[Crítica] ‘Instrumental’ – Viaje al infierno, estancia y regreso de un genio del piano.

Podría hablar de Instrumental simplemente copiando y pegando los fragmentos más significativos, pero eso implicaría copiar el ochenta por ciento del libro y acabaría metiéndome en problemas con los derechos de reproducción de la obra. Así que simplemente me limitaré a explicar un poco de qué va el asunto.

James Rhodes es un genio. No hay más. Es un tipo que aprendió a tocar el piano de manera autodidacta y luego recibió clases (en el colegio, nada tan pijo como un profesor particular) durante unos años hasta que, de la noche al día, a los dieciocho años, lo dejó. Es importante señalar que no fue algo tan sencillo como abandonar una serie que ya no te gusta. Rhodes fue sistemáticamente violado por un profesor desde los seis a los diez años y la única manera que tuvo de vivir con semejante tortura, lo que realmente le salvó la vida, fue la música y en concreto tocar el piano. Abandonarlo fue como cortarse un brazo. ¿Por qué lo hizo, entonces?

Porque es un hombre destrozado psicológica y físicamente (como él dice, «no puedes meter algo muy grande en algo muy pequeño durante mucho tiempo sin causar un daño severo») que ha ido dando tumbos entre drogas, con prescripción y sin, autolesiones, períodos de interno en instituciones mentales y tantos problemas psicológicos que deberían considerar añadir un capítulo con su nombre en el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders. Sencillamente, un día decidió dejar de tocar. No hay explicación racional para un acto que simplemente buscaba ser una huida hacia adelante para intentar salir de su infierno personal. Y pese a todo, pese a los bandazos y los altibajos -aunque en realidad es gracias a ellos-, Rhodes es… no se me ocurre otra forma de decirlo salvo con las inmortales palabras de James Tiberius Kirk: una de las personas más humanas que he conocido. Y eso que le conozco sólo de su libro y de seguir su carrera, no es que seamos colegas y me invite a su cumpleaños. Pero sólo con eso ya es suficiente.

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Como decía, es un genio. Todos los genios están un poco más allá de la cordura que menos; Glenn Gould, por citar otro grandísimo pianista, también tenía su buen saco de particularidades y la gran mayoría de intérpretes y compositores clásicos o contemporáneos eran (y son) completamente disfuncionales, cuando no están seriamente dañados psicológicamente. Pero Rhodes no es un genio por estar tocado de la azotea, lo es porque tras diez años de no tocar un piano ni para quitarle el polvo se sentó en uno, tocó una pieza de Chopin delante del manager del mejor pianista del mundo simplemente porque éste le pidió que lo hiciera y le acabó impresionando tanto que le presentó a un profesor italiano, uno de los más prestigiosos, porque «chaval, olvídate de ser representante de músicos: tú tienes que ser concertista».

Sé de lo que hablo cuando digo que eso te convierte en un genio. Yo mismo he estado casi veinte años sin tocar un piano hasta este otoño y que me aspen si durante la primera clase era capaz de coordinar las dos manos (qué digo, dos manos; ¡con un dedo de cada mano a la vez me conformaba!) en algo que no sonara como el alma de Bartolomeo Cristofori pidiendo clemencia desde el Más Allá. Ni siquiera puedo empezar a entender qué significa sentarse al piano tras una década y tocar tan bien que impresiones al manager del mismísimo Grigory Sokolov. Es algo inimaginable, algo sólo al alcance de un genio. No sólo eso: alcanzar el nivel de concertista casi en la frontera de los treinta, tras una década de no tocar, en apenas cuatro años y sin haber pisado un conservatorio es algo que, si le preguntan a cualquier instrumentista profesional, les dirá que es prácticamente imposible. Y sin embargo ahí le tienen.

He mencionado antes que la música le salvó la vida. Cuando nadie le creyó, cuando su profesora le encontró llorando con sangre chorreándole por los muslos, cuando la respuesta del claustro fue «el pequeño James tiene que aprender a endurecerse», la música fue lo único que nunca le falló. Algo que siempre estaba ahí, la mejor parte de su vida y prácticamente la única parte buena durante muchísimo tiempo. Hay personas que son capaces de contagiar su entusiasmo por algo hasta el punto de hacer que te intereses y Rhodes consigue eso con la música clásica. Es capaz de hablar de Beethoven, Chopin, Ravel y Bach como si fuesen estrellas del rock. Como él mismo dice, estaba harto de verlos como semidioses, como figuras titánicas más allá de lo humano y tuvo que empezar a verlos como personas normales para poder entenderlos y apreciarlos. Y cuando reduces un dios a escala humana comprendes su obra más profundamente. Bach, además de ser el gran creador de la armonía, fue un ser humano con pasiones que amó, perdió y sufrió igual que todos. Beethoven, quien se echó la música tal y como se conocía al hombro y la llevó al período romántico él solo, casi muere dos veces apaleado por su padre antes de cumplir los dieciocho. Mozart, Schubert, Schumann, Haendel… Rhodes consigue acercar tanto a los compositores y a sus obras como cercanos están los artistas actuales en la era de Internet, y hace que llegues a apreciar su obra de una forma diferente. Cada capítulo del libro tiene su propia banda sonora, como es inevitable en alguien que no concibe la vida sin música, y además acompaña cada pieza con una breve introducción y justificación de por qué esa y no otra.

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La cercanía con la música clásica y sus círculos contemporáneos le hace ser, además, un iconoclasta. Rhodes da conciertos vestido con ropa de calle, explica un poco la pieza y sus circunstancias antes de ejecutarla e incluso bromea con el público, lo cual es anatema en los círculos más estirados en los que, al parecer, la liturgia es sagrada y Dios no quiera que saques los pies del tiesto aplaudiendo cuando no corresponde. Todo esto lo hace porque cree, correctamente en mi opinión , que «classical music needs an enema», que los círculos clásicos (intérpretes, sellos discográficos, premios, etc) tienen la cabeza demasiado metida en el culo, que son demasiado elitistas y alejan a la gente normal dando una imagen, tal y como ellos quieren, de club exclusivo al que sólo se accede si eres tan inteligente y culto como ellos. Esa gente olvida que la música clásica nunca fue así, que Mozart componía singspiel para el pueblo llano, que Bach componía misas que se interpretaban en iglesias corrientes, que Chopin componía estudios (aunque de una dificultad endiablada), que Schumann componía para comer y que interpretar estas obras sólo para una élite es ir en contra de su propia naturaleza. Según sus propias palabras, Beethoven se escandalizaría de ver en qué condiciones se interpretan sus obras.

Instrumental es un libro duro. Rhodes no se corta un pelo a la hora de explicar sus vivencias, aunque nunca traspasa la barrera del morbo. Si ha de explicar que su ex-mujer le pilló autolesionándose, escribiéndose la palabra «TOXIC» con cortes en el brazo, lo dice. Si ha de decir que chupaba pollas de profesores a los diez años a cambio de un helado, porque el abuso le había roto hasta tal punto que no veía nada raro en ello, lo dice. Pero lo cuenta con naturalidad, como quien explica que de crío solía robar en unos grandes almacenes. Para él, aunque vergonzoso en el fondo, supone una parte de su vida con la que ha llegado a términos, con la que se ha puesto en paz. Obviamente hay cosas que aún no cuenta y que en realidad ni siquiera salen de su cabeza, pero las que sí lo hacen fluyen con normalidad, como quien ha recibido una dosis masiva de pentotal sódico y simplemente narra una historia que aparentemente no va con él.

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Pero no sólo de horror vive este libro. En los momentos en los que brilla el sol, y brilla bastante a menudo, Rhodes se convierte en un crío risueño, en alguien cuya pasión por la música, por la vida, le embarga y le embriaga hasta el punto de hacerla contagiosa. Cuando Rhodes habla de música, cuando de verdad se explaya, consigue que su pasión traspase el papel y te invada.

Instrumental es el libro más humano, más desgarrador, más hermoso y vibrante que he leído en muchísimo tiempo. Es la historia de un hombre roto que es consciente de serlo, que abraza su imperfección mientras celebra la vida y sabe, con la certeza de quien lo ha vivido, que sigue estando a dos semanas realmente malas de acabar con una camisa de fuerza en la casilla de salida o, peor, muerto por su propia mano. Pianista de fama mundial, genio, figura televisiva, amigo de infancia de Benedict Cumberbatch y gran amigo de Stephen Fry (la anécdota de cómo se conocieron es genial), padre de un hijo que vive al otro lado del mundo y al que adora («en cuanto lo tuve en brazos supe que me arrojaría bajo un autobús para salvarle la vida») y al que sólo ve cuatro veces al año, James Rhodes es tan complejo, tan sublime, tan terrenal, tan vulgar y tan humano como cualquiera de nosotros. Instrumental es un libro que vibra en una frecuencia que armoniza con cualquiera de nosotros. Tal vez por eso su impacto sea tan grande.

 

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Instrumental, a Memoir of Madness, Medication and Music

Año: 2014
'Instrumental' no es sólo la biografía de James Rhodes. Es tantas cosas que es difícil de explicar, pero hay que intentarlo.
Editorial: Blackie Books
Autor: Autor: James Rhodes