‘Black Mirror’ 4 – El futuro es ahora

La nueva temporada de Black Mirror ha llegado íntegra a Netflix y ya la hemos visto. Os contamos sus altos y sus bajos en un artículo colectivo en el que nos hemos repartido los capítulos para analizarlos desde múltiples puntos de vista. ¿Sigue teniendo ramalazos ludópatas la obra de Charlie Brooker? ¿Conserva la capacidad de sorpresa? Todo eso y más en nuestro análisis de la cuarta temporada completa de Black Mirror.





USS Callister (Toby Haynes)

El comienzo del primer capítulo de la nueva temporada de Black Mirror descoloca a cualquiera. ¿Una space opera en la serie de Charlie Brooker? ¿Serán cosas de Netflix? Esta vez no. Brooker ha conseguido hacer una space opera sin dejar de ser Black Mirror en ningún momento. Y eso que comienza con las mismas sobreactuaciones, minifaldas horteras y fantasías hormonadas de un nerd que una mala copia de Star Trek. La siguiente escena es como volver al hogar: todo ha sido un videojuego de realidad virtual. El mundo sigue siendo gris, poblado por tristes y plagado de tecnología digital pero cercana a la de nuestro día a día en la oficina; es un capítulo de Black Mirror.

A Robert Daly -Capitán Daly en el mundo virtual- le marginan y putean en el trabajo. Él ha creado el código de programación del videojuego del que vive la empresa Callister –llamada así en homenajea a un serial televisivo de décadas atrás cuya colección completa en VHS llena las estanterías del despacho de Daly-, pero tanto su socio Walter como el resto de los empleados se ríen de él. ¿Su venganza? Por las noches roba tazas de café, piruletas y otras muestras de ADN de sus compañeros de oficina para realizar clones virtuales de ellos en su versión customizada del videojuego. Y por el camino abre el capítulo a diversas preguntas explícitas sobre la filosofía de la conciencia, que parte de los experimentos mentales de Frederick Strawson y Derek Parfit, quien a su vez desarrolló su teoría inspirándose en Star Trek (¿dónde reside la Identidad Personal si es posible realizar una copia de uno mismo con sus mismos recuerdos y personalidad como tal vez hacía el teletransporte original de Star Trek? Según Parfit en ningún sitio. La Identidad no existe y lo único que importa es esta conectividad y continuidad de la memoria y el carácter; lo inquietante, y aquello por lo que Parfit merecería un artículo aparte, es que esto le lleva a renunciar al concepto de Persona y a reformular el utilitarismo en la tradición liberal. Todo lo cual hace aún más interesante e iluminadora su relación con Black Mirror).

Con la clonación virtual de una nueva compañera de trabajo tiene lugar el típico giro de guión de Black Mirror, esta vez al final del primer tercio, y la verdadera idea brillante de Brooker. El punto de vista se desplaza del nerd, víctima de abusos en la realidad que se refugia en las fantasías aparentemente inocuas de la CiFi, al nuevo clon que debe vivir (y sufrir) a la fuerza en esa fantasía. Un sencillo cambio de punto de vista capaz de deconstruir aquellas fantasías heterosexuales y masculinas y la represión sexual que había detrás de algunas de estas series y, especialmente, de la nostalgia actual.  Y, más importante aún, de convertir al objeto de deseo del nerd en sujeto.

Es una lástima que, dado el paso más audaz y valiente, el capítulo se instale en aquel mismo género que pretendía deconstruir. A favor del mundo virtual, la realidad queda completamente olvidada como si los abusos de Walter o la desconsideración de los compañeros de Daly ya no fuesen abusos ni tuvieran importancia; y, al final, el capítulo se entrega, a la manera de San Junipero pero sin su ambigüedad, a celebrar la Nube y lo virtual como esa panacea utópica que resuelve todos los problemas. Alberto Hernando

Arkangel (Jodie Foster)

Aunque podía ser un rasgo casual en la segunda temporada, desde la tercera Black Mirror incide cada vez más en aspectos morales, casi cercanos al Decálogo de Kieslowski, reduciendo la ciencia-ficción a una función instrumental. La cuarta temporada parece ser más ambivalente, aunque esas pequeñas miserias de ciencia-ficción doméstica son parte fundamental en muchos episodios como este.

Esta fábula moral dirigida por Jodie Foster sigue esa tendencia: muestra una historia de maternidad, con sus dimes y diretes, agudizada por el carácter orwelliano de la tecnología moderna. Después de un suceso en la primera infancia, una niña que se pierde en las vías del tren, Marie Sambrell decide apuntarse al programa Arkangel. En este su hija tendrá incorporado no solo un busca, un sensor que detecta su ubicación, sino también un sistema para captar todo lo que ve e incluso sus cambios biológicos.

La premisa, tan poderosa, da pie a la previsible y efectiva reflexión sobre el libre albedrío y sus límites morales. Una microhistoria en el sendero kantiano sobre qué es el mínimo de lo moralmente correcto y cómo afecta a libertad de un tercero. Así, ante el control de la madre, la hija se irá rebelando a medida que crezca…porque la sobreprotección llevará no solo a la indefensión, idea propia de La naranja mecánica, sino a la anulación de cualquier emergente personalidad.

Y ante la anulación del yo, la violencia, claro. Una narración potente, quizá un poco ñoña al final (emula la canción She’s Leaving Home de los Beatles), pero que toca una fibra doliente no solo con la maternidad, sino también respecto al enfermizo moralismo contemporáneo. Julio Tovar

Crocodile (John Hillcoat)

En el tercer episodio de su primera temporada, The entire history of you, Charlie Brooker jugaba ya con la posibilidad futura de utilizar los recuerdos en diferido. Allí se trataba de unos implantes situados detrás de la oreja que permitían recordar situaciones pasadas, y su visión de la tecnología tenía un aparente sesgo negativo, como si se tratara de un potenciador de los impulsos más bajos que el ser humano guarda en su interior.

En Crocodile esta visión ha cambiado radicalmente (un proceso que se está viendo desde la tercera temporada). El comienzo presenta una situación que podría ocurrir en nuestra sociedad actual (un accidente que es ocultado por sus responsables) y de ahí se produce un salto de quince años donde los dos implicados han cambiado su estatus social y su relación. Gracias a una segunda línea narrativa cuya protagonista es una agente de seguros descubrimos un avance tecnológico consistente en una máquina que se utiliza para recoger los recuerdos de las personas y que es utilizado por las compañías aseguradoras.

Las dos líneas van avanzando hasta la previsible confrontación: por un lado, la protagonista va cayendo en una espiral destructiva que la lleva a cometer cada vez más barbaridades. Por otro, la aseguradora utiliza la máquina de recuerdos para ir saltando de los recuerdos de una persona a los de otra como si se tratara de un detective privado, y poder juntar todos los retazos de su investigación.

La sorpresa final deja en suspenso la conclusión, aunque ésta se puede deducir. Tiene mucho de policíaco y, como avanzaba al principio, lanza el mensaje de que la tecnología ha dejado de ser un enemigo. Ahora, más bien se trata de un aliado en nuestras vidas y está perfectamente integrado con lo cotidiano. No hay mala tecnología sino los malos usos que las personas pueden hacer de ella. Mariano Hortal

Hang the DJ (Timothy Van Patten)

Estamos posiblemente ante el episodio más retorcido de toda la serie. Y esto es así porque es el único que ha conseguido ocultar a la perfección su auténtica naturaleza bajo un amable y conservador disfraz de drama romántico.

El planteamiento arranca con una idea ya vista en docenas de obras de ciencia- ficción: en una sociedad distópica donde los romances son determinados a través de un algoritmo infalible, dos individuos deciden ir contra el sistema, no sin antes pasar por un tedioso proceso de ensayo y error con otras parejas.  Por supuesto no falta el gran giro final, en la línea de la mayor inspiración de Black Mirror (The Twilight Zone) y una conclusión que supone un final feliz de manual, muy satisfactorio a nivel narrativo.

Sin embargo, conviene reflexionar sobre todo aquello que el episodio deja en un segundo plano y que solo podemos atisbar en escasas líneas de guión, como aquellas en las que los protagonistas no dejan de repetirse: “¿Otro candidato? ¿Tan rápido?”. Nunca vemos otras facetas de sus vidas, no parecen tener un pasado previo ni un objetivo vital más allá de la búsqueda de la pareja final. La cuestión es… ¿debemos contentarnos con la explicación argumental (todo era una simulación) o Charlie Brooker intenta decirnos algo más?

Hang the DJ parece un sutil artefacto cargado de ironía con el que Brooker se mofa del individuo que intenta saciar sus necesidades afectivas a través de la búsqueda del amor romántico definitivo. No se satiriza el uso de la tecnología para facilitar el proceso de elección de una pareja, sino que cuestiona conceptos abstractos -y reaccionarios- que solo existen como consecuencia de un statu quo que intenta autoperpetuarse con todas las herramientas que tiene a su disposición. Por eso la supuestamente acogedora realidad que presenciamos en los últimos segundos resulta igual de fría y deprimente que el mundo distópico simulado del resto del episodio. Nacho MG

Metalhead (David Slade)

Existe cierta tendencia a creer que los robots, si se elevaran contra nosotros, imitarían la naturaleza. Que, de sustituirnos, asumirían formas humanas y animales, en su defecto de vehículos u otras creaciones humanas, para simular un mundo a imitación del nuestro. Pero eso es ridículo. Si eres una inteligencia completamente ajena a la humana, ¿para qué vas a atarte a las limitaciones y esquemas propios de una forma de vida extinta?

Eso es algo que retrata de forma cuasi clarividinte Metalhead. En un mundo que se ha ido al garete por una causa indeterminada, un grupo de saqueadores se ven perseguidos por un robot cuyo único propósito es matarlos. Un pedazo de chatarrería hi-tech a la que llaman perro, pero cuyo todo parecido con los canes se limita al hecho de que rastrea, protege y caza. Algo a lo que si le sumamos la brillante dirección de David Slade, el malintencionado uso del blanco y negro y el Threnody For The Victims Of Hiroshima de Krzystof Penderecki, una cosa nos queda clara: en un mundo dominado por los robots no hay sitio para los sentimientos, lo comprensible o siquiera lo humano. Sólo puede quedar un frío y metódico cumplir órdenes como un enjambre eficiente, eterno y criminal. Ni siquiera criminal, que es una lectura de los hechos, algo necesariamente humano. Sólo un enjambre eficiente y eterno. Álvaro Arbonés

Black Museum (Colm McCarthy)

Tiene que ser duro ser Charlie Brooker, el ludita oficial de la sociedad de la información, el aguafiestas perpetuo en la gran celebración del aceleracionismo tecnológico, ese que nos llama la atención constantemente sobre el precio de nuestras adicciones digitales y lo hace combinando la clásica ciencia-ficción de canario en la mina (¡si esto sigue así lo vamos a pasar mal!) con la no menos clásica y universal queja de las abuelas (¡hay que ver esta juventud, todo el día con la nariz pegada al móvil!). Un discurso muy justito que, por ahora, le ha rendido pingües beneficios, entre ellos el de ser considerado algo así como un crítico sagaz del mundo contemporáneo, cosa que no es.

Afrontémoslo: en las historias de Brooker, la tecnología no hace ningún mal por sí misma; para eso necesita la ayuda de la estupidez humana de toda la vida. Y de esa hay a montones en cada episodio de Black Mirror. A veces demasiada. A veces hasta el punto en que parece haber patentado su propia versión 2.0 del idiot in the attic, ese personaje no muy listo propio de las películas de terror que, cuando escucha un ruido extraño, corre en la dirección equivocada; todos los personajes de Brooker se apresuran a hacer de la tecnología el uso más dañino posible al margen de toda verosimilitud psicológica o de otro tipo.

El caso es que Black Museum, el episodio dirigido por el escocés Colm McCarthy (lo recordarán de la segunda temporada de Peaky Blinders y algún episodio suelto de Doctor Who), hace exactamente esto mismo con la excusa del uploading, esa tecnología que (dicen) permitirá digitalizar la conciencia humana para poder almacenarla, intercambiarla y descargarla como si de un vulgar torrent se tratara. Un tema del que, por cierto, tendremos pronto una versión totalmente distinta con el estreno de Altered Carbon, la adaptación de la fabulosa novela de Richard Morgan (esto será en febrero, ¡y sin salir de Netflix!). Black Museum adopta la forma de episodio antológico en el que, con el hilo conductor de un remoto y aparentemente poco exitoso museo del crimen, se relatan tres historias relacionadas entre sí.

El primer segmento es el que mejor funciona, contando una historia casi gótica reminiscente de los mad doctors de la Universal. El segundo segmento recae en las estrategias emotivamente tramposas marca de la casa. El tercer y último segmento, que funciona a modo de explicación de todo lo demás, es el que pone más cuesta arriba la suspensión voluntaria de la incredulidad. En conjunto, Black Museum resulta en algo más de una hora de ciencia-ficción blanda muy disfrutable a condición de que uno se lo tome como lo que es, una versión contemporánea de los clásicos del fantástico moralista de Twilight Zone, y deje de buscarle una trascendencia que no tiene. Félix García

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