Cinco reflexiones por el quinto aniversario de Tron Legacy

Se cumplen cinco años ya (sí, el tiempo pasa rápido) desde el estreno de una de las secuelas más tardías y controvertidas de los últimos años. Corría el año 2010, James Cameron no tenía bolsillos suficientes como para llenar todo lo que estaba ganando con Avatar, aunque el Oscar se lo llevara su exmujer y en España gozábamos de una tasa de paro menor que la de Alemania. Unos 28 años después de la original, llegaba a nuestros cines Tron Legacy, la secuela de una de las películas de culto de la factoría Disney.

Vista con perspectiva, parece que ha calado en el subconsciente una imagen un tanto borrosa, cuando no directamente ficticia, de lo que fue y es Tron (1982). ¿Tan mala secuela fue Tron Legacy? ¿Tan buena era su predecesora? ¿Fue realmente un fracaso en taquilla? Todo es relativo. Ni cielo, ni infierno, ni odio, ni amor. El tiempo suele cubrir o bien de polvo o bien de oro, todo aquello sobre lo que se posa.

¿Fue Tron un fracaso igual que Tron Legacy?

Alguna vez habremos oído que Tron fue un fracaso en taquilla aunque luego se convirtiese en una peli de culto (como si fuese requisito imprescindible fracasar para recorrer los caminos de la cultización). Lo cierto es que Tron no funcionó nada mal en el box office: si bien su presupuesto ascendía a 17 millones de dólares, la película recaudó, sólo en Estados Unidos, un total de 33 millones de dólares. Es decir, que por poco no dobló su presupuesto.

No obstante, sí que pasó sin pena ni gloria por los círculos críticos, que por aquél entonces no se dejaron impresionar por los efectos especiales ni por su trama pseudoprofética. No emocionó fuera de nuestras fronteras y mucho menos dentro. La revista Fotogramas, por ejemplo, dijo de ella que “su aparente resolución no impide que el exceso de parafernalia técnica acabe devorando la propia historia, que se ve despojada de gran parte de su emoción”, otorgándole dos estrellitas. Las mismas que 28 años después le otorgarían a su sucesora.

Foto 1 (Tron-1982)

Por su parte Tron Legacy (2010), se consideró un fracaso por estrenarse en diciembre y recaudar 44 millones de dólares en su primer fin de semana. En Estados Unidos si no arrasas el finde del estreno, algo has hecho mal. No obstante, la vida útil de la película se alargó toda la época navideña alcanzando, según Box Office Mojo, un total de recaudación de 172 millones. Se estima que el rodaje de la película rondó los 170 millones (diez veces más que su predecesora). Así que no, no fue un fracaso, recaudó dos millones más de lo que había costado. Es decir, cubrió los gastos del rodaje.

Por lo menos los de rodaje, porque a estos Disney sumó 100 millones en promoción y distribución. Así que, obviando lo que ganase la película en el mercado doméstico, al menos recaudó más de la mitad de su coste total. Eso, en una industria cada vez más volátil y agresiva, no es ningún fracaso. Y si no, que le pregunten a John Carter (2012).

¿Es Tron Legacy una secuela indigna?

Werner Faulstich, en su macro repaso Cien años de cine 1895-1995 comentaba que, si algo era reseñable del Tron original, era su carácter profético en las capacidades de la computadora digital, así como también sus peligros. La informática, vista como un futuro monstruo del que no deberíamos fiarnos a pies juntillas, sería sugerida por Juegos de guerra (1983) un año después. Pero lo que en ella se insinuaba apenas como una forma negativa, es visto como un mundo en Tron: la lucha entre el bien y el mal se lleva a cabo dentro de un ordenador. Esta realidad desmaterializada representaba un inabarcable entramado de posibilidades que se presentaba ante el público no sólo por medio del tema o de la acción, sino también de la narración. Lo nunca visto, vaya.

Foto 2 (tron legacy 2)

Por su parte, Tron Legacy no sólo se enfrentaba a la expectativas de 28 años de separación entre su original, sino también a la madurez y educación audiovisual de un espectador (de la edad que fuere) del 2010. Siguiendo, además, las mismas constantes estéticas y temáticas de la original. Es decir, la secuela debía innovar en un campo en el que su predecesora fue precursora.

A la vista está que no consiguió ser una revolución digital, pero si un dignísimo producto de un acabado excepcional en su uso del 3D, su estética minimalista neokubrickiana tan de siempre y a la vez renovada. Igual que su narrativa: tan básica como, en el fondo, efectiva. Tron Legacy fue más o menos lo que Tron en su momento, un digno producto de entretenimiento colmado por una pátina estética pretendidamente revolucionaria.

¿Qué falló en Tron Legacy?

En el camino de la digitalización, algo se les fue de las manos a los responsables de levantar la secuela cuando digitalizaron a CLU. Siguiendo la misma técnica que había hecho rejuvenecer a Brad Pitt en El curioso caso de Benjamin Button (2008) y sustituido rostros de gemelos en La red social (2010), se rejuveneció a Jeff Bridges. Así que compartían pantalla un Kevin Flynn envejecido y practicante de yoga y una copia malvada inalterable sin alma ni expresión alguna en su rostro.

Foto 3 (CLU)

Tampoco gran cosa se podía decir del hijo pródigo y protagonista, Sam Flynn. Aunque se esforzase, Garrett Hedlund no conseguía desembarazarse de su aire de niño pijo en apuros. Tal vez la culpa no fuese enteramente suya, puesto que su personaje no es más que una suerte de Batman digital venido a menos.

Sin un protagonista grande y con un villano de tan poco calado, Tron Legacy tenía serios problemas. Pero es que además, el film focalizaba su discurso en un tono trágico que su predecesora ni tenía ni le hacía falta. Desde la llegada al mundo cibernético dominado por CLU, la épica dramática se adueña de un relato que, en cambio, lucía más cuanta más acción y humor tenía. Un guion de manual, plagado de frases que parecían slogans publicitarios, vocablos tan incomprensibles como poco explicados, y un desarrollo tan convencional como el pelo de Pedro Sánchez no mejoraron para nada las cosas.

¿Qué pasamos por alto?

Paradójicamente, si el clon digital de Bridges hundía la película cada vez que entraba en acción, el Jeff Bridges de carne y hueso aparecía para elevar la categoría del conjunto. Su elegancia, tan sólo equiparable con su capacidad para molar, otorgaban a su Kevin Flynn un aire de Obi Wan perdido en una discoteca ciertamente encantador. Le acompañaba una también encantadora Olivia Wilde, a quién conocíamos de House, y que seguía teniendo ese aire misterioso y frágil que sabía cómo captar la atención.

Aunque ambos parecían estar siempre relajados, el espectador nunca conseguía estarlo. Una música extraña, a medio camino entre el tecno y la banda sonora clásica, apuntaba una segunda línea de narración tensa. Eran ellos: Daft Punk ofrecía una auténtica experiencia sonora, que aún hoy, sigue siendo un prodigio de estilos fusionados. La banda sonora de Tron Legacy es una joya. Atronadora, eso sí.

Ni qué decir que sus escenas de acción, cuando eran puramente eso, se convertían en verdaderos espectáculos. La batalla de gladiadores de discos y la persecución motora son de una eficacia tremenda. Febriles, videocliperas, sí, pero también elegantes y trepidantes. Un prodigio que duraba poco.

¿Tron o Tron: Legacy?

Aunque es inevitable hacer esta pregunta, intentar responderla es casi una obscenidad. Las películas, como las palomitas, no son unas mejores que otras por el simple hecho de estar hermanadas. El original supuso, ciertamente, una revolución no tanto por su apartado escénico y visual como por su manera de entender un mundo (el de lo digital) tan visionaria como posteriormente copiada.

Por su parte, el peso de lo histórico lastró demasiado a Tron Legacy, que sucumbió a la épica y la falta de corazón. Sin ser, por ello, un producto aborrecible. Hoy, cinco años después, Tron Legacy se revela víctima de su ingenuidad, pero llena de virtudes que, aunque poco lustrosas, le confieren un atractivo particular. Mientras, James Cameron sigue sin tener bolsillos suficientes y en España ya no gozamos de una tasa de paro menor que la de Alemania.

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