Ciclistas politoxicómanos: siguiendo la gran línea blanca

Los juguetes rotos de las dos ruedas, adictos a la gloria, escondían detrás de esfuerzos sobrehumanos un historial de abuso de sustancias y un gusto eterno por las emociones fuertes. En cierto sentido, tuvieron vidas al límite que no tenían nada que envidiar a Mötley Crüe o los Sex Pistols. Repasamos algunos de los casos más notorios de abusos de sustancias dentro del mundo de las dos ruedas.

Es el verano de 1967: estamos en plena escalada al Mont Ventoux, corazón de la Provenza, en la etapa providencial del Tour de Francia. El corredor británico Tom Simpson, una de las grandes estrellas, sufre un desvanecimiento. Obliga, en el frenesí de la ruta, a que le suban otra vez al mando de su bicicleta con la conocida frase “Put me back on the bike!”. Quinientos metros después, cuenta su biógrafo William Fotheringham, fallecerá por deshidratación. En principio se estableció como causa general de este deceso un esfuerzo físico sobrehumano; posteriormente se descubrirá que Simpson había combinado el día anterior anfetaminas y alcohol para rendir al máximo. Fue la primera víctima reconocida del doping en el ciclismo, poco regulado todavía en su edición 54.

Su compañero Colin Lewis le recuerda como muy “ambicioso” y se recogen unas declaraciones a la revista People dos años antes de su muerte donde declara: “dime donde trazar la línea entra la droga y los tónicos. Incluso los expertos no suelen ponerse de acuerdo en esto”. Esta confesión, que habrían aplaudido tanto el ensayista Antonio Escohotado como el gurú Timothy Leary, es uno de los primeros registros de la vinculación del ciclismo con el dopaje. Vin Denson, otro ciclista británico, rememora también este parlamento del fallecido: “montar una bicicleta 280 kilómetros es imposible y las anfetaminas hacia el final están ayudando al cuerpo”.

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Simpson en 1962.

Tanta omnipotencia acabó en convalecencia y su periplo en Ventoux finalizó escalando camino al cielo. Pero ese frenesí de gloria, esta búsqueda del máximo rendimiento con los mínimos escrúpulos, no parece ser excepcional en esta disciplina. Según Guillermo Ortiz, periodista deportivo, “el ciclismo siempre ha coqueteado con el dopaje y no es de extrañar en algo tan extremo. Ya en los primeros Tours existían las anfetaminas, la cocaína o la cafeína; es decir, todo tipo de estimulantes que hacen que el cerebro no tenga sensación de cansancio”.

Así, existen muchos casos donde los participantes aceptaron, promovieron y pergeñaron el dopaje como un método de prosperar a falta de rendimiento físico. De este modo Michele Ferrari, mad doctor en los noventa del rendimiento ciclista, tuvo esta definición sobre la EPO clave: “no es mala de por sí”.

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Intento de reanimación de Simpson en Ventoux

If you want to hang out, you’ve gotta take her out, EPO

El ciclista escocés David Millar es una de las mejores y más honestas fuentes sobre este ciclismo yonki de inicios de los noventa. Sus memorias, Pedaleando en la oscuridad (2012), no se cortan en dar detalles de cómo realizaba el dopaje por encima de su “sistema de creencias”. La primera vez que se chutó con EPO fue en un resort italiano, en pleno entrenamiento, y recuerda que “no era un vestuario oscuro y sucio o la sórdida consulta de un médico, sino una casa familiar inundada de risas y bañada por el sol de la Toscana”. Un marco perfectamente “eurobasura”, que hubiera encantado a Jean Paul-Gaultier, y que escondía detrás de un bonito envoltorio de dentaduras postizas y piel cobriza à la guido rituales propios del Nueva York de los ochenta.

El protocolo incluía una estratagema de esconder la sustancia, en una versión “pija” de los testimonios de politoxicómanos: “Él se levantó, fue hacia la nevera y cogió lo que parecía una lata normal de Coca-Cola, pero con tapa de rosca. Dentro había unas jeringuillas muy pequeñas, las más chiquititas que había visto nunca. Eran de distintos colores y llevaban el logo del fabricante de EPO. Todas eran del mismo tamaño, pero contenían distintas cantidades”.

El corredor David Millar, en una foto reciente.

El corredor David Millar, en una foto reciente.

Para él, incluso, afirma que no fue excesivamente traumático y llega a declarar que estaba “acostumbrado a las jeringuillas” por su vida como corredor profesional. Estamos en esa época, entre mediados y finales de los 90 e inicios del 2000, en la cual el dopaje estaba totalmente institucionalizado en equipos como Festina.

Pero, ¿Qué es la EPO? Según el manual de Hawley y Burke sobre rendimiento deportivo, “es una hormona natural producida por los riñones que estimula la producción de glóbulos rojos en el cuerpo”. Se utilizó, al inicio, para tratar a pacientes con insuficiencias renales y mejorar su resistencia. La Unión Ciclista Internacional, la UCI, la prohibió en 1990, pero se realizaban transfusiones de sangre para evitar ser detectada en los controles. Bjarne Riis, en el Tour de 1995, llegó a un 60 % de hematocrito sin dar positivo, lo que puso sobre aviso a las autoridades. Para controlar estos trucos en 1997 se estableció un 50% de límite al hematocrito, lo que ponía incluso en riesgo de dar positivo a aquellos ciclistas con físicos privilegiados que producían esta hormona solo con ejercicio físico. En 2007 Riis confesó haberse dopado con EPO de 1993 a 1998.

Riis en sus efímeros años de maillot amarillo.

Riis en sus efímeros años de maillot amarillo.

Toda una mafia médica en el norte de Italia controlaba el dopaje ciclista, a decir de la monografía de Paoli y Donati. Incluía un enlace con autoridades “oficiosas” de la seguridad social italiana, lo que permitía un acceso fácil a esta hormona. Según los ciclistas Nicolas Aubier y Gilles Delion en aquel tiempo “era imposible llegar al top 100 de ciclistas sin tomar EPO, hormonas de crecimiento u otro tipo de droga”. Los doctores jugaban sin ningún escrúpulo con los ciclistas como conejillos de indias sin que ellos fueran demasiado conscientes.

De hecho, un estudio de Atkinson – Young sobre el dopaje en el deporte recuerda que “las muertes relacionadas con la EPO” no resultan “raras” en el ciclismo profesional. Un abuso de EPO, afirman, puede llevar a “emponzoñar la sangre y coagular las arterias”. Varios ciclistas, Johan Sermon o Marco Pantani -consumidores de EPO- murieron por ataques al corazón.

El hombre clave, el citado Ferrari, ejercía de sonriente «Dr. Feelgood” desde su posición como médico profesional de varios campeones o en su tutoría al estilo Mengele del equipo Gewiss–Ballan. Su definición de la EPO como un “zumo de naranja” resulta sintomática del grado de cotidianidad del dopaje en esta disciplina. Asesoró, en este contexto de jeringuillas y hormonas, sobre “rendimiento” a varios corredores señeros como Aleksandr Vinokúrov, Fernando Escartín, Claudio Chiappucci o Mario Cipollini. De entre todo su plantel destaca un nombre por encima de todos: Lance Armstrong.

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Michele Ferrari, el “Dr. Strangelove” del ciclismo en los años 90noventa.

El hombre que nunca dio positivo: Armstrong

Si existe un nombre, una gran máscara, que encabece toda esta procesión fantasmagórica no puede ser otro que el tejano Lance Armstrong. El documental sobre este ciclista, The Armstrong Lie (2013), realizado por el periodista Alex Gibney), es ejemplar de cómo se puede vivir la mentira absoluta con completa normalidad.

Obra nada retórica, en inicio se concibió como una crónica desnuda de la vuelta de Armstrong para su octavo Tour de Francia. El resultado final fue casi un tratado sobre la mentira que no tiene nada que envidiar a a Fraude (1973) de Orson Welles. La solemnidad con la que el tejano afirma a la altura de 2011 que “durante veinte años de carrera y 500 controles” nunca dio “positivo” resulta entre tétrica e hilarante. Un año después, la agencia de doping de Estados Unidos le dejó sin escapatoria: fue acusado de “el más sofisticado y profesional programa de dopaje jamás visto”.

Armstrong en sus años de gloria.

Armstrong en sus años de gloria.

Su compinche no fue otro que Michele Ferrari, y Armstrong se defendió poco después afirmando que podía “mejorar o cambiar” su cuerpo como quisiera. Se le retiraron todos los títulos y la impunidad con la que mintió a todos emponzoñó por completo el prestigio del ciclismo. Así, lo que en principio Jean-Marie LeBlanc y el resto de encargados del Tour consideraban hechos puntuales, se desenmascaró como una tendencia absoluta y generalizada. El investigador danés Verner Möller, en su libro Un diablo llamado dopaje (2012), utiliza la prueba definitiva: el aumento de 36.9 km/h de los Tour en los ochenta a los casi 40 km/h en 1998.

De hecho, la velocidad siguió subiendo luego del escándalo del Festina, en 1998, lo que deja caer que las prácticas siguieron con esos subterfugios que dominó por completo Lance Armstrong y su equipo. El propio Armstrong ha acabado su vida en un inmenso mar de litigios con sus excompañeros de equipo o las compañías que le representaron. Con su nombre por los suelos, en su perfil de Twitter se presenta antes como superviviente del cáncer que como ganador del Tour de Francia. En este, el 13 de enero, retuiteó en perfecta ironía un recuerdo del aniversario de la gran víctima del EPO: Marco Pantani.

Después de la escalada, llega el descenso

Una habitación de hotel con decenas de cajas de medicinas tiradas, el espejo del baño en el suelo y el microondas desmontado. Este lecho de muerte, tan propio del cine de Paul Schrader, tenía un cadáver magullado con la cabeza hinchada: Marco Pantani. Había fallecido por consumo de cocaína pura el 14 de febrero de 2004, después de días de aislamiento y paranoia en ese hotel. Durante todo ese tiempo se quejó de la existencia de un ruido ensordecedor en la recepción. Este no existía: estaba en su cabeza.

Matt Rendell hace una minuciosa, quizá tremendista, deconstrucción de los últimos días del ciclista italiano en The Death of Marco Pantani (2013). Llega a afirmar que Pantani era consumidor de anfetas y cannabis con apenas 13 años, en el marco de la Riviera italiana. Declara, un poco aventuradamente, que llega al crack después de sus “experimentos” con la viagra. Más certeramente, su salida del Giro de 1999 le había hecho un consumidor habitual de coca. Su expulsión se debió, claro, al alto hematocrito, aunque no se probó que fuera a causa de la EPO. Un análisis posterior, en 2004, confirmó este dopaje.

EL gran escalador Marco Pantani.

El gran escalador Marco Pantani.

Este gusto por las emociones fuertes es similar en muchos de estos “ángeles caídos” por la EPO. David Millar recuerda en la citada biografía que podía “contar con los dedos” los días que pasó sobrio después de su suspensión. Sus memorias, que omiten decorosamente todas sus fiestas sin fin, recogen su hábito de tener “bebidas” para cada momento, lugar y persona del día. Poco antes de dejar el alcohol, según su testimonio, se vio como una “caricatura”.

El periodista Guillermo Ortiz tiene claro que detrás de estos cuadros politoxicómanos “está la dependencia de las agujas para sentirte mejor. ¿Estás un poco cansado? Chute de vitaminas. ¿Has perdido frescura? Chute de suero intravenoso. ¿Necesitas una ayuda para la última semana? Chute de tu propia sangre en forma de transfusión”. Esta forma de entender el deporte se trasladó a las vivencias comunes con resultados entre esperpénticos y trágicos.

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Pantani ingresado, luego de un accidente en 1997..

Detrás de la EPO existía, además, una presión por la victoria que obsesionaba a todos los ciclistas. El periodista J.J. Santos, en sus Memorias deportivas (2009), recuerda como el ciclista “Chava” Jiménez fue sobre todo víctima de un contrato leonino con Banesto que le “exigía” más de lo que su cuerpo y cabeza permitía. Aunque no llegó a dar positivo, su cuadro personal, según cita Santos, era parecido al de Pantani y ofrecía cambios de humor, bipolaridad y estadios depresivos. El abulense murió el 6 de diciembre de 2003, en un psiquiátrico, mientras mostraba las fotos de sus victorias a los más cercanos. Se encontró una bolsa de cocaína en su cajón, según cita David Walsh en Inside the American Doping (2012). Esta habría sido recomendada por el doctor del equipo para “compensar” su abuso de los esteroides, según el testimonio de un familiar.

A pesar de estos defectos y virtudes personales, detrás del dopaje y la droga existía una presión inhumana que iguala con cierto sarcasmo a los ciclistas y las estrellas del rock. El corredor finlandés Charly Wegelius, en sus memorias Domestique (2014), deja claro que los problemas no “eran las drogas”, sino más bien lo “rápido que eran los corredores que iban al lado mío”. Es la misma presión, sin duda, por la cual un músico como John Lennon empezó a consumir heroína en el año 68 buscando aislarse tanto de su divorcio como de una banda pop con los egos desbocados, según confesó a Jan Wenner (creador de Rolling Stone).

El “Chava” con Pantani: tiempos mejores.

El “Chava” con Pantani: tiempos mejores.

El testimonio más devastador de todos estos corredores, en el fondo ratones atrapados en la inmensa rueda de los patrocinadores y las expectativas, se encontró a Pantani y fue declamado al poco de morir por su mánager Manuela Ronchi: “Durante cuatro años he estado en todos los juzgados. Acabo de perder todo mi deseo de ser como todos los deportistas, pero el ciclismo ha pagado y muchos jóvenes han perdido la fe en la justicia. Todos mis colegas han sido humillados, con cámaras de televisión ocultas en sus habitaciones de hotel intentando arruinar a sus familias. ¿Cómo no puedes estar herido después de esto?”.

El “Chava” en su apogeo.

El “Chava” en su apogeo.

Gracias a Alberto Haj-Saleh y Guillermo Ortiz por la colaboración en el texto e ideas

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