Cabrones motorizados: 15 ‘biker movies’ para ver antes de atropellar a alguien

Se acabaron las niñerías. Bienvenidos a este recorrido por las películas de moteros más salvajes, violentas, particulares y desconocidas. Un paseo por una carretera sin asfaltar a través de un desierto sin ley. ¡Bienvenidos, amigos sediciosos, compañeros borrachos y tunantes en general!. Allá vamos.

Existen mil formas de empezar un artículo cuando tienes bastantes cosas que contar o no sabes por dónde empezar. Una de ellas, y no necesariamente la más estúpida, es centrarte en aquello de lo que no vas a hablar. Pues bien, este es un artículo de películas de moteros en el que no explicaremos el origen de las películas de moteros. Así que no hablaremos de por qué existen los Ángeles del Infierno (para ello tenéis el Canal Historia) ni del concierto de Altamont (echad un vistazo a la electrizante Gimme shelter –1970- y quedaréis saciados).

Tampoco hablaremos de Salvaje (1953), ni de Marlon Brando enfundado en cuero, ni de Lee Marvin interpretando a Chino, ni de los incidentes de Hollister que empezaron todo el jaleo. Tampoco citaremos Easy Rider (1969) como película fundamental en el género. Ni siquiera de la fundacional Los ángeles del infierno (1966), ni de Roger Corman como precursor del subgénero de las biker movies, ni de los pantalones ajustados de Peter Fonda, ni de por qué Nancy Sinatra se metió en semejante fregado.

moterosbrando

Este es un artículo en el que no hablaremos de hasta qué punto los clubes de moteros clandestinos fueron una amenaza para la policía, un hervidero de violencia, una exaltación de la amistad viril o un refugio para veteranos del Vietnam chalados. Y sobre todo, en el que no diremos lo maravillosas que son las motos, las que molan más y las que molan menos, ni el significado de las esvásticas, las botas ni las cazadoras de cuero. Para qué. Ya hay cientos de artículos sobre estas cosas pululando por las redes. Ni siquiera citaremos a Hunter S. Thompson, o tal vez únicamente lo hagamos cuando contrastaba aquello de la belleza de un hombre sobre su moto con la necesidad de pasar noche tras noche en clubes infectos buscando bronca o mendigando una mamada a una compañera de cogorzas. El resto que se lo curre el lector con tiempo y ganas… o mejor, que abra una lata de cerveza y lo imagine.

Muy al contrario, lo que sigue es una lista de biker movies, o películas de moteros que le gustan mucho, o lo suficiente, a su autor. Un recorrido por una carretera sin asfaltar a través de un desierto sin ley (aquí no hay más reglas que las mías). En el que, eso sí, intentaremos hacer paradas obligatorias en aquellas muestras del subgénero más salvajes, violentas y únicas, pero también más particulares y desconocidas. Todas merecen una visión entre cervezas y compañeros cómplices, o en soledad pero con la imaginación a mil por hora como rugientes Harleys. Espero que sepáis disfrutarlo y saquéis lo mejor de esta serie de películas sucias como los hermosos y antihigiénicos parias que sois. Sólo puedo aseguraros que valen la pena. Nos vemos en el infierno; un buen lugar para cocernos. Tú eres más rápido en las carreteras, pero yo beso antes a las camareras. Bienvenidos al viaje, amigos sediciosos, compañeros borrachos y tunantes en general.

Pink Angels (1970)

https://www.youtube.com/watch?v=CULMu2qt6qQ

Moteros gays. Parece un chiste de película de Ozores pero es una película en sí misma. Comedia desmañada y setentera, insuficientemente inteligente para llegar a ser satírica, que ejemplificaba la decadencia del subgénero y al mismo tiempo su cénit de locura y psicodelia. Nada que ver con Kenneth Anger y Scorpio Rising (1963): chistes de mariquitas, persecuciones y equívocos a tutiplén. Un guión que parece firmado por un Richard Lester beodo o por un Terry Southern después de recibir doce puñaladas en la espalda. Tan elemental y poco sutil como puntualmente divertida y presidida por la mugre y los feos primeros planos del mejor y peor cine de los setenta. Extraño es que una rareza de este calibre no haya cosechado el culto que sin duda merece. Aunque también es verdad que la mayoría de los auténticos miembros de los clubs bikers clandestinos deben detestarla a muerte. Con ellos, bromitas las justas.

Werewolves on wheels (1971)

Lo dicho. La festiva decadencia de un subgénero haciendo las boqueadas y vomitando sangre de arcoíris a trompicones por las esquinas de los bulevares. Para los que todavía le hacen ascos al inglés: hombres-lobo sobre ruedas. Insuperable como concepto y como título. Recuerdo que la vi hace muchos años, en una cinta VHS de intercambio saboteada por continuas rayas horizontales y un sonido de pena, junto a la mucho más aceptable y rabiosa Perros rabiosos (1970). La de los licántropos la recuerdo como mala y caótica a rabiar, pero el programa doble me dejó el cuerpo más bailarín y sandunguero del mundo. Vaya título. Vaya concepto. ¿Quién iba a exigir además que la película fuera buena?

Angels with dirty wings (2009)

Sólo mis amigos más íntimos conocen mi debilidad por Roland Reber, ese cineasta maldito del deep festival de los maratones nocturnos de Sitges. Realizador oscuro, personalísimo y absolutamente libre, sus películas siempre ofrecen infinidad de momentos extremos. Un cine en el que se une la violencia, sexo, perversidad y candidez yuxtapuestos a la poesía del mejor cine de autor con la sordidez de la exploitation más canalla. Como si Andy Milligan fornicara con Jean-Luc Godard y fumaran la pipa de la paz con marihuana ensangrentada y una danza de bailarines desnudos. Angels with dirty wings no es su mejor película, pero sí su particular versión al cine de chicas sobre ruedas, un caos para espíritus sin prejuicios en el que cabe desde sexo real a la repetición ad infininitum de canciones infantiles. La protagonista, una suerte de Marián Aguilera alemana con cara de provocar infartos con cada paso de tacón afilado, lo da todo e incluso un poquito más.

Hell´s Angels ´69 (1969)

https://www.youtube.com/watch?v=-aPyiDbzVis

Lejos de ser un título porno con la excusa de cuerpos sudorosos y fornidos embutidos en cuero negro, se trata de uno de los biker films más salvajes y realistas jamás realizados. Amén de uno de los más respetuosos y fieles, también conocido con el título español de Violencia en Las Vegas. Por una vez no es casualidad: Las Vegas tiene importancia capital en el relato de dos hermanos que se meten en una banda de moteros con el fin de perpetrar un robo que tendrá lugar en la mítica ciudad. Para dar mayor verosimilitud al asunto, cuenta con la participación especial, más que anecdótica, de Sonny Berger y Terry the Tramp, míticos miembros de los Ángeles del Infierno. Sucia y violenta como un puñado de polvo en los ojos es, además, una de las películas de moteros favoritas de la banda y una de las pocas que reconocen como fieles a su espíritu y filosofía. Y sería, además, la mejor biker movie de todos los tiempos de no existir…

Ángeles del infierno sobre ruedas (1967)

La película definitiva sobre los Ángeles del Infierno y, para quien esto firma, la mejor película de moteros de la historia. Richard Rush, mucho mejor director que Corman, tiene en su haber clásicos modernos como la psicodélica Pasaporte a la locura (1968), Profesión: el especialista (1980), Una extraña pareja de polis (1974), Camino recto (1980) o incluso El color de la noche (1994). Aquí da sopas con ondas a las películas fundacionales y filma una historia simple y elemental que se las ingenia para conjugar el lirismo del arte y ensayo con la brutalidad de las propuestas más extremas. Un título que creó escuela y sentó las bases para las mejores biker movies que vendrían en los años sucesivos, constituyéndose como un documento clave en la historia de la banda y, por extensión, del cine de los últimos sesenta. Nicholson está formidable como paria obsesionado con formar parte de la banda, y el líder Sonny Berger se involucró a fondo en el proyecto para darle crudeza y verosimilitud, y quedó impresionado por el trabajo del propio Nicholson. Imprescindible.

Chopper chicks in Zombietown (1989)

Un grupo de duras y malencaradas moteras enfrentadas a una horda de zombies en un pueblo semiabandonado de la América Profunda… uh, esto suena a producción de Troma. Y lo es. Consciente de que el género no vive su mejor momento, su director Dan Hoskins es lo suficientemente inteligente para tomarse en serio la narración y no caer en la parodia. También lo suficientemente hábil para saber qué tipo de material tiene entre manos y no perder en ningún momento sus intenciones lúdicas. Los espectadores normales podrán apreciar cómo Billy Bob Thorton habría sido igual de buen actor en producciones de serie B, y los fans de este tipo de desmadres llanamente se lo pasarán teta con un guiño nostálgico a un pasado más bruto y feliz. Pertenece a un período algo gris de la productora, antes de su breve resurgir con la burrísima Terror firmer (1999), en la que sólo cabe destacar la adquisición de producciones modestas disfrutables para el fan más acorazado como Vegas in space (1991) o Teenage catgirls in heat (1994). También conocida en España con el rimbombante título de Corazones cromados.

She-devils on wheels (1968)

Esta película no es para niños. Esta película no es para cobardes ni para personas fácilmente impresionables. Esta película no es para aquellos que piensan que las mujeres deben pasarse el día junto a la chimenea zurciendo calcetines”… la voz en off que presenta las primeras imágenes del tráiler no puede dejar las cosas más claras. ¿Se me empieza a notar una cierta debilidad por las pendencieras motorizadas y las chicas malas en general? Tal vez sí.

Después de inventar el gore, el siempre astuto y oportunista Hershell Gordon Lewis no le hizo ascos al cine de género callejero y macarra, haciendo JD movies tan majas y cafres como Nacido para este infierno (1987). Tampoco a películas de chicas sobre ruedas con ganas de marcha como la que nos ocupa. Lo de menos es la historia: aquí importan más que nunca las peleas, la música a todo trapo, las juergas espídicas, el erotismo del cuero y la belleza inherente a una mujer haciendo un uso muy libre del carpe diem sobre un vehículo de dos ruedas. Si no te atrae el concepto, no entiendo qué haces leyendo esta página ni mucho menos este artículo. Si en cambio te pica la curiosidad –y otras cosas-, échale un vistazo a la más sosa y timorata The miniskirt mob (1968) y a la notable, Bury me an angel (1978). Ésta última con la insoslayable peculiaridad de estar dirigida por una mujer que más tarde nos traería la más que disfrutable Humanoides del abismo (1980), producida también por Corman. Y no, no nos olvidamos de las Psycholettes de Pedro Temboury. Una variedad enrabietada y visceral de anarcofeminismo en el que cuenta más una patada en los cataplines y una muesca de odioasco que una diatriba sesuda y maniquea contra la cultura de la violación. Teóricas polémicas con alma de moteras descastadas como Virginie Despentes o Camile Paglia apoyarían la iniciativa… y luego se apuntarían a la juerga de cerveza y gasolina sin pensárselo dos veces.

Rutas de violencia (1970)

Durante aquella época de mi vida en el que mi más querido entretenimiento era coleccionar biker movies mientras me daba miedo cruzar la calle, la mayoría de las carátulas que me agenciaba, desechos de viejos mercadillos y videoclubs de saldo, eran un perfecto anticipo de su contenido. Polvorientas, sucias, casi costrosas, sin nada que envidiar a las películas que contenían. Sin embargo, cuando por casualidad di con Rebel rousers, lo hice en una gran superficie y en una edición muy cuidada dentro de una colección de cine clásico. La razón, aventuro, se basaba en un reparto de campanillas que reunía rostros emergentes con la flor y nata de lo que había sido para entonces el cine de moteros: Jack Nicholson, Diane Ladd, Bruce Dern, Cameron Mitchell, Harry Dean Stanton… Se trataba de una película francamente bien filmada, con un guión muy básico y sensacionalista pero pasablemente comprensible, donde las escenas efectistas aparecen bien dosificadas a lo largo de la historia.

No quiero decir que en ella no hayan hostias, ni sangre, ni violaciones, ni que carezca de todos los delirios propios de la serie Z. Todo esto se da desde una perspectiva más bien canónica, lo que le impide que, siendo una obra más que apreciable, carezca de la rudeza y el encanto de, pongamos, Hell´s Angels ´69. La clave reside en que el año en el que se filmó coincide con la supuesta decadencia del género. O más adecuadamente, con el año en el que el género empezó a asaltar rutas alternativas y perderse el respeto a sí mismo. En este sentido, puede decirse que Rebel rousers es de las últimas películas de moteros de esencia auténtica y purista, inspirada en la poética del triunvirato Corman, Rush y Hopper. A ello se debe principalmente el culto y el respeto que le profesan, no sin razón, la mayoría de los fans del género.

Run Angel Run! (1969)

https://www.youtube.com/watch?v=-2ndWjwYZPU

Angel es un miembro de una banda de motoristas que vende su experiencia personal a una revista por una importante cantidad de dinero, lo que provoca en el enfado de sus compañeros. Así que emprenderá una huida de emergencia con su novia para hacerse cuanto antes con la pasta, perseguido por sus cabreados y vengativos ex camaradas. Más que interesante, Run angel run! merece estar en esta lista por diversos motivos: a) está protagonizada por William Smith, un actor en los años sucesivos se prodigaría con cierta frecuencia en los estrechos límites del género, si bien es cierto que en las producciones más minoritarias; b) traza un retrato nada complaciente de las relaciones entre las bandas clandestinas y la prensa especializada, y c) muestra de forma ejemplar y preclara que no todos los biker films se conformaban con concatenar sin ton ni son escenas de borracheras y peleas en tugurios: muchas partían de guiones cuidados y ambiciosos. Además, constituye también una muestra de cómo algunos directores de este tipo de cine huyeron del tono documentalista o lírico de otros títulos. Optaron por un acertado aire de western urbano en el que los vaqueros eran sustituidos por antihéroes motorizados, lo que contrastaba el aliento clásico de sus mimbres con la base eminentemente experimental del subgénero. Una tendencia dentro de la cual esta notable película representaría un título clave, junto con la igualmente estimable pero más convencional La moto, curiosamente realizada el mismo año.

Los gloriosos Stompers (1967)

Así como comentábamos que hubo ciertas biker movies que se tomaron muy en serio la escritura de un guión riguroso, hubo otras que echaban para atrás de tan simples y esquemáticas. Estas partían de la muy respetable base de que la exploitation sólo podía alcanzar sus más altas cotas cuando flirteaba con el desastre. Tal es el caso de esta The Glory Stompers, que si está en esta selección y ha conseguido por los años cierto estatus de culto, no es por otra cosa que por su crudeza formal y la suciedad ponzoñosa de su atmósfera (recuerdo que hasta la carátula española era marrón como el barro). La historia se centra en el enfrentamiento entre dos bandas rivales, una de las ellas capitaneada por Dennis Hopper en el papel de Chino, un obvio guiño al Lee Marvin de Salvaje. Tan elemental y garrula como turbiamente disfrutable.

Guerreros de acero (1971)

Visto con la perspectiva del tiempo resulta obvio e inevitable el enfrentamiento ideológico entre los jipis y los bikers como miembros de la contracultura de los sesenta y setenta. Los primeros acusaban a los segundos de propagar una violencia que ellos condenaban con rotundidad, pese a que muchos clubes eran manifiestamente pacíficos. En cuanto a los motoristas, es natural que no vieran bien a aquellos que preferían pasarse el día tumbados, cantando y fumando hierba cuando ellos, mal que bien, sí actuaban y representaban una amenaza y una alternativa al sistema imperante. Esta curiosísima película parte de este enfrentamiento real para construir una historia de venganza ficticia en la que son los jipis quienes se ven obligados a abandonar sus propios preceptos pacifistas para enfrentarse con una banda de motoristas que asalta su comunidad. Violenta y sórdida, para nada complaciente a la hora de mostrar la violencia y los asaltos sexuales, el resultado final no desmerecería a una visión descascarillada del cine de Peckinpah, muy especialmente a Perros de paja (1971), rodada el mismo año.

Los sádicos de Satán (1969)

Una cinta con la merecida fama de ser una de las más roñosas, explícitas y cafres del subgénero, con guión de Greydon Clark y dirección de Al Adamson. También una muestra paradigmática de que los biker films de serie Z podían convivir perfectamente con otras producciones más caras, añadiendo un plus de violencia y sexo a los elementos habituales, y ofreciendo una realización más desmañada y una fotografía más sucia y oscura; efectos que eran saludados por su público más como virtudes que como hándicaps. Eso explica el inevitable encanto y la pervivencia de este pequeño clásico del género que cuenta la historia de una banda clandestina capitaneada por el cruel Anchor (Russ Tamblyn) y sus andanzas. Todo salpimentado con asesinatos, venganzas y detalles inexplicables y estrambóticos tan propios del género de la exploitation, en los áridos parajes del desierto californiano. La película, dentro de sus limitaciones, resulta bastante entretenida y cumple de sobra con su prometida explicitud salvaje, pero no animo en absoluto al lector entusiasta a profundizar en la indescriptible trayectoria de su principal responsable: ese tipo de cosas déjenmelas a mí que aprendí a sufrir desde bien pequeño.

Psicomanía (1973)

Hay una forma honesta y efectiva de plantar cara al sistema y cagarse en él: suicidarse. Esto parece decirnos esta fantástica producción del artesano del terror Don Sharp en la que una banda de moteros firma un pacto con el mismo demonio, gracias al cual sus miembros se suicidan y viven eternamente aterrorizando bares y carreteras. La sólida dirección de Sharp aporta empaque a lo que podría haber sido un desmadre de padre y muy señor mío.

Un dato para fanáticos de las conspiraciones ocultistas: su protagonista, el mítico actor George Sanders, se suicidaría en Castelldefels poco después de acabar el rodaje de la película, quién sabe si habiéndose creído demasiado su argumento. En su autobiografía, Sanders ya había predicho su suicidio antes de tiempo, con una nota que no podía ser más clara y rotunda: “Querido mundo: he vivido demasiado tiempo, prolongarlo sería un aburrimiento. Os dejo con vuestros conflictos, vuestra basura y vuestra mierda fertilizante”. Algunas parejas y viajeros solitarios han jurado haberse encontrado con el fantasma de Sanders surcando la carretera pasada la medianoche, montado sobre su roñosa Harley, recitando textos de su más famoso papel en cine, Eva al desnudo (1950). Esta última parte me la he inventado.

Recuerdos que matan (1993)

Durante los fochenta y noventa el cine de moteros desaparece como género en sentido estricto, pero su arquetipo pervive, incluso muta; se recluye en ciertas producciones de serie A y B como complemento añadido. O bien se refugia en la televisión en forma de entretenidos productos “para todos los públicos”. Pero, sobre todo, continúa vivo como icono erótico en la cabeza y en las partes blandas de jóvenes y mayores, tanto de sexo masculino como femenino –el modelo Anger conviviendo amistosamente con el modelo Corman-. Demostrando que el gusto por lo prohibido sigue siendo el mejor estimulante sexual cuando uno está rebosante de hormonas y encuentra que el mundo que le rodea le es extraño. Y, muy de vez en cuando, en mitad del soporífero páramo del cine de los primeros noventa, surge alguna producción que retoma el tema desde una perspectiva nostálgica o retranca autoparódica.

En este sentido, Recuerdos que matan, rutinaria pero agradable historia de poli bueno infiltrado en banda de moteros malos, entraría de lleno en el primer grupo. Un film bastante mejor de lo que a primera vista parece, sobre todo si uno no se empeña en compararla con los grandes clásicos del género. Además cuenta con el parabién del protagonismo de dos estrellas de serie A que con el tiempo han alcanzado un estatus de culto Charlie Sheen y Linda Fiorentino, llegando incluso a ser presas de su imagen y personajes. Amén de la siempre estimulante presencia de secundarios de lujo como Rip Torn o Michael Madsen. Un refrescante y respetuoso saludo marcial a un pasado que cada vez se ve como algo más y más lejano, enterrado en montañas de polvos, rocas y chatarra.

Bola extra: Cerdos salvajes (2007)

Que en cuarenta años la figura de Jack Nicholson o Peter Fonda se sustituya por la de Tim Allen sólo puede significar una cosa: la globalización ha conseguido integrar los productos disidentes y contestatarios dentro del sistema, sin que apenas nos hayamos enterado de la jugada. Lo de menos es si los gags de cuarentones que asaltan las carreteras con el (amable) propósito de retomar el espíritu Easy Rider funcionan o no, porque lo peor es que sí lo hacen. Uno tiene la sensación de que Cerdos salvajes hace con los biker films lo mismo que Amigas a la fuerza (2002) con la figura de la groupie: cambiar la historia para que todo lo antisistema nos parezca una reafirmación rotunda de los valores de la nueva corrección política. Como en su día la definió muy acertadamente Jordi Costa en Fotogramas: “la perfecta película de autobús”. Las nuevas generaciones podrán tragársela y creérsela gustosamente, que a los viejos moteros siempre les quedarán las películas clásicas y la posibilidad de emborracharse juntos para recordar, entre eructos y aspavientos, aquellos días lejanos en los que seguían un credo propio y luchaban contra algo… tal vez simplemente contra sí mismos.

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2 comentarios

  1. E. Martín dice:

    He echado a faltar Duro Como el Acero, aunque sólo sea por lo enorme que está el Henriksen, pero aún así le doy a este artículo una puntuación de 1% 😉

  2. Pingback: Las 100 mejores películas dirigidas por mujeres - Canino

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