[Crítica] Bernard Sumner: ‘New Order, Joy Division y yo’ – El hombre que recogió los pedazos

El libro de memorias del músico de Manchester podría haberse titulado 1.000 razones para odiar a Peter Hook, Cómo revolucionar el pop de vanguardia sin dejar de ser un macarra. Una lectura irregular que recuerda cómo la música sublime surge a menudo de los lugares más prosaicos. 

Hasta el fan más fan de los Rolling Stones sabe que Mick Jagger es un cretino, un interesado y una mala persona. Y, de la misma manera, hasta el fan más fan de New Order sabe que Bernard Sumner escribe muy mal. Pero fatal, vamos: la habilidad con las palabras del guitarrista y cantante, un señor capaz de rimar «reasonable» con «seasonable» (en Sooner Than You Think) «hills» con «pills» (en Thieves Like Us), ha sido siempre tan discutible como esas camisetas de tirantes que lució a menudo en los ochenta. Tratándose de un tipo que le ha dado momentos inmortales a  la música pop, esto no es un desdoro. Pero sí es una razón para explicar por qué el acercamiento a New Order, Joy Division y yo puede producir sudores fríos. ¿Se le habrá aparecido al rubiales la misma Virgen que le inspiró las letras de Leave Me Alone True Faith, dos de sus momentos literariamente más salvables? ¿O estaremos ante una ordalía sólo apta para seguidores a ultranza? Pues, en realidad, ninguna de las dos cosas. El libro resulta más bien una lectura algo confusa, pero entretenida y que aporta algo más de luz a una historia cuyos enigmas vienen derivados, paradójicamente, de su prosaísmo.

Contextualicemos un poco: New Order, Joy Division y yo viene a ser un nuevo testimonio en primera persona sobre Factory Records y los albores de la escena de Manchester. El primero de dichos relatos, conviene recordar, fue Touching From A Distance: Vida de Ian Curtis y Joy Division, el volumen de 1995 en el que Deborah Curtis ajustaba cuentas con un esposo enfermo, egocéntrico, adúltero, suicida y a la postre mitificado. Principal fuente del biopic Control (Anton Corbijn, 2007), Touching From A Distance sigue siendo una patata caliente para muchos fans del grupo y del personaje a los que retrata: desde su publicación original, según qué lectores han acusado a Deborah Curtis de lucrarse mediante el rencor post mortem hacia ese difunto marido que, de acuerdo con su libro, nunca dejó de tratarla como un trapo. A nuestro parecer, estas invectivas ocultan el ultraje por haber retratado a una(s) banda(s) tan empapada(s) en mística  como aquello que eran en realidad, y que el libro de Bernard Sumner recoge sin demasiados reparos.

¿A qué nos estamos refiriendo? Pues a lo siguiente: por mucho que Joy Division hayan quedado como el no va más de la oscuridad postindustrial, y aunque su mutación en New Order tras la muerte de Curtis les convirtiese en los profetas de un futuro alucinado y discotequero, ambas bandas no dejaron de estar compuestas por una pandilla de chavalotes de barrio periférico, sin apenas ambiciones vitales más allá de drogarse todo lo posible, meterla en caliente y ganar dinero a espuertas. Tres objetivos de los cuales sólo acabarían obteniendo los dos primeros. Asumir que los autores de Love Will Tear Us Apart, primero, y de Bizarre Love Triangle True Faith, después, tenían muy poco de estetas y mucho de macarras, es algo que puede doler.

Fijémonos, por ejemplo, en la biografía temprana del autor: como Sumner no se corta en reconocer, y bien que hace, estamos ante un auténtico hijo del arroyo, engendrado por un padre ausente y una madre discapacitada  que delegará su crianza en unos abuelos como de película de Ken Loach. Tamaña tragedia, para colmo, tendrá lugar en Salford, un deprimidísimo y espantosísimo suburbio de Manchester convertido hoy en tierra de nadie por la reconversión industrial. Los recuerdos contenidos en New Order, Joy Division y yo provocan, si se los coteja con la música que acabaría grabando su protagonista, una sensación contradictoria: imaginen un libro autobiográfico de Santiago Auserón que dedicara poco espacio a las disertaciones de gran calado filosófico, y mucho a describir peleas a pedradas en los descampados de La Elipa.

En todo caso, y debido precisamente a esto, resulta admirable el empeño de Bernard Sumner en que sus historias no adquieran el tono del drama social: con un tono muy sencillo y muy ‘matter-of-fact’, el autor va relatando su iniciación en la música (nada de exquisiteces electrónicas, oigan: Jimi Hendrix, los Stooges y las bandas sonoras de Ennio Morricone) y su encuentro con las personas que acabarían marcando su trayectoria futura. Hablamos de Ian Curtis, sí, pero sobre todo de un archienemigo que, como suele ocurrir en estos casos, acabará siendo la persona más mencionada y más analizada en el libro: el bajista Peter Hook. Refiriéndose a él siempre como ‘Hooky’ (un mote que el aludido detesta, dicen), New Order, Joy Division y yo no parará de lanzar pullas contra el susodicho, contra su ego y contra una iracundia que, asegura Sumner ahora, era ya un grano en el culo en los días tempranos de la banda. Algo en lo cual, por supuesto, no tiene nada que ver el hecho de que Hook abandonase New Order por las bravas en 2007, ni a que se haya dedicado desde entonces a hacerles la vida imposible a sus compañeros a base de demandas millonarias e invectivas en la prensa. Cómo íbamos a pensar algo así, por favor.

De esta manera, las memorias de Bernard Sumner podrían llevar el título alternativo de Mil razones para odiar a Peter Hook por garrulo, por pesetero y por llevar siempre un amplificador más potente que el mío. Y eso es una pena, porque semejante inquina le roba mucho espacio a asuntos que podrían tener mucha enjundia. Sin ir más lejos, olvídense de leer retratos de los otros miembros de New Order: el baterista Steve Morris y, sobre todo, la teclista Gillian Gilbert apenas se llevan párrafos de la obra. Cualquiera diría que su importancia en el sonido del grupo no ha resultado crucial. De la misma manera, olvídense de Tony Wilson: Sumner parece considerar que haberle dedicado a su ex jefe una tollina como Ruined In A Day (en el álbum Republic, de 1993) es suficiente, y ahora se conforma con no hablar mal de los muertos. Los interesados en este aspecto de la historia harían mejor en revisar la película 24 Hour Party People (Michael Winterbottom, 2002), donde el fundador de Factory aparece como un punto filipino, o leer su autobiografía homónima asumiendo lo poco fiable del narrador.

¿De dónde vienen, pues, los mejores momentos de este libro? Pues de las confesiones de un señor que iba para gregario y que acabó convertido en líder a su pesar. A juzgar por sus palabras, Sumner llegó a apreciar sinceramente a Ian Curtis, alojándole en su casa durante sus tormentas conyugales e incluso intentando librarle de sus neuras mediante sesiones de hipnosis, una de las cuales aparece transcrita en un apéndice. Ah, y también obviando, o minimizando, su mal comportamiento hacia las mujeres que le rodeaban: ‘boys will be boys’, y tal. El 18 de mayo de 1980, cuando el vocalista decidió quitarse la vida, el autor de New Order, Joy Division y yo tuvo que hacer frente al subsiguiente duelo… y también al hecho de que alguien debía recoger los pedazos y mantener el chiringuito en pie, so pena de ir a la cola del paro. La exquisitez gráfica y ese sugerente aire de vanguardia que rodeaban al grupo eran cosa de Wilson y del diseñador Peter Saville: al cuarteto le quedaba eso de tocar y componer, que es siempre lo más pesado.

En las memorias de Bernard Sumner hay omisiones y juicios de valor discutibles, así como una redacción deslavazada cuya difusa cronología y abundancia de coloquialismos (muy bien traducidos en la edición española) hacen pensar en unas confesiones formuladas frente a una grabadora y transcritas luego por vete a saber quién. También hay anécdotas sabrosas, muchas ellas relacionadas con la fiesta y el vicio: lean, sin ir más lejos, la historia de cómo el autor se llevó de marcha a Johnny Marr por los garitos más tremebundos de Nueva York, o de cómo arrastró a los miembros de Pet Shop Boys, siempre tan dignos ellos, a juergas épicas en los bajos fondos del Manchester (o ‘Gunchester’) de principios de los 90. Y, cuando uno termina su lectura, es un poco más consciente de que muchos de esos discos (y libros, y películas, y…) que nos han llevado a otros lugares, o que han arrojado luz sobre nuestras vidas, no han surgido a partir de sublimes momentos de inspiración, sino del esfuerzo de individuos dispuestos a pasarse horas y horas programando un secuenciador, o puliendo la melodía de un estribillo.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad

Chapter and verse: New Order, Joy Division and me

Año: 2014
Poco glamour electrónico, muchas historias de supervivencia y juerga: las memorias de Bernard Sumner aportan pocas novedades, pero entretienen mucho.
Editorial: Edita: Sexto Piso
Autor: Autor: Bernard Sumner