[Crítica] ‘Langosta’: El poder del amor y el compromiso

La nueva película de Yorgos Lanthimos es, sin duda, la que posee una vocación de mayor alcance. Rodada en inglés y con actores de Hollywood, Langosta quiere ser un blockbuster del cine de autor. No hay que temer por la independencia creativa del director de... ehm... Canino (2009): la avalancha simbólica de alta gradación no solo sigue empapando cada instante del metraje de Langosta, sino que en ciertos aspectos, Lanthimos está más certero e indomesticado que nunca.

Alps (2011) supuso un relatio bajón en la trayectoria de Lanthimos. No por su falta de calidad, de la que andaba sobrada, sino porque parecían haberse atenuado algunos de los rasgos más fascinantes de Canino, aquellos que la hicieron destacar en 2009: su atmósfera no explícitamente distópica; su critica a una institución -la familiar- a la que rara vez se contempla con tanta visceralidad e implacabilidad; sus ocasionales momentos de humor ridículo y situaciones chocantes, empleadas como armas arrojadizas al espectador que sirven no solo para epatar, sino también para construir el mensaje; y, por encima de todo, una clara intención metafórica que se balancea con inteligencia entre lo obvio y lo críptico, de tal manera que el espectador acaba su viaje por el universo de Canino con la sensación de que ha entendido solo parte de lo que se le ha contado. Y no solo es suficiente, sino que es casi un alivio. Todas esas características volvian en Alps, pero estaban difuminadas, eran mucho más sutiles, y en un director que hace del contraste entre la obviedad y lo inaccesible una de sus mejores armas, la segunda película de Lanthimos funcionaba a medio gas.

Con Langosta, el director griego recupera algunos de los rasgos más brillantes de Canino, pero quizás su intención de hacer una película más comercial hace que el conjunto no se banalice, sino que se potencie: las imágenes son más asequibles, las interpretaciones más empáticas, el conflicto más universal. El humor raro no se normaliza, pero se entiende mejor que es humor (de acuerdo, en este caso sí se banaliza un pelín, pero es que esto era una cosa inmarcesible). El mensaje, en fin, apela a una cuestión igual de peliaguda que aquel «la familia es la célula de la sociedad moderna aunque sea cancerígena desde la Edad de Piedra» que cantaba Siniestro, y que bramaba Canino. Igual de contundente, decimos: esta vez Lanthimos, a través de Langosta, nos dice que igual no pasa nada si no tienes pareja.

Para hablar de esta presión social a la hora de no quedarse solo la película plantea una serie de metáforas, unas más obvias que otras, pero todas coloristas y, sin embargo, pesimistas: el límite de tiempo antes de convertirse en animal, la búsqueda de almas gemelas autoengañándose con detalles tan ridículos como los tics faciales, el lamentable proceso de cortejo y oficialización de las parejas, los celos, las traiciones y finalmente, la libertad de una relación pura que cae, por supuesto, en los mismos problemas autoimpuestos que las relaciones oficializadas. Toda la maravillosa e inconformista (solo hay que hacer el cálculo de cuántas películas nos hablan de encontrar los amores de nuestras vidas y cuántas, cómo esta, nos empujan a encontrar una vida válida por sí misma) diatriba de Lanthimos está envuelta en un hallazgo conceptual que, pese a lo que pudiera parecer, no es el tema de los animales que da título a la película y cuyos primeros compases de la trama parece que va a centrar la acción. Ese hallazgo es el hotel.

Es el hotel lo que, aún más que la casa fortificada de Canino, refuerza la idea de una institución de tintes distópicos. La organización, la rutina, las elegantes y mortecinas líneas arquitectónicas del edificio, el lujo vacuo y las reglas arbitrarias son la perfecta reducción al absurdo de todo lo que está mal en nuestras civilizadas vidas y en todo lo que damos por sentado. Colin Farrel y Rachel Weisz están, en este caso, escogidos al milímetro para interpretar a los protagonistas de Langosta: y no solo porque encajan perfectamente con el estilo actoral que requiere el griego, que a menudo paece mover y motivar a sus actores como si fueran piezas de un juego de mesa y no como auténticas personas -lo que sin duda contrasta con el carácter profundamente humanista de su cine-. Farrell y Weisz parecen estar sedados por dentro y moverse por impulsos intuitivos, algo que posiblemente choque con la incomprensión de parte del público, pero no con quienes conozcan el cine de Lanthimos. Están sencillamente perfectos por su adecuación, como engranajes, en la maquinaria metafórica que propone el director griego.

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Langosta no es solo una de las mejores películas del año: es un ejemplo a seguir. Se puede ser una película divertida y cáustica, a la vez que reflexiva. Simbólica y severa, y accesible y modesta. Langosta es una película fascinante porque no se permte subestimar a su publico pero tampoco quiere darle nada masticado: Langosta es justo lo contrario que esa terrible sociedad, paternalista e ininteligible, que disecciona con gran acierto. Una que, por desgracia, nos resulta angustiosamente familiar.

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The lobster

Año: 2015
El director de 'Canino' y 'Alps' enhenbra su película más comercial y sutil hasta la fecha sin perder ni una sola de sus señas de identidad: metáforas a bocajarro y desolación finisecular.
Director: Director: Yorgos Lanthimos
Guión: Guion: Yorgos Lanthimos, Efthymis Filippou
Actores: Intérpretes: Colin Farrell, Rachel Weisz, Léa Seydoux, John C. Reilly