[Crítica] ‘El ministerio del tiempo’ 2×01: La épica del funcionario puteado

El regreso de El ministerio del tiempo ha contado con uno de los guiones más interesantes de toda la trayectoria de la serie. Y también con uno de los más desaprovechados, por más que sus batallas épicas y su Charlton Heston de pega hayan mantenido el pabellón alto.

Es un hecho: la historia de la ficción en lengua castellana viene siendo, desde hace más o menos diez siglos, una suma de relatos sobre gente insatisfecha, hambrienta y, en definitiva, puteada. Un revoltijo de polvo, frustración y mala fe cuyo linaje va desde el Romancero Viejo hasta Andrés Trapiello, pasando por el Lazarillo de Tormes, Quevedo Pío Baroja, y en el que apenas ha habido nunca espacio para el aliento épico, la fantasía o el libre vuelo de la imaginación. Bueno, vale, todo esto podría ser una boutade enorme, pero en ello hay mucho de verdad. Y, para constatarlo, basta con remitirse al que, se supone, es el embrión de toda nuestra literatura: el Cantar de Mío Cid. Allá por los siglos XI y XII, mientras nuestros vecinos franceses se regalaban los oídos con la Chanson de Roland, sus paladines y sus cuernos Olifantes, nuestros lejanos antepasados atendían a la historia de un señor de la guerra tirando a gañán, traicionado por su soberano y cuyas andanzas, narradas en tosca rima asonante, estaban menos motivadas por el afán de gloria o la defensa de la Cristiandad que por el saldo de sus actividades como mercenario. Un país como este, forjado a base de puñaladas traperas y guerras más o menos civiles, no podía dejar otra clase de testimonio que aquel.

De esta manera, viene a ser normal que El ministerio del tiempo arranque su segunda temporada con un encuentro entre sus protagonistas y el Cid Campeador. Porque, quieras que no, si la serie de Javier y Pablo Olivares obtuvo tan buenos resultados durante su primera etapa (2015) fue por su maña para mezclar una premisa fantástica con uno de los temas españolazos por excelencia: los pesares del funcionario. Como muchos comprobamos con deleite tras el estreno de su primer episodio, tras las puertas temporales de ese edificio del Madrid de los Austrias no acecha ningún paisaje cósmico, sino un submundo de andar por casa habitado por jefes de negociado paternalistas y con mala uva (Jaime Blanch), secretarias todopoderosas (a esa Francesca Piñón que no nos la toque nadie), escaqueos del puesto de trabajo, presupuestos siempre menguantes e intrigas bizantinas entre departamentos.

Si a un labriego castellano de la Alta Edad Media le costaba poco reconocerse en una figura tan cutre, en el fondo, como la de Rodrigo Díaz de Vivar, aquellos que sobrevivimos mal que bien a la crisis eterna, a las ruedas de prensa con pantalla de plasma y a los gobiernos que nunca acaban de formarse lo tenemos muy fácil para ver algo de nosotros mismos en Rodolfo Sancho, en Aura Garrido, en ese Nacho Fresneda de entrañable bigotón y en el resto de figuras de la serie. En el fondo, tanto ellos como nosotros somos espectros que subsisten a base de peregrinaciones hacia a la cafetería del curro, a ver si una caña y una ración de bravas nos ayudan a sobrellevar la rutina. Por eso los miembros de CANINO esperábamos con ansia este regreso de El ministerio…, y por eso este primer capítulo de su segunda temporada nos ha dejado con una media sonrisa en la boca y una cierta decepción en los dedos.

¿Por qué decimos esto? Pues, básicamente, porque el capítulo podría haber dado mucho más de sí. Como, a estas alturas, su argumento y el papel que ocupa en él Sergio Peris Mencheta serán de dominio público a estas alturas, nos quitamos el miedo a los spoilers y vamos al lío de una premisa que, una vez más, no tiene nada de original (del Asimov de El fin de la eternidad al Moorcock de He aquí al hombre, pocos son los autores que no han coqueteado con ella al escribir sobre viajes temporales y figuras históricas) pero que arroja implicaciones jugosísimas. Si, como hemos señalado antes, el Cid es una de las figuras fundacionales del imaginario colectivo español, o más bien castellano, ¿cómo hemos de reaccionar si descubrimos que dicha figura es, no sólo un fraude, sino un fraude que ha elegido comportarse como lo haría el mito, y no como esa figura histórica a la que apenas conocemos?

Según aprendemos casi desde el principio, el motivo de la suplantación es ibérico hasta decir basta: una chapuza motivada por el deseo de sacar barriga ante el forastero (concretamente, ante un Charlton Heston cuyo diálogo con Ramón Menéndez Pidal resulta gracioso, si bien algo traído por los pelos) y ante cuyas consecuencias sólo cabe encomendarse a quien sea y seguir adelante, a ver si hay suerte y la cosa acaba colando. Como ocurre a veces, la cosa acaba colando demasiado bien, hasta el punto de que todos los implicados prefieren seguir adelante con ella, empezando por esa Doña Jimena (Savitri Ceballos) que, en uno de los mejores momentos del capítulo, afirma preferir a ese forastero que habla como en los romances y se comporta como un caballero antes que al difunto héroe, al cual adivinamos como ese carnicero semianalfabeto descrito por las crónicas de su época. De haber seguido por aquí, de haber llevado su idea hasta las últimas consecuencias, estaríamos hablando de una obra maestra de la TV en España… cuya conclusión sería, resumiendo mucho, que la historia de España es toda ella un tocomocho. Pero eso sería pedir demasiado.

Lo de «pedir demasiado» no lo decimos sólo por los espartanos recursos de TVE (véase el juego de rellenos digitales con el que se resuelve el clímax de la historia), ni tampoco por la obligación de recapitular, atar cabos y abrir nuevas líneas argumentales a la que se enfrenta todo comienzo de temporada, restándole minutos al meollo del episodio. El verdadero problema está en la esencia de la serie: si bien El ministerio del tiempo no se merece esas críticas que la acusan de ser una apología de la Cultura de la Transición, de la Historia Oficial y, si nos ponemos, de las oscilaciones del Euríbor, sí es cierto que muchas veces le falta cuajo a la hora de abordar en toda su crudeza una historia como la de España, tan repleta de negrura, de cobardía y de vergüenza ajena. De este modo, depués de permitirse flirtear con el riesgo, el capítulo acaba cediendo a la épica fácil en una escena que, como ese «¡Yippie Kay Yay, hideputas!» proferido por Ramón Langa, que resulta eficaz en su momento pero insustancial a largo plazo.

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Aun así, El ministerio del tiempo sigue siendo uno de los pocos oasis de imaginación que nos ofrece la TV en castellano. Y sigue siéndolo, no lo olvidemos, porque es una excepción: si los reinos ibéricos del siglo XII eran la patria de aquellos cantares de gesta sin hechiceros ni gigantes, pero con mucha hambre y mucho pesimismo, la España del siglo XXI es la patria de La que se avecina o (si hay suerte) de Crematorio. Un lugar cuya ficción oscila entre el realismo garbancero y el esperpento bilioso y donde apenas hay lugar para ese deleite en la vida y sus posibilidades que yace siempre en el fondo de la fantasía si está bien hecha. No olvidemos, por ejemplo, que la ausencia de Rodolfo Sancho en muchos capítulos de esta temporada se deberá a que el actor participó en Mar de plástico, un show de esos que disfrazan sus afanes populacheros con los ropajes de lo Social y que, a la postre, acaban por no dar el pego ni como obra ‘seria’ ni como pulp. Por ahora, y pese a los defectos, podemos darnos por satisfechos de este Cid de pegolete y de estos funcionarios transtemporales, tan resignados ellos, a los que tan bien se les aplica aquella cita tan memorable extraída, mira tú, del Cantar del Cid: «Por Dios, qué buen vasallo / si tuviese buen señor».

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2 comentarios

  1. Adrián dice:

    A mí me ha dejado un regustillo un poco amargo, sobre todo por la estructura del episodio: ¿qué sentido tiene revelar lo del Cid al principio, por delante de los personajes? Entiendo que está supeditado a la idea del episodio, esos sacrificios que debe hacer el funcionario del ministerio, pero le resta toda emoción a la búsqueda de Amelia, Alonso y Espínola.
    Del mismo modo, me gustaron los constantes guiños de la serie, pero creo que hubo cierto abuso. Y la conversación con Heston me pareció de un humor forzado.

    Que oigan, en general bien, y la idea general del episodio (a veces, para salvar la Historia tienes que hacerla) fetén, pero ay. Quizá porque me gusta tanto, digo ay.

  2. Pingback: Onda Canina vuelve con romanos, mercenarios, raperos y el Cid - Canino

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El ministerio del tiempo - 2x01

Año: 2016
La serie transtemporal de TVE vuelve para revisar un mito fundacional de España: el Cid Campeador. El episodio tiene miga, pero no llega hasta el fondo de sus posibilidades.
Director: Director: Marc Vigil
Guión: Intérpretes: Rodolfo Sancho, Aura Garrido, Nacho Fresneda