[Crítica] Chairlift: ‘Moth’ – Otra forma de deslumbramiento

Los reyes del synth pop de Brooklyn vuelven a dar en el clavo con un disco menos intoxicante que Something, pero cuya angulosidad ochentera convencerá a los fans y les ganará nuevos seguidores. ¿Algo más? Sí: Caroline Polachek canta mejor que nunca.

Como todas las urbes de importancia, Nueva York es en realidad muchas ciudades. Y, por lo que a nosotros respecta, es sobre todo dos: aquella que existe en nuestro plano físico, y aquella a la que sólo puede llegarse escuchando los discos que la han inspirado. Tan inmaterial como el Londres de The Kinks y el Madrid de Burning, esta Nueva York es la de The Velvet Underground & Nico (1967), la del Marquee Moon de Television (1977) o aquel pozo del infierno que describieron Wu-Tang Clan en Enter The Wu-Tang (36 Chambers) (1993), por citar sólo los primeros trabajos que se nos ocurren. Hablamos de álbumes en los que la Ciudad de los Rascacielos aparece vista a través de prismas que pueden ser, bien miserables, bien exultantes, pero siempre marcados por una dureza particular, un nosequé inhóspito a la par que tentador. Contando con esto, no hace falta haber puesto el pie en la Quinta Avenida (o en Queens) para saber que, cuando Chairlift describen Moth como su elepé más neoyorquino, están diciendo la verdad.

En realidad, uno podría decir que todos los discos que Caroline Polachek Patrick Wimberly han ido dejando caer cada cuatro años (el debut Does You Inspire You apareció en 2008, mientras que el formidable Something data de 2012) son neoyorquinos a rabiar. No en vano el dúo se consolidó dentro de esa cuna de hipstereo llamada «escena de Brooklyn», y siempre se ha preciado de un distanciamiento muy arty y con mucha intención. Por otra parte, cuando la mismísima Beyoncé te llama para que le escribas y produzcas un temazo como No Angel, invocar clásicos del rock oblicuo o del hip hop demente parece un tanto fuera de lugar a la hora de analizar tu música. Aun así, hágannos caso: es escuchar las arquivoltas de voz en Romeo, o los redobles house que vertebran los clímax de Moth to the Flame, y sentir parte de ese calor asesino que, según la cantante, inunda la estación de metro de Union Square en las tardes de verano.

Esa dureza neoyorquina, esa angustia resultante de vivir en un espacio donde (según avisan los últimos seis minutos de Moth) «no hay cosa que se parezca a la ilusión», es lo que hermana a este álbum con esos parientes que citábamos en el primer párrafo. O, si queremos ponernos pop sin cambiar de coordenadas, con More Songs About Buildings And Food (Talking Heads, 1978) o con ese manifiesto ochentero de la Gran Manzana que Madonna lanzó en su True Blue hace ya casi treinta años. Lo cual nos recuerda que, pese a todo, la materia prima manejada por Chairlift no ha cambiado en exceso: aquí, al igual que en Something, las canciones siguen teniendo un bouquet a ochentas gran reserva, el cual incluso se ha intensificado… y también diversificado para llevarnos a referencias insospechadísimas.

Sin ir más lejos, las iniciales Look Up Polymorphing (estupendas ambas) pueden evocar un disco tan infravalorado hoy en día como el Promise (1985) de Sade, con sus saxos y sus voces superpuestas. Es más: aunque Ch-ching Show U Off hagan ver la deriva del dúo hacia un R&B blanco muy bien llevado, en ellas un oído viejuno encontrará más ecos de las producciones de Jimmy Jam Terry Lewis para Janet Jackson que de The Weeknd, Tinashe o esa ‘Queen Bey’ cuyo poderío las ha inspirado en parte. Pero tranquilos: nada parece indicar que Chairlift vayan a arrancarse por The Sweetest Taboo o The Pleasure Principle en sus directos. Ni tampoco por Each And Every One, aunque Crying In Public tenga más de Everything But The Girl de lo que cabría esperar. Algo debido, también, a que la voz de Caroline Polachek suena más apabullante que nunca: por lo que se oye, esas lecciones de canto que la mitad de Chairlift tomó antes de la grabación le han venido muy bien, no sólo para facilitarle unas piruetas de medalla olímpica, sino también para dotarlas, como ella misma dice, de una austeridad considerable. Donde antes había suspiros, ahora hay afirmaciones sobradas de elegancia, pero sin paños calientes.

Y no sólo la voz se ha vuelto más dura: en contraste con Something, un disco que brillaba (y, muchas veces, deslumbraba) con teclados oceánicos y líneas de bajo capaces de romperte la espina dorsal, aquí los arreglos son diminutos pero tan precisos como aguijones, desde la percusión hasta los samples. De hecho, sólo la mencionada Romeo recuerda al grupo que nos dejó pasmados hace casi un lustro con sencillos como I Belong In Your Arms Amanaemonesialos temas más bailables, como ya hemos señalado, apuntan al funk antes que al pop blanco. Y la parte más reflexiva (que, a lo tonto, se lleva casi más de la mitad del álbum) ha ganado una épica que ya no es la de los sueños, ni la de las elucubraciones, sino la de las realidades que duelen. «Madurez», parece que lo llaman.

Con todo esto, Chairlift siguen resplandeciendo. Es decir, siguen siendo uno de los mejores grupos de pop de la actualidad, capaz de hacerte perder el oremus cuando anuncian un nuevo álbum y beberte sus videoclips y sus directos en YouTube. Es sólo que su resplandor ha cambiado el oropel por los neones y la evanescencia por la precisión, de la misma manera que uno no se enamora igual a los treinta que a los veinticinco. En la Union Square que nos describe el dúo en Moth no está habitada por Mary la Quinceañera y el Tío Dave (los protagonistas del Run, Run, Run de la Velvet) sino por personajes anónimos que, si bien no se despendolan a la caza de un pico de caballo viven cataclismos sociales y sentimentales sin llegar nunca a un piadoso derrumbamiento. Y que, pese a todo, volverán a picar como idiotas en los anzuelos del afecto. Tal vez lo de la polilla y la llama venga a cuenta de eso, precisamente. Pero, divagaciones aparte, lo único claro es que Moth es un disco digno de escucha en modo repeat, y también una incorporación muy valiosa (lo de «imprescindible» sólo lo sabremos con el tiempo) a ese canon de Grandes Discos Neoyorquinos. No hace falta haber puesto el pie en Manhattan (o en Williamsburg) para saber eso: basta con haberlos escuchado.

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Moth

Año: 2015
Derivando al R&B y a la introspección, Chairlift entregan un disco con los pies en la tierra, que queda entre lo mejorcito de comienzos de este año.
Artista: Chairlift
Sello: Columbia