Cazadores de brujas: los auténticos ases de la hoguera

En The Last Witch Hunter, Vin Diesel caza brujas de ficción... pero estos señores las cazaron en la vida real. Asómbrate con los hechos de los más grandes exterminadores de hechiceras, desde Torquemada hasta los juicios de Salem.

A lo largo de esta semana, y aprovechando la cercanía de Halloween, CANINO se pone el sombrero de capirote y saca la escoba para ofrecerte una programación de mucho miedo. Algo que ya nos ha permitido ofrecerte una playlist ideal para guateques cadavéricos, y que ahora da un paso más, aprovechando que la cartelera de cine nos lo pone en bandeja. Tan calvo y tan recio como sólo él sabe serlo, pero esta vez con barba, Vin Diesel estrena esta semana El último cazador de brujas, película en la que el cachas de la saga Fast & Furious se dispone para cumplir, espadón mediante, con ese precepto tan bonito señalado en el libro del Éxodo, capítulo 22, versículo 18: «A la hechicera no dejarás que viva».

Teniendo a Vin por delante, aquí hubiera sido de rigor dedicarle un repaso a los cazadores de brujas que en el cine, la literatura y los cómics han sido. Pero en esta santa casa nos gustan los desafíos, y hemos decidido optar por lo más difícil… y también por lo más divertido, siempre que uno encuentre jocoso el olor a carne quemada y los ayes de condenadas presas en jaulas forradas de púas. Porque, antes que en la ficción, los cazadores de brujas existieron de verdad, dejando un rastro de hogueras y horcas en Europa y en América y legando a la posteridad biografías de lo más ejemplar. Saboreen las vidas de estos varones preclaros, eviten la tentación de llorar por sus víctimas (que, como veremos, eran casi siempre mujeres) y recuerden que, contra los secuaces del Maligno, cualquier método es justo. Para que ambienten la lectura, les ofrecemos unos minutos musicales a cargo de un hereje con mucha gracia…

Nicolás Eymeric: el pionero

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Si queremos hacer un recorrido por los cazadores de hechiceros más solventes, no tenemos más remedio que empezar por este señor… que, además y para redondear la cosa, también es la primera y más importante aportación ibérica al gremio, porque nació nada menos que en Gerona. Aunque, eso sí, este pío monje dominico desarrolló la mayor parte de su carrera en Francia, donde sigue siendo bastante recordado. Hasta tal punto llega este recuerdo, que allí ha protagonizado una popular serie de bandes dessinées, obra del argentino Zentner (coautor de Dieter Lumpen junto a Rubén Pellejero) y el francoespañol David Sala, basadas a su vez en una serie de libros firmados por el italiano Valerio Evangelisti. Ah, y también han inspirado unos videojuegos bastante potables…

Pero vayamos al lío: desde 1357, cuando llega a la poltrona de Inquisidor General de Aragón, Nicolás Eymeric demuestra haberse empollado a fondo el temario de la Cruzada Albigense. Ya saben, aquella masacre instigada desde Roma que dejó el sur de Francia como un solar, y a la que debemos frases tan brillantes como «Matadlos a todos, que Dios escogerá a los suyos en el cielo». Aunque esas alegres correrías habían tenido lugar un siglo antes de su nacimiento, el amigo Nicolás seguía considerando la cuenca occidental del Mediterráneo como un nido de herejes cátaros y bogomilos, de esos que dejaban hablar a las mujeres en público y practicaban el sexo anal. Movido por su afán de erradicar cualquier asomo de heterodoxia, arremetió de tal manera contra el pobre Ramónn Llull que el rey Pedro IV le mandó exiliado a la corte papal de Aviñón, esperando que sus ímpetus se sosegaran en semejante sentina de vicios.

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Predecesor ilustre de nuestro hombre, haciendo su trabajo.

Apañado iba el soberano aragonés. Durante su estancia en Aviñón, Eymeric no sólo se empecinó aún más en su celo inquisitorial, sino que también aprovechó para profundizar en otra de sus obsesiones: la brujería. Lo cual le convirtió en un adelantado a su tiempo, porque, aunque les parezca raro, la Iglesia de entonces apenas prestaba atención a los pactos satánicos y otros inequívocos signos de la presencia del Maligno: los pontífices y cardenales sabían que un señor feudal al que le diese por abrazar una herejía (poniendo en peligro, por tanto, la influencia y las posesiones de la Santa Sede) era mucho más peligroso que cien ancianas pueblerinas recogiendo hierbajos en un prado. Nicolás, sin embargo, pensaba justo lo contrario: su Directorium Inquisitorum, magna obra publicada en torno a 1376, incluye una recopilación de prácticas que revelan la adoración a Belial, Astarot y compañía por parte del acusado de turno, tales como echar sal al fuego o leer el porvenir en las palmas de las manos. Menuda la habría montado Nicolás en el parque del Retiro, un domingo cualquiera por la tarde…

Las ideas de Eymeric sobre el derecho procesal son de lo más innovadoras: el dominico desaconseja minucias tales como el derecho a un abogado defensor, las apelaciones o el examen atento de las denuncias. ¿Para qué recurrir a todas esas pavadas si tenemos la tortura? Por esto, y por su sana actitud en lo que a impartir castigos se refiere (el hermano Nicolás gustaba, sin ir más lejos, de atravesar con clavos las lenguas de los reos de blasfemia), podemos decir que este señor supone el ejemplo más acabado de cazador de brujas medieval, con su tonsura, su hábito blanco y negro y su escolta de soldados que cargan con instrumentos herrumbrosos llenos de púas, clavos y demás cosas que hacen pupa. Un personaje hecho a posta para una partida de Vampiro: Edad Oscura, vamos. Aunque, en El nombre de la Rosa, F. Murray Abraham interpretara a su antecesor en el cargo Bernardo Gui, nosotros estamos seguros de que Eymeric debía montar saraos muy similares cada vez que le daba por salir de excursión. Lástima que, llegado 1399, estirase la pata pacíficamente en un monasterio de su tierra natal. Tanta gloria llevara como paz dejó.

Tomás de Torquemada: el sobrevalorado

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¡Ah, Torquemada! La mera mención de su nombre bastó para inspirarle a Mel Brooks un sketch de La loca historia del mundo con monjas nadadoras, y para que Pat Mills pariese a uno de los mejores villanos de la historia del cómic. Eso por no hablar de los Monty Python, cuya Inquisición Española, con sus dos armas (¿o eran tres?) jamás hubiera sido lo mismo sin su aportación al imaginario colectivo. Así pues, nos apena decir que, por lo que a nosotros respecta, el Gran Inquisidor General de Castilla y Aragón (desde 1482 hasta su muerte en 1498) no queda sino como un cutre, un piltrafilla y un patán sin imaginación, por más que (según los cálculos más optimistas) durante su tenencia del cargo pasasen por la hoguera alrededor de 10.000 personas.

¿Por qué decimos esto? Pues porque, de cazador de brujas, Tomás de Torquemada tuvo bien poco. Amiguete de Isabel la Católica, de quien fue confesor, fray Tomás llevó el hábito dominico, como nuestro amigo Eymeric, y siempre tuvo el Directorium Inquisitorum como su manual de cabecera. Pero, en lugar de aplicar sus enseñanzas a perseguir a Satanás, se dedicó como un poseso (ejem…) a la caza de judíos falsamente convertidos a la cristiandad. Lo cual resulta de lo más irónico, porque él mismo procedía de una familia conversa que había acabado haciendo buenas migas con la Iglesia (tenía un tío cardenal, y todo). Con la Reconquista aún calentita, y con una señora tan piadosa como Michelle Jenner… esto, perdón, como la esposa cornúpeta de Fernando de Aragón en el trono, salía más a cuenta dedicar tiempo y recursos a saber si un ciudadano cualquiera arrugaba el ceño cuando le ofrecían un plato de jamón, o si llevaba recortado el prepucio, que a interesarse por si su vecino de al lado degollaba gallos negros sobre un pentáculo en las noches sin luna. Cosas del Estado Moderno, la unidad religiosa y todo lo demás.

Las crónicas pintan a Torquemada como un hombre de vida austera y excelente administrador. Algo que resulta verosímil si constatamos que se hinchó a fundar tribunales, y si tenemos en cuenta las consecuencias de su magna obra: durante los cuatro (¡cuatro!) siglos posteriores, hasta su disolución en 1834, la Inquisición Española fue un monstruoso híbrido entre brigada político-social y garrapata burocrática, no tan distinta de la actual Muttawa de Arabia Saudí. Un puro aburrimiento, vamos, como bien explicó Caro Baroja en El señor inquisidor, que sólo se animaba un poco cuando tocaba organizar un auto de fe para quemar al enemigo de turno, bien fuera este un judaizante, un protestante o un sodomita irredento.

Interpretación libre, a cargo del maestro Gallardo.

Interpretación libre del asunto, a cargo del gran maestre Gallardo.

Gracias a sus piadosas actividades, en las que participaron nombres tan insignes como Lope de Vega, los españolitos adquirimos costumbres tales que la xenofobia, la desconfianza hacia el pensamiento científico o, sobre todo, el gusto por el chivatazo. Ahora ya saben a quién darle las gracias la próxima vez que vean al cotilla de su oficina susurrando vete a saber qué al oído de su jefe…

Kramer y Sprenger: los teóricos

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Queridos lectores: si les decimos «Malleus Maleficarum», ¿a que la cosa les suena? Pues sí: ahora toca hablar de los autores de este tocho, que puso de moda eso de cazar hechiceras en toda Europa. Cabe decir, eso sí, que en esto los españoles nos adelantamos por una vez en algo a los europeos del norte: en 1487, cuando este libro titulado Martillo de hechiceras (la traducción alemana, Hexenhammer, es también una preciosidad) llega a la imprenta en la ciudad de Speyer, Torquemada lleva ya cinco años en su rinconcito toledano ordenando asadurías públicas a tutiplén. Si es que nosotros, cuando nos ponemos…

En fin, vamos a lo que vamos: el autor principal del Malleus fue otro monje dominico, Heinrich Kramer. ¿Notan alguna conexión aquí? Pues sí que la hay: si a Santo Domingo de Guzmán se le representa habitualmente quemando libros, no es por casualidad. Fiel discípulo del fundador de su orden, y tan preocupado como corresponde por la presencia en nuestro mundo del Enemigo Malo, Kramer trató de organizar un megaproceso contra la brujería en la comarca suiza del Tirol, allá por 1484. Pero cuando nuestro hombre se las veía muy felices, esperando verse envuelto en fama y en el aroma a carne chamuscada de bruja… resulta que las autoridades de Innsbruck no sólo dieron al traste con sus planes, sino que, para colmo, le expulsaron de la ciudad, calificándolo de «anciano senil». A resultas de tamaña ofensa, y con un cabreo monumental, Kramer decidió desquitarse escribiendo el volumen DE-FI-NI-TI-VO sobre las prácticas demoníacas y cómo atajarlas.

Aquí es cuando la cosa empieza a ponerse divertida. ¿Qué pasa con Jacob Sprenger, el presunto coautor del Malleus? Pues que, según algunos investigadores (no todos, que conste) tuvo poco o nada que ver en la confección del volumen: el bueno de Sprenger, profesor universitario e Inquisidor General de Colonia, era un teólogo mucho más prestigioso que Kramer, con lo que éste habría añadido su nombre a la obra a fin de ganar notoriedad. Todavía hay más: cuando la Universidad de Colonia se negó a autorizar el volumen, Kramer no sólo dio su brazo a torcer, sino que, además, ¡añadió el sello de aprobación del campus coliniense a la primera edición de su libro! ¿Se imaginan ustedes que nosotros nos inventamos nuestra propia versión del Necronomicón,  atribuyéndole nuestros comentarios a Arcadi Espada, y que la publicamos con el logotipo de la Universidad de Navarra, esperando que el público trague con ello? Seguro que nadie picará con una estratagema tan burda, ¿verdad?

Pues la gente picó. Vaya que si picó: gracias a la recién inventada imprenta, el volumen de Kramer (¿y Sprenger?) se convirtió en un best seller en la Europa anterior y posterior al Concilio de Trento, provocando la que seguramente fue la oleada más salvaje de cazas de brujas que jamás ha afligido al mundo. Redactado con una jeta de cemento armado, nuestro Malleus destaca sobre todo por una misoginia feroz: la mujer, Eva pecadora, es susceptible a la influencia satánica por naturaleza, y eso la convierte en propensa a monstruosidades tales como vivir su vida de forma independiente, expresarse con libertad en las reuniones públicas, copular con criaturas del Abismo o robarle a su vecino el miembro viril (!) valiéndose de conjuros. En fin, todas esas cosas que Silvia Federici explica tanto y tan bien en su estupendo Calibán y la bruja. Si ustedes están deseando hacerse con un ejemplar del Malleus Maleficarum para organizar una cacería de hechiceras en su barrio, estamos en el deber de señalar que el libro es un soberano peñazo, farragoso y mal escrito. Al menos, le inspiró al amiguete Peter Hammill y a sus Van Der Graaf Generator una de esas odas suyas sinfónico-progresivas de las de gritar mucho. Eso que nos llevamos.

Pierre de Lancre: el eficaz profesional

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¿Les recuerda a algo el apellido de este cazador de brujas francés? Pues claro que sí: el genial Terry Pratchett no bautizó por nada como «Lancre» al reino donde habitan Margrat Ajostiernos, Tata Ogg y esa Yaya Ceravieja a la que servidor se imagina siempre con la jeta de una Emma Thompson madurita. Pero mucho ojo, porque el auténtico Pierre de Lancre hizo gala en la vida real de más bien poca cabezología. Este juez vasco-francés del siglo XVII (el apellido original de su familia era nada menos que Arostegui) fue el más encarnizado perseguidor de nigrománticas en Euskal Herria, conduciendo un proceso memorable que se desarrolló en paralelo al de las brujas de Zugarramurdi. 

Antes de que empiecen a hacer chistes sobre Álex de la Iglesia, Carolina Bang, Carmen Maura Carlos Areces, debemos señalar que Graciana Barrenetxea y sus presuntas compañeras de aquelarre pasaron las de Caín en España, pero también se beneficiaron (es un decir) del escepticismo de algunos inquisidores, quienes señalaron que los cargos contra ellas eran una chorrada. Mientras tanto, al otro lado de los Pirineos, el señor de Lancre adoptaba una doctrina jurídica resumible en la frase «escepticismos, los justos». ¿Que el 10% de las mujeres del valle de Labourd eran brujas, amén de unas rameras que copulaban como Ménades cuando les venía en gana? Pues sí, y se quedaba corto, por más que el saber popular mida el acto fornicatorio a la baja por esa zona. ¿Que entre sus actividades cotidianas se hallaban actos tales que el infanticidio, la celebración de rituales innombrables, el adulterio sistemático, los maleficios y la profanación de tumbas? Hombre, cómo lo vamos a dudar. ¿Que todo aquello tenía pinta de haber sido instigado por poder regio, el cual -casualidades de la vida- litigaba entonces con el señor feudal de la zona por los peajes de un puente? Venga ya…

Tenían que salir.

Tenían que salir.

A resultas de las investigaciones de Pierre de Lancre, 70 personas acabaron en la hoguera. La mayoría de las víctimas fueron mujeres, por supuestísimo, pero varios hombres (entre ellos, algunos clérigos) también estuvieron en el lado malo de la barbacoa. Y todo ello en un tiempo récord, fíjense: ayudado por un vidente local, experto en detectar aquel stigma diabolis que identificaba a los adoradores de Lucifer, Lancre sólo tardó cuatro meses en organizar su escabechina. Tras ser relevado de sus deberes judiciales, el buen monsieur volvió a la corte francesa, donde gozó del favor del rey Enrique IV (el mismo que, tras pasarse al catolicismo con armas y bagajes, profirió aquello de «París bien vale una misa»), aprovechando sus experiencias para escribir un libro con el precioso título de Retablo de la inconstancia de los malos ángeles y los demonios. Como se ve, aquí hemos hablado de todo un bendito, cuyas actividades prepararon el terreno para otros procesos igual de sabrosones: si les interesa el asunto, lean el libro de Aldous Huxley sobre la verbena que el cardenal Richelieu habría de instigar, allá por 1634, en la ciudad de Loudun. Diversión garantizada.

Matthew Hopkins: el hombre, la leyenda

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Por razones de espacio, hemos decidido omitir a otros ejemplares exterminadores de brujas (como Ulrich Von Helfenstein, el noble alemán que, en 1562, mandó asar a 63 desgraciadas cuando el granizo le fastidió sus viñedos) para centrarnos en un plusmarquista de la lucha contra la hechicería. El señor del que vamos a hablar ahora ha dejado su huella en el imaginario colectivo anglosajón de una forma que parece inconcebible, convirtiéndose en leyenda cuando aún estaba en vida y siendo aun hoy sinónimo de procesos fraudulentos, ejecuciones sumarias y, sobre todo, cuantiosas minutas a nombre de la ciudad que había recurrido a sus servicios. Cuando uno va por ahí haciéndose llamar «Witchfinder General», una de dos: o se dispone a fundar un grupo de doom metalo se dedica a cazar sortílegas por las marismas de East Anglia ataviado con un sombrero de chimenea. Si vive en el siglo XVII, en plena Guerra Civil Inglesa, lo más probable es que su opción sea esta última.

Acerca de la vida de Matthew Hopkins, poco se sabe: probablemente ejerció como abogado en Suffolk antes de descubrir su auténtica vocación, y es posible que trabajase como espía para Oliver Cromwell y sus hordas puritanas con el poético alias de ‘Argus Number One’. Porque, conviene aclararlo, las actividades de este señor se desarrollaron a la sombra de aquel New Model Army que, más que en cantar el Vagabonds, se hallaba empeñado en eliminar la corrupta monarquía de Carlos I (bueno) para reemplazarla por un régimen teocrático donde el teatro, la música, el pensamiento crítico o cualquier asomo de joie de vivre desapareciesen para siempre (no tan bueno). Pese a su notable grisura y su rigidez calvinista, los ‘cabezas peladas’ de Oliver eran supersticiosos como los que más, algo que aprovechó Hopkins para desencadenar su particular cruzada. El hecho de que, como texto de cabecera, nuestro hombre usara la Demonología, un manual escrito por el rey Jacobo I, no pareció importarles demasiado, por muy republicanos que fuesen.

El modus operandi de Hopkins, usado contra víctimas como Elizabeth Clarke, era más o menos sencillo: acompañado por su ayudante John Stearne y una escolta de tropas parlamentarias, el cazabrujas llegaba a un pueblo cualquiera y señalaba como hechicera a una mujer generalmente anciana (o más guapa de lo habitual) con fama de llevar una vida disipada, de tener conocimientos de herboristería o, sencillamente, de albergar mascotas en su casa: los gatitos, perretes o conejillos de graciosas orejas no podían ser otra cosa que ‘familiares’, cedidos por el Diablo para uso de la bruja de turno. Una vez suscitada la histeria entre los lugareños, Hopkins y Stearne se cebaban en la pobre desgraciada, rindiéndola primero mediante la humillación y el hambre para después someterla al pricking, deliciosa forma de tortura consistente agredir a la víctima con punzones, en busca de esos puntos insensibles que las brujas tienen en su cuerpo.

La guinda de la tarta era la inmersión de la mujer en el río más cercano: según el libro del rey Jacobo, una hechicera ha rechazado las aguas bautismales, con lo cual habría de ser imposible sumergirla en el líquido elemento. Siempre con el noble ánimo de defender a Dios y su ley, el witchfinder general ataba a sus acusadas en una postura que, al aumentar la superficie de flotación, volvía mucho más probable el resultado positivo del test. Terminado el proceso, y enviada la anciana o la moza al patíbulo, Hopkins le pasaba la cuenta al concejo local: su tarifa de costumbre, ajustada a la inflación y al cambio vigente, salía por unos 5.000 euros, gastos del viaje aparte. Si contamos con que al cazador de brujas se le atribuye la matanza de unas 300 mujeres (más del doble que en los dos siglos anteriores, y eso que en Inglaterra nunca habían faltado las purgas contra la hechicería), cabe suponer lo forrado que tenía el riñón en 1647, cuando la tuberculosis le mandó al Otro Barrio. Casi tres siglos después, en 1968, Hopkins fue interpretado por Vincent Price en El general Witchfinder, un clásico del cine de terror de bajo presupuesto y altos logros atmosféricos. Más honor, sospechamos, del que un personaje así merece.

Cotton Mather: el hombre de ciencia

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Seth Gabel como Mather en la serie ‘Salem’. El original era menos guapo.

¿Cómo es posible que un sujeto emparentado con los fundadores de la universidad de Harvard, pionero de la inoculación contra la viruela y de la investigación genética, figure en esta lista? Es más, ¿cómo es posible que alguien se tomase en serio a un individuo llamado «Algodón»? Confíen en nosotros, porque estamos hablando de otro histórico de nuestra especialidad: hombre de iglesia (calvinista) y autor prolífico, el señor Mather fue nada menos que uno de los instigadores del proceso contra las brujas de Salem.

Tras haber captado su atención, señalemos que el bueno de Cotton no era, de por sí, ningún bendito. Entre experimento y experimento sobre la hibridación del maíz, y mientras (aconsejado por uno de sus esclavos negros) se las apañaba para inmunizar contra el mal de pústulas a toda una generación de bostonianos, el hijo del decano de Harvard Increase Mather mostraba su odio patológico a los nativos americanos, a quienes describía como «las verdaderas ruinas de la especie humana», y también para poner en práctica su fe en las enseñanzas del Levítico. Sin ir más lejos, sus buenos oficios consiguieron enviar a la horca en 1688 a Ann ‘Goody’ Glover, la última mujer colgada en Boston por brujería. La pobre mujer, una ex presidiaria irlandesa, fue acusada de haber hecho enfermar a los hijos de John Goodwin, un albañil para el que trabajaba como lavandera. Como método infalible para determinar su culpabilidad o inocencia, Cotton dictaminó que Ann debía recitar el Padrenuestro… en inglés, cuando ella sólo sabía hablar gaélico. Tras verla balancearse al extremo de una soga, el empelucado Mather se mostró muy satisfecho por haber acabado con aquella vieja que, además de maestra de los saberes prohibidos… ¡era católica!

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Abigail Williams, muy mona ella.

Conviene recordar, ya que estamos en ello, que Cotton Mather vivía en la Nueva Inglaterra de finales del siglo XVII. Un territorio poblado por puritanos extremadamente serios, extremadamente enlutados y para quienes Matthew Hopkins seguía siendo un irreprochable creyente en lugar de un estafador . De esta manera, el caso de Goody Glover trajo los resultados que todos conocemos: en febrero de 1692, la dulce Abigail Williams (es decir, Winona Ryder, si recuerdan la película) y sus amiguitas son sorprendidas en pleno ritual pagano, echándole la culpa de la bacanal a una esclava negra y a unos vecinos con los cuales (casualidad…) sus papás se hallaban enemistados. Cuando se entera del asunto, el joven Mather no cabe en sí de júbilo, pensando que ha llegado el momento de librar a la nueva Tierra Prometida de disidentes, papistas y otros aborrecidos del Señor. El resultado de sus desvelos será una bonita cifra de víctimas: veinte, para ser exactos.

El ingrediente más aterrador de la historia de Cotton Mather y Salem es que, pese a todo, nuestro hombre no llegó a participar en el proceso por brujería. Es más: se duda acerca de si llegó a asistir, aunque su papá Increase (con quien, por cierto, se llevaba a matar) sí que apareció por allí. ¿Cuál fue el rol de Cotton en todo esto, entonces? Pues aprovechar su posición como influyente predicador y literato para azuzar la histeria colectiva. Su intervención más destacada consistió en asegurar a los jueces que las llamadas «pruebas espectrales» (visiones, voces fantasmagóricas, etcétera) sí que tenían cierto valor pericial, y podían ser empleadas para sentar a un desgraciado o desgraciada en el banquillo. Todo ello sin mancharse las manos, y acumulando suficiente material para escribir un volumen titulado Prodigios del mundo invisible. Negocio redondo.

En suma, Mather se nos antoja todo un precursor de esa ralea de cazadores de brujas modernos, que va desde Joseph McCarthy a otras sabandijas como Patricia Pulling Lawrence Pazder, de las que ya hemos hablado aquí. Puede que las persecuciones contra la brujería se prolongasen en el tiempo (Anna Goeldi, la última víctima europea de la persecución, fue decapitada en Suiza en 1782), pero a los flagelos de herejes con sotana, a los predicadores furibundos y a los exorcistas con crucifijo y doncella de hierro les sucedieron otra serie de personajes con púlpito en las megaiglesias del evangelismo radical, en según qué conferencias episcopales… o en los parlamentos y congresos de diputados. Seguro que, ahora mismo, Nicolás Eymeric y sus sucesores les miran desde el infierno, y sonríen con beatíficos gestos de aprobación.

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