Entre caníbales, skaters y talibanes: los 10 mejores documentales de DocumentaMadrid 2018

Como cada año se celebra en Matadero (Madrid) el festival internacional de filmes de no ficción DocumentaMadrid. Este año cumple su 15 aniversario y el evento resulta una ventana al mundo, donde los más diversos problemas, realidades incómodas, y también esperanzas, se dan cita en la pantalla grande.

Desde el año pasado este festival ha ganado un perfil más profesional, eliminando los documentales más frívolos en favor de un mayor componente social. En ese sentido, según David Varela, uno de los organizadores del festival, “la crisis ha sido en muchas ocasiones una excusa política para justificar el aniquilamiento o la desatención de una cultura crítica, y por lo tanto incómoda”. Para Luis Cueto, mano derecha de Manuela Carmena en la gestión cultural del ayuntamiento, “Madrid se percibe como una ciudad rebelde, que no se conforma. En las mareas blancas, verde, en la guerra de Irak, contra este gobierno y contra el que venga”.

El evento de presentación de DocumentaMadrid

Con decenas de filmes en varias parrillas oficiales, nacionales y experimentales, además de aquella centrada en los cortos, esta edición parece tener un marcado enfoque político, aunque quizá las obras de mayor calidad se centren en las historias personales. El palmarés, así, ha decidido premiar a obras de enfoques diversos en internacional como O Processo o Bixa Travesty y en la categoría nacional galardonar a La grieta y el documental de género Tódalas mulleres que coñezo. Una parrilla ecléctica, sin duda.

Por otra parte, quizá intentando evitar un enfoque social demasiado marcado, el premio honorífico ha ido destinado al documentalista del sur de Estados Unidos Ross McElwee. Su obra, casi siempre autobiográfica, demuestra cómo las pequeñas historias personales, siempre con los amores y desamores en un desatendido vals, tienen lugar y público en las piezas de no-ficción. Su interesante producción ha sido recuperada en una ventana paralela en la Filmoteca de Madrid.

El cineasta McElwee haciendo de su vida otro trabajo de no ficción, con los organizadores del festival.

CANINO cubrió el festival y ha elegido estas diez piezas como las más interesantes. Una elección variada, que ofrece un buen muestrario de una cita imprescindible en la capital:

Caniba (Véréna Paravel, Lucien Castaing-Taylor, 2017)

De los años sesenta a los setenta existía el célebre género mondo, que agrupaba recopilaciones de imágenes impactantes. Buscaba un público dúctil a lo macabro, ya que esto resultaba inédito en unas pantallas donde el cine era todavía acartonado. A la altura de 2017, con la cantidad de imágenes y vídeos extremos que se pueden encontrar en lugares como 4chan, estos vídeos necesitan una coartada intelectual para resultar válidos. Así, los realizadores Lucien Castaing-Taylor y Véréna Paravel utilizan estos elementos en este mondo posmoderno protagonizado por el caníbal japonés Issei Sagawa. Culpable de matar y devorar a una estudiante francesa en 1968, este Mishima 2.0 es entrevistado por los directores desenfocado, mientras su hermano le está operando una parte de su cuerpo -nunca se explicita- y cada cierto tiempo le hace devorar su propia carne. Como una canción de Rammstein filmada, este pequeño documental vira entre la intensidad real y el vídeo de 8chan para psicópatas sin amigos. La polémica y, con ello las ventas internacionales, está servida.

Mes voisins, chronique d’une élection (Joseph Gordillo, 2017)

En la excelente El camino a Wigan Pier George Orwell describió que el electorado obrero suele ser disputado entre comunistas y fascistas. Joseph Gordillo intenta buscar ese votante entre extremos en un pequeñito pueblo de Francia, Rembercourt-sur-Mad (Lorena), donde descubre cuán normales y comunes, tan poco odiosos, resultan los votantes ultraderechistas. Clase blanca pauperizada, viejos obreros industriales, gente destruida por la competencia del comercio internacional y que no ya no cree en ningún candidato progresista. Así, piensan que “habría que probar la ultraderecha para variar”. Documento seco, limpio en testimonios, es sugestivo de cara a cualquier político progresista que busque encontrar dónde se fue ese electorado que les daba mayorías en los setenta. El mismo que arranca la boca a Macron en el cartel; estupenda metáfora en una obra necesaria.

O Processo (Maria Ramos, 2018)

El periodista Arcadi Espada publicó hace poco un libro donde demostraba, yendo a las actas del sumario, que el presidente de la Comunidad Valenciana Francisco Camps había sido falsamente acusado por la compra de unos trajes. Las diferencias en esa verdad conocida, la que queda en los medios, y la real sobrevuela esta larga pieza sobre el proceso al cual se sometió a la presidenta Dilma Rousseff sobre corruptelas en la petrolera estatal de Brasil. Desde una óptica progresista muy marcada, se enfrentan dos modelos de país, el social y el neoliberal, que no parecen tener puntos en común y que están representados en los absolutamente cinematográficos políticos brasileños. El final ambiguo, la sensación de corrupción generalizada, ofrece una radiografía inquietante de este país iberoamericano.

The Lonely Battle of Thomas Reid (Feargal Ward, 2017)

En los últimos años Irlanda se ha destacado como puntal fabril de las tecnológicas en Europa: todo ello gracias a un dumping fiscal relativamente legal. La instalación de otra fábrica en Irlanda, moneda común allí, se enfrenta eso sí con un irlandés obstinado (pleonasmo) que no quiere vender su terruño: Thomas Reid. Un personaje propio de novela en un siglo donde los idealistas, la gente unida a sus orígenes, no tienen buena fama fuera de la cohorte de antropólogos habitual. Excelente trabajo por la serenidad de los planos, apenas discursivo, ofrece otra historia social donde se muestra a un perdedor, un combativo perdedor, de la globalización.

Tódalas mulleres que coñezo (Xiana do Teixeiro, 2018)

Uno de los problemas recurrentes en los filmes de discurso, de propaganda, de una ideología es cómo se retroalimentan en prejuicios y en ocasiones, por hartazgo, el espectador suele ponerse en contra. Nada de esto afecta esta brillante pieza, muy poco retórica, donde un grupo de chicas gallegas hablan de sus experiencias de acoso sexual: desde la militante hasta la sorprendida, de la joven a la madura, todas ellas narran sin fingimiento la idea de vivir con miedo, con miedo real, al asalto sexual de un varón. En ese sentido, la naturalidad de los testimonios, enlazados con bromas, hacen creíble el discurso y la crítica al otro género. Y denotan lo terrible que es vivir con miedo; “…ser esclavo” que decía en Blade Runner el replicante Roy Batty.

Blue Orchids (Johan Grimonprez, 2017)

El documentalista belga Johan Grimonprez es un nombre recurrente entre la intelligentsia progresista, propia de autores como Chomsky o Ramonet y su teoría de “conspiración” de los poderes capitalistas para evitar una democracia “real”. Este trabajo sigue su praxis habitual en inicio y contrapone al periodista progresista estadounidense Chris Hedges con el tratante de armas Riccardo Privitera. Lo que podría parecer un documental al uso, con dos visiones confrontadas aún con sesgo para la moral (el autor está con Hedges desde el principio), acaba en una obra posmoderna tipo ya que Privitera es detenido por fraude fiscal. ¿Decía Privitera, entonces, la verdad? Más aún, este tratante de armas, personaje propio de John Milius, roba cada plano al periodista comprometido y se acaba convirtiendo en el protagonista principal de una obra fascinante en su último tramo. Y es que pocas cosas crean más adicción que la ambigüedad del mal…

Everyone in Hawaii has a sixpack already (Marvin Hesse, 2018)

Este precioso filme, entre la ficción y la obra documental, congela el último verano de adolescencia de un grupo de chavales en la Gomera, Canarias. Las dudas, los primeros flirteos se enmarcan en un apartado técnico prodigioso, incluido un plano secuencia extraordinario que sigue a un chaval en monopatín. Existen obras hispanas de diverso calado en este estilo y sobre el paso de la adolescencia a la juventud, especialmente en el audiovisual catalán (Las amigas de Ágata en 2015 o la excelente Tres días con la familia de 2009), pero no llegan a capturar del todo la magia de este grupo de chicos improvisando ante la cámara, contando chistes y especulando con su imposible futuro en una isla paradisíaca llena de ancianos jubilados y sin educación superior. Esas esperanzas, con eco evidente en el clásico American Graffitii del año 74, aportan una calidad letárgica envidiable en un muy atractivo trabajo de Marvin Hesse.

(Claudia Priscilla, Kiko Goifman, 2018)

Cualquiera que haya leído la Historia de la sexualidad de Michel Foucault recordará su invectiva contra “la sexualidad cuidadosamente encerrada” como elemento represor. En tiempos puritanos para todo es extraño ver una obra tan fuera de tiempo como ésta muy libre y vital Bixa Travesty; una especie de versión brasileña y lúbrica, muy lúbrica, del excelente Ocaña, retrato intermitente del catalán Ventura Pons en los años setenta. A través de la vida, experiencias, vicios y fornicios de la artista brasileña Linn da Quebrada se nos reconstruye un mundo, una sociedad, donde los pequeños espacios de libertad parecen amenazados por todos. Lo fascinante de este trabajo, con todo, no son las endiabladas performances de Linn, ni siquiera sus gráficos primeros planos o su relación con su extraña familia; lo que hace memorable es el ingenio brutal de cada uno de sus soliloquios, émulos de gran Fabio McNamara antes de encontrar la cruz. Y es que da Quebrada, como McNamara, de todas sus facetas se queda con la de “mujer superficial”.

Of fathers and sons (Talal Derki, 2018)

El gran pecado del cine espectáculo actual es considerar la violencia, la psicopatía, como algo estilizado que puede resultar adictivo. La violencia real, en zonas de conflicto, tiene mucho de banal y se integra en las experiencias de los supervivientes en los pequeños gestos. El trabajo de Talal Derki siguiendo a una familia talibán es estrictamente un retrato limpio, impecable en su elección de planos y atmósfera sonora, de cómo la brutalidad de una ideología y una guerra son tomados cotidianamente por esos niños. Un filme sin mujeres, “elemento civilizador” las llamaba clarividentemente Orson Welles, donde todo son peleas, competiciones y bestialismo en aplicación rigurosa de la ley del más fuerte. Uno de los mejores trabajos de Documenta Madrid, sin duda, y de los más emocionantes: pocos momentos más terribles, émulos de la muerte de los perritos Panero en El desencanto, que el talibán asesinando a la mascota polluelo de uno de sus vástagos como rito de paso.

Ainhoa: yo no soy ésa (Carolina Astudillo, 2018)

El hecho inexplicable, el suicidio de una mujer aparentemente feliz de nombre Ainhoa, es el nudo gordiano de este filme brillante de “metraje encontrado”. Este tipo de realizaciones, entre la ficción y el documental (recordemos el clásico Capturing the Friedmans del año 2003), son complicadas por la dificultad en la edición y sobre todo por la calidad de las grabaciones audiovisuales a la disposición de los autores. Aquí son tan brillantes, tan decididamente memorables, que la autora del documental decide eliminar cualquier extracto de actualidad e incluso minimizar su yo. De hecho, sus partes, a la manera de las novelas de Carrère, sirven para apuntalar proyecciones del discurso en el propio filme…y son las más flojas de la obra.

La familia de Ainhoa, los Juanicotena, grabó desde los años setenta hasta la actualidad decenas de vídeos domésticos en los cuales podemos ver la idílica vida de una pareja feliz y sus hijos trastos. Un capítulo de Cuéntame, en efecto, en el cual no puede faltar la abuela cantarina, las peleas de los niños y la escena playera; clásico de la España del desarrollismo donde para muchos la costa, plagada de guiris y con otras costumbres, era un espacio de libertad.

Esa libertad, que va más allá de la genealogía feminista del filme –aguda, pero de importancia menor-, acaba en un sentido dramático por el proceso de decadencia de todos ellos debido a la enfermedad o, en el caso de Ainhoa, por cuestiones personales. El diario personal de ella, las grabaciones, sus fotos punk, resultan un ovillo de recuerdos que realizadora y espectadores intentan destejer. El imposible trenzado, la idea que justifique su fatal deceso, se certifica en el tenebroso y memorable plano secuencia de su cuarto luego de la caída. Y es que parece que Ainhoa resulta metáfora de esa libertad emocionante que se inauguró en 1975.

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