[Crítica] ‘La furia’ – Hardboiled coral en la Irlanda contemporánea.

La novela policíaca en Irlanda no solo procede del reverso tenebroso de John Banville o John Connolly. Kerrigan insufla mucha mala leche y tensión dramática a una historia que progresa in crescendo y que no puede quedar en el olvido.

La colección Al margen de Sajalín nos está dando muchas alegrías; sobre todo porque, aunque el contenido podría ser calificado como novela negra-policíaca, la heterogeneidad de autores que van siendo escogidos y sus diferentes estilos y temáticas van un poco más allá de etiquetas estándar: Dazai, Bunker, Gresham, Vern E. Smith (y, en el futuro cercano, el gran Charles Wileford) son buena muestra de ello. El caso es que el resultado está denotando un muy buen gusto además de estar acompañados por ediciones cuidadas y traducciones conseguidas.

Otro gran ejemplo de este catálogo os lo traigo a continuación en la persona de Gene Kerrigan, periodista irlandés autor de La furia, novela negra por la que ganó en el año 2012 el prestigioso Gold Dagger Award que entrega The Crime Writers’ Association. Kerrigan compone un relato que busca más la coralidad que el solipsismo de un detective al uso y lo ambienta en una Irlanda contemporánea azotada por los coletazos de la crisis económica. Con estos ingredientes me gustaría hacer hincapié en estas características que definen esta lectura más allá de la trama.

casas-irlandesas

Hablemos de la situación: “-Siento cierta curiosidad acerca de cómo van a arreglar este follón: bancos que quiebran, colas de gente pidiendo comida –dijo James-. Cuando era joven, iba por ahí puño en alto, cantando el himno laborista, toda esa mierda. Ahora los sindicatos han pasado de moda, pero tuvimos que luchar por todo lo que conseguimos: más salario, menos horas, mejores condiciones. Hoy en día es como si todo el mundo estuviera agradecido por ser una unidad de producción, porque te enchufen o te desenchufen según la voluntad del patrón.

Irlanda, como España, ha sufrido por la crisis debido sobre todo a la burbuja inmobiliaria que desencadenó lo que ya todos sabemos: bancos sin crédito para afrontar las deudas, personas que van al paro, empresas que no pueden luchar contra los pagos, etc. El irlandés nos muestra una conexión con un pasado que fue muy diferente por el grado de implicación, y no duda en llamar conformistas a los que sufren la situación actual. Una de las características del capitalismo es conseguir que aceptemos lo que nos sucede porque no podemos hacer más de lo que se está haciendo. En este marco, muy actual, es donde ambienta una serie de sucesos que darán lugar a varias líneas de actuación según el personaje que hable. Ante la uniformidad de lo colectivo confrontará a tres personajes que utilizará para desencadenar las líneas narrativas. Tres puntos de vista, tres formas de avanzar distintas y únicas en sí mismas.

Triunvirato narrativo

-Bob Tidey: la honestidad. Tidey lleva veinticinco años en el cuerpo luchando contra el crimen, personifica lo que debe hacerse. No es especial, solo un humilde detective que intenta hacer lo mejor posible su trabajo, a pesar de que, a veces, tenga que enfrentarse al orden establecido que le subyuga, como en esta conversación de su superior O’Keefe con él:

-Deja que te explique una cosa, Bob. Tú no eres Sherlock Holmes, no eres Sam Spade. No tienes ningún mandato para pasearte por los barrios bajos buscando misterios que resolver. Y tampoco eres Batman, ni estás aquí para limpiar Gotham City.

-Conozco mi trabajo.

-Eres un servidor público. Se te ha entregado un expediente y se te ha dicho que interrogues a cualquiera que pueda tener respuestas. Luego devuelves el expediente y pasas página. Los demás decidirán qué hacer con ese expediente.

Y lo hace a pesar de que su situación personal no sea la más adecuada. Separado de su mujer, necesitado de cariño, de un perdón que no se le concede; como mucho, algún momento de expansión: “En esos cuatro años, Tidey no había tenido ninguna relación que durara más de un par de semanas. No tenía ni idea de qué clase de vida llevaba Holly. Una noche, melancólica y un poco borracha, llamó a Tidey y lo invitó a pasarse por casa.

-Estamos bien, ¿no? –dijo Tidey antes de abandonar la casa aquella noche.

-Tú y yo nunca estaremos bien.

-¿Nunca me perdonarás?

Holly levantó la mirada.

-Esta noche necesitaba que alguien me abrazara. Y necesitaba un polvo sin el rollo habitual. Y todavía me gustas, todavía te deseo. Y no, nunca te perdonaré.

Para Tidey lo mejor sería que todo se resolviera sencillamente: “El caso del asesinato ideal para un agente de policía no es aquel en el que aparecen pistas y coartadas, venenos desconocidos y móviles rocambolescos. El asesinato ideal es aquel en el que se sabe que la víctima cabreó a alguien, y cuando llega la policía ese alguien está junto al cadáver con un hacha ensangrentada en la mano. Con un poco de suerte, varias personas habrán presenciado lo que ocurrió y alguien habrá descargado un vídeo del asesinato de treinta segundos en Youtube. Cualquier cosa más complicada ya era un dolor de huevos.”

Afortunadamente, a pesar de esta posible comodidad, conseguirá salir de lo establecido para poder realizar su labor.

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-Vincent Naylor: la ansiedad.  Naylor, recién salido de la prisión, quiere encauzar su vida a su manera; es la contraposición de lo que representa Tidey: “Sacudirle al friqui había sido divertido, pero no valía la pena correr esos riesgos. Se habían acabado las chorradas impulsivas, a partir de ahora solo negocios. Vincent Naylor sabía que ni con todo el cuidado del mundo podía impedir que algún día se le acabara la suerte. Pero antes obraría con inteligencia. Se dejaría de chorradas e imprudencias. Solo negocios. Los negocios son los negocios y la diversión es la diversión. Y si tienes claro que lo primero es lo primero, te queda mucho tiempo para lo segundo.

De hecho, no duda en hacer lo que haga falta para que esto suceda; va más allá de limitaciones éticas, si necesita matar a alguien lo hará, porque ya lo ha hecho y una vez se cruza esa línea no hay marcha atrás. Sorprende la frialdad a la hora de narrar un hecho de tanta gravedad: Kerrigan no duda al pintar un enemigo de este calibre, es creíble y, según se desarrollan los hechos, desencadena una venganza de sangrientas consecuencias: “En sus trabajillos había llevado armas no más de media docena de veces, y solo en dos ocasiones había disparado a alguien. La primera vez se cargó a un listillo que le tocaba las narices a Mickey Kavanagh, un jugador que de vez en cuando le daba trabajo. Simplemente se colocó a la espalada del tipo y le pegó un tiro detrás del oído izquierdo. Antes de que aquel pringado cayera al suelo, Vincent ya había echado a andar.

Mickey estuvo generoso, pero el dinero no fue lo más importante, sino que Vincent se demostró a sí mismo que era capaz de hacerlo. Era una línea que, una vez la cruzabas por primera vez, te hacía distinto al resto del rebaño. Te señalaba como a alguien capaz de arreglárselas por su cuenta sin tener que depender de nadie. Lo que más sorprendió a Vincent fue que tampoco era nada del otro mundo. No sentía ningún impulso de volver a hacerlo, pero sabía que no se cortaría si había que repetirlo.

-Maura Coady: el remordimiento. El tercer eje narrativo es una monja retirada, acosada por el dolor, necesitada de una expiación porque se declara culpable; es reveladora la conversación que mantiene Tidey con ella; ante las dudas del detective ella no duda en reconocer sus malos actos en el pasado: “-Algunos, pero no todos. Ni siquiera casi todos. Y no todos los sacerdotes violaban a niños, ni todas las monjas les daban palizas. En este trabajo, si quieres ser de alguna utilidad, enseguida aprendes que hay que tener una mentalidad abierta.

-¿Inocente hasta que no se demuestra la culpabilidad?

-Algo así.

Maura se quedó allí sentada, como si algo le rondara por la cabeza. A continuación dijo:

-Soy culpable.

Precisamente, Kerrigan usa esos remordimientos para resolver la trama, la capacidad de observación de la ex monja unida a su necesidad de expiar sus pecados servirá para frustrar un robo por un lado, y para originar una sucesión de muertes por otro lado. Coady lucha cada día por reconocer lo malo que ha hecho en su vida y sabe que no hay redención, lo único que la queda es vivir con esa situación: “-Toda mi vida he creído en el sacramento de la confesión, pero siempre me he preguntado si no era, bueno… algo un tanto cómodo. –Una triste sonrisa le cruzó la cara-. Nadie tiene derecho a hacer borrón y cuenta nueva, excepto la gente a la que perjudicamos. Y ahora están ahí fuera, luchando por seguir adelante con su vida. Nuestra culpa no es su problema.

-¿No hay redención?

-Y no debería haberla. Simplemente hay que vivir con ello, creo. Reconocer nuestros actos y vivir con ellos.

Es la actitud de Coady la que refleja donde Kerrigan nos quiere llevar: hacia la imposibilidad de obtener perdón cuando se hace mal a los demás. El impresionante acto final, cargado de violencia por todas las muertes que se producen (y la forma en que se producen, con un Naylor desatado), nos deja un atisbo de esperanza y un regusto de calidad enmedio del paladar. Esa sensación de haber leído una gran novela.

Los textos provienen de la traducción de Damià Alou de La furia de Gene Kerrigan para la editorial Sajalín.

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The Rage

Año: 2015
Un retrato actual de la Irlanda contemporánea a través de sus protagonistas: los criminales y sus captores.
Editorial: Edita: Sajalín Editores
Autor: Autor: Gene Kerrigan