Basado en crímenes reales – 10 películas sobre la crónica negra española

Es innegable el interés y el impacto que la crónica negra genera en una sociedad. Conscientes de ello, el arte y la literatura se han nutrido en no pocas ocasiones de crímenes reales, ya sea con fines reivindicativos o de denuncia, por sensacionalismo o simplemente por el morbo que suscitan estas historias.

No hay cultura que se libre de este fenómeno. En nuestro caso, la llamada España Negra fue leitmotiv de las pinturas de José Gutiérrez Solana —incluso escribió ensayos sobre el tema—, pero también inspiró géneros literarios como el tremendismo, deudor estética y temáticamente de aquellas pinturas, que se iniciase con la publicación en 1942 de La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela

En no pocas ocasiones, la literatura española ha seguido muy de cerca la crónica negra. A ella han recurrido, por ejemplo, Benito Pérez Galdós, Ramón J. Sender o Pío Baroja. Un caso concreto del «basado en un crimen real» es el de Federico García Lorca, quien escribió Bodas de sangre a partir de una noticia que leyó en un periódico; se trataba del «Crimen de Níjar», el cual inspiró también la novela Puñal de claveles, de Carmen de Burgos. Pero esto de recurrir al true crime tenía su tiempo, pues ya en el siglo XVI Lope de Vega hizo algo similar: el Fénix recurrió a la poesía popular en algunas de sus piezas teatrales, entre ellas El caballero de Olmedo, tragedia inspirada en una canción sobre el asesinato de un hombre a manos de su vecino.

Niños observando un cartelón de crímenes que utilizaban los cantores.
Imagen cortesía de La Felguera/Agente provocador

Y es que, desde la Edad Media hasta prácticamente comienzos del siglo XX, estas historias de crímenes, junto a otras de temáticas diferentes, eran transmitidas a través de romances y de los cantadores de cuentos, quienes portaban unos enormes carteles con escenas que iban señalando a la vez que narraban; a estos últimos retrata Pío Baroja en Los horrores de las antiguas ferias, un fragmento incluido en la antología Las calles siniestras, recientemente editado por La Felguera, y que, entre otros, dice haber oído romances sobre el crimen del huerto del Francés —del que trata una de las películas de este listado—. Aunque, como sucede con toda tradición oral, el boca a boca terminaba por distorsionarlas o transformarlas en leyendas. Si bien no ha desaparecido del todo, esta trasmisión oral fue disminuyendo ante nuevos formatos de comunicación, a los que la crónica negra se adaptó fácilmente: desde el diario El caso, que, durante sus cuarenta y cinco años de vida, publicó artículos sobre este tipo de sucesos; a los programas televisivos que se recrean en los detalles morbosos de los crímenes o los noticiarios que, en vez de informar, crean miedos —como señaló Eloy de la Iglesia en Miedo a salir de noche (1981)—. 

Sin embargo, al margen del uso sensacionalista que hace de ella la telebasura, hay quien ha recurrido a la crónica negra con fines de denuncia o para mantener en nuestra memoria historias oscuras pero reales de nuestro pasado reciente, caso de Lo conocí en un Corpus —documental en formato podcast sobre el asesinato machista de Ana Orantes, dirigido, escrito y narrado por Noemí López Trujillo— o de libros colectivos como Alcasseriana (2016) o los tres volúmenes de Fuera de la ley (2016-2018).

A esa función de denuncia-crítica o de rescatar historias que han caído en el olvido pero que en cierta manera nos hablan del presente, contribuyen las diez películas de este listado. En algunas de ellas, curiosamente, hay referencias a los romances y los cantores, como si se declarasen deudoras de esa tradición de contar crímenes: El crimen de la calle de Bordadores, El bosque del lobo, El huerto del Francés y El crimen de Cuenca. Por último, el «basado en crímenes reales» también ha dejado series televisivas como La huella del crimen (1985-2010), producida por Pedro Costa, cuyos episodios recreaban sucesos de la crónica negra española.

El crimen de la calle de Bordadores (Edgar Neville, 1946)

El 2 de julio de 1888, Luciana Borcina, una mujer de la alta sociedad madrileña, fue apuñalada en su domicilio de la calle Fuencarral. A pocos metros del cadáver, la policía encontró tirada en el suelo e inconsciente a la empleada doméstica, Higinia Balaguer, sospechosa del crimen desde el primer momento y posteriormente condenada a muerte y ejecutada mediante garrote vil. Sin embargo, hubo una gran parte de la opinión pública que creía en su inocencia y culpaba a José Vázquez Varela, hijo de Luciana, lo que lo convirtió en un tema frecuente de las discusiones de la época.

Poco más de medio siglo después, Edgar Neville se inspiró en este caso para ofrecernos un retrato del Madrid de finales de siglo, desde la bohemia a la alta burguesía, y de las criaturas que lo habitaban. El crimen de la calle de Bordadores no pretende ser una recreación exacta del crimen. De hecho, los personajes no tienen los mismos nombres, el lugar cambia de la calle Fuencarral a la de Bordadores y la víctima no muere acuchillada, sino golpeada con una plancha. Lejos de la crudeza de otros títulos de este listado, es una comedia simpática, con final feliz incluido, que, sin embargo, posee una vigencia temática mayor que el de otras, y ello se debe a la sátira sobre el enfoque sensacionalista que la prensa tuvo con el caso: las escenas de la redacción del periódico se asemejan al esperpéntico espectáculo de algunos programas televisivos cuando abordan el crimen mediático de turno. No falta tampoco el impacto que el suceso tuvo entre la población, dividida entre quienes creían en la inocencia o la culpabilidad de Higinia Balaguer —posición que dependía de la clase social de cada individuo—: una divertida escena muestra bronca y discusiones entre vecinas, familiares y tertulianos de bar cuando se discutía sobre el caso.

El extraño viaje (Fernando Fernán-Gómez, 1964)

El de «las tres copas» fue uno de los crímenes más populares en la España de los 50. Los cuerpos de dos hermanos, María Luisa y Julio Pérez Gómez —oriundos de La Rioja—, fueron encontrados por un pescador en la playa murciana de Mazarrón. Una tercera hermana, Marina, desapareció y nunca se supo de ella. Junto a los cadáveres, había tres copas y una botella de Brandy. El caso quedó sin resolver.

Inspirado por una idea de Luis García Berlanga, Fernando Fernán Gómez juega a los detectives planteando una hipótesis sobre qué ocurrió en este crimen, aunque sin utilizar nombres reales ni siquiera el mismo lugar, pues, según comenta Casimiro Torreiro en Historia del cine español (2009), la censura no permitió que la película hiciera referencia a Mazarrón temiendo que por ello los turistas dejasen de frecuentar la zona.

El extraño viaje es una historia que mezcla costumbrismo y esperpento, terrorífica y con mucho humor negro, que nos contrapone dos mundos: la vida anclada en el hogar de los tres hermanos, que conviven en un caserón que parece estar encantado; y la del resto del pueblo, con las preocupaciones propias de un habitante de provincia en tiempos del tardofranquismo. Si bien no funcionó en taquilla, con el tiempo se ha ganado el estatus de título de culto. Ángel Sala, por ejemplo, en Profanando el sueño de los muertos (2010), la considera pionera del movimiento Spanish Gothic.

El bosque del lobo (Pedro Olea, 1970)

A caballo entre la crónica negra y la leyenda están los crímenes de Manuel Romasanta, el «Hombre Lobo de Allariz», considerado el primer asesino en serie español y también el primer caso registrado de licantropía clínica. Romasanta cometió unos trece asesinatos en Galicia a mediados del siglo XIX, según él, transformado en lobishome. Su historia formó parte de la cultura popular y atemorizó a muchos niños durante décadas, pues entró a formar parte de los miedos populares como una nueva versión de personajes siniestros como el Coco, el Sacamantecas o el hombre del saco.

Ese tono de leyenda está presente en El bosque del lobo, con un romance sobre el lobishome al comienzo y al final del filme, que nos muestra un mundo donde la gente toma la superstición, la magia y el cuento como parte de su realidad. De hecho, el propio asesino siente que su enfermedad es una maldición, tal como declaró el propio Romasanta en el juicio. Junto a lo mágico, cobra también una fuerte presencia el catolicismo, que mira de reojo todo lo increíble. 

Aunque inspirada en el caso —a su vez es una adaptación de una novela de Carlos Martínez-Barbeito—, no se optó por utilizar nombres reales, así que Romasanta pasa a ser aquí el buhonero Benito Freire, interpretado por un magistral José Luis López Vázquez. Décadas más tarde, el Hombre Lobo de Allariz volverá a inspirar otra película: Romasanta, la caza de la bestia (2004).

El huerto del Francés (Jacinto Molina, 1977)

Paul Naschy siempre comentaba que la idea de esta película surgió cuando se preguntaba de dónde venía la expresión «llevar al huerto». Teniendo en cuenta la tendencia del actor-director a darle fantasía a sus creaciones y que sobre tal expresión existen múltiples hipótesis con respecto a su origen —muchos «venga mi amado al huerto» se pueden leer en la poesía renacentista del locus amoenus—, más probable resulta que el propio Paul, interesado por lo macabro y lo criminal —llegó a conocer al popular asesino Jarabo—, simplemente conociera los crímenes de Peñaflor, pues fue un caso tan sonado durante décadas que incluso es sencillo encontrar referencias a él en cosas tan dispares como una obra de Valle-Inclán —»Otro Huerto del Francés estáis armando«, en La hija del capitán (1922)— o el estadio de fútbol de El Sardinero, feudo del Racing de Santander, que fue conocido como «El huerto del Francés» en la década de 1930.

La película recrea el caso de los seis asesinatos cometidos entre 1898 y 1904 en Peñaflor (Sevilla) por José Muñoz Lopera y Juan Andrés Aldije Monmejá, conocido como El Francés (interpretado por Naschy), y la posterior ejecución de ambos mediante garrote vil. Debido a su tono oscuro y tremendista y a la dureza de sus escenas, El huerto del Francés impactó en su momento y, por ello, es uno de los títulos más recordados y aclamados de su director. Quizás se eche de menos una mayor profundización en los motivos que llevaron a los criminales a cometer los asesinatos y menos escenas de cama, gratuitas y tediosas. A pesar de ello, es una película interesante, con escenas muy controvertidas para la época, como la del aborto que practican a Andrea, personaje que interpreta María José Cantudo —cuya enemistad con Ágata Lys convirtió el rodaje en un polvorín—. Desgraciadamente, a día de hoy, El huerto del Francés no conoce nada más que ediciones pirata de paupérrima calidad.

El asesino de Pedralbes (Gonzalo Herralde, 1978)

A diferencia del resto del listado, esta es una obra de no ficción. Sin embargo, tanto por el tema como por la importancia que el género documental tuvo en el cine español de su época, es razonable incluirla. La década de 1970 nos dejó un buen puñado de títulos que, al llegar la Transición, testimoniaron una serie de asuntos que no interesó abordar a la España franquista: Canciones para después de una guerra (1976), Queridísimos verdugos (1977) El desencanto (1976) o El proceso de Burgos (1979). A esta tendencia pertenece El asesino de Pedralbes, una obra cuyo visionado sigue generando interés por cuanto plantea un debate sobre la exclusión social y la reinserción penitenciaria.

Influido por el Nuevo Periodismo, Gonzalo Herralde fue a la prisión de Huesca donde filmó y entrevistó al reo José Luis Cerveto. Este fue chófer del matrimonio formado por Juan Roig y María Rosa Recolons, a quienes asesinó mientras dormían en su hogar del barrio barcelonés de Pedralbes. Como si fuera un antecedente patrio del true crime, este documental es un relato cronológico de la vida del asesino —a través de su propio testimonio y del de personas que lo conocieron—, quien no se esconde al hablar de asuntos tan truculentos como sus primeros años como delincuente callejero, los abusos que sufrió de niño, los que luego él cometerá y, por supuesto, el crimen: resulta espeluznante la naturalidad con la que narra todas estas historias, detallando aspectos cruentos y desagradables.

El crimen de Cuenca (Pilar Miró, 1980)

Aunque en el sintagma del título aparezca la palabra crimen, nunca hubo tal. Bueno, en realidad sí que lo hubo, pero por parte de aquellos que estaban para resolverlos y no cometerlos. En 1913, varios agentes de la Guardia Civil torturaron a León Sánchez Gascón y a Gregorio Valero Contreras para que confesasen el asesinato de José María Grimaldos López, «El Cepa«. Ambos fueron condenados a 18 años de cárcel hasta que en 1926, transcurridos más de diez años en prisión, una carta escrita por El Cepa demostraba que estaba vivo y que ellos eran inocentes. 

Pilar Miró recurrió a un suceso del pasado para denunciar los métodos violentos con los que aún actuaban unas fuerzas del orden heredadas del franquismo. Esa denuncia que realizaba El crimen de Cuenca cobró fuerza cuando llegó a los cines coincidiendo con el Caso Almería —sobre el que trata el siguiente título del listado—. Un estreno que tardó un año en llegar —aunque prevista para 1980, no puedo verse hasta 1981—, pues Ricardo de la Cierva, ministro de Cultura de entonces, al ver la crudeza de las escenas de tortura, hizo que tanto la película como su directora fueran puestas a disposición de la autoridad militar, mostrando que, aunque hubiera llegado la democracia a España, el régimen franquista seguía teniendo poder de decisión. Toda la movida hizo que la película fuera un éxito —este asunto lo cuenta estupendamente el documental Regresa El Cepa (Víctor Matellano, 2019)—.

El Caso Almería (Pedro Costa, 1984)

Como se ha comentado, unos meses antes del estreno de El crimen de Cuenca, tuvo lugar un caso con bastantes similitudes, aunque con un final lamentablemente más trágico. En mayo de 1981, ETA cometió un atentado en Madrid que terminó con tres militares muertos y uno herido. Al mismo tiempo, tres jóvenes atravesaban el país en coche, de Santander a Almería, para asistir a la comunión del hermano de uno de ellos. Durante un descanso en Madrid, un testigo los tomó por los terroristas tras ver los retratos robot de estos en un periódico. Miembros de la Guardia Civil seguirán su pista y los detendrán en Almería, donde el 10 de mayo serán encontrados asesinados con signos de tortura, desmembrados y calcinados dentro de un coche. 

Tres años después y con un reparto repleto de caras conocidas —Agustín González, Manuel Alexandre, Fernando Guillén, Juan Echanove, Antonio Banderas o Diana Peñalver—, Pedro Costa dirige esta película que pretende recrear los hechos con fidelidad, aunque, según anuncian los créditos de inicio, un tanto deformados para proteger la intimidad de los implicados. Sin escenas cruentas, con un tono de docuficción, El caso Almería es más bien un drama judicial. A diferencia del filme de Pilar Miró, el de Costa no es tanto una denuncia a los métodos de tortura, que también, sino más bien una crítica a un sistema que aún no había asumido la llegada de la democracia y que toleraba con impunidad la actuación de unas fuerzas del orden ansiosas de venganza.

Amantes (Vicente Aranda, 1991)

Lo que en un principio iba a ser un episodio más de La huella del crimen, terminó mutando al formato cinematográfico. Pedro Costa y Vicente Aranda, viendo el potencial del material con el que estaba trabajando, decidieron que fuera así, y para muchos fue un acierto, pues es considerada como una de las mejores películas de su director y una de las más emblemáticas del cine español de los noventa. 

Amantes nace de un suceso no muy conocido, el Crimen de La Canal —ocurrido en 1948 en Burgos—, en el que un joven degolló y robó 20000 pesetas a su prometida para irse luego con el dinero junto a su amante. Se trata de una historia sobre pasiones, celos y venganza, en la que Vicente Aranda se recrea en el triángulo amoroso de los protagonistas —interpretados por Victoria Abril, Maribel Verdú y Jorge Sanz—, dando un tono erótico, marca del cineasta barcelonés, con escenas muy recordadas por el público como, por ejemplo, la del pañuelo.

El 7º día (Carlos Saura, 2004)

Una tarde de agosto de 1990, los hermanos Izquierdo entraron armados con escopetas en la pedanía extremeña de Puerto Hurraco con un objetivo: acabar con los Cabanillas, familia con la que mantenían una rivalidad nacida décadas atrás. Emilio y Antonio Izquierdo asesinaron a nueve personas e hirieron a otras doce. El impacto de este caso trascendió de tal manera en nuestra cultura que aún hoy se escucha la frase «se va a liar la de Puerto Hurraco» y no resulta complicado encontrar referencias a él en nuestra cultura, como por ejemplo la canción Veraneo en Puerto Hurraco, de la banda Def Con Dos, cuya letra satiriza el tópico del carácter negro y fratricida de las dos España —representadas por los Cabanillas y los Izquierdo—. 

Con guion de Ray Loriga y dirigida por Carlos Saura, El 7º día, aunque con varias licencias —transcurre en 1992, coincidiendo con los JJOO de Barcelona, y se cambian los apellidos de las familias protagonistas—, reconstruye a través del testimonio de Isabel, la única hija superviviente de los Jiménez, los hechos que se anticiparon al asesinato en masa e indaga en el origen de la confrontación entre los Jiménez (Cabanillas) y los Fuentes (Izquierdo) y en esas historias oscuras del pasado que muchas familias tratan de silenciar y ocultar.

Que Dios nos perdone (Rodrigo Sorogoyen, 2016)

Entre 1987 y 1988, José Antonio Rodríguez Vega, apodado El Mataviejas, asesinó en Santander a dieciséis mujeres de entre 60 y 90 años. Fue detenido y condenado a más de 400 años en la cárcel de Topas, Salamanca, donde murió acuchillado por otros reclusos. No fueron sus únicos crímenes, ya que una década antes, a finales de 1970, tuvo varios juicios por violación.

Que Dios nos perdone parte de este caso, aunque su director, Rodrigo Sorogoyen, no pretende recrearlo ni ser fiel, pues tanto espacial como cronológicamente nada tiene que ver con los crímenes reales: la acción se traslada al Madrid del 15M. En este contexto, dos policías investigan las violaciones y los asesinatos de varias ancianas en la capital. Se trata, pues, es un thriller policiaco, truculento y de un ritmo frenético, y no una reconstrucción fidedigna del caso, aunque sí inspirada en él. En este aspecto, más fiel al caso es el telefilme Mis estimadas víctimas (2005), dirigido por Pedro Costa y protagonizado por Fernando Guillén Cuervo —en el papel del Mataviejas—.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad