Coleccionistas de VHS: historias del nuevo vinilo

Fundas XL acolchadas con el logo de la Cannon, las ediciones con la marca de José Frade de títulos fantastique españoles e italianos, incunables del cine de terror ochentero con molonas portadas que solo vieron la luz en formato doméstico… Esas son solo algunas de las presas más buscadas por los coleccionistas de cintas de video VHS originales, una realidad que intentamos analizar en este artículo charlando con cinco especialistas en el tema.

El VHS, el formato con el que ahora la cultura popular identifica el ya lejano mundo del video doméstico (hubo otras opciones antes y de más calidad de imagen: Video 2000 y Beta), sigue vivo. Vaya por delante que aquí nos referimos al formato físico; el revival de su estética en el mundo de la ilustración y demás (películas que simulan sus imperfecciones visuales, por ejemplo) es carne para otro artículo.

Dejando de lado rescates ocasionales como la reciente edición española de Turbo Kid (2015), e iniciativas yanquis como las de Camp Motion Pictures y Gorgon Video con La casa del diablo (2009), el VHS, tras su extinción comercial en el mainstream, ha encontrado su lugar en el mundo del coleccionismo y en el fandom del cine de género que sigue buscando las primeras copias en video de sus títulos favoritos como si se tratasen de las primeras ediciones en papel del Frankenstein de Mary Shelley. Un fenómeno de carácter universal (al menos en el primer mundo) que ha dado y está dando lugar a webzines dedicados al tema, comunidades en Internet para la compra e intercambio de videos, foros donde los coleccionistas intercambian opiniones sobre sus cintas más preciadas, y cuentas de Instagram o Twitter con miles de seguidores dedicadas a compartir con el mundo el arte de las portadas, sus últimas adquisiciones e incluso videos grabados con sus móviles con fragmentos de sus películas en VHS.

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Parte de la colección de José Antonio Bogajo consagrada a Lucio Fulci. Y una tortilla.

En España, como en el resto del planeta, este coleccionismo se circunscribe casi a unos ambientes especializados, por no decir underground. Se trata de personas extremadamente interesadas en el cine de culto y en el de terror en especial que acuden a mercadillos de segunda mano, a anuncios en portales de Internet, a colecciones privadas y a videoclubs abandonados aun por saquear, para completar sus colecciones. A continuación, con la ayuda de un quinteto de coleccionistas, analizamos esta fascinante parafilia videográfica.

La compulsión de coleccionar VHS

Reconozcámoslo. A todos los que amamos la cultura popular en sus diferentes encarnaciones (cine, música, televisión, cómics, literatura, etc.,…) nos encanta acumular cosas relacionadas con ella. Queremos convertir el hogar en un museo que nos defina por nuestros gustos; pasearnos por casa con orgullo y hacer visitas guiadas a los invitados para que conozcan la historia que hay detrás de la colección de objetos que hemos ido amasando a lo largo de los años. La pregunta relacionada con este fenómeno que nos es común a muchos es la siguiente: ¿cuándo empezó esa pulsión de querer almacenar-coleccionar cosas? Y en el caso de los cinco protagonistas de este artículo… ¿por qué cintas de video originales? Al habla José Antonio Bogajo, uno de los capos del fanzine Exhumed Movies, especializado en rescatar el cine de género más ignoto, y que tiene en su poder más de tres mil cintas: “Empecé a coleccionar ferozmente cintas originales de videoclub hacia 1991-1992. Recuerdo que cerró un video de mi barrio y les compré más de doscientas cintas pero no se las pude pagar en el acto, tarde varios meses. No solo colecciono VHS, también Betamax, Video 2000, todo lo que sea en ese formato; incluso Super 8, aunque ese formato lo busco cuando no encuentro pelis en video. Pues la razón yo creo que está bien clara, porque me chifla el cine y más el de terror, sci-fi, erótico, o sea, ¡el cine de  culto!”. El resto de protagonistas de este artículo empezaron de la misma forma que Bogajo. Por ejemplo, Jaume Bordoy, aka James J. Wilson, provocador cineasta underground barcelonés, que tiene en su poder seiscientas cintas. “El coleccionista nace, no se hace, es algo involuntario de la propia naturaleza de cada uno, es como el que consume porno o el que cada semana se ve cinco partidos de futbol. Quizás todo empezó en el momento en que tenías algo de dinero y comprabas VHS vírgenes de cuatro horas donde acababas grabándote programas dobles de terror que anteriormente habías visto por la tele. Aun guardo algunas de esas cintas”.

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El vestidor de James J. Wilson.

Sergio Colmenar, director de cortometrajes con base en Barcelona, entre ellos el premiado Gente Cerca (2013), no se atreve a dar una cifra, pero asegura tener miles de VHS repartidos entre su casa y la de su madre. El realizador catalán tiene claro cuál es el valor de esas cintas como objeto pop. Son el vinilo del cine. “Su considerable tamaño, las ilustraciones artesanales de un nivel artístico incalculable y el plástico. En definitiva, el diseño general de carátula, estuche y cinta. Precioso. Para los diseños del disco óptico actual lo que se hace es abaratar gastos haciendo un uso a veces pésimo de la tecnología: no ilustradores o diseñadores asalariados, sí photoshop manufacturado por cualquiera. De ahí que solamos ver diseños tan feos para DVD o Blu-ray. El VHS es puro, artesanal, artístico, lleno de talento, por mucho que su intencionalidad fuera fundamentalmente comercial”. Bogajo va más allá y habla de la necesidad de recurrir al formato para descubrir joyas ocultas. “Es por sus portadas y porque muchas pelis editadas en video, tristemente nunca se editarán ni en DVD ni en Blu-Ray, hay rarezones de la talla de Delirium (1979), Denver (1985), y mil más que veo muy difícil que las saquen alguna vez en esos formatos”. Mientras que José Martos, director de cine porno y de la serie de cortos Pata Negra (2011-2015), con la marca personal de trescientos cincuenta VHS, añade al fetichismo del video doméstico un factor nostálgico. “El VHS es el formato con el que comencé a disfrutar del cine en casa, con permiso del Super Cinexin”.

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Sergio Colmenar posa frente a sus tesoros.

Hasta el fin del mundo por una cinta de video

En mayor o menor medida, ¿quién no recuerda alguna locura o viaje de pirados con tal de conseguir uno de los trofeos pop que relucen en nuestras casas? A veces las ganas de aumentar la colección nos hacen actuar como si estuviéramos enamorados. Algunos de nuestros protagonistas han cometido locuras de amor“Viajar trescientos o cuatrocientos kilómetros sabiendo que una cinta estaba allí. Eso lo hice antaño un puñado de veces, ahora no recuerdo los títulos en concreto”, confiesa Bogajo. “Robar. Yo era un chaval. Robé La habitación del miedo (1988) y Spettri (1987). No tenía dinero y allí estaban, a la venta de jugosa segunda mano. Ya le había comprado muchas al tío del videoclub, así que no me dolió”, relata Colmenar. “Quedarme sin dinero por comprar una y volver del Prat a Gavà caminando”, explica Martos.

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La salida de emergencia de Rubén Reyes Cortés.

Seguro que las cintas que produjeron esas locuras eran películas con un valor especial, ¿cuáles son pues los títulos más deseados por los coleccionistas? Según Rubén Reyes Cortés, maestro de profesión, administrador de un grupo de Facebook de venta de VHS y demás formatos, con una videoteca de setecientos ejemplares, “lo más valorado son las ediciones antiguas, cuanto más mejor: ediciones arcaicas, piratas, de cine de terror y sus subgéneros (giallos, zombis, fantasmas, slasher…). El cine español e italiano de este género se valora bastante”. Bogajo añade: “Los títulos más codiciados a nivel mundial son los giallos y de ediciones en concreto, las japonesas, porque son las que mejores masters tienen, aunque para mí los subtítulos en japonés estropean el film”. Y la pregunta del millón, ¿cuánto han pagado o han visto pagar por ellas? Dice Colmenar que “conozco a gente que ha pagado más de cien euros por la primera edición de Columbia del Spiderman italiano de los setenta. Veo a gente que intenta hacer negocio de manera ingenua e interesada con el VHS. Cuanto más caro éste, menos rentable sale. Y es que encima piden auténticas burradas. Precios prohibitivos. No estamos hablando de coches de lujo, son materiales antiguos muy sensibles cuyo deterioro es inevitable. Por mucho que los valoremos los coleccionistas, nadie debería pagar trescientos por una puta cinta, o noventa o cien, depende del título”. Atención, que Bogajo sube la apuesta. “Un conocido mío alemán una vez pagó dos mil euros por un cinta, aunque quizás por otras que yo no controle haya pagado más. Un loquito de la vida”.

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Jose Antonio Bogajo y los vampiros (entre otras cosas)

Hagamos ahora un repaso rápido a las películas que más han tardado en llegar a las vitrinas de nuestros coleccionistas y de los títulos que siguen buscando. Así nos podemos hacer una idea del tipo de filmes que circulan y definen este mercado. Reyes destaca que “entre las que más trabajo me han costado encontrar están No profanar el sueño de los muertos (1974) de Jorge Grau y Las uvas de la muerte (1978) de Jean Rollin. Ente las películas que aún sigo buscando, están Caníbal feroz (1981) y Demencia (1982)”. Bogajo recuerda que “una de las que más me ha costado encontrar fue La mansión de la niebla (1972), que se me escapó varias veces en Ebay y al final la pillé por sesenta euros. De precio, la que más me ha costado quizás sea Amuck! (1972) un giallo oscurísimo de Silvio Amadio, en una edición para el mercado latino en Estados Unidos. No te diré lo que me costó. Buscar, busco muchas. Deliro Caldo (1972) de Renato Polselli, Afrika (1973) de Alberto Cavallone… ¡hay cintas muy muy esquivas!”. Colmenar, por su parte, afirma que «me costaron mucho de encontrar Los Willies (1990), unas de mis pelis de terror de sketches favoritas, editada por Vemsa en España, verdaderamente difícil; Zombi (1978) de Romero, con impresionante y clásico doble diseño de carátula de Mac, probablemente el mejor ilustrador de carátulas de video (y carteles) del mundo; o Cyborg (1989) de la Cannon…”

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Jose Antonio Bogajo: acumulación sin freno.

La era del videoclub como centro social y el terror por encima de todo

A las generaciones nacidas en las últimas dos décadas les puede sonar a chino pero hubo una época, los ochenta y la primera mitad de los noventa en la que ir al videoclub de tu barrio a descubrir joyas de cine bis era una práctica habitual. Lugares que se convirtieron en la segunda casa de miles de adolescentes. Sitios donde se desvirgaron y forjaron los futuros coleccionistas de todos los formatos posibles del video doméstico. Bogajo mira a esa época con una mezcla de nostalgia y tristeza ante la situación actual de acceso rápido a la cultura en un solo click: “Para mí suponía un orgasmo entrar y ver esas portadas tan gloriosas. Tenía confianza con los dueños de los videoclubs, con los tres que campeaban en mi barrio me llevaba estupendamente. No era para menos que se llevaran bien conmigo porque me dejaba casi toda la paga semanal en alquilar pelis. Todo ahora es una mierda, la gente de hoy en día no valora nada, con un click lo tienen al minuto todo, una pena, se ha perdido la esa magia…”. Bordoy recuerda el año en el que el reproductor de VHS llegó a su casa: El VHS entró en mi hogar en mayo de 1982 a raíz de una promoción del mundial de fútbol de ese mismo año. Enloquecí. En esa época tenías que comprar una película que costaba doce mil pesetas, apuntarte a un videoclub y pagar mil pesetas al mes. En esa era las estanterías rebosaban de falsos Bruce Lees, hornadas de filmes de Bud Spencer y Terence Hill, Godzillas, cine bizarro español… y sobre todo mucho cine italiano que en España llegó de mano del productor José Frade. Unos años después los americanos entraron en el negocio, y para llevarte sus películas pagabas quinientas pesetas por veinticuatro horas”.

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El virus de lo vetusto de José Antonio Bogajo.

Pero aún no hemos tratado un factor básico para entender por qué la gente sigue coleccionado VHS, tiene aparatos reproductores en casa y paga pequeñas fortunas por algunas cintas. Se trata de la relación que sigue manteniendo el mundo del video doméstico con el cine de terror y otros géneros populares. Colmenar lo explica muy bien: “La salida al mercado del video analógico coincidió con la eclosión del cine exploitation de los setenta y ochenta, podíamos ver incluso clásicos de culto italianos o australianos que eran crossovers descarados y confesos entre 1997: Rescate en Nueva York (1981), Mad Max: Salvajes de autopista (1979) y Conan, el bárbaro (1982). Todo valía. Se habían terminado los remilgos. Los espectadores pedían algo más allá de simples productos sofisticados o reacios a violar los códigos del cine convencional para académicos. Los ninjas, los zombis, los aliens, el slasher y el guiño imaginativo a la fantasía y el terror se apoderaron del video en los ochenta. Las compañías hacían verdaderas fortunas gracias a los videoclubs, aunque algunos cineastas oscuros y otros que no lo eran tanto aprovechaban para hacer infumables series Z directas a video. La Cannon era una omnipresente pero la Empire, su conversión a Full Moon y la Concorde de Roger Corman producían también a granel. Añoro esos tiempos. Y el VHS los tradujo. Muchos le debemos lealtad”.

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