[Crítica] ‘Horizon Zero Dawn’ – Semillas de futuro

Imagen de 'Horizon Zero Dawn'

Guerrilla Games deja atrás su etapa Killzone y se adentra en territorio hasta ahora desconocido con Horizon Zero Dawn, una aventura de ciencia-ficción tipo sandbox que se nutre de lo mejor de cada casa para ofrecer una experiencia jugable y narrativa sobresaliente.

Imaginar el futuro es uno de los motores de la ciencia-ficción, del mismo modo que la ciencia-ficción ha plantado, en ocasiones, semillas de futuro. Ese futuro imaginado depende invariablemente de los términos en los que se expresa el presente, de manera que, quizá, al final todo ello se reduzca a un proceso mucho más determinista de lo que creemos, en el contexto ineludible de la cultura y los saberes humanos. En cualquier caso, los relatos de ciencia-ficción, una vez las religiones dejaron de ser el marco hegemónico de todo conocimiento, se construyen en torno a las garantías científicas de una determinada época, y en base a esas garantías, exploran los límites de lo posible. Horizon Zero Dawn, el nuevo título de Guerrilla Games, imagina un futuro lejano dentro de los márgenes de lo posible, pero un futuro que dirige constantemente la mirada a los vestigios de su pasado, entrelazando el discurso religioso y el tecnológico.

La aventura transcurre en La Tierra durante el cuarto milenio de nuestro calendario, en un panorama que podríamos denominar como post-postapocalíptico. La humanidad sobrevive agrupada en pequeñas tribus guarecidas de la especie dominante: unos enormes robots zoomórficos que, por algún motivo, se están empezando a comportar de forma especialmente hostil. Aloy, la protagonista de la aventura, es una joven de 19 años perteneciente a la tribu sagrada de los Nora. Sin embargo, a causa de una mancha imperdonable en su nacimiento, la chica vive como paria, alejada de los suyos. La aventura, por tanto, girará en torno al crecimiento del personaje hasta convertirse en heroína, a lo largo de un viaje en el que deberá encontrar respuesta a diferentes misterios; también al que entraña la naturaleza de su propia identidad. La nada revolucionaria premisa va evolucionando en una trama inesperadamente rica, con giros interesantes y bien calculados, abordando temas (tecnología, conocimiento, ética, identidad) que se engarzan en simbologías de marcado carácter femenino y matriarcal, y con un tratamiento bastante interesante desde el punto de vista antropológico. Una historia que, de paso, nos hace reflexionar sobre las relaciones que mantenemos con nuestra propia Historia, la que se escribe con mayúscula.

El desafío era grande. El estudio holandés no solo se enfrentó al reto de desarrollar una aventura rica y profunda partiendo de una premisa tan limitada (aunque atractiva) como la de «sandbox de matar robots«, sino que además daba el salto directamente desde una serie de juegos FPS (la saga Killzone), al desarrollo de un RPG de acción en mundo abierto. Pasado, presente, evolución, y futuro. Temas centrales tanto para Horizon Zero Dawn como para la propia Guerrilla durante ese periodo de transición. No obstante, pese al cambio de registro, se puede rastrear la huella de sus anteriores trabajos en esta nueva aventura. Si algo ha caracterizado a la mayoría de esos trabajos (preferencias personales aparte) ha sido la coherencia y la solidez. Por un lado, la coherencia interna de Killzone 2 (2009), donde ese peso casi opresivo de las armas y el personaje, y esa oscuridad de la paleta de colores iban en perfecta armonía con hacer frente a un régimen oscuro y aterrador, está presente en Zero Dawn. Por otro lado, el espíritu de Killzone 3 (2011), mucho más alegre y ecléctico, que cogía elementos de aquí y allá y los mezclaba sólidamente en un festival colorido y entusiasta del jugar rápido, jugar bonito, y jugar bien, también está presente en Zero Dawn. Concretamente, Killzone 3 y Horizon son hermanos de pulso, comparten el mismo feeling, esa intensidad tan bien resuelta, ese espectáculo visual que nunca es gratuito sino que funciona para dar empaque y reforzar las sensaciones puramente mecánicas. El mérito particular de este último es haber sabido trasplantar esas mismas sensaciones, directas y concisas, propias de un juego de acción de entorno cerrado, en una aventura de tintes RPG ubicada en un mundo abierto.

Imagen de 'Horizon Zero Dawn'

Si bien Guerrilla, según la opinión popular, carece de ese arrebato creativo de otros estudios capaces de generar ideas consideradas innovadoras, posee, por el contrario, un notable talento para absorber influencias y visualizar la mejor manera de encajarlas unas con otras. Con mejores resultados, en ocasiones, que los propios referentes. Y los referentes de Horizon están, al menos en la superficie, bastante claros. Se pueden identificar sin mucho esfuerzo rasgos de los últimos títulos de BioWare, especialmente de la saga Mass Effect, trazas en común con las franquicias Assassin’s Creed y Far Cry, y elementos de The Witcher, Skyrim, o Monster Hunter. Sin embargo, en este caso y creo que en casi cualquier caso, lo importante no es que se tomen elementos de un sitio u otro, o que no se tomen en absoluto, si es que tal cosa es posible. Lo importante es si su presencia está justificada y, sobre todo, qué se hace con ellos. Respuesta corta: sí, está justificada. Y el resultado es una aventura sobresaliente.

La respuesta larga es algo más compleja, sobre todo si intentáramos discernir cuál es el valor natural o añadido de una obra en función de su porcentaje de pureza u originalidad, y en relación a lo satisfactoria que sea su ejecución, frente al valor de aquellas otras no tan originales pero bastante mejor resueltas. Pero no lo vamos a intentar. Me interesa más explicar por qué Horizon es un juego tan especial a pesar de su apariencia de pastiche. Para empezar, porque el estudio no se ha limitado a copiar y pegar préstamos de forma poco intuitiva, sino que ha tomado aquellos elementos pertinentes para su idea de videojuego, les ha quitado la paja, ha enmendado sus fallas, y los ha ensartado en un esquema de juego perfectamente jerarquizado y funcional donde no sobra ni falta nada. Como si esto fuera fácil.

Imagen de 'Horizon Zero Dawn'

La exploración y el combate son los pulmones de la aventura, y ambos respiran al compás. No hay ni rastro de esa sensación de ruptura que se da en muchos otros juegos de corte similar, en los que, de alguna manera, se interrumpe una actividad en detrimento de la otra, se producen cambios de registro. El resto de elementos del juego dependen de la exploración y el combate o están contenidos en ellos de una manera igual de orgánica. Por ejemplo, las mecánicas de sigilo, que además de ser coherentes y de funcionar realmente bien, son empleables siempre que quieras y no solo cuando el juego te diga que justo ahí debes usarlas. El árbol de habilidades está reducido a su mínimo funcional para posibilitar variedad de acciones sin perderse en parámetros inútiles o destrezas que nunca vamos a usar. Lo mismo puede decirse del equipamiento, las armas y las opciones de personalización. El sistema de combate, contundente, versátil, y de una fuerte carga estética, nos cede una libertad apabullante para afrontar las batallas, que pueden ser todo lo indirectas o directas que a una le apetezca, sin dejar de lado en ninguno de los dos casos la vertiente táctica. Las misiones se distribuyen en un sistema flexible y dinámico que permite pasar de una a otra sin necesidad de cancelarlas, progresando por sus diferentes tramos a nuestro ritmo. Ni siquiera hay tutoriales en el sentido canónico, sino una serie de «tareas de aprendizaje» que puedes activar cuando quieras y que se integran en el transcurso de la aventura. Y como tantos otros sandbox, Horizon también deposita su confianza en el potencial evocador de un horizonte bien dibujado, pero a diferencia de tantos otros sandbox, este recurso no es un señuelo que te haga obviar todo lo que funciona regular más allá de ese horizonte, sino un marco acogedor que embellece, da contexto, y enaltece lo que ocurre en las distancias cortas.

Imagen de 'Horizon Zero Dawn'

Hay muchos aspectos de Horizon que superan ampliamente a otros juegos de corte similar. El sistema de combate, las mecánicas de sigilo, el equilibrio de las misiones, la intensidad de la aventura que no decae durante todo su transcurso, o la narrativa, son algunos ejemplos. Sin embargo esta superioridad del juego de Guerrilla se puede resumir en la tónica que marca el ritmo general del juego: la cohesión interna de todas sus mecánicas. El juego funciona tan bien porque todo está pensado para que funcione de manera interdependiente, no aislada.

Por tanto, un puñado de buenos elementos por separado, y arrojados a su suerte en un entorno sandbox, no constituyen necesariamente un buen juego. Lo que hace de Horizon un buen juego es la sensación de consistencia entre todos esos elementos, la coherencia del conjunto, y el ritmo. El endiablado ritmo. En este caso, ni siquiera el término sandbox le sería aplicable, si lo entendemos como un cajón de arena de grandes dimensiones sobre el que jugar, como si de un recipiente contenedor se tratara. En Horizon todo es una misma cosa, el juego es una potente y bellísima maquinaria en la que sus elementos, todos interdependientes, funcionan siempre a pleno rendimiento y al mismo nivel de relevancia. No se puede entender el sistema de combate de forma separada de, por ejemplo, la orografía del terreno, o de la belleza poderosa y a la vez frágil de las criaturas sintéticas, pero tampoco puede entenderse, o describirse, aislado del revestimiento visual, de esos prados de hierba roja azotados por el viento, de las lluvias torrenciales y las tormentas de arena, o de la plasticidad de los movimientos de Aloy y el tiempo bala que, de nuevo, están al servicio tanto de la mecánica como de la estética.

Imagen de 'Horizon Zero Dawn'

Todas estas piezas, su conjunto, tampoco pueden desligarse de la historia que bulle detrás: una compleja trama de ciencia-ficción que sabe tocar las teclas oportunas para resultar emocionante en no pocos momentos. Además, la historia conecta de forma magistral con todo el aparato visual-interactivo en uno de los mejores ejercicios de consonancia ludonarrativa que pueden encontrarse actualmente. Y de fondo, en algún lugar no identificado, hay como una rareza subyacente que hace que todo parezca extraño y marciano, manteniendo despierta y constante la sensación de maravilla.

Si bien el juego es un cautivador ejercicio gimnástico y estético que conjuga músculo y tacto, ferocidad y delicadeza, es el periplo personal de la cazadora Aloy, y el misterio que reposa tras la búsqueda de sus orígenes, lo que pulsa los interruptores necesarios para terminar de conectar emocionalmente con su propuesta. La excelencia técnica, el virtuosismo mecánico, y el desenfrenado espectáculo visual se ponen al servicio de la representación de un tipo de heroína, un tipo de vínculo emocional, y un tipo de aventura a la que quizá no estamos demasiado acostumbrados pero que era total y absolutamente necesaria en este momento. El periplo de Aloy y sus ancestros cristaliza en una representación de la fuerza y el coraje muy alejada de las claves masculinas con las que fuerza y coraje suelen representarse en el medio. Horizon Zero Dawn subvierte una serie caduca de lugares comunes en el devenir del héroe interactivo y moderniza los motores que impulsan su aventura.

Imagen de 'Horizon Zero Dawn'

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Publicidad

Horizon Zero Dawn

Año: 2017
Una potente y bellísima maquinaria en la que sus elementos, todos interdependientes, funcionan siempre a pleno rendimiento y al mismo nivel de relevancia.
Estudio: Guerrilla Games
Distribuidora: Sony Interactive Entertainment
Plataformas: Playstation 4