar a hablar de la Japan Animator Expo de Hideaki Anno. Y eso se merecería su propio artículo. Pero para empezar, adentrémonos en estas nueve maravillas de la animación.

Redline

No es raro que un director artístico o un director de animación dé el salto a la dirección. Por eso no resultó extraño que lo hiciera Takeshi Koike, el protegido de Yoshiaki Kawajiri. Tras su excelente trabajo como animador en películas como Ninja Scroll, Card Captor Sakura o Dead Leaves, nadie se extrañó de que se encargara de una película enteramente suya. Ni siquiera de que fuera un proyecto enorme. ¿Cómo de enorme? Tan enorme que es dudoso que jamás se vuelva a hacer un anime de semejantes proporciones.

Redline, el debut como director de Koike, llevó siete años de producción. 100.000 dibujos hechos a mano. 30 millones de dolares de presupuesto. Cifras relativamente pequeñas para la animación occidental, pero entre veinticinco y treinta veces por encima de lo que es normal en cualquier película de anime. En otras palabras, la importancia de Koike como animador es tal que se confío en él para darle un presupuesto y volumen de su trabajo para su primera película como director equivalente al que se le puede dar actualmente a Hayao Miyazaki. Y siendo este además la cabeza de su propio estudio, lo cual facilita tremendamente acabar con cualquier discusión sobre los alucinantes sobrecostes de cualquier producción.

Hablando rápido y mal, Redline es un prodigio visual. Desde los fondos, de los cuales se encargó la ahora famosa creadora de Yuri On Ice!!, Sayo Yamamoto, hasta los efectos o el diseño o la animación, resulta todo tan espectacular que decir que la multipremiada your name. palidece en comparación no es ninguna boutade. Porque es cierto: Redline merecería ser vista aunque sólo fuera por su animación absolutamente alucinante. Pero es que además, es también una película preciosa.

Mindgame

Masaaki Yuasa es una rareza dentro del anime. Más influenciado por Tex Avery, Ladislas Starevich y el opening de la serie original de Tiger Mask que por los animadores clásicos japoneses, dedicando buena parte del principio de su carrera en la animación para niños con ecos occidentales, él es uno de los bichos raros del ecosistema japonés. Pero no nos equivoquemos: Yuasa está perfectamente integrado dentro del contexto del anime. Y si bien sus obras más celebradas están en la televisión -con la cosa dirimiéndose entre The Tatami Galaxy y Ping Pong. The Animation-, también ha demostrado su genio en el terreno del largometraje.

Mind Game es, como indica su propio título, un juego mental. Cambiando constantemente el estilo de dibujo y de animación, pero siempre abrazando la seña de identidad de Yuasa: la transformación constante de las líneas de los dibujos además de un tempo muy específico que se basa en la alternancia de escenas muy breves a un ritmo alegre donde tiene un gran peso el sonido -esto último seguramente herencia de su benefactor, Shinichiro Watanabe, que se encarga del sonido de la película-. Todo da como resultado una película quizás no tan pulida en términos de diseño o dibujo, pero espectacular en lo que la animación y la dirección respecta. A fin de cuentas, cada vez que creemos entender a dónde se dirige la película, se transforma y cambia de dirección. Como el propio estilo de Yuasa, que parece que no puede permanecer estático y siempre se transforma. Y que si tiene una cualidad, es esa: la de no poder ser sólo una cosa.

Paprika

Sacar a relucir a Satoshi Kon es hacer trampa. Si existe un director de anime que podría llegar a competir en popularidad con Miyazaki, ese es él. Pero dado que no se suele hablar de lo absolutamente excepcional que es su animación, lo traemos aquí.

Aunque en sus primeros trabajos siempre osciló más entre el dibujado de fondos y el guión que en el trabajo de dirección, donde más ha destacado con diferencia ha sido como animador. Y no es para menos: es ahí donde más destaca su animación. Paprika es prodigiosa no por la fluidez de su animación, que también, o lo excepcional de sus diseños, otro aspecto importante, sino porque toda la película está concebida desde el guión con una forma de rodar en mente. Con un uso muy específico de las elipsis y las transiciones.

Incluso si obviamos la historia de Paprika -que no deberíamos-, sólo hace falta ver su primera escena para entender a qué nos referimos. El modo en que acaba y empieza cada plano siempre remite a una concepción abstracta del dibujo. Kon jugaba constantemente con un estilo de animación que hacía del non sequitur del manga su bandera: cada causa no tiene un efecto, sino que, por lo general, hay una causa, luego se salta a otra causa diferente, y antes de tener una resolución de ninguna clase, encontramos el efecto de la primera causa, que puede afectar o no a la segunda de ellas. Su animación viene intrínsecamente determinada por su forma de montar, heredada, sin duda alguna, de los tiempos en los que trabajaba de asistente de manga a las órdenes de Katsuhiro Otomo.

En cualquier caso, no es sólo en Paprika. En todo el cine de Kon se consigue ese efecto onírico, como de cuento de hadas, gracias a ese montaje non sequitur. Porque, como el sueño eterno en el que está ahora, en su forma de animar no había sitio para algo tan banal y aburrido como la mera lógica.

El jardín de las palabras

Makoto Shinkai no necesita presentación. No tras your name. No después de que le dedicáramos todo un artículo. Pero si bien sería fácil destacar su último trabajo por lo que es, una obra maestra, nosotros preferimos incidir en otra anterior, El jardín de las palabras.

Con un estilo sutil, parco en palabras, todo se mueve a través de un elemento climatológico: la época de lluvias. De ahí que el elemento primordial en esta película sea en lo que más destaca su animación, y por la que lo hemos elegido: por lo absolutamente alucinante del dibujo de sus fondos.

Este es un elemento que se suele pasar por alto cuando hablamos de animación. Pero si algo nos ha demostrado Shinkai es que, en algunas historias, el escenario es parte intrínseca del plantel de personajes. De ahí que en El Jardín de las Palabras, además de los dos protagonistas humanos, el parque donde se encuentran, la lluvia, la casa de cada uno de ellos y la escuela que comparten sean parte intrínseca de la historia: todo lo que no dicen ellos, porque están demasiado heridos como para abrirse el uno al otro, lo dicen los escenarios. Los fondos. No sólo perfectamente dibujados, sino también animados. El chisporroteo sutil, el fluir del agua de un río o la condensación empañando una ventana son el elemento simbólico donde Shinkai se juega todo el significado de su película. Demostrando, en el proceso, que incluso algo en apariencia tan secundario como los fondos pueden ser el auténtico corazón de la animación de una película.

Ninja Scroll

En el anime no hay muchos grandes nombres propios. Menos aún antes de los noventa. Pero entre esos pocos que sí tienen un nombre y destacaron por la fuerza y personalidad de su animación, haciendo cosas completamente diferentes y nuevas dentro del anime, el que se lleva la palma es Yoshiaki Kawajiri.

Mentor de muchos de los grandes nombres del anime de la época Ninja Scroll es su canto de cisne como director. Con una puesta en escena imposible de replicar en un live action, haciendo de la economía de recursos su bandera, lo sorprendente es cómo una película tan (relativamente) poco animada pueda tener combates y acciones tan intensas. Ahí radica su mayor triunfo: no hay grandes aspavientos. Muchas de sus mejores escenas, por su acción desenfrenada, son prácticamente estáticas. Y cuando quiere aprovechar e introducir animación delicada y muy cuidada, lo hace en pequeños detalles y acciones mínimas más que en grandes gestos. Ese es el estilo de Kawajiri. No la extravagancia o convertir el anime en un constante flash de colores y movimientos. Al contrario, juega con los planos, los escorzos imposibles y confiere dinamismo no cortando mucho y muy rápido o haciendo muchos dibujos, sino haciendo que cada imagen clave de la animación sea tan dinámica y fluida que de la sensación de que todo el conjunto lo es con ellas. En otras palabras, Kawajiri representa en esta lista la esencia misma del anime: alcanzar el resultado más eficiente posible utilizando los mínimos recursos disponibles.

Dead Leaves

Hiroyuki Imaishi fue el protegido de Hideaki Anno. Ya sólo por eso, además de por ser uno de los pocos animadores que han repetido en todas las iteraciones de Neon Genesis Evangelion, ya queda claro que es un animador a tener en cuenta. El único problema es que todo su trabajo se ha centrado en sus producciones para televisión y cortometrajes, por lo cual resulta difícil justificar su inclusión en una lista que necesita que haga aparición. Pero difícil no es imposible. Y si bien es poco conocida, Dead Leaves no sólo es su primero (y de momento único) película, sino todo un compendio del estilo Imaishi.

¿Cuál es el estilo Imaishi? Caos, poses molonas y doscientas referencias por segundo. No literalmente, pero casi. Porque viendo Dead Leaves, independientemente de lo anémico de su historia, si algo nos queda claro es que Imaishi tiene un sentido privilegiado para el tempo. En sus historias todo ocurre a dos velocidades: o rápido o a toda hostia. Y rápido sólo ocurre cuando es imposible que sea a toda hostia.

Si además sumamos su tendencia a la hibridación de géneros, jugando con la animación limitada hasta el punto de ser ilustraciones moviéndose como recortes de papel o el uso de maquetas, es fácil justificar la presencia de Imaishi en esta lista. Pero incluso sin eso, todavía nos queda lo que nos ofrece Dead Leaves: el anime más rápido, macarra y encantador que has visto en tu vida.

Belladonna of Sadness

En la animación a veces parece que no exista la dimensión del diseño. Diseño entendido en su sentido más prosaico: la belleza de composiciones, estáticas o en movimiento, pensadas para evocar un sentimiento, una sensación o una idea. No algo concreto con función narrativa estricta, que también, sino algo que sirva para evocar de forma sutil una serie de emociones en quien lo observa.

Belladonna of Sadness, experimental en fondo y forma, juega con el diseño de cada escena como lo haría un fotógrafo de Vogue con la escenografía de sus fotos: pensando en cómo resaltar cada detalle, cómo conseguir que cada efecto, cada pequeño detalle alucinado, dé la sensación de movimiento y vida en algo básicamente estático. Porque más allá de su animación, sobresaliente, lo verdaderamente destacado de esta película es cómo se transforma a través de un diseño esquizofrénico, rayano el mal viaje de LSD, que lo hereda todo de un cruce blasfemo entre la estética anime y una versión psicotrónica de la idea clásica de la feminidad como brujería, en un viaje increíble a través de las cuitas de lo que implica ser mujer.

The Sky Crawlers

No neguemos lo evidente: la práctica total ausencia de anime no tradicional en esta lista ha sido intencional. Y es que si bien el uso de CG ya lleva bastante tiempo en Japón, su uso todavía no es tan común como el del dibujo tradicional. Algo lógico si pensamos en las muy marcadas particularidades de su estilo de animación.

Aunque más conocido por Ghost in the Shell, Mamoru Oshii ha hecho del 3D CG su principal campo de batalla, ya sea en animación o en live action. Pero en vez de hablar de sus experimentos con el cine de aventuras o el mockumentary pasado de vueltas, preferimos hablar de The Sky Crawlers, una película capaz de demostrar que, cuando el presupuesto acompaña, nada impide a una película hecha enteramente en digital alcanzar las cotas de espectacularidad de sus primas más tradicionales.

Con un detalle asombroso tanto en aviones, como en personas y cielos, además de con unas escenas largas y fluidas, que intentan evocar de forma efectiva tanto un uso de cámaras más próximo al live action como el hecho de la tensión y el lento, aunque precipitado, curso de acción en cualquier dogfight entre aviones rivales, Ishii no se recrea aquí en espectaculares estructuras imposibles o la acción frenética como sí hacía con el 3D CG de Ghost in the Shell 2: Innocence, pero el resultado, aun cuando más sobrio, es igualmente espectacular. Porque aquellos que creen que la animación japonesa empieza y acaba con el papel y el lápiz, están muy equivocados.

Little Witch Academia: The Enchanted Parade

Ya hemos recomendado con anterioridad Little Witch Academia. Su estilo tierno, sus ecos Disney y su enfoque infantil, pero plenamente disfrutable por adultos, la hacen la franquicia anime actual con más facilidad para ser grande en occidente. Pero no nos quedemos ahí. No cuando el segundo de sus mediometrajes, Little Witch Academia: The Enchanted Parade, es una delicia visual como pocas veces se han visto.

Con Yō Yoshinari a la dirección, era lógico que la película destacara por esos pequeños aspectos que la mayor parte de la gente pasa por alto. Y así es. Little Witch Academia tiene unos espectaculares efectos animados. Cada explosión, columna de humo o fuego artificial es un precioso despliegue de efectos tan exagerado y rotundo como preciosista. Si además le sumamos una animación fluida, centrada en los pequeños detalles, el resultado es una película que, sin hacer nada que pueda considerarse absolutamente espectacular, es una suma de elementos que podrían pasar desapercibido por sí solos, pero que en conjunto conforman una obra maestra. Porque eso es la animación. No sólo escorzos imposibles o diseño de personajes excepcional. Sino también, y especialmente, todos esos detalles que dan vida a cada movimiento de los personajes.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Artículos Promocionados

Loading...

Publicidad

Suscríbete a nuestra newsletter semanal
Novedades y contenido inédito.

Un comentario

  1. Narciso dice:

    Muy interesante el artículo. El estilo de dibujo de Belladonna of sadness me recuerda poderosamente a dibujantes europeos de los setenta-ochenta como Sergio Toppi, Fernando Fernández o la Barbarella de cómic.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *