[Crítica] ‘Star Wars: El despertar de la Fuerza’ – Un renacer apasionado, pero con poca magia

A fuerza de esa pasión que tan poco se le notaba en sus entregas de Star Trek, J. J. Abrams ha dotado a la saga galáctica de un nuevo capítulo que, si bien no hará historia, sí se las apañará para mantener a raya a los cínicos.

“Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes”, sentenció el viejo Yoda. Y, obedeciéndole, hemos de aceptar que la única forma de hacer esto es arrancar usando un topicazo y diciendo que Star Wars: El despertar de la Fuerza es una película que aspira a un imposible. No porque la primera entrega de la saga, aquella que George Lucas estrenó en 1977, resulte insuperable como obra de arte (mejores películas de aventuras espaciales las hay a puñados, aunque pocas sean tan míticas) sino porque J. J. Abrams se ha obligado a evocar, aunque sólo sea un poquito, ese asombro que inundó a los espectadores hace 38 años. Una fascinación tan naif como histórica, nacida al atisbar un mundo que, si bien no era enteramente nuevo, sí aparecía de forma más vívida que nunca hasta entonces.

Ahora, 32 años después de El retorno del Jedi, todos sabemos que Darth Vader es el padre de Luke Skywalker, que el propio Lucas hizo avanzar su serial a base de tumbos y vacilaciones (ahí quedan las precuelas para probarlo) y que, si Disney se ha empeñado en reactivar Star Wars, es porque la compra de Lucasfilm le hizo desembolsar sus buenos millones. La cruda realidad nos obliga a ver El despertar de la Fuerza como la puesta en valor de un activo comercial antes de que su merchandising deje de ser uno de los más rentables de Hollywood. Algo irónico, si pensamos que la saga nació como un esfuerzo prácticamente indie, y también triste, cuando constatamos que esto nos impide mirar la película de Abrams con ojos, ya que no inocentes, sí dispuestos a dejarse seducir. La prueba definitiva, pues, consiste en analizar si el filme puede sobreponerse a los años, y al desencanto.

Nuestra respuesta a esa pregunta es un “sí, pero con muchos reparos”. Sobre todo, nos parece a nosotros, porque el Lawrence Kasdan de 2015 no es el mismo de 1981, cuando pergeñó ese folletín vertiginoso titulado El Imperio contraataca. El guionista, acompañado a las teclas por Michael Arndt y por el propio Abrams, parece ahora mucho más interesado en dotar a sus personajes con momentos de brillantez que en encuadrarlos dentro de un universo que dé sentido a sus peripecias. Y eso lleva a una paradoja enorme: gracias al CGI, al cuidado que el director ha puesto en cada fotograma y al propio devenir de una historia itinerante, la Galaxia Muy, Muy Lejana parece un lugar más amplio, más variado y más rico en paisajes que nunca. Y, sin embargo, tenemos muy poquita idea de qué está ocurriendo en ella a gran escala. Tan poca, de hecho, que corremos el riesgo de perder el interés por la Nueva República, por la Primera Orden (unos villanos que resultan casi tan flojos como los Separatistas y la Federación de Comercio en las precuelas), por los Caballeros de Ren y por la madre que los parió a todos. Una pena, porque el auténtico macguffin de la historia sí resulta eficaz, y podría haberse aprovechado sin la necesidad de fingir espasmos épicos.

Pero, para alivio de warsies y de espectadores en general, esta pérdida de interés no llega a desembocar en hastío. Sospechamos que aquellos, sean o no fans de toda la vida, que afirmen no haberse emocionado siquiera un poquito durante el transcurso de El despertar de la Fuerza mentirán como bellacos. ¿Por qué? Pues, para empezar, porque hablamos en serio cuando decimos que Abrams ha puesto todo su talento visual en la cinta. Este crítico, que tiene serios reparos ante la obra de J. J. , debe admitir que muchos planos del filme son auténticas maravillas de luz, de composición y de ese ‘algo’ que se echaba mucho de menos tanto en Star Trek (2009) como en Star Trek: En la oscuridad (2012): el entusiasmo. No es ningún secreto que al director le van más las cosas de la Alianza Rebelde que las de la Federación, y aquí eso se nota cosa fina.  Es más: si la película se regodeara más en ese tono de fan film que la invade a veces, y al que debe sus mejores momentos, nuestro veredicto sería totalmente positivo.

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Lo mejor de dicha imaginería, además, es que no está hueca en absoluto. Parece mentira, pero un libreto con una hilazón tan floja como el de El despertar de la Fuerza aparece inusitadamente lleno de personajes cuyas aventuras no nos importará en absoluto seguir durante otros dos capítulos: será porque Abrams es mejor director de actores que Lucas (nada difícil, siendo su parangón a superar el hombre del “más rápido y más intenso”) o porque el reparto del filme ha sido seleccionado entre fans, veteranos con mucho carácter y buenos actores a secas, pero el caso es que las figuras principales de la historia aparecen frescas, motivadas y dispuestas, bien a batirse entre sí, bien a luchar codo con codo.

En este apartado, la campeona absoluta es Daisy Ridley: no sólo porque se la vea dispuesta a emplearse a fondo incluso en las escenas más inverosímiles, sino también porque su personaje rebosa sentimiento y carisma. Dos factores, mira tú por dónde, de los que Luke Skywalker siempre anduvo escaso. Y, si bien John Boyega, Oscar Isaac y Adam Driver (efectivamente: Kylo Ren es poco más que un Darth Vader wannabe… y ahí reside su interés) cumplen de sobra con su cometido, la prueba definitiva de que El despertar de la Fuerza rinde más en los planos cortos que en las batallas espaciales está en ese Harrison Ford al que vemos ágil e incluso (¡glups!) entusiasta en su papel de Han Solo. Su regreso como ese contrabandista truhán, sentimental y desastroso es de los mejores recuerdos que uno puede llevarse del cine.

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Para ir terminando, toca hablar de uno de los aspectos más espinosos de la película: su relación con el canon anterior de la saga y con sus devotos en general. La consecuencia más inmediata de esta relación es un tira y afloja a consecuencias del cual el conjunto sufre mucho. No es ningún spoiler decir que la estructura del argumento sigue casi punto por punto a la del filme de 1977, debido a lo cual muchos momentos provocan déjà vu. Esto, una vez más, es relativo, porque algunas de las nuevas variaciones sobre viejos temas están realmente logradas y provocarán un supino placer a los fans. Quien suscribe, sin ir más lejos, recordará durante mucho tiempo ese escalofrío de gusto que sintió al escuchar las palabras “montón de chatarra”, anticipando la aparición que éstas anunciaban. Un escalofrío que se intensificó, además, al comprobar que dicha aparición resultaba, además de emocionante, dinámica y bien resuelta.

Como señalábamos al principio, El despertar de la fuerza obedece a una maniobra que busca captar nuevos adeptos para la saga, así como fidelizar a los veteranos. ¿Lo conseguirá? Difícil decirlo: en el fondo, esta no deja de ser una Star Wars para una generación sobreestimulada, dirigida por un admirador del serial que se ha empeñado en llenarlo todo de guiños cómplices y momentos de exaltación no demasiado eficaces. Pese a ello, la cinta transpira una pasión que puede inmunizarla (en parte, al menos) contra el cinismo y las ganas de demoler mitos. Ahora, sólo queda ver cómo se las apaña Rian Johnson (Brick, Looper) con el próximo capítulo.

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Star Wars: El despertar de la Fuerza

Año: 2015
El tira y afloja entre la necesidad de contentar a los 'fans' y el afán de ganar nuevos adeptos para la saga convierte al 'Episodio VII' en una criatura más melancólica de lo que cabría esperar
Director: Director: J. J. Abrams
Guión: Guion: Lawrence Kasdan, J. J. Abrams, Michael Arndt
Actores: Reparto: Daisy Ridley, John Boyega, Harrison Ford, Adam Driver