[Crítica] ‘Castlevania’ – Desear ser japonés no te convierte en anime

No siempre aciertan en Netflix. Con Castlevania, la adaptación del famoso videojuego de Konami, han intentado imitar la estética del anime utilizando a un estudio occidental. Y el resultado ha sido tan ridículo como esa gente que se viste con un kigurumi de pikachu y habla español intercalando aleatoriamente palabras en japonés.

Cuando hablamos de animación es importante entender un par de cosas básicas. Por ejemplo, que más allá de cuestiones estéticas, hay una gran diferencia técnica entre la animación occidental y la japonesa. Donde los estudios occidentales tienden a hacer uso de la animación completa, funcionando a 12 o 24 fotogramas por segundo, los estudios de anime utilizan una técnica de animación limitada donde alternan escenas con relativos pocos fotogramas por segundo, 8 por lo general, con otras más detalladas, conocidas como sakuga, donde un animador principal crea una animación más elaborada a través de keyframes, dibujos clave que determinaran los momentos importantes de la animación, que otro animador rellenara con dibujos intermedios, que conocemos como inbetween, con las cuales redondeará el efecto animado.





Esa diferencia no acaba ahí. Debido a lo limitado de la animación, el cuidado que ponen en los fondos y la atención al detalle que implica el sakuga, la animación japonesa permite algo que rara vez puede hacer la animación occidental: jugar con la cámara y el montaje. Algo que, incluso pudiendo llegar a parecer excesivamente estática en otras circunstancias, hace de su animación algo dinámico y vibrante. Al menos, si el director y el encargado de storyboard hacen bien su trabajo.

Es importante dejar claras estas diferencias para hablar de Castlevania. La nueva serie de Netflix que adapta la famosa saga de Konami ha sido considerada anime a pesar de ser producida por un estudio occidental. Y no es de extrañar. Su estética, que saquea de forma inmisericorde el estilo de Yoshiaki Kawajiri -un famoso director de anime afiliado al estudio Madhouse que ha dirigido películas tan conocidas como Ninja Scroll (1993) o un fragmento de la insultantemente ignorada The Animatrix (2003)-, intenta imitar sin rubor los códigos propios del anime. Algo que sólo consigue en sus capas más superficiales.

¿Cuáles son esas capas? Su diseño de personajes, incluso su estética general si nos sentimos generosos. Pero cualquier observador perspicaz se percatará de que la animación es occidental. En el peor sentido de la palabra. Desde su dirección, que no sabe ni dónde ni por qué está situándose en un lugar y no en otro, hasta la animación, que pese a tener momentos de auténtica genialidad -especialmente en desmembramientos y algunos movimientos de personajes-, todo resulta grotescamente poco dinámico. Como si su animación, al intentar introducir detalles, sólo consiguiera que destacara todavía más todo aquello que permanece estático.

Pero no todo va a ser malo. Algo cabe salvar de la serie. Y ese algo es su guión.

Con algunas líneas de diálogo absolutamente badass cortesía de Warren Ellis, el guión consigue captar el ambiente gótico y ridículamente exploitation de la obra original. Todo ello dándole un toque personal basado en buenas dosis de gore, anti-héroes de buen corazón y una muy agradecida cafrería general.

El problema es que ahí se acaba todo lo bueno que podemos decir sobre la serie: en Ellis. Porque en lo demás (e incluso en eso), Castlevania desea con todas sus fuerzas ser un rip-off de la obra de Kawajiri. Quiere su sentido de la épica, sus combates ágiles y violentos, su absoluto dinamismo. Pero sus creadores se han fijado sólo en la superficie, en la estética. No han ahondado hasta fijarse en lo que hace anime al anime: el sakuga, los fondos, la dirección y el montaje. Toda una idiosincrasia que no se puede imitar, porque es necesaria conocerla desde dentro para poder asumirla como una rutina de trabajo.

Castlevania, la serie, quiere ser un anime. Pero no lo es. Es un weeaboo, alguien que desea ser japonés, que no se percata de que no por añadir aleatoriamente palabras en japonés en todo lo que dice se hace más japonés a los ojos de los otros.

Y es una pena. Porque al menos sus ideas, el guión de Ellis, prometían mucho. O todo lo que puede prometer un piloto alargado bochornosamente hasta los cuatro capítulos de relleno.

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Castlevania

Año: 2017
Un estudio occidental intenta hacer una serie que imite los usos del anime japonés y el resultado no te sorprenderá.
Director: Kevin Kolde
Guión: Warren Ellis