‘BrainDead’, la mejor serie que te has perdido este verano

Parece que, en los últimos compases del calor asfixiante, solo se habla de las excelentes Stranger Things o The Get Down  sin que nadie mencione que la nueva serie de los creadores de The Good Wife es no sólo una de las grandes sorpresas de la época estival, sino quizá de todo el año. Es una extraña, divertida y a veces inquietante mezcla de géneros que consigue ser graciosa sin intentarlo en todo momento y acercar el mundo de la política americana a un terreno mucho más lúdico que series más encorsetadas como House of Cards (2013-), introduciendo un elemento de ciencia-ficción que quizá no lo sea tanto.

En uno de los tantos episodios que han quedado para la posteridad de Los Simpsons (1988-) los extraterrestres Kang y Kodos se hacían pasar por réplicas de los políticos de los dos partidos principales de los Estados Unidos, sólo para ser desenmascarados por Homer en su clímax. También, de forma menos taciturna, los extraterrestres de Mars Attacks! (1996) comprendían que la mejor forma de dominar el mundo es empezar por la cabeza. Quizá por eso llevamos cuatro intentos de colonización en las distintas revisiones de La invasión de los ladrones de cuerpos (1956).

Empezar a hacerse pasar por humano desde barrios residenciales es de perdedores. En BrainDead, los extraterrestres comienzan su invasión por el Capitolio, como debe ser. Esto deja un campo extenso para que Robert y Michelle King, creadores de la popular The Good Wife (2009-2016), dejen correr su vertiente más satírica, moviendo su experiencia en el drama legal para detonar los complejos entresijos del sistema político estadounidense.

En el amanecer de una de las campañas electorales más imbéciles que jamás va a vivir el imperio yanqui, con el circo de Donald Trump recordándonos que el dinero también puede comprar la cordura de una nación, una serie de políticos a los que una especie de hormigas les han comido la mitad del cerebro comienzan a apoderarse del corazón del Congreso. El gran sarcasmo de la serie es que, en realidad, nada cambia demasiado.

La realidad recibe el reflejo de una cúpula de políticos parcialmente zombificados con un comportamiento himenóptero completamente absurdo a los ojos de los que poseen algo de sentido común. Resulta que dicho reflejo no está tan deformado, sino que cobra un sentido ridículamente verosímil, que se ofrece casi como una razón para justificar el sinsentido del día a día en el mundo de carne y hueso. Los políticos no saben por qué toman las decisiones que toman, pero lo hacen con la convicción de un bien mayor, un lugar común de la mentalidad capitalista y el embrujo del poder por el poder.

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Los aliens de BrainDead sólo buscan reproducirse, ampliar su espectro de acción, extenderse como una población de microorganismos que se divide por mitosis sin plena consciencia de su verdadero cometido. Todo ello nos sirve para adentrarnos en las tripas del funcionamiento del núcleo político de Washington D.C., un sistema un poco complicado y distinto al que conocemos, en dónde cada organismo tiene otras funcionalidades y el hecho de ser republicano o demócrata polariza de forma algo diferente a nuestra organización por partidos.

Aunque sirva para ridiculizar indirectamente al propio método y a los propios políticos, el emplazamiento es solo un McGuffin para contar la historia de ciencia ficción de siempre. Como en V (1984-1985), nuestro punto de vista está en “la resistencia” que, aunque aquí se reduce a tres personas, recae en su mayor parte en el personaje de Mary Elizabeth Winstead, cuya interpretación la consagra como auténtico icono femenino del fantástico de este año junto a su estupendo papel en Calle Cloverfield 10 (2016).

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La protagonista, que proviene de una familia muy anclada en la política, debe apoyar a su hermano, un senador demócrata, trabajando para él. Navegamos con Laurel a través de los recovecos de la burocracia en una suerte de pesadilla kafkiana en la que realizar cualquier gestión mínima depende de la aprobación de partes con las que hay que negociar una por una.

Y en medio de esa situación, pequeños detalles le hacen sospechar que la gente a su alrededor está cambiando. De la noche a la mañana su mejor amiga se transforma en una activista conservadora y otros de los políticos con los que Lidia comienzan a convertirse en radicales irracionales. Todo hasta que se percata de que todos ellos escuchan sintomáticamente y en bucle la misma canción de The Cars, You might think, el equivalente del dedo meñique levantado de Los Invasores (1967-1968), un absurdo modo de descubrirlos que convierte su vacilón riff inicial en un inquietante motivo de guasa.

Y hablando del aspecto musical, la serie incorpora un delicioso “Previously on BrainDead” musical. Un pequeño tramo melódico en el que la letra se ajusta a lo que ha ido ocurriendo en episodios anteriores de forma hilarante. Sólo uno de los momentos que demuestran que, aunque la serie se venda bajo el prestigio “de los creadores de The Good Wife”, el tono es mucho más ligero y juguetón. Llegado a cierto punto puedes esperar cualquier cosa. Desde sobresaltos de violencia hipergráfica, explosiones de cabeza por doquier, tratados con la sensibilidad surrealista de los hermanos Coen más cáusticos, a escenas de sexo con el mismísimo Michael Moore haciendo el ganso.

Todas sus elecciones resultan extrañamente coherentes y cuando uno se quiere dar cuenta está atrapado en el peculiar espíritu de la serie: un thriller de puesta en escena parsimoniosa y sobria, que ensalza cada muesca de sus actores dejando respirar el tiempo preciso, creando un tono propio en el que la propia acción y reacción genera el sustrato cómico, nunca forzado por líneas de guión llenas de gags redundantes.

Sí. Es una gran sátira y nunca cruza el límite de tomarse en serio a sí misma. Pero entonces, ¿no es sólo otra mofa de los partidos republicanos y desde la posición ventajista del lado demócrata? Pues puede que un poco, pero uno de los aspectos interesantes de su punto de vista es que ni los demócratas son santos ni todos los republicanos demonios o imbéciles. Sólo buscan conseguir hacer ver que la otra parte está equivocada.

El hecho de vivir sin medio cerebro hace practicar las consignas de forma irracional, llegando a un estado de casi enfado que recuerda a las posiciones de una discusión sobre política o fútbol en el bar. Incluso el intelectual más cultivado puede mostrar su peor cara en el típico rifirafe de polos opuestos que se repelen cada vez con más fuerza hacia sus posiciones de blanco y negro más extremas. Y es en ese aspecto en dónde BrainDead habla de nosotros.

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Mensaje social y chanzas política aparte, como serie de ciencia-ficción e incluso terror, cualquier fan del género de ultracuerpos la encontrará deliciosa. Su creadores guardan pequeños guiños a los clásicos sobre los que se cimenta. Hay cameo de Brooke Adams, de la versión de Kaufman, y como en aquella los bichos suplantadores habitan en racimos de flores rosas. Y dejando a un lado su reflexión sosegada, la producción y los guiones rozan lo brillante, las actuaciones andan en el rango de nominación para Emmy, y por si fuera poco su timing no ha podido ser más adecuado, planteando una ficción en la que los políticos son suplantados con bichos del espacio justo en medio de una precampaña por la presidencia que llega a tocar límites del teatro del pánico.

En un mundo mejor, esta serie estaría en listas de premios, quemando las redes y creando discusiones. Parece que su destino, de momento, apunta a cancelación, tal y como ha pasado con otra joya desapercibida de este año como You, Me and the Apocalypse (2016).

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