[Crítica] ‘Amanda Knox’ – Cuando la verdad deja a un lado la objetividad

Amanda Knox, el último documental propio de Netflix, está dando que hablar. Y no es para menos. Después de Making A Murderer el canal ha decidido seguir apostando por el true crime sólo que, esta vez, con un enfoque radicalmente distinto.

Todos creemos seguir el dictamen del sentido común. Es una suerte de lógica universal que todos los seres humanos tenemos y, contra todo pronóstico, la mayoría desoímos. El problema es que aquello que en teoría desoímos en realidad no existe. O no del modo en que suele formularse. Lo que es de sentido común varía de persona en perdona, dependiendo del contexto y sus circunstancias, porque, como toda forma de entendimiento, aquello que es evidente no es nada más que la disposición esencial de nuestros prejuicios. No un razonamiento lógico universal, sino nuestros principios ideológicos hablando por nosotros.

Amanda Knox (tanto el documental como la persona -en tanto el acontecimiento que ha marcado su vida-) es la demostración empírica de lo que ocurre cuando confiamos más en nuestras tripas que en nuestras cabezas. Cuando nos negamos a revisar nuestros prejuicios. Para ponernos en situación, Amanda Knox es una joven estadounidense de intercambio en Perugia, Italia, que fue acusada de asesinar a su compañera de piso, Meredith Kercher, en alguna clase de homicidio/perverso juego sexual que se traía con su novio, el italiano Raffaele Sollecito. Lo excepcional del crimen no fue la virulencia del mismo, sino su tratamiento: desde el principio, incluso antes del juicio, la prensa internacional siguió el caso con lujurioso detalle, llegando a sobrepasar lo estrictamente informativo. En consonancia, este documental de Netflix busca alejarse del sensacionalismo o de la pretensión de arrojar luz sobre el crimen para, en última instancia, fijarse en lo único que ni la prensa ni la justicia quisieron ver: la versión de Amanda Knox.

Eso implica que aquí no vamos a encontrar teorías sobre quién fue el asesino. Aquí no hay sitio para eso. A diferencia del documental medio sobre crímenes real, donde lo importante es conocer hasta el más mínimo detalle posible, aquí los datos se sostienen siempre a partir de dos fuentes de información posibles: o bien las declaraciones de la propia Knox o bien las pruebas que se presentaron en el juicio. Declaraciones de todos los implicados incluidos. ¿Por qué? Porque, a diferencia de los pulcros ejercicios detectivescos de los otros trabajos de true crime contemporáneo, Amanda Knox se niega a mirarse en el espejo de la (falsa) objetividad.

Nada más empezar, la propia Amanda nos pone en situación haciendo unas declaraciones ambivalentes. Podemos creer que es un ángel que ha pasado por una pesadilla o un demonio que se ha librado de su castigo. Eso es cosa nuestra. Pero lo problemático, destripando así el subtexto, está en otra parte. Está en las consecuencias de cualquiera de esas dos elecciones. Si es culpable, entonces significa que cualquier persona puede ser un asesino sanguinario, por inocente o normal que pueda parecer; si es inocente, entonces significa que cualquier persona podríamos acabar en la cárcel sin ser culpables de nada, sólo por un brutal patinazo de mala suerte. En ese caso, ¿cuál de las dos opciones es más terrible? ¿Estar rodeado de monstruos invisibles o poder ser arrojado al foso por fuerzas calamitosas de orden puramente aleatorio?

Sólo después de advertirnos sobre el propio horror inherente a su historia, el documental da comienzo. Y de ese modo, dudamos. Porque igual que dudamos sobre cuál de las dos opciones es más terrible, dudamos sobre el propio documental. Ahí comienzan nuestras sospechas, y nuestro papel de detectives comienza. En tanto se nos ha dicho que es imposible dilucidar la verdad detrás de lo ocurrido, automáticamente estamos predispuestos a analizar cada detalle.

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Algo de lo que se aprovecha el propio montaje del documental. Cada declaración, cada acontecimiento, está seleccionado y montado de tal modo que nos permite dudar en todo momento de lo que se nos dice. Y no sólo de lo que se dice, sino también de quienes lo dicen. La acusada, Amanda Knox, resulta cálida y articulada, demasiado para ser alguien que ha pasado por hechos tan traumáticos; el fiscal, Giuliano Mignini, es un devoto cristiano de férreas convicciones, pero tan férreas resultan sus creencias (ya sea en Dios o en Sherlock Holmes) que resulta difícil no dudar de su objetividad; el periodista, Nick Pisa, parece simpático y divertido, pero no tiene problema en decirse encantado por lo sucedido o admitir que no verificó ninguna de sus noticias. Si además sumamos que, siempre según la versión de la acusada, la policía torturó a los acusados, inventó pruebas e incluso le dijeron que tenía VIH para hacerla sentir culpable por su vida sexual, no resulta difícil sentirse incapaz de sostener ningún juicio al respecto de la culpabilidad o la inocencia de cualquiera de los involucrados. Incluso si, a pesar de ello, tenemos una opinión que va dando bandazos a lo largo de todo su metraje.

Ahora bien: como ya hemos señalado, el documental toma partido. En todo momento seguimos la versión de Knox, brevemente contrastada por las declaraciones de algunos de los otros involucrados. Incluso si, por lo general, están ahí más para dar contexto y exponer su punto de vista que, realmente, exponer alguna clase de teoría real y coherente al respecto del caso. Todo eso nos hace pensar una cosa: ¿qué ocurriría entonces si, aún admitiendo que tal vez ella pueda no ser inocente, el narrador tampoco lo fuera? En otras palabras, ¿qué ocurriría si el propósito del documental no fuera demostrar la inocencia ni la culpabilidad de nadie?

Entonces el documental no sería inocente. Tendría un propósito. Ya no buscaría meramente exponernos el caso de un crimen, permitirnos entrar en la mente de un detective, sino hacer que pensemos de un modo muy determinado. Hacernos creer lo que le interesa. O lo que es lo mismo, estaría ejerciendo de abogado defensor.

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Demos dos pasos atrás antes de entrar en ese bosque. ¿Cómo es el documental true crime contemporáneo? Heredero del formato que no formuló, pero sí popularizó, el podcast Serial: investigar el caso pieza a pieza, no dejando fuera ninguna hipótesis e involucrando al espectador en la resolución misma del caso. En cierto sentido, una evolución hacia lo hipotéticamente real (y por extensión, objetivo) de las clásicas historias detectivescas. El problema es que eso también crea esa tendencia inane, aburrida hasta decir basta, por la cual se apila prueba tras prueba sin atender ni al sentido ni al ritmo de lo que se narra. Algo lógico si consideramos que no es un trabajo de ficción, un mundo creado por y para darnos el sentido último de lo que busca expresar el texto, sino un trabajo de investigación, algo que pretende revelar una verdad objetiva en el proceso mismo de hacerlo. Trabajo policial, no literario. Algo que se hace entre ocho a diez horas al día, fines de semana según contrato, vendido como un ejercicio de, dios sabrá por qué, entretenimiento.

Ahí radica el principal problema de esta clase de formatos. Son trabajo. Y para que no lo fueran, para que fueran ya no arte, sino siquiera entretenimiento, habría que decidir qué se quiere demostrar, cuál es la idea principal tras el hecho mismo de la investigación. Cosa que no hacen. Ellos nos dan el material en bruto, la explicación pormenorizada de todo ello y, después, nos dejan reposar toda esa información para que, en soledad o con otras personas, formulemos un relato coherente de lo que creemos que ha ocurrido. Sólo nos dan la información en bruto y nos piden que formulemos nosotros el relato que nos escamotean, pretendiéndose objetivos porque nos dan datos. Sólo datos. Nada más que datos.

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En el mejor de los casos, podemos considerar que eso no es trabajo, sino un juego. Como en los LEGO, nos dan la materia prima y a nosotros y nuestras capacidades corresponde darles forma. Lo cual es legítimo. El problema es que eso no implica objetividad alguna, porque siguen siendo especulaciones tanto en el contenido, pues ellos eligen lo que presentan y cómo lo hacen, como en el resultado, pues el relato resultante dependerá de cada individuo y su juicio.

Entonces, ¿cómo sería posible abordar un caso criminal real manteniendo la (presunta) objetividad a la par que se ofrece un relato formado? Tomando partido. No poniéndonos en el lugar del investigador, sino del jurado. Del espectador que decide y juzga, pero que no se enfrenta contra las pruebas en frío.

Eso es Amanda Knox. Un gigantesco alegato de un abogado defensor que no busca demostrar la inocencia de su cliente, sino su no-culpabilidad. De ese modo el documental se limita a apilar pruebas, con un ritmo perfectamente medido, hasta que, después de dar bandazos por todas las teorías inimaginables, nos lleva hasta el único resultado posible: la duda razonable. A fin de cuentas, la prensa contaminó la opinión pública, la policía hizo un trabajo chapucero (si es que no colindante con lo criminal) y el fiscal tenía más interés en cerrar rápido el caso para hacer patente el valor del equipo policial de Perugia que de encontrar pruebas fehacientes. Todo ello más que suficiente para cerrar el caso. Incluso si tampoco demuestra que ella sea inocente.

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Es ahí donde toda esa confusión, todos esos bandazos, genera sus frutos. En crear una narrativa sólida, no un mero sandbox con apariencia de veracidad. El documental no tiene miedo en señalar villanos (la prensa), malvados bien intencionados (el fiscal Mignini), e incluso presentar dudas razonables al respecto del papel de los involucrados (en particular, de la policía). Pero no presenta otros posibles culpables. Sólo ejerce de abogado, de (buen) cuentacuentos, llevándonos por donde quiere hasta formular no pruebas o tesis que quedan en el aire —lo cual le aleja de las producciones true crime de las que hemos hablado antes, como, por ejemplo, Making a Murderer—, sino la no-culpabilidad de la protagonista. Y para ello deja en el aire la posibilidad de que sea efectivamente culpable. Incluso si, en el proceso, debe explotar nuestros temores más profundos, acusar a la prensa de entidad tóxica, hacer quedar como un fanático religioso al fiscal general de Perugia o acusar a la policía italiana de construcción de pruebas y tortura.

Su interés último radica ahí. Dejar de lado datos, pruebas y suposiciones supuestamente objetivas para centrarse en lo básico, en presentar un único hecho: que, pruebas en mano, no es posible demostrar que Amanda Knox matara a Meredith Kercher. Y, de ese modo, lograr mostrar que otro tipo de documental, de prensa y de justicia, uno en el que no acabe pesando más la opinión y el sensacionalismo disfrazados de sentido común que las pruebas empíricas, es, todavía hoy, posible.

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Amanda Knox

Año: 2016
'Amanda Knox' es un documental true crime que intenta alejarse de los modos parsimoniosos y excesivamente apegados a la (falsa) objetividad de otros documentales de su propio estilo al aceptar, ya de entrada, las propias trampas que nos hace.
Director: Directores: Rod Blackhurst, Brian McGinn
Guión: Guionistas: Matthew Hamachek, Brian McGinn