[Crítica] ‘Miles Ahead’: Los embustes del ‘jazzman’ eléctrico

El biopic de Don Cheadle sobre Miles Davis presenta una paradoja enorme: cuando más pretende ajustarse a los hechos, más mentiroso resulta, mientras que sus partes asumidamente fantasiosas son las que más se ajustan (en espíritu) al musicón eléctrico del trompetista.

Dada la forma en la que cierta intelectualidad (por no llamarla «progresía», aunque suene feo) se ha apropiado del jazz y de sus cosas como emblema de cierto fetichismo rancio, uno tiende a ser indulgente con una película como Miles Ahead. Incluso demasiado indulgente. En especial, al ver cómo Don Cheadle ha procurado obviar en esta película buena parte de la iconografía mohosa que podría evocar la figura de un gigante como Miles Davis. Aunque a veces asomen la pata, tropos como el club lleno de humo y penumbra, la drogadicción lastimera o esa mística de la música marginal tomada como metáfora de según qué cosas se hallan ausentes casi por completo del filme, algo muy de agradecer. Logros como Alrededor de la medianoche (Bertrand Tavernier, 1986) son muy escasos, y bastante daño hicieron ya atrocidades como El invierno en Lisboa (tanto la novela original de Antonio Muñoz Molina como su aún más penosa adaptación al cine -1990-) para tener que aguantar otra ración de lo mismo.

Afortunadamente para el espectador, Cheadle es consciente de que una figura como la de Davis (cuya carrera de trompetista y bandleader abarcó casi cinco décadas y cosechó demasiados logros como para enumerarlos aquí) no cabe ni de lejos en un largometraje. Menos aún en uno como este, levantado con palos y cañas a lo largo de casi una década de preproducción, y que, para colmo, supone el debut como director de su máximo responsable. En una pirueta atrevida, elucubrada en colaboración con los familiares supervivientes del músico, Miles Ahead presenta a Miles Davis como una figura más cercana al mundo del hip-hop (y, por lo que sabemos, a lo que realmente fue la escena jazzística durante sus años más creativos y salvajes) que a la iconografía labrada por escritores y críticos: el chulo definitivo, el gangsta supremo que pasó del be-bop al cool y al jazz modal, y de ahí a lo eléctrico y lo funky, sin dejar nunca de comportarse como un macarra y un bastardo. Ni de vestirse como un pincel, tampoco. De ahí que, en lugar del cuento habitual sobre un músico en decadencia, la trama que sirve de armazón al filme convierta al Miles de sus ‘años perdidos’ (ese lustro, de 1975 a 1980 aproximadamente, que el insigne se pasó encerrado en su casa y drogándose como un condenado) en protagonista de un thriller de acción con mucho de blaxploitation, sin escatimar un solo tópico del subgénero.

Así pues, la historia (ficticia, claro) en la que un Davis muy emputecido recorre los bajos fondos de Nueva York en busca de una grabación misteriosa resulta, como poco, tontorrona. ¿Y qué? Eso, al menos, sirve para escatimar las servidumbres más vergonzosas de las biografías en formato película, y además permite echarse unas risas viendo cómo Cheadle (quien, a todo esto, se revela como un director estupendo) les saca punta a mil y un lugares comunes de lo gangsteril y lo policíaco, desde la persecución de coches hasta el regateo con un camello, pasando por el inevitable tiroteo final. Incluso la presencia de Ewan McGregor (reclutado, según confesión del actor y director, dada la necesidad de una estrella blanca que atrajese inversores a la película) resulta de agradecer, por lo imprevisto de su personaje: aquí no hablamos del acostumbrado intelectual europeo fascinado por la Gran Música Americana, o de un músico en ciernes en busca de lecciones, sino de un periodista vivales y drogota de la Rolling Stone (la Rolling Stone de Hunter S. Thompson, por suerte) con muy pocos escrúpulos y muchas ganas de vender a quien sea a cambio de un buen reportaje, algo que sirve para darle tensión a la dinámica de una buddy movie. Eso, por no hablar de las risas al ver la facha que gasta el escocés vestido como un pimp wannabe con pata de elefante.

¿Dónde está el secreto de este gozoso despropósito? Pues dónde va a estar: en la música. Por mucho que Cheadle haya echado el resto a la hora de rodar la parte más loca de su película, hay que admitir que el efecto de sus imágenes no sería el mismo si éstas no viniesen acompañadas por fragmentos escogidos de On the Corner, de Filles du Kilimanjaro o de Bitches Brew, por mencionar sólo unos pocos discazos a los que acude su banda sonora. La argucia, por lo demás, resulta justificable. Con los discos de su primer período eléctrico (el que abarcó desde 1969 hasta 1975), Davis le puso acordes a la mejor película nunca rodada sobre detectives motherfucker y amazonas con pelo afro que se abren paso a tiros por Harlem para darle en los huevos al hombre (blanco). De este modo, justo es que dichos sonidos hayan acabado sirviendo como inspiración para un relato como este, que bien podría ser el primo musiquero de Las noches rojas de Harlem (es decir, de Shaft -1971-).

Mientras que la mitad delirante de la película cumple con dignidad, no puede decirse lo mismo de sus capítulos ‘serios’. Porque, aunque la historia de amor de Davis con Frances Taylor (una Emayatzi Corinealdi sensible y espléndida) tenga su interés, sólo sirve aquí para recordarnos las múltiples trampas del biopic como género. Si bien algunos de los momentos de Cheadle tras la cámara residen en estas partes de la película, uno no puede evitar que se le arrugue la nariz al ver a actores con poca presencia, figurantes casi, haciendo bulto en los papeles del arreglista Gil Evans o de los miembros del Segundo Gran Quinteto (Herbie Hancock, Wayne Shorter, Ron Carter Tony Williams: loor a sus nombres). Por no hablar de los datos que nos escamotea, bien en pro de la brevedad, bien de otras cosas. Como la multitud de hijos que Davis ya había engendrado antes de casarse con Taylor, y para los que fue (¿alguien lo dudaba?) un padre tirando a nefasto. O la bisexualidad del músico, esa que sus biografías más documentadas (la de Ian Carr por ejemplo) reconocen, pero que suele mencionarse de pasada y con la boca pequeña. Al menos, nos libramos de peroratas sobre su vínculo juvenil con Charlie Parker Thelonious Monk. En cuanto a John Coltrane, por si alguien se lo preguntaba, sólo se lleva una mención de labios del villano Michael Stuhlbarg, y a Jimi Hendrix (que tan influyente fue para Miles en su abandono del jazz ortodoxo) ni se lo menciona.

Aun y pese a esto, reconozcamos que Cheadle ha rodado el mejor biopic posible (con énfasis en lo de «posible») sobre Miles Davis. Porque no hace falta ser un gran experto en jazz para saber que la música del trompetista resulta compleja, llena de cambios imprevisibles, gloriosa en su caos aparente y en su disciplina profunda… pero nunca jamás (ni siquiera en esos 80 durante los que entregó la mejor versión posible del Time After Time de Cyndi Lauper) resulta aburrida o insípida, siempre que uno se preste a entrar en su juego. Y, aunque Miles Ahead resulte criticable en muchos aspectos, lo aburrido o lo insípido son dos baldones que evita como la peste. De la misma manera que Davis en el último tercio de su carrera, aspirando a conjugar el viejo jazz con el nuevo funk, este filme aspira a unir el homenaje a uno de los mejores músicos de todos los tiempos con una trama trepidante que haga justicia a su sonido. Si alguien entra a verla por curiosidad y, tras exponerse a ella, sale de la sala con curiosidad de escuchar So What? Miles Runs the Voodoo Down, pues eso que hemos ganado todos.

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Miles Ahead

Año: 2015
El debut como director de Don Cheadle rinde un homenaje macarra y digno, si bien no exento de defectos, a la figura de Miles Davis y al jazz eléctrico de los 70.
Director: Don Cheadle
Guión: Steven Baigelman, Don Cheadle
Actores: Don Cheadle, Ewan McGregor, Emayatzy Corinealdi