Celtiberia grunge: ¿por qué no hubo unos Nirvana españoles?

Kurt Cobain y sus chicos cambiaron el mundo, pero España lo entendió de aquella manera. Recordamos el triste panorama 'alternativo' de los noventa, desde el Chup Chup al éxito de Dover, en un reportaje con greñas y perilla, pero sin grunge. ¿Por qué no tuvimos nuestros propios Nirvana?

Allá por tiempos primigenios, cuando aún no había internet y la semanada llegaba justa para comprarse la Micromanía, mantenerse al tanto del devenir de la música pop le obligaba a uno a detectar tendencias entre sus colegas del ámbito académico. O, lo que es lo mismo, a fijarse en qué escuchaban aquellos que le daban collejas durante el recreo. Así, durante el curso académico 1989-1990 servidor vio cómo los trendsetters más malotes de su colegio de curas se volvían raperos de golpe, y eran capaces de estamparle la huevada contra una farola a quien mancillase el nombre de Vanilla Ice. Al año siguiente, sin embargo, Guns’N’Roses eran ya lo más, y quienes antes hubieran vendido el alma por una gorra que ponerse del revés cifraban ahora sus metas en viajar a Los Ángeles, beber bourbon por litros y follar con estrellas del porno. Más o menos lo natural: en algo se les tenía que notar el primer cigarrillo antes de entrar a ver Terminator 2, la primera cogorza y la primera gayola ante el VHS de Savannah: Rubia y dorada. Pero lo peor, como siempre, estaba por llegar.

Cuando digo “lo peor”, nótese, hablo en términos subjetivos. Porque una cosa es que un pijo abusón se vea a sí mismo como un malote del sleaze rock, al que sólo le faltan la chistera y la Les Paul de Slash para derretir a las tías (o eso cree él) y otra mucho más humillante que se considere un alma atormentada y exteriorice su sensibilidad, bien masacrando el riff de Smells Like Teen Spirit con una Ibanez de tercera mano, bien zurrándote a la hora de Gimnasia. Efectivamente: mientras el acné transformaba rostros en mapas topográficos, mientras los más aguerridos ponían pie en esos baretos donde aún no se pedía el carnet de identidad y mientras los cartuchos de Megadrive iban rondando de mano en mano, el fenómeno Nirvana había estallado y el grunge imponía su ley. Una ley enteramente extranjera, eso sí: mientras los corazones más poéticos se grababan el Senderos de traición en cinta, y aquellos que le daban a Depeche Mode podían consolarse, mal que bien, con OBK, en España no parecía haber émulos de Kurt Cobain y sus huestes de Seattle. Al menos, no que sonaran en los 40 Principales ¿Cómo era eso posible?

Pues era posible por varias razones, resumibles en una: en la Piel de Toro, las modas de fuera las captamos tarde, mal y nunca. Mientras que la aparición del Nevermind en EE UU seduce (con una ayudita de la MTV) a un público joven muy harto ya de tanto rock de estadio, dicho fenómeno llega a una España muy difusa en lo musical, donde las viejas glorias (como Radio Futura con Veneno en la piel) acaban de dar los últimos coletazos, el grupo novel que más lo peta son los mentados Héroes del silencio (cuya vocación épica, tomada de Echo & The Bunnymen y The Cult, es casi el polo opuesto del grunge) y se incuba ya la alarma social de la ruta del bakalao, cuyo himno Así me gusta a mí atruena en las radiofórmulas desde junio del 91.

Si, como suele decirse, el nirvanazo no pudo en Gran Bretaña con el auge del baile electrónico y los primeros pasos del brit pop, aquí fue la combinación de Entre dos tierras y Chimo Bayo la que dificultó el avance del fenómeno. Para que se entienda: el disco del bebé nadador, ese mismo que le había robado el oro del Billboard al mismísimo Michael Jackson, nunca llegó al primer puesto de la lista AFYVE pese a permanecer en ella durante nueve semanazas. El  grupo zaragozano y el recopilatorio Máquina Total 3, por el contrario, sí que llegaron a coronar nuestro top nacional. Qué cosas.

A esta verdad cabe añadir otro corolario: el grunge estadounidense fue un fenómeno muy heteróclito, en el que cabían fans de Pixies y del post punk más recoleto, como el propio Cobain, junto a melenudos para quienes Poison y Mötley Crüe eran una piara de vendidos en lencería. Observen la diferencia entre los propios Nirvana, Mudhoney y precursores del género como Mother Love Bone o Green River, sin ir más lejos. Una ósmosis difícil en esa España que, al correr de los ochenta, había abrazado el concepto “tribu urbana” de una forma tan férrea. Al menos en los entornos que conoció el autor de este artículo, los punks eran punks y escuchaban a La Polla Records, los heavies rulaban el Powerslave y el Ride the Lightning como posesos, los pollopera orgullosos de serlo le daban a Presuntos Implicados y así sucesivamente, pero casi siempre hasta los límites marcados por los padres o tutores.

Recordemos que, aquí en las Batuecas, el hecho de que tu hijo tocara en un grupo de rock macarra podía ser usado para avergonzarte en los medios: eso le ocurrió a la entonces ministra Rosa Conde, cuyo hijo Vladimir Espina era miembro de los ruidosos Blackmoon Fire. Anda que no le dio juego aquello a Jaime Campmany en el ABC… y a Alfonso Arús y Andreu Buenafuente (encargado de imitar a la propia) en Al ataque, el programa de humor grueso y facha de Antena 3. Véanlo con sus propios ojos a continuación.

Además de provocar un facepalm, o varios, el vídeo de arriba pone de relieve una curiosa dicotomía. Porque mientras, en la realidad, el bueno de Vladimir participaba con su grupo en un EP de homenaje a Sonic Youth, la hiperrealidad de la parodia mainstream le pintaba llevando una guitarra como la de Eddie Van Halen y cantando la tonada de Hormigón, mujeres y alcohol, un sencillo lanzado por Ramoncín la friolera de diez años antes. Vamos, que, para quienes cortaban el pastel, el tiempo se había detenido en los años de la Movida, y el grunge ni existía ni existiría jamás… hasta que empezase a dar beneficios. Y, lo que eran beneficios, no los daba: si la industria de aquí hubiera venteado bien el horizonte, se habría dado cuenta de que eso de acoger grupos procedentes del underground y lanzarlos a lo grande podía generar pasta.

Pero más allá del fichaje de Surfin’ Bichos por RCA (merced al cual una canción tan venenosa como Fuerte llegó a oírse en la radio con cierta frecuencia), y de otras experiencias mucho más desafortunadas, como la de Los Navajos, aquello no dio fruto alguno. El país, en general, está más ocupado prestándole atención a entes como Celtas Cortos, que viven su momento de gloria justo durante este período: entre Madera de colleja, ese temazo del abismo, y la compasión hacia los perdedores mostrada por Pearl Jam en su Jeremy, aquí sabíamos con qué quedarnos. Vaya que sí.

En realidad, los dos primeros ejemplos de grunge made in Spain de los que uno tiene noticias llegan entre 1993 y 1994. El primero, cuyo lanzamiento casi coincide con el del In Utero, es Thanx (Subterfuge), el debut de My Criminal Psycholovers, un grupo de Madrid que se tomaba la cosa en serio y que llegó a escalar en las listas grandes de maquetas grandes de Discogrande (madre mía…).

El segundo, con el respaldo de una grande como EMI, aparece cuando Cobain ya se ha ganado la palma del martirio, lleva el contundente título de Tierra de cerdos y va firmado por El Fantástico Hombre Bala. Y sonar, lo que es sonar… pues digamos que se apunta a la parte más oscurota del fenómeno, la de Alice In Chains, Soundgarden, Stone Temple Pilots y demás. ¿Repercusión a gran escala? Pues tendente a cero: con letras como “Día a día / voy perdiendo toda mi filosofía / como en una gran y lenta agonía”, qué va uno a esperarse.

Para encontrarnos con el primer bombazo grunge (o así) en el mundo musical español tenemos que esperar hasta 1995. Ese año se estrena Historias del Kronen, la perecedera película de Montxo Armendáriz que se apunta al fenómeno de la Generación X (¿lo recuerdan?) adaptando aquella bosta literaria con la que José Ángel Mañas llegó a finalista del Nadal. Para ambientar las aventuras del pijo farlopero Juan Diego Botto y sus coleguitas de Puerta de Hierro, la BSO conjura un potaje (editado por RCA, y presencia fija en muchos baretos de la época) en el que caben desde el sonido calimochero old school de MCD y Reincidentes hasta ejemplos de funk metalizado (Santa Fe, Tribu X), algo que por entonces también pega mucho.

Y también se hallan dos grupos adscribibles a las nuevas tendencias: El Inquilino Comunista, que según el Rockdelux molan que te pasas, y, por encima de todo, Australian Blonde. Gracias a aquel pegadizo Chup Chup, los gijoneses se ganaron la efímera consideración de ‘Lemonheads españoles’, le dieron a Subterfuge una primera inyección de capital a gran escala… e introdujeron la palabra “alternativo” en el vocabulario de muchos adolescentes de la época. A lo mejor Los Planetas, cuyo debut largo había aparecido el año anterior y también grababan para RCA, habrían sido más adecuados para una película tan drogadicta. Pero como los granadinos manejaban un vocabulario musical bastante esotérico (con excepción del sencillo Qué puedo hacer), pues tuvimos lo que tuvimos.

Y, ¿qué tuvimos? Pues visto desde la perspectiva de una ciudad de provincias, tuvimos algo monstruoso: la necrofilia disparó las ventas de aquellas camisetas con la leyenda “Es mejor quemarse que apagarse lentamente – Kurt Cobain” (sí, la frase es de Neil Young, pero a quién le importaba aquello) mientras las pibitas juraban que los ‘Australians’ eran de Irlanda en lugar de asturianos y cada vez más gente comulgaba con aquella amalgama dispersa que se conocía como ‘rock alternativo’.

Era la hora de intentar escucharse del tirón el Melon Collie and the Infinite Sadness (parece mentira, Smashing Pumpkins: qué maravilla de singles y qué disco más coñazo) mientras el videoclip de Buddy Holly de Weezer venía incluido en el Windows 95 y grupos de segunda fila como Bush, Blind Melon o los Soul Asylum de Dave Yo me follé a Winona Pirner compartían espacio en las estanterías de la chavalada con Presidents of the USA, el Dookie de Green Day, la banda sonora de Pulp Fiction y la primera entrega de aquella serie recopilatoria llamada Vértigo. Hablamos del disco en el que un chaval así como sensible ponía morritos desde la portada, y en el que algunas de las bandas anteriores aparecían en comandita con Jesus & Mary Chain o los mismísimos Fatima Mansions de Cathal Coughlan. Todo ello cuando, a efectos internacionales, el grunge y sus derivados ya estaban más cadáveres que su santo patrón. Lo dicho: tarde, mal y nunca.

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Ahora bien, para tarde y mal, la que nos cayó encima al llegar 1997, cuando el mismísimo Satán se nos apareció en un anuncio de la Radical Fruit Company. Tras haberse dejado oír en Radio 3 y editado un primer elepé más bien normalito (Sister) allá por el 95, Dover y su Devil Came To Me se meten al país en el bolsillo, en dura competencia con el Mírame de Ana Belén, y otras voces ilustres como Rosana, Ella Baila Sola y Los Centellas. El álbum de las hermanas Amparo y Cristina Llanos es lo que se conoce como un sleeper: al igual que el Nevermind cinco años atrás (sí, cinco) nunca llegará a encaramarse al primer puesto de AFYVE, pero permanece en las listas semana tras semana y acaba llevándose cuatro discos de platino. Lo suficiente como para convencer a los de arriba que allí hay tajada. Una tajada que cristalizaría en forma de matrimonio entre una discográfica ‘independiente’ y una marca de refrescos.

Oficialmente, el recopilatorio GenerationNext Music apareció con el sello de Arcade, inenarrable emporio del Benelux que lo mismo te sacaba una antología de Demis Roussos que una de hardcore techno (como los recordados Thunderdome). Pero aquello era circunstancial: el logotipo de Pepsi aparecía bien en grande en la carátula del CD… y la mitad de las canciones contenidas en él pertenecían al catálogo de Subterfuge, que acababa así de consagrarse como máxima gestora de lo ‘alternativo’ en España. La gente se compraba aquel disco para tener el temazo del demonio en casa, claro, pero también para hacerse con el Train de Undrop (aquel trío formado por dos hare krishnas suecos y un abulense) y con aquel Chup Chup que nunca acababa de morirse, además de con el Brimful of Asha de Cornershop, The Beautiful People de Marilyn Manson o aquella de Prodigy que no era Firestarter. Además, y esto es lo interesante, con una canción de un grupo de Barcelona que sonaba casi clavada al Cadillac solitario en el desarrollo, y más blandita que una gominola pocha en arreglos e interpretación. Hablamos, claro, de Al amanecer de Los Fresones Rebeldes.

Porque en el mundo de los enteradillos, aquel al que este informe no ha querido asomarse, todo aquello de la distorsión, las perillas y las greñas había dejado ya de estar de moda, si es que alguna vez lo estuvo: tras cinco años a vueltas con el noise pop y la madre que lo había parido, la candorosa inocencia de grupos como los propios Fresones, Meteosat y Niza priva ya entre las élites jóvenes y acaudaladas. Los ejemplares de Mondo Brutto circulan de mano en mano desde hace tiempo, enseñándoles a los candidatos a moderno que cantar en inglés es lo peor, que Vainica Doble son las putas amas (a qué negarlo, lo son) y que ir por ahí, bien con los vaqueros rotos, bien con una camiseta de rayas y unas Adidas, es algo que se ha quedado para los parias de ciudad dormitorio o para provincianos que aún aspiran a llamar la atención de Julio Ruiz. Mientras tanto, ajeno a semejante batahola, lo ‘alternativo’ florece durante un par de temporadas… y, después, se extingue. Entre 1998 y 2000, La Oreja de Van Gogh ya arrastran masas, Jarabe de Palo atorran con La flaca (debido a otro recopilatorio, esta vez patrocinado por una marca de tabaco negro), el Corazón partío de Alejandro Sanz es el himno del año y, en general, la música destinada a la plebe va volviendo por sus fueros de costumbre.

Han pasado ya dos décadas de todo lo anterior, y el grunge no ha muerto: se ha quedado en una música minoritaria, cuyos clásicos son pasto de treintañeros y cuyas encarnaciones más recientes tienen por público a chavales y chavalas insatisfechos, presos de nostalgia de lo no vivido. Tal vez esa situación le honre. Mientras tanto, uno de los poderosísimos grupos mediáticos que han sobrevivido a la ordalía digital promociona hasta la náusea a un grupo de hip hop, cuyo nombre resulta muy complicado de leer y que, de repente, está hasta en la sopa. Investigando un poco, uno descubre que dichos raperos siguen estilemas que llevan ya circulando por EE UU desde hace un lustro, por lo menos. Entonces, se acuerda de todo lo que acaba de rememorar y concluye con las palabras de rigor: “Tarde, mal y nunca”. En esas seguimos estando… y, por lo que se ve, seguiremos hasta el Armagedón.

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