[Crítica] ’12’: Super Busty Samurai Monkey ponen la Game Boy al rojo vivo

Si un grupo que se autodenomina "Mona samurái con supertetas" no llama tu atención, podemos ir cerrando la tienda. El dúo madrileño entrega un debut largo cuyo estudiado salvajismo es a la vez su mayor virtud, y su talón de Aquiles.

Ayer celebramos el 25 aniversario de la Game Boy mediante el mejor tributo posible: una demostración práctica de su condición de consola más resistente de la historia de la humanidad, capaz de seguir funcionando tras quedar sepultada bajo los escombros de un bombardeo. Así pues, resulta lógico que hoy reseñemos un disco empeñado en poner a prueba a la cajita de Nintendo como fuente sonora. El dúo que firma este 12 atiende al pegadizo nombre de Super Busty Samurai Monkey («Mona samurái con supertetas» sería una traducción aproximada), y damos fe de que, si su principal objetivo era recordarnos cuánto ruido es capaz de generar el cacharrito, lo ha conseguido: con su rudimentario sampler de 4 bits y su sintetizador de tabla de ondas, la Game Boy es conocida desde hace tiempo como un generador de sonido muy potente para su tamaño. Otra cosa es, claro, la forma de emplear esa potencia.

Para empezar, podemos fijarnos en cómo el texto promocional de 12 insiste en que no estamos ante un trabajo de chiptunes, al menos no en su sentido convencional. Nada que objetar a ello, porque más de un disco, y más de un grupo, ha quedado sepultado bajo el peso del cliché y el gimmick. El caso es que, a través de esa insistencia y de otros recursos empleados en la producción del disco (baterías acústicas, cielo santo), puede pensarse que el debut largo de Super Busty delata una manía no muy actual, pero sí muy vigente: la de invertir enormes horas de tiempo y esfuerzo en sonar cuanto más cutre y guarro, mejor. Es toda una paradoja pensar que, desde la fiebre por el lo-fi de los 90 hasta coordenadas más modernas de guarrería sintética, muchos productores, compositores e ingenieros de sonido hayan sudado la gota gorda tratando de emular ese perfume de desguace que (por citar ejemplos clásicos, y sin salir de la electrónica) Suicide o a Nervous Gender exhalaban porque, sencillamente, los medios con los que contaban no les permitían aspirar a otra cosa.

Así pues, grupo con concepto habemus. Y, según parece, aquí el concepto lo forman la podredumbre urbana, el decaer de las esperanzas de antaño y otros temas propios de un mundo en crisis acelerada, capaz de dejar en mantillas esas pesadillas cyberpunk que (¡paradoja!) nutrían a destajo el imaginario de los videojuegos cuando la Game Boy salió al mercado en 1990. Un argumentario que le da a uno la posibilidad de telonear a Hanin Elias, y que a nosotros nos parece estupendo siempre que, como en Cuxy Megan, sirva de invitación al pogo

Ahora bien: por mucho que la batería suene a mazacote y que el principal instrumento del grupo reciba un buen (es decir, mal) uso en sus funciones de sinte, eso no siempre redunda en la capacidad para meternos miedo. Invóquese el impío nombre de Mayhem todo lo que se quiera, que los temas más metaleros del álbum (en especial el séptimo corte, el de las letrujas japonesas) andarán muy lejos de la viscosidad primordial de De Mysteriis Dom Sathanas. En todo caso, evocarán el escalofrío que sentíamos cuando el matón de los recreativos de nuestro barrio nos preguntaba, codazo mediante, si teníamos cinco duros de sobra.

Tal vez los componentes de Super Busty Samurai Monkey sean demasiado jóvenes para pillar este último símil. Y tal vez ese mismo factor les provoque altivas risotadas al leer que algunos de los temas más disfrutables del disco (Braids, por ejemplo) le recuerdan a uno a aquello que I-F Fischerspooner grabaron hace ya bastantes años. O tal vez no: uno, que es un fósil y se acompleja. Por otra parte, son de agradecer momentos como Harmony Is A Crime, la más melódica y pinchable del lote, o esa Kurt que también trae efluvios metaleros, pero de otro signo. Concretamente, los efluvios de un local de ensayo a rebosar de acné y con el suelo convertido en un puro sedimento de cerveza, sudor y chustas de porro. Si 12 estuviese menos presidido por la intención, podría hablarse de un revivir electrónico de algunas salvajadas de Eskorbuto o, especialmente, de Último Resorte, sólo que desde un punto de vista más lúdico y menos condicionado por la miseria ambiental. Dado que una de las mejores canciones del dúo hasta la fecha (publicada en su segundo EP) se titula Colonoscopy, lo mismo el nombre de los primeros Siniestro Total no anda tan desencaminado… Bueno, dejémoslo en las guarradas más gordas de Rudimentary Peni, si nos ponemos exquisitos.

Dicen que Super Busty Samurai Monkey son la hostia bendita en directo. Viendo sus vídeos es fácil creerlo, y escuchando este disco también. De hecho, si 12 tiene un punto flaco, es justo ese: sus canciones piden empujones en toda la jeta, cubatas volcados y una buena perspectiva del escenario para ver cómo sus responsables hacen el cafre con la Game Boy y el resto de sus cacharritos. Si el ambiente que acabamos de describir es lo tuyo, seguramente el disco te gustará. Y puede que mucho.

Publicidad

12

Año: 2015
Un álbum de electrónica cerda y metalera, con una Game Boy como principal emisor de chirridos.
Artista: Super Busty Samurai Monkey
Sello: Menta