[Crítica] David Bowie – ‘Blackstar’: El Duque en sus dominios

¿A qué suena el nuevo disco de David Bowie? Pues... a David Bowie. Con su claustrofobia, su oscuridad y sus ocasionales miradas al abismo, Blackstar es un álbum en el que el mayor ingenio del pop ha hecho lo que le ha dado la gana sin atender a nada más que a sus propias angustias. Y eso es lo que lo convierte en un trabajo memorable.

Comenzar la reseña de un disco de David Bowie con una cita de Morrissey. Manda cojones, pero el subconsciente tiene estas cosas: durante las sucesivas escuchas de Blackstar, cada vez que se hacía el silencio entre canción y canción, la frase de marras acudía a la mente de quien suscribe como un mantra, o más bien como un latigazo, planteando una incógnita de lo más puñetera. Claro que, para situaciones así, la introspección ayuda. Merced a ella, uno se da cuenta de que las palabras del peor escritor de escenas de sexo de 2015 pueden fácilmente ser suscritas tanto por cualquiera que haya llegado a cierta edad como por alguien tan eterno, dentro de sus propios parámetros, como Bowie. O, al menos, por la encarnación de Bowie que ha grabado este disco. Y las palabras (búsquenlas en la letra de la canción The Queen Is Dead, 1986) son estas: «¿Ha cambiado el mundo, o he cambiado yo?».

Toca explicarse: a lo largo de su trayectoria, Bowie se ha ganado muchos apodos, y uno de ellos (seguramente el más feo, por cierto) ha sido el de «el camaleón». Un mote que no sólo venía dado por su capacidad para cambiar de estilo de un disco a otro, sino también por su facilidad para mimetizarse con las modas de cada época, generalmente antes de que éstas pasasen al dominio público. Algo que no sólo se limita a sus trabajos más canónicos (la vieja historia según la cual Ziggy Stardust -1972- y Low -1976- anunciaron, respectivamente, el auge del glam rock y la mutación del punk en post punk está ya muy gastada), sino también etapas más recientes de su carrera: 1. Outside (1995) se adaptó como un guante a la indecisión estilística que marcó la segunda mitad de los 90, mientras que Heathen (2002) y Reality (2003) correspondieron a ese retorno de las guitarras que, presuntamente, llegó con el cambio de siglo. Sin embargo, escuchando Blackstar, quien escribe esto sólo encuentra la huella de una sola tendencia. Y esa fuente de semejanzas se llama… David Bowie.

Aunque el señor de los ojos bicolores ha hablado de influencias asimiladas durante la producción de Blackstar (que si el jazz, que si Boards of Canada, que si el hip hop menos acomodaticio…) uno sólo se ve capaz de estudiar el álbum poniéndolo en relación con otras obras de su responsable. Sin ir más lejos, la canción titular parece seguir los pasos de Station to Station (el tema que dio título a su álbum de 1976) a base de minutaje extenso, cambios súbitos de atmósfera y ambiente apocalíptico. Sentimos decir que no lo consigue, pero aun así dista de merecerse los ataques de aquellos para los cuales suena (terrible acusación) a una copia barata de Radiohead imitando al propio Bowie.

Afortunadamente, el resto del disco levanta cabeza: ‘Tis a Pity She Was a Whore, Girl Loves Me Sue (In a Season of Crime) remiten a los momentos más memorables de 1.Outside y del casi olvidado Earthling (1997), las dos primeras con sus arreglos descoyuntados y la segunda apelando a un ritmo de drum’n’bass madurito, pero bien llevado. Acerca de Lazarus y su videoclip se ha escrito mucho en los últimos días, pero una escucha privada de imágenes permite apreciar que se trata de una de las canciones más propiamente bonitas de Blackstar, y que sus guitarras son prácticamente el único punto de contacto entre este disco y su predecesor, el estupendo The Next Day (2013). Uno puede emprenderla con Bowie afirmando que sus casi setenta años se le notan demasiado y que aquello que uno interpreta en esta canción como belleza morbosa es, en realidad, el cansancio de un anciano incapaz de estar a la altura de su propia leyenda. Que digan misa: estribillos como ese «By the time i got to New York / I was living like a king…» vamos a oír pocos este año.

Y, a raíz de todo esto, la duda existencial: ¿ha elegido Bowie pasar olímpicamente de la actualidad, pasando todas sus fuentes de inspiración por el tamiz de su propio ombligo? ¿O se trata, más bien, de que el oyente -es decir, el que firma esto- se ha descolgado tanto del latir de los tiempos que es incapaz de pillar las alusiones? Seguramente, la incógnita importa poco: sólo cabe afirmar que, con sus arreglos de viento, su ambiente ajado (a veces, durante su escucha, a uno le llega olor a polvo de años, o cree palpar tapicerías que crujen por la suciedad) y esa duración sabiamente ajustada, Blackstar parece un disco de esos que se escuchan mejor a media luz, apoyando la barbilla en el dorso de las manos y pensando en decisiones que no se tomaron, o en palabras que no deberían haberse dicho.

¿Era ese el pensamiento de David Bowie mientras grababa estas canciones? ¿De verdad está el viejo reptil tan decepcionado con el mundo y con la humanidad? Cualquiera sabe, porque otra de sus eternas habilidades siempre ha sido la de ocultar sus intenciones. O, mejor dicho, la de desvelarlas sólo hasta el punto que él estima oportuno. Además, tampoco estamos hablando de un trabajo tan drásticamente presidido por el bajón: sus dos últimas pistas, Dollar Days (desesperada, tal vez, pero no cataclísmica) y I Can’t Give Everything Away (siguiendo la vieja costumbre de rematar cada disco con un baladón memorable) son hermosas con ganas, y permiten abandonar este paraje tan yermo llevándose algo de consolación. Alentado por ese bálsamo, uno piensa que sus vacilaciones tienen poco sentido, y que la tarea histórica que supone CRITICAR EL NUEVO DISCO DE DAVID BOWIE se queda en poca cosa, vista con distancia. Esta reseña pasará, pero este álbum quedará… aunque sea como nota a pie de página en una de las discografías más brillantes, irregulares y estimulantes de la historia.

Así, mientras dudamos entre si darle otra vez al play o irnos de una vez a la cama, podemos llegar a una conclusión: si a algo suena Blackstar, es a un disco en el que Bowie ha hecho lo que le ha dado la real gana, sin obedecer a nada más que a sus propios impulsos. Cualquiera le dice lo que tiene que hacer, a su edad y con el carácter que siempre ha gastado. A las sedas (y al poliéster) de antaño se les notan los costurones, y esa amargura que siempre estuvo ahí parece haber ocupado definitivamente el lugar de la seducción y del charme: parece que el tiempo nos ha puesto de una vez por todas el cigarrillo en la boca. Pero, pese a todo, la voluntad permanece, y da frutos dignos de recuerdo. Y, gracias a eso, el álbum deja tras de sí una paradójica (¿patética?) sensación de esperanza.

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Blackstar

Año: 2016
Con casi 70 años a cuestas, Bowie no parece dispuesto a ocultar su edad ni a bailarle el agua a nadie: alabado sea.
Artista: David Bowie
Sello: Columbia / RCA / ISO