[Crítica] ‘Juego de tronos’ S06E01 – A mal Martin, mucha sangre

El culebrón medieval-fantástico de HBO sigue perdiendo fuelle temporada tras temporada. O eso es lo que da a entender el muy flojo comienzo de su sexta etapa: ¿remontará el show en los episodios sucesivos, o se quedará en una Dinastía con dragones?

Como muchos otros, servidor se enganchó a los novelones de George R. R. Martin debido a los detalles. Los divinos detalles, que decía Nabokov, eran lo que salvaba aquello de convertirse en una saga más de fantasía y lo llevaban a otros lugares: ya se tratase de un secundario bien montado, de una anécdota hilarante o atroz olvidada tras unas pocas páginas, de una tradición o un chascarrillo inventado para darle más sustancia a una escena, la estratagema funcionaba. Después, cuando HBO lanzó Juego de tronos a la parrilla televisiva, hubo que constatar que la mayor parte de ese contenido se iba perdiendo por el camino. «Requisitos de la adaptación«, pensábamos, para después no darle más vueltas. El problema es que, después de cinco temporadas y con el calendario de los libros ya rebasado por el del audiovisual (y por la pachorra del autor), ese afán por ponerle carne sobre los huesos a los Siete Reinos de Poniente y sus aledaños parece haberse desvanecido. Y la serie está pagando por ello.

A lo mejor esto es una salida de tiesto, pero durante la quinta temporada de Juego de tronos, servidor captó pocos matices dispuestos a aportar color (pálido), sabor (rancio) u olor (nauseabundo) a ese mundo tan feudal y tan jodido, más allá de la inevitable sucesión de traiciones, conflictos y espantos varios que hemos de comentar, al día siguiente de la emisión, con los compañeros de la oficina. Sí, hubo una batalla con no-muertos de las de irse por las patas abajo, y la humillación pública de Cersei (esa Lena Headey dispuesta siempre a ir más allá de lo que exige el deber) consiguió que el público en general empatizase con una de las mayores bastardas de la historia de la narrativa mundial. Pero, oigan, allí como que faltaba algo: llámenlo pasión por lo creado, afán por dotar de grandeza al relato, o como quieran. Y si bien todavía puede ser pronto para juzgar, el comienzo de la sexta etapa del show no parece anunciar una mejoría de las cosas.

La trama de esta serie, que siempre ha sido tan bizantina como la de su original literario, ha ganado en concisión a base de esquilmar tramas, unificar personajes y otros recursos que redundan en un mayor enganche del espectador. Pero a estas alturas su mundo parece un mero telón de fondo y sus personajes, más allá de las vueltas y revueltas de los giros de guion, diríase que no se mueven por los impulsos que nacen de ellos mismos (que sí, que son personajes imaginarios, pero su conducta tiene que parecer plausible, por lo menos). Se mueven porque van hacia donde tienen que ir: hacia ese final que (bien planeado por Martin, bien por los responsables de la serie David Benioff D. B. Weiss) está ya previsto de antemano. Lo cual equivale a decir que no van a ninguna parte.

Véase, sin ir más lejos, al Theon Greyjoy de Alfie Allen, una criatura que no parece ir más allá de los tópicos del «malo que se vuelve bueno», humillaciones atroces mediante. En cuanto a la khaleesi Daenerys (Emilia Clarke), una figura que siempre ha dependido de los momentos épicos y más grandes que la vida para ganarse nuestra atención, ha acabado presa de un ciclo muy previsible: humillada primero, triunfante después, luego otra vez tragando polvo… y, o mucho nos equivocamos, o dentro de nada estará sembrando el terror con sus dragones otra vez, de la forma que los guionistas vean más conveniente. Al menos, ahora el incremento presupuestario permite mostrar un khalasar dothraki como una horda de millares de jinetes digitalizados, en lugar de como aquella fila de jamelgos que vimos en la primera temporada.

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Personalmente (y aquí es el fanboy quien habla), la metamorfosis que más ha acabado cabreándome es la de Brienne (Gwendolyne Christie), un personaje que ha perdido en la pantalla los matices quijotescos con los que la dotó el autor para encarnar un heroísmo mucho más convencional… y también mucho más aburrido. Bien por esta mujer de armas y por las palizas que no recibirá, mal por todo aquello que le da el encanto como criatura literaria: su ingenua, conmovedora nobleza pese a los hostiones, y su entidad de perdedora nata. Y, por favor, no hablemos de a qué han reducido a las Serpientes de Arena, que entonces me pondré a escupir veneno cual víbora dorniense. Una cosa es facturar una colección de villanas, y otra reducirlas a una mera colección de psicópatas.

¿Hay cosas buenas en este arranque de la sexta temporada de Juego de tronos? Pues sí: sin ir más lejos, la química entre Tyrion Lannister (Peter Dinklage) y el sibilino Varys (Conleth Hill), armada en torno al aprecio renuente entre dos personas que se estiman más de lo que quisieran, o de lo que confesarían. Y también está Maisie Williams, ese pedazo de actriz adolescente que dota a Arya Stark (la pequeña, patética asesina) con una verosimilitud y un mal rollo insospechables. El nivel técnico sigue siendo estupendo (con los millones que se deja HBO en cada temporada, más les vale), y ese spoiler final que ha corrido como la pólvora en redes sociales resulta efectivo, porque nos recuerda que algún día nosotros también seremos carne ajada y piel grisácea. Lo mejor que puede decirse, en general, es que Poniente sigue pareciendo más un mundo habitado que un escenario de cartón piedra, por más que habitar en él sea una condena.

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No nos engañemos: tanto sobre el papel como en televisión, tanto Canción de hielo y fuego como Juego de tronos nunca ha sido más que un culebrón con armaduras. Otra cosa es que jamás pretendiera ser algo distinto y que, entre sus grietas, a veces se colaran cosas diferentes, más entrañables o más universales (que, sospecha uno, no son precisamente aquellas que le molan a Pablo Iglesias). La deriva de la historia hacia lo rutinario no es del todo culpa de la serie, porque decir que Martin ha dado palos de ciego en los últimos tomos del novelón es, a estas alturas, un lugar común. Ahora, privada de la servidumbre hacia su original, la serie tiene dos opciones: o esforzarse por ser ella misma y despojarse de la rutina, o atenerse a ese viejo principio que reza «a mal Cristo, mucha sangre». O muchas traiciones, muchas vilezas y muchos sesos desparramados, que viene a ser lo mismo.  A HBO le toca mover, pero, cuando lo haga, ¿quedará alguien para presenciar lo que quede de partida?

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Año: 2016
Nuestros regresos a los Siete Reinos aportan cada vez menos sorpresas, y las sucesivas raciones de espanto y violencia van volviéndose rutinarias.
Director: Directores: David Benioff, D. B. Weiss
Guión: Guion: D. B. Weiss
Actores: Reparto: Peter Dinklage, Sophie Turner, Maisie Williams, Carice van Houten, Iain Glen