[Crítica] ‘Emanon Recuerdos’ – Ojos que hablan de la eternidad

A veces se ningunea el manga por su condición pragmática. Emanon Recuerdos, sin abandonar ese juego constante con la fantasía y el dibujo no necesariamente detallista, nos demuestra como, siguiendo coordenadas que puedan tener ecos del cómic occidental, un manga puede resultarnos apasionante. O incluso emocionarnos.

A nadie le pillará por sorpresa descubrir que, según el refranero español, los ojos son el espejo del alma. Y si bien aquí no somos muy amigos de la sabiduría popular rumiada a través de siglos de lugares comunes, en esta ocasión la idea no va mal encaminado. El ser humano es eminentemente visual, dando predominancia al sentido de la vista por encima de los otros cuatro, haciendo que todos nuestros juicios se sublimen, de entrada, hacia aquello que podemos ver. “De lo que ves créete la mitad / De lo que no ves no te creas nada“, que diría Kase O. Ahondando más allá, confiamos en la vista para conocer nuestro mundo circundante, pero nuestros ojos no son infalibles a la hora de representar el mundo, porque, ¿cómo podríamos conocer aquello que se oculta más allá de lo que podemos ver? Las apariencias engañan, las intenciones se leen y los seres humanos, por desgracia, no somos demasiado buenos hermeneutas.

Emanon Recuerdos es la historia de lo que ocurre cuando los ojos no son suficiente. Pongámonos en situación: el protagonista de la historia está volviendo a casa en un largo trayecto de barco en el que, por accidente, conoce a una joven de diecisiete años con la cual inicia una estrecha relación en las menos de veinticuatro horas que dura el viaje. Hasta aquí, nada inusual. Lo interesante llega cuando esa joven, que dice no tener nombre —de ahí Emanon, o No Name leído al revés—, afirma ser tan vieja como la propia vida en la tierra. Incluso si todavía parece una cría.

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Con esta premisa Shinji Kajio construye una historia sobre el amor, el pensamiento y las apariencias que se va hilando a través de una atmósfera enrarecida, aunque ni negativa ni siniestra, en la cual nunca termina de quedar claro si ella está intentando tomar el pelo al protagonista (y al lector con él) o está hablando totalmente en serio al respecto de su longevidad. Hay motivos suficientes para pensar ambas cosas. Tanto su carácter juguetón, bromeando o directamente afirmando que el hecho de creer o no en su historia corresponde sólo al que escucha, como la obscena cantidad de detalles que conoce del pasado, propios de una memoria enciclopédica que difícilmente podría existir en alguien tan joven sin que mediara algo misterioso o asombroso detrás, apuntan en ambas direcciones sin confirmar ninguna de ellas, tal vez justificando las dos, haciendo que la labor de imaginar si Emanon es sólo una chica con demasiado guasa o de hecho alguna especie de ente omnisciente representante de la memoria de lo humano quede en manos de los demás.

Toda labor de interpretación queda, por tanto, de la mano de aquel que está observando. Y con ello, se anula toda posibilidad de juzgar lo ocurrido meramente por lo que nos dicen nuestros ojos, obcecados, si no en engañarnos, sí en darnos una información que se pretende más completa de lo que es. Que Emanon es joven, que un ente inmortal no puede ser así.

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En cualquier caso, si nos creemos lo que ocurre es por el brillante ejercicio de síntesis que ejerce el dibujo de Kenji Tsuruta. Con muchos primeros planos, como corresponde en un manga basado de forma predominante en el diálogo, su trazo fino e irregular se recrea no tanto en los detalles -con fondos o elementos poco importantes generalmente desfigurados- como en los elementos claves de cada escena. Ya sean pasajeros sin rostros, o con sólo cuatro líneas para definirlos, o temblorosas máquinas y plantas de interior, cada dibujo representa exactamente lo que exige, obligándonos a dirigir la mirada hacia los elementos clave de cada escena. No recrearnos en fondos perfectamente definidos más propios de otras tradiciones de las cuales parece beber su estilo —que no deja de ser manga, lo cual supone un acercamiento más narrativo, si es que no pragmático, que el que tiene el lector/autor occidental—, sino en el flujo y la emoción de cada escena en particular. En los ojos.

Tsuruta centra todo su atención en ellos. Podemos leer lo que piensan o sienten cada uno de los personajes no por lo que dicen, pues el diálogo se desarrolla en todo momento como el vehículo de aquello que no se dice, sino por lo que callan. Por lo que transmiten sus ojos. Y cuando no transmiten nada, cuando están desdibujados o apenas sí son un punto negro en el rostro, es porque la escena, el ambiente que los rodea, es la que debe transmitir las sensaciones que ahí contenidas en esa viñeta.

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De ese modo resulta fácil entender las dos facetas del relato, tanto el dibujo como lo literario. Mientras que los diálogos discurren alrededor de Emanon, de su misterio, de quién o qué es ella en relación con el mundo, los rostros se mueven por el registro de la curiosidad, el interés o, de forma progresiva, el romance. Por eso funciona. No sólo por lo que dicen, sino, especialmente, por cómo se miran o eluden mirarse, comunicándonos de forma subrepticia otro conflicto paralelo que, puesto en palabras, hubiera quedado ridículo. Porque un “te quiero” o un “me estoy enamorando de ti” sólo tienen sentido para dos personas: aquellos que comparten esos sentimientos. Y el lector nunca, o sólo rara vez, puede aspirar a tal grado de intimidad con un libro.

Con ecos de Jiro Taniguchi en lo pictórico y de Haruki Murakami en lo literario, de un Stanislaw Lem con una bis más sentimental si se prefieren los referentes previamente aprobados por la inteligencia occidental, esta obra no deja de ser un bellísimo relato sobre el significado de ser humano, si es que en suma tiene alguno. Y si en definitiva el lector llega a la conclusión de que hay alguno, es por la excelente labor de Shinji Kajio y Kenji Tsuruta. Dos japoneses que, equívocamente, podrían parecerlo poco.

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おもいでエマノン

Año: 2016
Un exquisito ejemplo de las posibilidades del manga. Evocador, sencillo, mágico. Un ejemplo de cómo mirar con otros ojos el medio.
Guionista: Guion: Shinji Kajio
editorial: Edita: Ponent Mon
Dibujante: Dibujo: Kenji Tsuruta