[Crítica] ‘Bella y perdida’ – Una fábula política

La cuarta película de Pietro Marcello encuentra sus raíces en la alegoría lírico-política de Pasolini, proponiendo una experiencia de conmovedora expresividad con una capacidad notable para discurrir sobre nuestro presente

El cuarto filme de Pietro Marcello tras Il Passagio della linea (2007), La boca del lupo (2009) e Il silenzo de Pelešjan (2011) insiste en las preocupaciones estilísticas y morales que vertebran la obra del director italiano: el acercamiento, desde los modos estéticos del documental y los códigos de la ficción, a un país escondido dentro del propio país, un territorio hermoso e inestable cuya florida vida interior está permanentemente a punto de desaparecer debido a los bandazos a los que lo somete el statu quo. Bella y perdida cobra un interés añadido a causa de un amargo e inesperado percance que obligó a reformular el filme al completo: Marcello deseaba centrarse íntegramente en los cuidados que procuró el pastor Tommaso Cestrone a un olvidado palacio borbónico en la Campania, que pasó de las manos de la camorra a convertirse en un lamentable vertedero. El fallecimiento repentino de Cestrone impulsó al cineasta a darle un nuevo tratamiento al material que tenía entre manos.

Esto otorga a Bella y perdida dos niveles de representación, el documental y la fabulación de tintes mágicos; y aunque Marcello se preocupe notoriamente por ensamblar ambos en la sala de montaje, deja asimismo un resquicio para la diferenciación de tonos y estilemas: predomina el interés por visibilizar la tramoya, impulsándonos a reflexionar acerca de la verdad como punto de encuentro entre realidad social y fantasía. Y es que la historia de Pulcinella (el inmortal polichinela de la Comedia del Arte), encargado de salvar de la muerte al joven buey Sarchiapone obedeciendo al testamento de Cestrone, obtiene un carácter alegórico en el mismo sentido que los largometrajes del Pier Paolo Pasolini más conscientemente político: la alegoría poética es un instrumento didáctico capaz de sacar a flote lo trascendente en lo mundano y sublimarlo, haciendo de ello una herramienta de resistencia contra un sistema que ha moldeado una sociedad de vendedores y consumidores.

La sucesión de paisajes exteriores e interiores de la Italia rural, cuya condición ensoñada queda reflejada en la fotografía de Salvatore Landi y del propio Marcello; la melancólica banda sonora de Marco Messina; la figura fantasmal del soñador Tommaso sobrevolando y punteando el metraje, y los diálogos, capaces de invocar una mirada lírica sobre lo cotidiano, consiguen que Bella y perdida resulte una experiencia puntualmente hipnótica; una elegía rebelde a la belleza –y, por extensión, a la naturaleza– como fin en sí mismo, necesariamente infructífera, condenada a la extinción en la dictadura de la productividad. El cine, como los cuidados de Cestrone, es un medio para devolverle el valor a lo bello, a lo perdido. No obstante, el esfuerzo en evidenciar los engranajes de la representación diluye en ocasiones el sentido último de lo que contemplamos y escuchamos. Es el único bache relevante con el que lidia una estupenda producción que no podemos evitar comparar con la reciente trilogía Las mil y una noches (2015), de Miguel Gomes: si aquella demostraba una incapacidad notable a la hora de aprehender audiovisualmente las consecuencias de la crisis en la Europa de hoy, Bella y perdida consigue violentar la dimensión más espectacular, exhibicionista, de la imagen contemporánea, entendida como máxima articulación de la ideología consumista que nos ha arrastrado al borde del abismo.

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Bella e perduta

Año: 2015
Una de las películas más interesantes estrenadas durante el presente año cae en nuestra cartelera entre blockbuster y blockbuster.
Director: Dirección: Pietro Marcello
Guión: Guion: Maurizio Braucci, Pietro Marcell
Actores: Intérpretes: Elio Germano, Sergio Vitolo, Gesuino Pittalis, Tommaso Cestrone