[Crítica] Beyoncé – ‘Lemonade’: Los misterios de la madonna negra

La maldita bastarda lo ha vuelto a hacer. Y aquí estamos nosotros para cantar las loas de un álbum que, sin ser tan arrollador como su entrega de 2013, sí contiene las suficientes delicias como para hacer un poco más grande el hueco de 'Queen Bey' en la historia del pop afroamericano. Diseccionamos Lemonade canción a canción y vídeo a vídeo.

Es lo bastante lista como para colarnos la misma jugada dos veces. Y nosotros encantados, oiga: de una forma casi calcada a la de aquel diciembre de 2013 en el que nos dejó ojipláticos, la señora Beyoncé (en el siglo, Beyoncé Giselle Knowles-Carter) ha vuelto a ganarse titulares a rabiar con un lanzamiento calculado al milímetro para convertirse en acontecimiento. Un hype bien azuzado por aquí, un especial en HBO (cuyo contenido nadie sabía hasta el momento de su emisión) por allá… y, de golpe, el público tiene entre manos un elepé de trece canciones titulado Lemonade, con cuyo contenido deleitarse los tímpanos y romperse las meninges durante meses. Tanto a cuenta del contenido sonoro como del aspecto visual, porque estamos ante otro de esos visual albums que, en su edición correspondiente, usan las canciones para vertebrar un largometraje de algo más de una hora con piezas de Jonas Äkerlund, Mark Romanek, Melina Matsoukas y otros cineastas (algunos viejos conocidos de la diva), más los cameos de Quvenzhané Wallis y Serena Williams (haciendo twerking en Sorry)entre otras celebridades. Todo muy conceptual, vaya.

https://vimeo.com/164161755

Entre las primeras reacciones que está suscitando Lemonade se hallan mil y una especulaciones acerca de si el matrimonio entre la diva y Jay-Z va camino del abogado. Cosa que por aquí nos importa poco, entre otras cosas porque el señor Carter lleva ya tiempo siendo el equivalente de Antonio González ‘el Pescadilla’ para la música afroamericana: su carrera como puto amo del hip-hop, si bien fue catedralicia según los expertos, se ha quedado a la sombra de la de una señora que lo aventaja astronómicamente en carisma, en valor icónico y en la capacidad para llevarse de calle a múltiples tipos de público. Estas presuntas tribulaciones, eso sí, cobran relevancia en un aspecto: como el Here, My Dear de Marvin Gaye, como el Héjira de Joni Mitchell o como el Over de Peter Hammill, Lemonade parece uno de esos discos en cuyo interior resuena el temblor de unas vísceras (a veces, el corazón; otras, algunos lugares menos poéticos) durante un terremoto íntimo. Saquemos el sismómetro y analicemos esos movimientos, porque casi todos ellos merecen la pena.

Pray You Can Catch Me

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La canción: Menuda manera de comenzar un álbum, señoras y señores: resulta interesantísimo que, antes de dar paso al crooning de rigor, ‘Bey’ nos regale los oídos con una intro de voces superpuestas que no habría estado tan fuera de lugar en un grupo ochentero del sello 4AD (o en el Afrodisiac -2005- de la gran Brandy) Pero la revolución no es tan radical como parece, y lo que sigue es un paseo por el lado más ensoñador del R’n’B contemporáneo, en el que la artista luce octavas con mucha elegancia. La influencia como compositor de James Blake (que reaparecerá como vocalista invitado unos cuantos cortes más adelante) se hace notar, para bien.

Las imágenes: Si el comienzo de Pray You Can Catch Me en el elepé invita a la meditación y el recogimiento, su contrapartida visual es todo lo contrario: de perfil y ocultando su rostro, Beyoncé comparece aquí con esa misma cámara lenta que, en otra clase de filmes, se reserva para presentarnos a un kaiju dispuesto a comerse Tokio de aperitivo. Lo que sigue son una sucesión de evocaciones con ecos del Terrence Malick más telúrico (una influencia que, parece ser, ha pesado fuerte en el vídeo) y salteadas por las palabras de Warsan Shire, poetisa británica cuyos versos harán las veces de narración en off. Pero el regreso al útero de Gea no parece servir como purificación, porque, tras esta placidez campestre, ¡’Bey’ se arroja desde una azotea!

Hold Up

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La canción: Mientras que el tema anterior servía como prólogo sutil y sin alharacas, Hold Up es la primera salida de tiesto de Lemonade… y también su primer triunfo sin paliativos. Armado en torno a una base de Diplo y de Ezra Koenig (los mofletes de Vampire Weekend), la cual a su vez contiene samples a granel, este tema es nada menos que un lover’s rock o, lo que es lo mismo, un reggae lentito y sensual a la usanza antigua, de esos que piden sol, playa, un cóctel de ron y ganja de alto octanaje para disfrutarlos como debe ser. A falta de estos añadidos, señalemos que la canción pone de relieve las cualidades de ‘Bey’ como vocalista sin necesidad de beltings ni subidas vertiginosas: su dominio del fraseo es casi sobrehumano, y resulta en extremo sensual la ronquera usada para desgranar esa letra donde insta a su pareja a alejarse del mundo, el demonio y las groupies, so pena de que ella se ponga mu loca. Un temazo.

Las imágenes: Por supuesto, la caída en picado de Beyoncé no se traduce en sus sesos desparramados contra la acera, sino en una secuencia subacuática donde la diva se contempla a sí misma durmiendo, y despertando, en una habitación de hotel. La voz en off nos habla de una suerte de purificación mística (incluyendo el uso de páginas de la Biblia a modo de compresas) que no resuelve los tormentos emocionales. Así pues, ¿qué mejor manera de consumar este renacimiento simbólico que demoler coches y mobiliario urbano a golpes de bate de béisbol envuelta en un suntuoso vestidazo amarillo? Y sin dejar de sonreír en ningún momento, que es lo mejor.

Don’t Hurt Yourself

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La canción: No se dejen engañar por el título de este tema: sampleando el When The Levee Breaks de Led Zeppelin (una de las bases más usadas en la historia del hip hop), Don’t Hurt Yourself supone la primera invocación de Lemonade al rock afroamericano y psicodélico de los Funkadelic. Y, cotejado con el contenido de la letra, el título podría interpretarse como «no te hagas daño a ti mismo, nene, que ya te lo hago yo, y gratis». Recordándole a su churri que la suya no es la única polla sobre el planeta Tierra, Beyoncé obtiene un asalto sensorial que resultaría pluscuamperfecto… si no fuera porque Jack White (aquí, en funciones de bajista) no es ni mucho menos Bootsy Collins, ni tampoco un cantante con el fuelle necesario como para acompañarla.

Las imágenes: Tras dejar el barrio como un solar, ‘Queen B’ se sube a su ‘Beymovil’ para apisonar unos cuantos coches y encaminarse a su ‘Beycueva’. La cual resulta ser un garaje donde la aguardan un grupo de homies dispuestas a acompañarla en un festival de griterío desorbitado, despechugado y mirando a cámara. Lo mejor de esta sección: los coros de White brillan por su ausencia, y en lugar de ellos tenemos una cita de Malcolm X («La persona más marginada de América es la mujer negra») que viene a convertir las cuitas particulares en generales. Y, de postre, ese quitarse el anillo mientras se entona eso de «si vuelves a intentar esa mierda, ya no soy tu mujer». 

Sorry

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La canción: Mientras que Beyoncé (el disco de 1993) resultaba rabiosamente moderno con sus murallas de sintetizadores y su producción de plástico, el primer tramo de Lemonade se ha compuesto hasta ahora de invocaciones a los clásicos. Sorry rompe con esta tónica con el ritmo más funky hasta ahora en el álbum, unos arreglos totalmente electrónicos y, una vez más, un fraseo vocal elegante como un cisne de acero. Aquí tal vez estemos hablando de una pieza de transición, pero esas programaciones que agitan bullarengues y ese estribillo («I’m thinking ‘bout you») serían oro molido en el repertorio de cualquier otro artista. Dentro de unos meses, cuando se haya calmado el revuelo, lo mismo estamos hablando de la tapada de este disco.

Las imágenes: De acuerdo con el intertítulo de rigor, esta canción representa una etapa del elepé presidida por la «Apatía». Y, como sabemos, no hay manera mejor de representar esa apatía que poner de nuevo a ‘Bey’ en su rol de reina y señora, dirigiendo un baile tribal, bien en el interior de un autobús en marcha, bien en el pasillo de una mansión. Coreográficamente hablando, este es el momento más divertido del visual album hasta el momento. Y el momento ‘bikini metálico’ ya se ha convertido en carne de GIF.

6 Inch

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La canción: Arrancando con un bombo subsónico, un crescendo que bien podría ser una bajada al abismo y unas palabras de traca que servirán de ritornello al tema («Ella los mató a todos, y yo fui su testigo»), llega uno de los momentos más esperados de Lemonade: el encuentro entre ‘Bey’ y The Weeknd y su productor habitual, Danny Boy Styles. El resultado no es la apoteosis que esperaría más de uno, pero sí una combinación de R’n’B y rock de estadio con los ovarios muy bien puestos. El músico canadiense actúa como dispensador de sordideces mientras Beyoncé da rienda suelta al chorro de voz como nunca en lo que llevamos de álbum. Una canción, damos fe, que gana con las escuchas sucesivas: incluso llega a hacerse corta.

Las imágenes: Envuelta en un círculo de fuego y acompañada por un poético a la par que explícito parlamento sobre el orgasmo, ‘Bey’ deja a su conciencia vagar por un pasillo davidlynchiano (rojo es su color), para después desdoblarse en tres álter egos que dan que pensar: uno es la diva («The female equivalent of a hustler«recordemos), con pamela y todo, a bordo de una limusina cuyo conductor bien podría ser Travis Bickle. Otro, una bailarina exótica que resulta el opuesto a la lujuria satisfecha del vídeo de PartitionY, el tercero, una mujer con ojos de demenciada que hace girar una bombilla. Tanto mal rollo concentrado acaba en el incendio de un edificio. En una liberación.

Daddy’s Lessons

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La canción: El hecho de que Beyoncé se atreva con un tema country ha suscitado muchos comentarios (admirativos, en su mayor parte, y también otros que la hacen de menos), olvidando que la diva toma lo que es suyo por derecho: no sólo porque, como ella misma nos recuerda, ‘Bey’ venga de Texas, sino también porque Ray Charles Chuck Berry, entre otros, fueron maestros de la música campera, cuyo público les ofreció a veces refugio frente al olvido del mainstream. Esta canción, que arranca a ritmo de jazz criollo para después tirar directamente hacia lo cowboy, resulta una declaración de amor-odio hacia ese progenitor que la convirtió «en un soldado», y sonoramente emula con gusto a esa compositora genial llamada Dolly Parton. 

Las imágenes: Nuestra excursión a los bajos fondos se ha acabado: tras el nadir representado por 6 Inch, Lemonade comienza el relato de una recuperación emocional. Lo cual, visualmente, se traduce en el uso de luz natural, exteriores al aire libre, found footage, viejos vídeos familiares y demás imágenes con olor a oxígeno. Lo más bonito de todo (y lo menos aprovechado) es ese funeral criollo cuyo cortejo acaba, literalmente, bailando sobre el ataúd. Esto es un renacimiento, pero de verdad.

Love Drought

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La canción: El punto de Lemonade más cercano al R’n’B de manual (o que se sale del manual: ¿hay aquí algo de Kelela, Tinashe y otras cantoras de lo evanescente?) es otro de esos temas que tal vez no arrasen en las listas, ni se conviertan en himnos, pero sí solazarán tímpanos y corazones cansados con sus arreglos de gran refinamiento, su voz rebosando clase (escuchen la producción de las armonías en el estribillo…) y, en general, esa entrañable pochez muy adecuada para meditar sobre las penas del día que se acaba.

Las imágenes: Tras el renacer, el bautismo: despertada de sus pesadillas en un estadio de fútbol americano, cual Kirsten Dunst en Las vírgenes suicidas, ‘Bey’ se entrega a lo que podrían ser los ritos de iniciación de una ignota secta femenina en el bayou de Luisiana. Bien por ironía, bien como una promesa de regeneración, esta canción sobre la «sequía de amor» no sólo está llena de sonidos líquidos, sino que su vídeo muestra un panorama marítimo, fluvial… y muy new age. Pero, oigan, después de tanto puteo, siempre viene bien darse un bañito.

Sandcastles

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La canción: Alguna mala tenía que haber. Sancastles aspira a ser el corazón emocional de Lemonade, pero esta baladita con piano no lo consigue ni de lejos: el acompañamiento de piano resulta ramplón, la letra camina por senderos trillados y la interpretación de la diva resulta histriónica con ese belting descontrolado y esos melismas. Seguro que se gana fans por un tubo, pero aquí preferimos correr un tupido velo.

Las imágenes: Como hemos visto en sus clips y sus películas, Mark Romanek es un virtuoso del intimismo. Pena que aquí sus habilidades se muestren de formas que van de lo obvio (¿una chimenea como metáfora de lo hogareño? ¿en serio?) y lo sonrojante, con esa Beyoncé haciéndole arrumacos a un Jay-Z muy compungidito. Ante semejantes mimbres, el guiño a Nina Simone no resulta fuera de lugar: resulta irritante, que no es lo mismo.

Forward

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La canción: Más que un tema propiamente dicho, una miniatura que sirve de cameo vocal para James Blake. Pues sí, es bonita, y tal. Pero donde resulta desgarradora es en el visual album. Ahora veremos por qué.

Las imágenes: Como primer capítulo de la «Resurrección» (lo dice Beyoncé, no nosotros), Forward viene precedida por una sección en la que se nos recuerda por qué la religión ha tenido siempre un papel tan primordial en la música afroamericana: porque, cuando vives en un callejón sin salida, pedirle ayuda al vecino de arriba no parece tan disparatado. A continuación, las madres de Travyon Martin, Tamir Rice Mike Brown, tres jóvenes negros muertos a manos de la policía, aparecen retratadas sosteniendo retratos de sus hijos. Y, atención, lo hacen sin ápice de miserabilismo, figuradas como reinas que guardan luto por otros tantos príncipes herederos. Saque cada cual la conclusión que quiera.

Freedom 

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La canción: El otro vis a vis de campanillas prometido por Lemonade es la cita de ‘Queen B’ con Kendrick Lamar. Y, oigan, esta vez lo entregado sí está a la altura de lo prometido: la producción de Just Blaze arma un sindiós sixties con una base tomada de los garajeros portorriqueños Kaleidoscope (amén de varias grabaciones de campo del musicólogo Alan Lomax), la cual vuelve a evocar la sombra de George Clinton y sus secuaces hasta hacernos gritar aquello de «libera tu mente y tu culo la seguirá». Con esas armonías gospel y el rapeado de Lamar ocupando el lugar que, en otro tiempo y lugar, hubiera correspondido a un solo de guitarra on fire a cargo de Eddie Hazel, Freedom compensa patinazos anteriores como Sandcastles. Normal que, tras la catarsis, la muy ladina incluya unos aplausos… que, en realidad, son el preludio a un discurso de la señora abuela de Jay-Z: «La vida me dio limones, e hice limonada». Suena a declaración de principios, ¿no?

Las imágenes: Todos los clips de Lemonade (el vídeo) se permiten muchas libertades con la canción que los inspira. Este es uno de los que más, pero se lo perdonamos: aunque la ambientación de época, al estilo El color púrpura, linde con lo kitsch, y algunas metáforas visuales resulten trilladas, los defectos se perdonan básicamente por dos motivos. El primero, que Beyoncé se ventila parte de la canción a capella (será un alarde, pero oigan, cómo suena). Y, el segundo, su reivindicación de la fiesta popular como convivio y unión de marginados (observen, por ejemplo, a esa joven -la modelo Chantelle Winnie- despigmentada por el vitíligo: ni negra, ni blanca, pero siempre una paria). Menudo exorcismo.

All Night

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La canción: Así sí se hace una balada. Menos envuelta en purpurina que Halo, de la que podría ser digna sucesora, All Night puede ser el respirar hondo tras haber pasado la peor noche de la propia vida o la plenitud que sucede a la catarsis. O, sencillamente, un híbrido estupendo de gospel, soul y rock a cargo de una artista en plena posesión de sus facultades, capaz de amoldar su voz a multitud de estilos (muchas veces, como en este caso, dentro de la propia canción) y con un ego lo suficientemente grande como para hacer suyo ese rol mesiánico que muchos ancestros suyos en lo artístico (empezando por James Brown) adoptaron en su día. Si canciones como esta no sirven para ver amanecer en la playa, entonces ninguna sirve.

Las imágenes: All Night (la canción) es tan avasalladoramente bonita que apenas ninguna imagen podría hacerle justicia. Pero menos aún esa recopilación de momentos de felicidad conyugal, tanto los captados cámara en mano como los de ‘Bey’ y su (aún) maridito, acompañados o no por la nena Blue Ivy (que, al menos, apunta maneras en el fútbol americano). Claro que el contraste entre lo visual y ese suspiro final que reza «te echaré de menos, mi amor» dará mucho que hablar a los tabloides. Lo mismo todo iba por eso.

Formation 

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La canción: ¿Qué puede decirse de ella que no se haya dicho ya? Pues, en este contexto, que su presencia en Lemonade resulta un añadido tras el tremendo clímax que la precede. Claro que la interpretación puede ser otra: tras haber atravesado todas las fases de un misterio iniciático, desde la muerte simbólica hasta la resurrección bajo la forma de un nuevo yo más fuerte, una o uno está en condiciones de vestirse de punta en blanco y cantarle las cuarenta al mundo exterior. Y, si es al ritmo de una canción tan autoafirmativa, tan guarra y tan llena de consignas y posibles lecturas como esta, pues mucho mejor. Será apropiación cultural o lo que coño quieran, pero servidor prefiere tomárselo como el regalo de una mano y una garganta generosas merced a las cuales puede soltarse a sí mismo «I slay» delante del espejo en momentos de apuro. O «I woke up like this», si lo prefieren.

Las imágenes: A estas alturas, ¿no nos sabemos todos de memoria el vídeo de Formation? Pues muy mal. Verdaderas enciclopedias se han escrito sobre él, y nosotros no vamos a meternos en ese jardín a toro pasado. Sólo decir que su aparición tras los créditos del visual album confirma que este corte del disco es una pista adicional venida a más. Su función como cierre, eso sí, sigue resultando ideal, dado lo potente que resulta.

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Lemonade

Año: 2016
¿Un 'Like A Prayer' para el siglo XXI? Pues posiblemente: excesiva como siempre, 'Queen B' entrega un álbum que se mueve entre lo sublime y lo abismal, sin apenas términos medios.
Artista: Beyoncé
Sello: Parkwood