Cómo unos monjes sin pasta crearon la Leyenda Artúrica

Usar la fama de un best seller para atraer al turismo es una estratagema muy vieja. Tanto, que en el siglo XII una abadía inglesa ya la estaba usando: descubre aquí cómo los monjes de Glastonbury usaron al rey Arturo y su mito para forrarse los bolsillos... cimentando, de paso, la popularidad de su leyenda para los restos.

Si eres el dueño de un lugar turístico, y tu negocio está en horas bajas, el hecho de que un best seller o una película de éxito se ambienten o inspiren en tu local es una bendición enorme. Que se lo digan a los propietarios del Stanley Hotel de Colorado, aquel establecimiento en el que se inspiró Stephen King para El resplandor, y que ha explotado la popularidad del libro (y de la película de Stanley Kubrick) hasta la saciedad. O, ya desde perspectivas de calité, imaginemos las caras que pusieron en el Louvre parisino cuando El código Da Vinci llenó sus galerías de turistas buscando simbología de chichinabo.

Ahora bien: ¿y si te decimos que esta estratagema viene de muy, muy lejos? Tan lejos, en realidad, como el siglo XII de nuestra era: entonces fue cuando los monjes de la Abadía de Glastonbury, en el Reino Unido, descubrieron que el mejor remedio para su carestía financiera consistía en aprovechar el éxito de un libraco publicado unos años antes, y en el que se contaba la historia de un rey que había gobernado sobre la isla de Britania, y que había llegado a poner de rodillas al mismísimo Imperio Romano. Se trataba, como ya estarás imaginando, del Rey Arturo. Recientes investigaciones de la arqueóloga Roberta Gilchrist (Universidad de Reading) han aportado nuevos datos sobre la que, probablemente, fue la trampa para turistas más exitosa de la Alta Edad Media inglesa.

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Según aprendemos en Boing Boing Ars Technicala picardía de aquellos cazaturistas medievales no conoció límites, y resulta un ejemplo de astucia aun en el día de hoy. Pero, antes de meternos en harina, un poco de historia, porque la Leyenda Artúrica no nació ni mucho menos como un bastión del patriotismo inglés. Sus orígenes remotos, de hecho, están en Gales y en la Bretaña francesa. Pero, claro, aquí hacía falta un libro de éxito que divulgase la historia, y este fue la Historia de los reyes de Britania, de Godofredo de Monmouth. Mintiendo como un bellaco, usando fuentes menos que dudosas e inventándose los hechos según le convenía, este cronista del siglo XII puso de moda una versión temprana del mito donde no están ni el malvado Mordred ni Morgana Le Fay, ni mucho menos la Tabla Redonda, pero sí el sabio Merlín, la reina Ginebra y muchos de los caballeros a los que podemos mencionar ahora (como Gawain y Bedivere, pero no Lancelot). Lo que se dice un trabajo muy imaginativo.

Pese a tener más trampas que una película de chinos, el libro de Godofredo es una lectura muy entretenida, con más masacres e intrigas que Juego de tronos. Por eso se convierte en todo un hit entre los lectores de su época. No sólo en la Pérfida Albión, además, sino en toda Europa. Y aquí es donde entran los piadosos monjes de Glastonbury, que por entonces las estaban pasando canutas. Fundada por el rey de Wessex en el siglo VIII, y situada en un lugar con mucho encanto (y, por aquel entonces, aún sin conciertos de Oasis), la abadía de Glastonbury fue durante dos siglos uno de los lugares favoritos de los peregrinos europeos. Pero, en 1184, un incendio redujo la abadía a escombros. Y, por si eso fuera poco, los turistas… perdón, los peregrinos, estaban empezando a tachar el lugar de sus itinerarios. En lugar de eso, preferían irse a la Abadía de Westminster, que estaba más céntrica (en Londres) y además lucía una arquitectura ultramoderna de estilo gótico. ¿Qué hacer?

Pues, aun sin sacar conclusiones, es fácil adivinar que algo huele raro cuando, poco después del incendio, los monjes de Glastonbury afirman haber encontrado una tumba en sus instalaciones. Una tumba de enorme interés arqueológico, además, porque en ella se contienen los despojos de Arturo y Ginebra. El hallazgo, cabe señalar, se produce justo cuando la Historia de los reyes de Bretaña está llegando al cénit de su popularidad. Además, escritores franceses como Chrétien de Troyes (que le sacó más partido a la cosa artúrica que R. A. Salvatore a Drizzt Do’Urden) y alemanes, como Wolfgang von Eschenbach, están escribiendo sus propias versiones del cuento, en las que se añaden temas como la búsqueda del Grial. Para maximizar sus oportunidades de negocio, los frailes deciden construir su nueva capilla en el lugar del enterramiento. Y, no contentos con ello, proyectan el nuevo edificio dándole una apariencia, como diríamos hoy, vintage: en vez de aprovechar los últimos hallazgos del románico tardío, hacen que su iglesia parezca mucho más antigua de lo que en realidad es, para dar ambiente. «A ver cómo superan esto en Westminster», debió pensar el abad de turno, mesándose las barbas.

¿Salió bien la artimaña? Pues sí: baste decir que la reina Leonor de Aquitania era toda una fangirl (si no sabes quién fue esta prodigiosa mujer, corre a ver El león en invierno -1968-) y distinguió a la abadía con varias prebendas. Entre ellas, un nuevo catafalco para los restos presuntamente artúricos, construido en mármol negro y a todo lujo. La fama del lugar duró hasta bien entrado el siglo XV, cuando Enrique VIII ordenó demoler el lugar como parte de su simpática reforma religiosa. Aun así, sigue siendo una popular atracción turística… y parece ser que los monjes atinaron más de lo que pensaban: según apunta la arqueóloga Roberta Gilchrist, la tumba cuyo descubrimiento motivó todo este follón data precisamente del siglo V, cuando el Arturo histórico (cuya existencia es, todo sea dicho, discutidísima) pudo haber luchado contra los invasores sajones. Básicamente, porque los eremitas tuvieron la suerte de que su abadía estuviera construida sobre un cementerio de aquella época.

Así pues, la historia resulta encantadora: gracias a esta mezcla de picaresca, chiripa y atención a las modas del momento, la Leyenda Artúrica alcanzó cotas altísimas de popularidad. Y en el siglo XV, cuando Thomas Mallory escribe La muerte de Arturo (si los romances y relatos anteriores son El Señor de los anillos, aquí estaríamos hablando de una Canción de hielo y fuego revisionista), ya es un pilar de la cultura europea. Buscando una fuente de ingresos, los monjes de Glastonbury no sólo no dañaron a nadie, sino que enriquecieron a su comunidad e impulsaron una moda a resultas de la cual hemos tenido películas como Excálibur  Lancelot Du Lac, cómics tan macanudos como El príncipe Valiente y novelones como las Crónicas del Señor de la Guerra de Bernard Cornwell. Eso, por no hablar de Los caballeros de la Mesa Cuadrada, claro.  Allá cada cual con su valoración ética de la historia, pero a nosotros nos encantaría que Terry Gilliam (que sabe lo suyo de las cosas de Camelot) la convirtiese en película.

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