Bro-country: El colapso de la visión masculina

El country va sobre pertenecer a una comunidad más rural, menos masificada; y durante años, las mujeres no habían estado tan excluidas dentro del género. Las Dixie Chicks, Patsy Cline, Shania Twain, Dolly Parton, Tammy Wynette… Todas ellas tuvieron éxito, pero siempre existió una masculinidad country.

Incluso Johnny Cash o los Louvin Brothers demostraban su “dureza” cantando baladas sobre asesinatos de mujeres con una banalidad que da pánico. Y tras cantarle a la violencia de género hemos presenciado un cambio en los hábitos de consumo: el producto que vende el country es ahora la mujer. La mirada masculina se ha vuelto tan central en la “autenticidad” del género que es casi imposible buscarse un hueco si no cantas sobre shorts y babear mujeres por la calle. En los últimos años no han hecho falta composiciones con buen gusto, letras brillantes o talento interpretativo: bastaba con ser un hombre al que le gusta mirar (de forma invasiva) a las chicas.

Hace unos meses, el country tuvo su propio escándalo bajo el #SaladGate. El programador Keith Hill dio una entrevista para Country Aircheck y dijo cosas como que “si quieres mantener los números en las radios, tienes que sacar a las mujeres” o que “el country es un formato principalmente masculino y traer a mujeres es una mala idea para retener oyentes”. Sus declaraciones generaron un debate sobre un problema sistémico. Según Hill, los oyentes reaccionan mal a escuchar a mujeres en las emisoras, pero no tiene en cuenta que las radios ahora pueden arreglar problemas que ellas mismas ayudaron a patentar.

El término Bro-country fue acuñado por el crítico Jody Rosen en 2013, pero los tíos blancos americanos con músculos de gimnasio que beben cerveza en camiones ya llevaban dos o tres años colapsando las radios estadounidenses y las ventas digitales. Primero generó risa floja, y después empezó a utilizarse con asiduidad en la blogosfera y adquirió la connotación negativa que hoy conocemos. Se utiliza como apodo para toda esa música country que incluye a señores modernos y despreocupados por las tradiciones del género, pero muy concienciados con ligar y meterse la mano en el vaquero. En los últimos dos o tres años, Luke Bryan, Randy Houser o Thomas Rhett han copado todos los espacios y han generado una hornada de música imitativa que llega al podio de las listas con las mismas letras, los mismos acordes y la misma producción.

El divertido ejercicio de buscar cualquier palabra junto a “women” en Google.

El divertido ejercicio de buscar cualquier palabra junto a “women” en Google.

El público lleva tiempo dándose cuenta de sus degradaciones: mientras los músicos se alejaban con calma de las carreteras polvorientas, llegaban nuevos clichés que, lamentablemente, giran en torno a una tía buena sin nombre que lava el coche con la ropa menos cómoda que tenía a mano. Infantilización, vaguería compositiva, simplificación, objetificación: todas negativas y dañinas, como la obsesión con los ‘little’, ‘baby’ y todos los verbos sin sentido acabados en in’ que intentan comunicar un flirteo y se ganaron hasta una guía en el Guardian. En verano de 2014, Girl in a country song de Maddie & Tae fue una ráfaga de aire fresco ante el machismo imperante en Nashville, pero la discográfica que acogió su single era una de las principales fábricas de Bro-country: ¿autocrítica o negocio?

Últimamente, los hitazos más potentes en cuanto a ventas no se encuentran cómodos dentro del sexismo del (Bro)country, como el Girl Crush de Little Big Town, una balada doo-wop a 6/8; la delicada Burning House de Cam o la durísima One Hell of an Amen de Brantley Gilbert. Además, Taylor Swift, Carrie Underwood y Miranda Lambert ya no son las únicas mujeres que suenan, dejando paso a artistas más comprometidas y variadas: Alynda Lee Segarra de Hurray for the Riff Raff canta contra el asesinato y la violación de mujeres, y Kacey Musgraves sobre la alienación en las pequeñas ciudades. Aparecen artistas como Mickey Guyton, Michaela Anne, Kelleigh Bannen o Caitlyn Smith. Se aprecia una pequeña evolución en cuanto a temáticas y mezcla de géneros: hay sombras de R&B, de folk, de rock o incluso de disco. Y aunque suene peligroso que el country quiera venderle su formato a fans de otros géneros (por cuestiones de pérdida de identidad), las diferentes perspectivas y texturas que han salido a la superficie hacen que el country no se convierta en un saco de estereotipos.

Esta evolución recuerda mucho a la del pop en los últimos años: tras We Found Love o Sexy And I Know It surgieron la Royals de Lorde o el Drunk In Love de Beyoncé; y todas ellas empujaron a la radio hacia nuevas fronteras del pop. Sus fans estaban listos para nuevos sonidos, y en el country también están preparados. Después de media década de señores apropiándose de todo el aire de la industria, incluso ellos están siendo forzados a ampliar sus espectros para mantenerse en la cresta de la ola. Lo único malo de todo esto es que sostener un rifle en la mecedora del porche ya no se lleva, pero la desaparición paulatina del Bro-country es una pequeña y maravillosa victoria. I ain’t your mama, I ain’t your priest, I ain’t a bottle of whiskey.

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