Cabo Verde: volcán de ‘sodade’

Apenas aparece en los catálogos de los más prestigiosos touroperadores musicales (en la web especializada de cassettes Awesome Tapes From Africa, por ejemplo, ni siquiera da para un tag o categoría), pero Cabo Verde encierra un tesoro sonoro de múltiples posibilidades -ya sean autóctonas o extranjerizantes- que tiene poco que envidiar no solo a cualquier zona de su entorno, sino a otras muchas del mundo conocido.

Hubo un tiempo en que Cabo Verde se puso de moda, aunque fuese de manera puntual y un tanto caprichosa, auspiciada por el auge de la world music a finales de los años ochenta del siglo pasado. Dice la leyenda que José Da Silva –francés de origen luso-, en unas vacaciones familiares por Lisboa, tuvo una revelación rayana en el misticismo al contemplar por pura casualidad la actuación de una mujer de voz poderosa y profunda, de tristeza abisal, que interpretaba descalza, con una mano en el micrófono y la otra, entre canción y canción, compaginando unas veces el cigarro y otras un buen vaso de aguardiente. Descubrió que se llamaba Cesaria Évora, que procedía del archipiélago cercano a las costas de Senegal y que antes fuera colonia portuguesa –Mindelo, antigua capital, para ser exactos- y que solía actuar poco más que a cambio de que le fueran subvencionando sus vicios.

Lo demás es historia: convertida en el buque insignia del sello discográfico de Da Silva –Lusafrica-, Cesaria desplegó toda su grandeza en trece álbumes incomparables, hasta encontrar la muerte hace poco más de cuatro años. En esa colección de discos llevó el morna a sus más altas cotas de perfeccionamiento formal y sensible, acompañada por la flor y nata de la estirpe musical de su país, ya fuera interpretando a los autores clásicos del género –B. Leza, el poeta Eugénio Tavares-, a los contemporáneos –Tito Paris, Teófilo Chantre-, o haciéndose escoltar por sus más destacados instrumentistas sobre las tablas –Paulino Vieira-.

El morna es, por simplificar, el fado caboverdiano. Pero lo que le da una dimensión especial es una pulsión rítmica menos encorsetada que en el género europeo, gracias fundamentalmente al uso casi omnipresente del cavaquinho de tal manera que, entre los intérpretes del morna, otros instrumentos como la guitarra se adaptan en la ejecución a los modos de aquel instrumento (el inefable rasgueo arrastrado), creando una seña de identidad absolutamente intransferible en sus canciones.

Los textos giran alrededor de la nostalgia por la distancia –ya sea física o sentimental-, una especie de mezcla entre la morriña y el spleen, que entre portugueses y brasileños se conoce como saudade y que los caboverdianos –fieles a su adaptación algo más seca y contundente- denominan sodade. La pérdida, los recuerdos y las añoranzas se imbrican dentro de ese sentimiento finalmente indefinible que inunda la mayor parte de sus letras. Cabo Verde es un país donde la emigración tiene un peso más que considerable –ya sea para buscar una vida mejor o, simplemente, grabar esas mismas canciones dignamente en un estudio-, y es por eso que sus palabras y armonías se contagian constantemente de esa tristeza siempre candente.

Llegados aquí es donde conviene justificar el motivo de este artículo: Cabo Verde no empieza o termina con Cesaria. Al contrario: Cesaria Évora, embajadora por excelencia de su música, es la puerta de entrada a un universo desgraciadamente desconocido para la mayor parte del común de los mortales; universo que, sin embargo, está en este. Por ello conviene hablar de figuras como Bana, que por condiciones físicas debería de haber formado parte de algún equipo de baloncesto europeo en los años sesenta y que, por el contrario, prefirió convertirse en el alumno más aventajado de B. Leza (nombre real: Francisco Xavier da Cruz, EL compositor por antonomasia de la canción caboverdiana, lo que equivaldría en Brasil a Noel Rosa o Antonio Carlos Jobim), viajar hasta Francia y grabar en aquellos años una serie de discos alucinantes con reminiscencias no solo de los ritmos de su país de origen, sino también del son cubano.

Por esas mismas fechas encontramos evocaciones del samba-canção de la mano de Djosinha que, entre otras cosas, adaptó como nadie a autores máximos del estilo como Paulinho Da Viola. Djosinha formó parte en esos sesenta de Voz de Cabo Verde, una curiosa formación que tuvo entre sus filas a la crème de los músicos del momento, entre ellos Luis Morais y Chico Serra, ambos con solventes carreras en solitario dedicadas en cuerpo y alma al morna instrumental. Voz de Cabo Verde tenían la particularidad de tocar todos los palos: desde el morna hasta el funaná, pasando por el pop ye-yé o el soul, oficiando como auténticos pioneros de la versatilidad estilística que siempre ha caracterizado al artista caboverdiano.

Otros mitos caboverdianos

La ristra de notorias leyendas de la canción no se acaba aquí: hay que añadir otras divas legendarias que, junto con Évora, conforman un plantel digno de reconocimiento. Celina Pereira, Titina, la senegalesa de nacimiento Jacqueline Fortes o la dulce Ana Firmino han paseado y pasean el morna desde hace décadas; otras como Herminia debutaron, como su prima carnal Cesaria, a una edad avanzada (53 años) dejando constancia de un morna oscurísimo, poco menos que gótico.

Todos ellos compaginan la luz tenue del morna con los fulgores brillantes de la coladeira, el reverso festivo, dicharachero unas veces y con marcado contenido social otras, como este hit del sensualísimo monsieur Tito Paris.

El binomio morna-coladeira no ha dejado de producir savia nueva desde finales de los ochenta: Fantcha, Lura, Nancy Vieira, Mayra Andrade, Neuza… algunas de ellas bregadas previamente como coristas en tours interminables al lado de la gran Cesaria, siguen ampliando la paleta de colores de su tierra natal y profundizando en sus tonalidades con efluvios del funk, la chanson, el bolero, Brasil (el eterno viaje de ida y vuelta) y hasta incipientes soluciones electrónicas, como el caso de Marizia do Rosario, estrella del kizomba caboverdiano, exportado directamente de la hermana Angola.

Y es que si hay algo que ha distinguido desde siempre la producción de nuestro país favorito es la diversidad de ritmos e influencias, etc., propiciada por los éxodos incesantes de su comunidad hacia los más dispares destinos, empapándose de todas las experiencias que van encontrando y regurgitándolas en forma de aderezos que van sumando a su olla musical.

Para terminar, hablemos del funaná. Si morna y coladeira están asociados fundamentalmente a espacios urbanos e incluso a los estratos más pudientes de Cabo Verde, el funaná es un género que nace en los entornos rurales, lo practicaban al principio sobre todo campesinos y es una música festiva, con instrumentos acústicos (muchos de ellos manufacturados de forma improvisada) y el acordeón como protagonista de la mayoría de sus piezas. Además de pioneros como Code di Dona (abonado a la historieta humorística), el funaná se ha nutrido todo este tiempo principalmente del formato de grupo.

Quizá el más importante de todos sea Os Tubarões (Los Tiburones), un grupo que entre mediados de los setenta y mediados de los noventa apuntaló una discografía sorprendentemente fresca y repleta de intuición maestría melódica. Fueron liderados por Ildo Lobo que, además de gran compositor y cantante, dedicó gran parte de su vida a la musicología y a la preservación del legado sonoro de su país, convirtiéndose en un nombre indispensable y correa de transmisión para la memoria del porvenir caboverdiano.

Otro grupo imprescindible para entender la evolución del estilo es Bulimundo, quizá el más revolucionario musicalmente de todos. Introdujeron la más rabiosa electricidad en el funaná y podían sonar ácidos, funk-punk y hasta progresivos según el disco. Como figura principal destaca su guitarrista Carlos Alberto “Katchás” (como Ildo Lobo, también fallecido). Su disco Exodo, de 1983, no tiene nada que envidiar a contemporáneos británicos que por aquel entonces mezclaban de manera parecida soluciones funkies con pop y tribalismos varios.

Escisión de Bulimundo fue Finaçon, otras bestias pardas. Capitaneados por los hermanos Zeca y Zezé Di NhaReinalda, apostaron desde el principio por el funaná más “electrónico” (con los recurrentes teclados ‘de mercadillo’ a los que casi todos han recurrido) y sus líderes han gozado de sendas carreras en solitario donde la perseverancia ha hecho que por ejemplo el más pequeño –Zeca- sea considerado hoy en día ‘O Rei do Funaná’, lo cual no es precisamente moco de pavo.

Las letras del funaná tratan de los temas más diversos: religiosidad, esperanza o amor, pero también de las más exacerbadas reivindicaciones asociadas a la extrema izquierda. La colonización portuguesa, hasta mediados de los setenta –los lusos se encargaron de poblar las vacías islas a partir del siglo XV trayendo esclavos desde el continente africano-, fue incubando desde unos años atrás una fortísima conciencia reivindicativa con experiencias como la cubana en el horizonte. De tal manera, grupos como Tulipa Negra, a ritmo de merengue caboverdiano –otro de los géneros por antonomasia-, cantaron su amor incondicional a las F.A.R.P. (las Fuerzas Armadas Revolucionarias del Pueblo) y a su particular Ché, Amílcar Cabral. No fueron los únicos: los citados Voz de Cabo Verde bautizaron uno de sus discos Independencia, el vocalista Nhô Balta, acompañado de los excitantes Black Power, dedicaron una canción al 5 de Julho -día de la independencia-, y Abel Lima e Les Sofas no dejaron de llamar a la Unidade Povo (Unidad del Pueblo) en una de sus tonadas.

Como se ve, compromiso nunca faltó. Y amor por su país, Cabo Verde (las dos palabras más repetidas en cualquiera de sus músicos). Siempre presente, hasta el tuétano. Frente a la carencia de recursos –son islas fundamentalmente volcánicas donde cuesta que se genere producto interior-, los abusos de una colonización casi atávica o la separación geográfica, una escena musical envidiable (¿el Brasil africano?), extremadamente afectiva y absorbente. Un constante descubrimiento.

 

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