[Crítica] ‘Deadpool’ – Es graciosa, y lo sabe

Tras siete años peleándose con el estudio, Ryan Reynolds ha conseguido sacar adelante una adaptación respetuosa (¡paradoja!) del mercenario bocazas de Marvel. El resultado es un filme muy consciente de su potencial cómico, algo que supone a la vez su mayor virtud y su talón de Aquiles.

Para aquellos que ya no cumplimos los 30, y que gustamos de los cómics Marvel, decir “Rob Liefeld” es como decir “Satán”. Dibujando anatomías tan desproporcionadas como su ego, y prescindiendo de la comedia y el costumbrismo en favor de la chabacanería militarizada, el artista californiano condensó en su obra lo peor de aquella época nefasta que la Casa de las Ideas en general, y sus colecciones sobre mutantes en particular, atravesaron durante los 90. Así pues, resulta crudo aceptar que dos de las mejores cosas que le han pasado al cómic de fantasía durante este siglo derivan (indirectamente) de su trabajo. Una de ellas es Prophet, la serie de biopunk cósmico impulsada por Brandon Graham e inspirada en personajes de Liefeld para la editorial Image. El segundo, por ahora, de dichos felices advenimientos es esta Deadpool, seguramente la película más guarra y desacomplejada que jamás se ha incubado al calor de una franquicia de superhéroes.

Acerca de la génesis de Deadpool (el personaje) ya se ha escrito en esta web. Y el calvario que Ryan Reynolds ha atravesado durante más de un lustro para sacar adelante esta película (quitándose, de paso, las espinas de X-Men Orígenes: Lobezno -2009- y Green Lantern -2011-) está muy documentado. Así pues, sólo cabe reconocer la buena vista del actor: si Deadpool hubiera sido aquello a lo cual, según parece, aspiraban sus productores, se habría quedado en un spin-off graciosete de la franquicia X-Men. Tras la pugna en cuestión este filme no sólo se ha ganado una calificación ‘R’ (el equivalente estadounidense a nuestro “para mayores de 18 años”), la cual seguramente obedecerá más a sus escenas de sexo que a su abundancia de sangre. También se ha ganado una entidad única, pero no tan revolucionaria como parece.

Desde unos títulos iniciales que juegan a posta con los tópicos laudatorios de Hollywood (el director Tim Miller, que debuta en largo tras firmar varias secuencias de créditos estupendas, es un pringao, los guionistas Rhett Reese y Paul Wernick son los auténticos héroes del asunto, Reynolds es “el perfecto idiota de Dios”, y así hasta el final) hasta el inevitable epílogo dando pistas sobre la secuela, Deadpool se mofa bien a gusto sobre la hipertrofia actual del cine de superhéroes. Al igual que en los cómics, el mayor poder del antihéroe en la pantalla es el de romper la cuarta pared, algo que le permite lanzar apostillas a granel sobre la batalla de derechos entre Fox y Marvel, sobre los recortes de presupuesto que impiden la aparición de grandes estrellas, sobre la continuidad de los seriales, sobre el efectismo de la puesta en escena y sobre unas cuantas cosas más. Esto no es Godard, por supuesto, ni tampoco Tarantino: de hecho, ni siquiera es La loca historia de las galaxias (1987). Pero, tal y como está el patio, sí es un acto de atrevimiento.

El hecho de que la película incluya un guiño a John Hughes, un maestro en interpelar al espectador desde los parámetros del cine comercial, avisa de por dónde van los tiros. Esos momentos en los que un Reynolds enmascarado nos hace partícipes de su opinión sobre lo que vemos, o en los que deja picuetos al resto de personajes con referencias a su ser más allá de la ficción (el profesor Xavier, vale, pero ¿el de Patrick Stewart, o el de James McAvoy?) pueden hacernos pensar si nos ponemos a ello, pero sobre todo aspiran a despertar nuestra complicidad. Una complicidad basada en el hecho de que, por muchas aspiraciones con las que los envuelvan Christopher Nolan, los hermanos Russo o Zack Snyder, los superhéroes no dejan de ser tipos disfrazados, y sus aventuras nunca pierden (o nunca deberían perder) su condición de gozoso baile de máscaras.

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La osadía de Deadpool va más allá de este rasgo, en realidad. Resulta interesante, por ejemplo, ver cómo la película diluye los límites entre la acción superheróica y la acción de toda la vida, con sus tiroteos y demás. Y también llama la atención cómo, dentro de estas premisas, la película se las apaña para ofrecer sólo dos escenas de acción, una al comienzo y otra al final, y estiradas ambas como chicles. En su lista de aciertos, además, podemos poner ese tono de amoralidad cutre que envuelve su historia: tras habernos expuesto a los dilemas de tantos paladines atormentados, da gusto ver cómo el personaje asume su condición de ex mercenario (es decir, de una persona que ha cobrado por matar) y cómo sobrelleva ese romance con Morena Baccarin. Un romance muy bien presentado, que además recuerda un montón al de Liam Neeson y Frances McDormand en el Darkman (1990) de Sam Raimi. Con la salvedad de que aquí el monstruo sí es un monstruo (y majara, por añadidura) casi desde el principio, pero la chica dista mucho de ser una ingenua o una damisela en apuros.

Esperamos que, a estas alturas, el lector haya ido captando que Deadpool es una película graciosa. Y, efectivamente, lo es… hasta el punto de que ese gracejo supone un talón de Aquiles. No lo decimos sólo por los reparos que pueda suscitar entre los fans de los cómics (¡ese no es nuestro Coloso, que nos lo han cambiao!), sino también porque tanta autoconsciencia y tanto regodearse en su condición de bicho raro acaban, a veces, haciéndose pesadas. Tras ese recital de autosatisfacción que fue X-Men: Días del futuro pasado (Bryan Singer, 2014), una película que hacía añicos el cómic original sin ofrecer a cambio más que solemnidad falsa, Deadpool supone un soplo de aire fresco, pero sólo mientras recordemos que muchas de sus buenas ideas son prestadas, y que, si le quitamos las excentricidades, se queda en otra película de aventureros disfrazados. Sólo que bastante mejor hecha y más entretenida que las demás.

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Con los reparos que se quieran, a Deadpool le está funcionando su jugarreta: los críticos estadounidenses (la mayoría, al menos) la miran con buenos ojos, el público la ha acogido con entusiasmo en su país de origen (un ejemplo más de que esa ‘R’ infamante no es necesariamente un veneno para la taquilla) y su campaña de marketing a todo trapo demuestra que el estudio confía en sus posibilidades para fundar una franquicia. ¿Podría conllevar su éxito consecuencias positivas? Pues sí, pero lo dudamos. Por lo pronto, un tipo tan lúcido como James Gunn (Guardianes de la galaxia) ya está avisando de que los buenos resultados de la película tiene más visos de desembocar en una invasión de clones (es decir, de películas de superhéroes con aspiraciones a hacer la gracieta) que en la financiación de proyectos alejados de los corsés del género. Qué le vamos a hacer: Hollywood es así.

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Deadpool

Año: 2016
¿Una revolución en el cine de superhéroes? No, ni falta que hace: sólo una comedia cafre que aprovecha los puntos flacos del género para echar unas risas.
Director: Director: Tim Miller
Guión: Guion: Rhett Reese, Paul Wernick
Actores: Reparto: Ryan Reynolds, Morena Baccarin, T. J. Miller, Briana Hildebrand