‘Batman’ de Tim Burton: 30 años del primer superhéroe moderno en el cine

En la ya no tan breve historia de las adaptaciones cinematográficas basadas en los héroes del cómic, el Batman de Tim Burton sigue ocupando un lugar de honor. ¿Pero por qué una película tan irregular sigue, treinta años después, proyectando una sombra tan alargada?

“Mi próximo sueño en la vida: Quiero producir una versión cinematográfica definitiva de Batman, oscura y seria. Al estilo de lo que Bob Kane y compañía pretendieron que fuera en 1939, una criatura de la noche, alguien que detiene a los criminales desde las sombras”. Estas palabras, enunciadas a mediados de los años setenta por Michael E. Uslan -licenciado en derecho que introdujo el cómic como materia académica en las universidades estadounidenses- fueron el punto de partida de un sueño cuya consecuciónno fue tarea fácil y que acabaría abarcando una década.

Tras ser contactado por DC Comics en 1979, Uslan comenzó a trabajar en United Artists, donde conoció a Benjamin Melniker, que sería su socio y productor en la película. Uslan convenció a Melniker de la posibilidad de adaptar Batman al cine, de la importancia de tomarse en serio la adaptación, por qué debían adentrarse en la oscuridad de sus orígenes y, sobre todo, cuál era la forma de reinventar las adaptaciones de superhéroes al cine. De esta manera comenzaron los contactos con DC Comics. Comprada la opción por los derechos de los personajes en cualquier adaptación del mismo para cualquier proyecto futuro, tanto en imagen real como en animación excluyendo la televisión, Melniker y Uslan formaron, el 3 de octubre de 1979, Batfilm Productions. El problema: que ningún estudio de Hollywood estaba interesado.

Después de ser rechazados por más de cinco estudios, Benjamin Melniker pensó que podría ser factible presentarlo a Jon Peters y Peter Guber, unos jóvenes productores propietarios de una compañía llamada Casablanca. Peter Guber se interesó de inmediato y tras escuchar el pitch de Melniker y Uslan les dijo: “Lo pillo. Seria, oscura. Esto es lo que vamos a hacer: id donde nuestro hombre que lleva todos nuestros asuntos de negocios y no os vayáis de allí hasta que tengamos un trato”. Tres días después, el acuerdo se firmó. Allí comenzaron diez largos años para poder llevar a Batman a la gran pantalla.

La preproducción: una odisea de diez años

El primer problema con el que se encontraron es que la productora Casablanca estaba asociada con Universal Pictures y Batman era propiedad de DC Comics, compañía perteneciente a Warner Bros. El primer borrador del proyecto, titulado The Batman, fue rechazado por Universal. La suerte volvió a ponerse del lado de Melniker y Uslan cuando Frank Wells, un importante ejecutivo de Warner, comenzó a estar interesado en traer de vuelta la propiedad al estudio, ya que creía que el personaje debía ser desarrollado y explotado dentro de la familia Warner, siendo ellos los propietarios del legado de Batman. Al llegar a un acuerdo entre ambas partes, el proyecto pudo finalmente arrancar. A su vez, el reciente éxito del Superman de Richard Donner en 1978 -propiciado en parte por la labor como productores de Mark Canton y Bob Daly (recién llegados a Warner) hizo pensar a la compañía que el siguiente personaje que debía trasladar fidedignamente al cine era Batman, ya que hasta el éxito de la cinta de Donner se pensaba que hacer películas de superhéroes de gran presupuesto no aportaba los réditos suficientes.

Para el productor Mark Canton, el mayor obstáculo era encontrar la dirección y el tono correcto. Por el proceso pasaron guionistas como Tom Mankiewicz (guionista también de Superman) y su libreto rechazado titulado The Batman -influido por el trabajo de Steve Englehart y Marshall Rogers en las páginas de Detective Comics durante 1978 y 1979-, directores como Ivan Reitman y Joe Dante, y actores como Bill Murray. Un proceso de prueba y error donde se iban acumulando borradores que tanteaban del estilo noir con toques de art decó de los cómics primigenios de Bob Kane y Bill Finger, a versiones camp sesenteras con toques del humor Saturday Night Live imperante en dicha década.

Las reinterpretaciones salidas en el medio gráfico durante la segunda mitad de los ochenta, con Frank Miller, Alan Moore o Jim Starlin como cabezas visibles fue el momento, en palabras de Paul Dini, cuando los productores del futuro filme dijeron: “Si, ese ese es el Batman que queremos hacer”. Pero el guión, en palabras de Peter Guber, había pasado por infinitas iteraciones y borradores. En el quinto o sexto año del desarrollo del proyecto -un momento en el que el estaba a punto de entrar en la nevera indefinidamente- pararon, tomaron aire y decidieron no tanto centrarse en influencias, tonos y estilos provenientes de las viñetas y desarrollar un guión cerrado. En ese momento fue cuando aparecieron el guionista Sam Hamm y el director Tim Burton.

Dos autores para un solo guión: Sam Hamm y Warren Skaaren

Con ambos creadores, las piezas comenzaron a rodar. Para Tim Burton, el interés del proyecto radicaba en la dualidad, en entender y comprender el lado oculto de las personas, la luz y la oscuridad inherente en un individuo. Además, el aislamiento, la parquedad de palabra y la soledad del personaje principal eran aspectos que el propio Burton podía comprender y sentir. Tanto a él como a Sam Hamm lo que más les atraía era la posibilidad de devolver al personaje a sus raíces originales, devolverle el halo de oscuridad y misterio de sus primeras apariciones.

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El punto de partida de Sam Hamm en su primer borrador era indagar en la psicología del personaje (algo que compartía con Burton), es decir, qué es lo que hacía a Bruce Wayne convertirse en Batman. Pero este aspecto fundamental de la obra -vislumbrado en la cinta en los fragmentos dedicados al pasado de Wayne- quedaron ahogados lamentablemente en el producto final. Según Robert Wuhl -actor que interpreta en la película al periodista Alexander Knox- los primeros dos actos de la cinta provienen del guión original de Sam Hamm. Pero debido a la huelga de guionistas ocurrida en 1988 -año del rodaje del filme- Hamm fue sustituido por el guionista Warren Skaaren, que estuvo presente en el rodaje y fue el ejecutor de las múltiples reescrituras del mismo. Reescrituras provenientes de cambios, tanto de un primer libreto donde el personaje de Robin hacía acto de presencia -el propio Burton comenta que la desaparición de este fue un alivio para todos los implicados- como de polémicas decisiones tales como convertir a Jack Napier/El Joker, en el asesino de los padres de Batman, o el descubrimiento y entrada en la Batcueva de Vicki Vale bajo la inacción de Alfred Pennyworth. Fueron decisiones tomadas en el propio rodaje y de las que Hamm reniega cada vez que se le pregunta por una de las primeras grandes polémicas del fandom contemporáneo.

Las dos caras del casting: Michael Keaton y Jack Nicholson

Si el desarrollo del guión fue extremadamente complicado, encontrar el casting adecuado para el proyecto tampoco fue tarea sencilla. La decisión de ofrecer el papel protagonista a Michael Keaton -actor con un físico alejado del concepto de superhéroe tradicional y conocido por ser el protagonista de la comedia Las locas peripecias de un señor mamá (1983)- fue recibida con artículos demoledores en publicaciones como The Wall Street Journal, y hubo una recogida de firmas de más de 50.000 fans airados dirigidas a Warner Bros y a DC Comics, en tiempos pre-internet y redes sociales. La propuesta de Jon Peters, que lo consideró tras verle interpretar a un intenso y memorable adicto en la película Alcohol y coca fue avalada tanto por la directora de casting Marion Dougherty («Tim vio algo en la mirada de Michael. Era una mirada viva e intensa y al llevar la mayoría del tiempo una máscara, Burton necesitaba unos ojos, una mirada que transmitiera aquello que anidaba en el interior del personaje”), como por el propio Burton (“Con Michael te das cuenta, a través de su mirada, que puede haber algo más que lo refleja su exterior. Un exterior que tampoco aparenta el de un superhéroe al uso. Parece un tipo que necesita disfrazarse de murciélago para provocar el efecto buscado”).

En cambio, la llegada de Jack Nicholson para interpretar a Jack Napier/El Joker causó el efecto contrario tanto entre los aficionados como en los medios. Fue la primera y casi única opción del equipo, y Peters, Guber y Burton tuvieron que convencer al actor para diera el sí. Gran parte de la decisión fue estrictamente monetaria, percibiendo Nicholson el mayor sueldo jamás pagado a un intérprete, a lo que habría que sumarle un porcentaje de taquilla tanto de la cinta protagonizada como de todas aquellas secuelas que se realizaran, contaran con él. Una estrategia idéntica a la de Marlon Brando en Superman y que le dio a la película aquello que buscaban sus artífices al contratar a un actor de prestigio reconocido. Ya no era una película de superhéroes. Era un evento. Era EL evento.

De rodajes accidentados y promociones seminales

El casting principal se completó con Kim Basinger como Vicki Vale, motivado por la baja forzada de Sean Young tras un accidente a caballo para una escena del filme que, irónicamente, nunca llegó al montaje final. Se trataba de una fotógrafa e interés amoroso de Bruce Wayne con claras influencias de la Silver St. Cloud creada por Englehart y Rogers en las viñetas, y protagonista femenina del guion rechazado de Tom Mankiewicz. Tras ello, la película inició un rodaje de cinco meses durante el invierno de 1988. Un plan extenuante de seis días por semana, casi todo él de noche, comenzando en los estudios Pinewood a las cuatro de la tarde y terminando sobre las cinco o seis de la mañana y que, según posteriores declaraciones de Burton, se convirtió en una experiencia que no volvería a repetir.

La decisión de rodar en los estudios Pinewood de Inglaterra vino motivada para poder dar cabida a los emblemáticos decorados de una tenebrosa Gotham City diseñada por el tristemente fallecido Anton Furst (merecedor de un Oscar de la Academia). Decorados, que junto al estilo visual de Burton, son los mayores aciertos de la película. Lamentablemente, los problemas en el rodaje debidos a la falta de poder y experiencia en grandes presupuestos de Tim Burton, fueron acrecentados por la tiranía de los dos productores y un Jack Nicholson superstar cuyo personaje vio aumentada artificialmente su presencia en pantalla en detrimento de Michael Keaton, el que se suponía protagonista del filme, decidiéndose sobre la marcha cambios en el guion y en las propias escenas de un día para otro. Buen ejemplo de ello es el clímax final en la catedral,  inexistente en el guion original y que fue decidido e impuesto a Burton por Jon Peters y Jack Nicholson tras ver estos en Londres el musical El fantasma de la ópera de Andrew Lloyd Webber.

Mientras tanto, Warner acalló los rumores con un teaser trailer estrenado en marzo de 1988 en salas norteamericanas, de noventa segundos de duración, que generó una batmanía sin precedentes que acabó estallando el 23 de junio de 1989, cuando la cinta fue estrenada en Estados Unidos en el mayor número de salas posibles. Todo ello tras una campaña de marketing excepcional, donde el logo del hombre murciélago lo inundaba todo. La cinta también se benefició del 50 aniversario de la creación del personaje, el exitoso soundtrack de Prince precedido por un sencillo titulado Batdance que se aupó a los primeros puestos de las listas musicales y la reconsideración y reivindicación del género de superhéroes gracias a la aparición pocos años antes de Batman: El regreso del Caballero Oscuro de Frank Miller, Batman: La broma asesina de Alan Moore y Brian Bolland o Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons.

El resultado final

El resultado, vista treinta años después, es una rara avis del cine comercial. La película arranca con una cámara sinuosa, a partir de un travelling que da vueltas y más vueltas alrededor de una estructura de piedra que va conformando una figura. Una estructura que finalmente descubrimos que es el icónico y famoso logo de Batman tallado en piedra. Una metáfora de lo que el espectador se encontrará en el interior de la cinta, donde la importancia de las partes sobre el todo define una historia de origen que no es desvelada hasta el cierre del segundo acto. La razón: que Burton no quiere contar una historia de orígenes convencional, al estilo del clásico y fordiano Superman de Donner (único referente de calidad hasta aquel momento en cuestión de adaptaciones cinematográficas del cómic de superhéroes), sino algo completamente diferente, tanto en tono como en influencias. El resultado es un trabajo tan irregular narrativamente, como fascinante en el aspecto visual y formal. Una obra en la que anidan en su interior dos películas contrapuestas. 

Por un lado está la visión de Tim Burton, que ofrece los mejores momentos del film, apoyado sobre todo en el diseño de producción de Anton Furst, el monumental score de Danny Elfman y la interpretación de Michael Keaton, para ofrecer un trabajo donde el cine expresionista y el noir se dan la mano para entregar un trabajo atmosférico y atemporal, que influiría en el cine comercial de la siguiente década. Momentos para el recuerdo: la primera aparición de Batman en los tejados de Gotham, casi una silueta vampírica con ecos del Nosferatu de F.W. Murnau, o la llegada a la Batcueva a través de un bosque hammeriano, bajo los acordes tenebrosos y la vez épicos del Descent into Mistery de Danny Elfman, sin olvidar el flashback con la mítica escena del asesinato de los padres de Batman o un melancólico Bruce Wayne recordando el pasado, flor mediante, bajo la mirada voyeurística de Vicki Vale.

Son momentos que acercan a la cinta casi al territorio del cine mudo. Porque la cinta de Burton, aunque fuera en su momento promocionada y entendida como una versión cinematográfica cercana a los preceptos, estilo y tono de los trabajos contemporáneos realizados con el personaje en El regreso del Caballero Oscuro o La broma asesina, poco tienen que ver con ellos, más allá de la superficie. Realmente estaríamos hablando de un gothic camp, donde más allá de los leves apuntes acerca de la psique torturada de Bruce Wayne, la atmósfera apocalíptica de Gotham City y la oscuridad inherente de la propuesta, oculta un espíritu lúdico que la acerca más de lo que la película quisiera a su aparentemente contraria versión, proveniente de la serie de los años sesenta protagonizada por Adam West.

En contraposición, la mano de Peters, Guber y Nicholson dan como resultado un exceso de protagonismo de El Joker, a expensas de un Batman cuasi desaparecido y cuyo original punto de partida para explicar su origen de manera fragmentada y aleatoria queda desdibujado por su limitación temporal. A esto habría que sumarle la introducción forzada del por otra parte más que interesante soundtrack de Prince -que choca frontalmente con el tono del filme y el score de Danny Elfman- o decisiones peregrinas de guion que demuestran el poco conocimiento del material original: Vicki Vale y su descubrimiento de la identidad secreta de Batman o la conversión de El Joker en el asesino de los padres de Batman. Esta confrontación de estilos y ambiciones acaban desequilibrando un trabajo que vuela y se hunde en el fango a partes iguales y que funciona mejor en escenas aisladas que como un todo homogéneo, haciendo evidente las carencias de un libreto desestructurado.

Es un problema que también afecta a la puesta en escena de la película, ya que esta se conservaduriza y vulgariza en las escenas dialogadas y se libera cuando el largometraje se acerca al cine mudo y expresionista que el director de Ed Wood ama. Algo que puede observarse en escenas tan memorables y poéticas como el primer ataque de Batman en los tejados o su huída de la fábrica Axis Chemical. El resultado final es una extraña pero fascinante mezcla entre el Batman original de los años treinta, con leves toques de realismo milleriano en su primer acto -sobre todo en la corrupción del teniente Eckhart-, más un mucho del camp de la serie de los sesenta. Todo ello barnizado con un potente estilo visual gótico-expresionista, entremezclado con el gusto carnavalesco circense de los Freaks (1932) de Tod Browning, tan afín a la sensibilidad de Burton.

A todo ello hay que añadirle su capacidad para reinventar la fórmula del blockbuster, tanto en sus formas superficiales, como en su manera de ser promocionada. Una cinta que abrió las puertas a un modelo de producción y a una estética que heredarían títulos posteriores como Dick Tracy (1990) de Warren Beatty, Darkman (1990) de Sam Raimi, La Sombra (1994) de Russell Mulcahy o El cuervo (1994) de Alex Proyas, pero que el propio Burton dinamitó en su secuela del Hombre Murciélago, la transgresora y muy superior Batman Vuelve, estrenada en 1992. Pero esa es una historia para otro día.

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