‘Cobra Kai’ – En el dojo no hay sitio para la nostalgia

El gigante del audiovisual actual no es ninguna televisión, ni siquiera la industria del videojuego o el cine. Youtube manda y ahora arrasa con su serie-secuela de Karate Kid, que se muestra como un hit inesperado con el que han superado en impacto a muchas de las series insignia de Netflix o HBO. Aunque el secreto de su éxito puede tener que ver con la ola nostálgica de los ochenta, o incluso a la facilidad para acceder a ella para cualquier usuario de la plataforma, la serie funciona como revulsivo de los fantasmas del pasado, dando la vuelta a muchos de las dinámicas engarrapatadas en las películas de su época.

La nueva serie de Youtube Red parecía apuntarse a la moda de la nostalgia ochentera un poco a última hora y de mala manera. Una serie sobre Karate Kid (1984) no acababa de sonar demasiado seria después del último reboot de 2010 con Jackie Chan y el hijo de Will Smith. Después de esa recuperación algo a destiempo, la nueva Cazafantasmas (2016), los trasuntos de Stranger Things (2016-) y demás muestras revival, parecía que una serie continuación directa de la icónica coming of age aparecía más bien a contrapelo. ¿Qué será lo próximo, una secuela de Thrashin’ o de Los bicivoladores? Pero, contra todo pronóstico, la continuación no es el cutrerío que aparentaba por su aspecto de serie barata, sobreiluminada y con actores acabados reviviendo sus viejas glorias. Es más bien una propuesta fresca dentro del panorama de la recuperación sin sentido, puesto que su aparición surge casi más para cuestionar la validez de los modismos típicos de hace treinta años y evaluarlos con la escala de grises enchufada.

El producto es indudablemente una consecuencia de la corriente -quizá en pendiente eso sí- de la recuperación de iconos y marcas que aún resuenan en la cabeza de los que vamos tirando a viejuniles, pero al menos se ha utilizado el propio peso de la idea para hacerle una llave infalible a los fantasmas de la nostalgia hueca. Es decir, no solo es una secuela consciente de su naturaleza prescindible, sino que se adelanta a los que así lo vaticinan dándole la vuelta al concepto de continuación con una serie de decisiones creativas que empiezan por titular la serie como la escuela de karate rival del protagonista de la primera trilogía. Cobra Kai, como bien verbalizan algunos personajes, es un nombre tan guay que bien vale una franquicia, y a nadie se le escapa que a muchos de los fans originales les hace más tilín todo lo relacionado con esa marca: los kimonos negros, los parches con una serpiente, el logo del puño y su filosofía.

Daniel San, el icono de los ochenta desdibujado.

Por ello, no es tan descabellado el punto de partida de una serie sobre Karate Kid en la que el malo es el protagonista. Utilizo malo sin comillas porque en la película de 1984 no dejaban muchas dudas, pese a sus titubeos éticos reconducidos por un mal sensei y que, al fin y al cabo, era un adolescente. El hecho de que el punto de vista esté mayoritariamente centrado en un Johnny Lawrence cincuentón tiene riesgo, pero también responde a un oscuro deseo fan tan improbable hace unos años como ridículamente factible en la era de las guerras streaming. Ahora, una decisión de invertir los roles también funciona como un acicate experimental de la propia narrativa de las secuelas bastante inédito, que lleva implícito un toque banzai propio de una marca que no tiene nada que perder. El planteamiento inicial nos muestra al perdedor de aquel torneo juvenil hecho polvo, con una vida lejos del estándar impuesto por la sociedad americana. Como si no se acabara de haber levantado nunca de la lona, Lawrence pasa sus días entre cervezas y pequeñas chapuzas, viendo como su eterno rival, Daniel Larusso, ha triunfado en la vida.

Forrado, padre de hijos con una esposa despampanante, propietario trajeado de una cadena de talleres y venta de coches, Larusso es, hoy por hoy, el prototipo de lo envidiable y a su vez, repugnante -a lo que ayuda la inquietante metamorfosis de Ralph Macchio– que hace que inmediatamente simpaticemos con el que en su día fue, aparentemente, un bully de instituto con cara antipática y malas artes en el ring y fuera de él. Cobra Kai, sin embargo, no cae en la simplificación de los roles a un planteamiento de héroe o villano, sino que lucha contra esa mistificación de la que la película original se aprovechaba, dando muchos más matices a los personajes y jugando en una escala de grises que dosifica las satisfacciones para su protagonista, desafiándole dentro de su propio tatami vital. Vemos a Lawrence, conectamos con su faceta loser, nos deja algún one liner que otro y le vemos convertirse en un nuevo Miyagi dinamitando la mitología del “dar cera, pulir cera” con unos cuantos golpes bajos acompañados de música macarra de “su época”, invocando a una nostalgia poco complaciente pero respetuosa, a veces no muy distinta a lo que significó ver a Luke Skywalker arrojar su sable de luz al inicio de Los últimos Jedi (2017).

Encerado y pulido de la maravilla

Por supuesto, en realidad Cobra Kai tampoco quiere huir de sus raíces y el tono no deja de ser el de una serie juvenil amable y con valores que siguen una coherencia temática conocida, pero en ningún momento se queda en la mera repetición de esquemas, más allá de que toda su estructura es una recreación del formato de cine de deportes que se estira un poco más en sus partes de drama y comedia. Desde luego, sus diez episodios se pasan volando gracias a su corta duración de apenas media hora, pero su aparente ligereza no debe desviar de otros logros que va consiguiendo conforme desarma su propia primera mitad, con ese aprendiz latino, un reflejo del joven Larusso para los tiempos actuales, sufriendo una sucesiva transformación que pone en duda que es lo que funciona mal, si los métodos o el material de origen, en un conflicto similar al que planteaba la segunda parte de la trilogía. Pero Johnny Lawrence no es tan sabio como el mítico personaje de Pat Morita y, en última instancia, la cobra acaba mordiéndole a él, justo cuando pensábamos que esto era una serie sobre segundas oportunidades, el triunfo del fracasado o recompensas merecidas por el simple hecho de ser el protagonista.

A veces, el ánimo revisionista de Cobra Kai se la juega explicando una versión de la primera película desde la postura de Lawrence que hace que nos lleguemos a creer que fue casi una víctima. Aunque estos detalles reafirmen las intenciones irreverentes de la serie, parecen algo forzadas para convertirse en un reverso desacralizador de la cinta de John G. Avildsen que acaba cayendo en la zona opuesta del punto de partida, retomando más veces de lo necesario escenas y metraje de la original, lo que ensalza aún más su condición mítica.

Cuando acaba de resamplear algunos de los momentos icónicos, se decantan los elementos genuinamente originales de esta nueva historia de chicos del valle y escuelas de karate enfrentadas: los problemitas paternofiliales y el dilema creciente del bullying en las escuelas. Por eso, la escuela ofensiva “sin piedad” de la cobra se identifica con los parias, los menos agraciados físicamente y los que más necesitan defenderse. El equipo se convierte en una versión en miniatura de Los picarones (1976) o Somos los mejores (1992) de las artes marciales.

La senda del perdedor

Pero tras una secuencia ascendente, la serie es capaz de hacer un giro sobre el tobillo para coger por sorpresa a espectador y personajes. Larusso también se convierte en sensei, pero no de su hija, sino de un personaje clave en la trama que comienza a tener un peso inesperado, dando la vuelta a la perspectiva y creando un golpe de gracia para la recta final en el que todo lo que pensábamos no es tan blanco o negro. Una nueva dimensión de la contienda en el que nuestros sentimientos, como los de Johnny, son puestos a prueba en una situación de dos salidas que sabemos que acabarán con sabor agridulce. Gloria llena de lodo o fracaso absoluto, Cobra Kai nunca sobredimensiona la magnitud de la contienda y la importancia del campeonato a nivel local. Es mucho más palpable su microcosmos de evento para padres y compañeros de colegio, pero el mundo sigue moviéndose fuera. La propia serie es tan consciente de que no todo gira alrededor del karate, como lo es de su propia falta de relevancia en una era plagada de marcas y franquicias pegándose bajo los focos.




Quizá por esa razón no deja de ser una serie modesta, que luce barata y tiene algunos diálogos no demasiado reposados, incluso algunas actuaciones entran por los pelos, pero es en su falta de ambición en dónde se encuentra su encanto. Es un producto que trata su fuente de forma cariñosa y sin cinismo, pero se erige como una historia autónoma sobre el espectro de los modelos tóxicos de masculinidad, sobre la degradación de la identidad a lo largo del tiempo, y la redención.

No hay un equilibrio entre todas estas temáticas, entre las que va saltando de forma anárquica, desigual, pero quizá lo que más acabe pesando es como vemos el pasado a través de la lente de dos hombres cuyas viejas hazañas les moldearon prematuramente y de forma más determinante de lo que ninguno de los dos quiere admitir. La limitación en sus vidas a partir de sus recuerdos de la juventud es hasta cierto punto patético, casi como una parodia de señores mayores atados a lo que ya no son, protagonizada por Will Ferrell, o incluso un Zoolander 2 (2016). Esa visión dice más acerca de una cultura popular emparedada en la nostalgia que sigue produciendo reboots, secuelas y remakes, que un artefacto autoconsciente en sí mismo. La incapacidad de pasar página sirve también como bofetón recordatorio de que puede que quizá glorificamos los tótems de nuestra la infancia como algo más grande de lo que realmente fueron. Cobra Kai juega con esa noción, pero nunca la abraza completamente, puesto que al final dirige sus historias y núcleos morales hacia ciertas zonas de confort que les resultarán familiares a quienes conocen bien Karate Kid.

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