Crítica – ‘Star Wars: Los últimos Jedi’: Una valiente sacudida al dogma con alguna tecla desafinada

Rian Johnson entrega un capítulo rico en espectáculo y secretos que sorprende por su cualidad casi autoconsciente, como un pequeño desafío a los códigos internos más rígidos de la saga, al mismo tiempo que toca algunas de las notas menos afortunadas del blockbuster populista de CGI al peso. Excesiva, épica, y con una oscilación inestable entre el drama y el humor, la octava entrega del culebrón galáctico alterna grandes momentos de carne de gallina con escenas innecesarias, subtramas fuera del tiesto y nuevos personajes prescindibles.

Esta crítica no contiene spoilers.

Buscar la eterna comparación de nuevas entregas con el resto de películas de Star Wars resultaba un ejercicio divertido cuando había poquitas. Ahora, con el rancho anual de un blockbuster-evento de cada navidad, el ranking se antoja complicado por varias razones. La principal es que el efecto de acumulación empieza a crear un tapón de saturación de sables l-aser, viajes a la velocidad de la luz, Fuerza, relaciones paternofiliales y space opera de millones de dólares, con el resultado de que por mucho destructor imperial que salga en ellas, cada nueva entrega tiene más difícil aquello de epatar al personal. Desde luego, en estas continuaciones directas de la primera trilogía, culpable de la popularidad del juguete, se nota que se les pone más mimo y esfuerzo en la mayoría de fotogramas que en sinsabores como Rogue One – Una historia de Star Wars (2016). Y claro, también tienen a Han, Leia y Luke, que ofrecen un valor añadido sobre el que se sostiene la ansiedad del fan entrega tras entrega.




Dicho esto, quizá es conveniente dejar claro desde el principio que Los últimos Jedi no es “la mejor de la saga” desde El Imperio contraataca (1980). Posiblemente ni siquiera lo sea de la nueva trilogía. Es probable que a algunos les guste más que El despertar de la Fuerza (2015), por el feedback de la vieja guardia de los aficionados incapaces de ver más allá de su estructura similar a La guerra de las galaxias (1977). Incluso algunos lo afirmarán por su posición en medio de la trilogía, que por inercia la coloca como un nuevo Episodio V, y por tanto, automáticamente, mejor. Pero lo cierto es que como conjunto, la nueva película de Rian Johnston es más imperfecta y aparatosa que la que dirigió J.J. Abrams. Los que no entraron desde el principio también están invitados a utilizar a este Episodio VIII como bacinilla de su disconformidad, esta vez con motivos más tangibles y estrepitosos como la deriva narrativa en la que bucea en el segundo acto.

Cortar el cordón umbilical del pasado

Lo que nadie podrá negarle a Johnston, sin embargo, es su contundencia a la hora de rodar acción y grandes panorámicas en movimiento, llenas de atención por el detalle y grandeza visual que invitan a la revisión en años venideros. El director no parece tener dificultad para crear piezas de espectáculo regio, la mayoría bien integradas en la trama, y ofrece su mejor versión en la escena de apertura, que pone el listón bastante alto desde el principio, y de la que nunca llega a recuperarse del todo. Rápidamente, la escaramuza rebelde sienta las bases del tono, entre la película bélica clásica que podría firmar J. Lee Thompson o David Lean y el pulp sesentero naïf de la space opera de la que bebe. Es decir, que nadie se espere una sobrecarga de oscuridad y horror porque ya tocaba: el tono es igual de aventurero que la anterior, lleno de animalillos poniendo caras, criaturas y robots haciendo ruiditos y monerías y un desprejuiciado uso del humor bobalicón que en ocasiones hace cuestionarse si Johnson se está tomando en serio todo el ágape.

El humor, el nuevo caballo de batalla de los detractores de las superproducciones Disney, sirve aquí como desengrasante de algunos de los corsés clásicos por los que se rige Star Wars. Desde el primer minuto, en el que el general Hux da su ceremonioso discurso de villano solo para ser troleado por Poe Dameron, a una visión nada solemne de Luke Skywalker, el guion utiliza inteligentemente la vis cómica para plantear un desafío que va más allá del chascarrillo. El cuestionamiento del chaleco almidonado del que a veces es incapaz de salir la saga se acaba convirtiendo en el núcleo discursivo de todo el filme, con una propuesta que, incluso en su propia manera de dar la vuelta a las propias convenciones que adopta, es definitivamente desmitificador y descarado al bombardear muchas de las expectativas. Muchos de los giros diseminados en el transcurso de la trama son respuestas a tropos galácticos que se asumen por asociación con algunos greatest hits de la primera trilogía.

Y es que esa rebelión llega a verbalizarse en boca de más de uno de los personajes, que abogan por un borrón y cuenta nueva que funciona a niveles meta, puesto que parece un disclaimer a los espectadores anquilosados en el pasado, o tal vez solo una arenga: olvidad a vuestros ídolos de siempre, porque Star Wars es más que eso. O lo que es lo mismo, un aviso para navegantes desde el propio Disney para preparar el camino de más y más películas, en las que no tendrán cabida viejas glorias ni actores ancianos. Sea como sea, su propia sacudida de esquemas, también canalizada en elementos de la trama que es mejor no desvelar, viene engarzada en el mismo molde de mitomanía que la anterior, resampleando elementos de El Imperio contraataca y, en mayor medida, de El retorno del jedi (1983), hasta tal punto que hay una secuencia tan similar que lo de las similitudes del Episodio VII con el IV parecen pura coincidencia.

Perturbaciones en la Fuerza

Afortunadamente, Johnson esquiva con soltura la mimetización, y recupera el carburante que hacía funcionar el Episodio VII: los nuevos personajes. Rey, Finn y Kylo Ren conservan intacto su magnetismo y somos plenamente partícipes de su evolución, convirtiéndose en el corazón de todo el artefacto. Tanto es así que las nuevas incorporaciones, si bien no molestan, no tienen demasiada razón de ser, llegando a convertirse en síntomas fáciles de todo lo que no funciona en Los últimos Jedi. Y es que una vez entramos en el meollo de la cuestión hay un lapso de planes que no acaban de arrancar, secretos que se resisten a ser desvelados y momentos en los que la historia, sencillamente, no avanza como debería. En su lugar, una situación de vida o muerte se demora incomprensiblemente, resultando monótona en la repetición de la misma imagen de naves en stand by y contactos psíquicos fuerza mediante.

Para completar el coqueteo con la deriva, hay una línea argumental con Finn y nuevos personajes que tiene tanto sentido como una orquesta de payasos en un sepelio. Además, viene coronada por una secuencia de persecución que recuerda a los peores momentos de CGI de la trilogía de precuelas de George Lucas o el King Kong (2005) de Peter Jackson. Por momentos, se rompe esa ilusión especial de ver una película de Star Wars, una conexión con interferencias de concesiones al blockbuster más rutinario, con alguna que otra escena de acción que activa el déjà vu. En otros momentos se ve un derrape en la frenada, como algunas de las apariciones y exageradísimas hazañas de BB-8, que no molestan, pero dejan la sensación de que falta alguna fase de depuración del guion para lubricar este engranaje mastodóntico, con varios clímax encadenados y dos horas y media de duración.

Su tramo final consigue enderezar bastante el embrollo, con una apuesta por la épica pura y dura que materializa el verdadero significado de la Resistencia de forma emocionante. Por el camino caben desde asociaciones de la Primera Orden con el neocapitalismo liberal a sorpresas que ponen la carne de gallina, un carrusel de sensaciones y emociones con grandes óleos para el recuerdo. Aunque el verdadero hallazgo es comprobar la entrega en las interpretaciones de Mark Hamill y Carrie Fisher, logrando que sus apariciones brillen y dejen brillar a los nuevos, pese a que el peso de Rey, esta vez, delegue en el momento estelar del filme, que demuestra por qué el apellido Skywalker aún es capaz de provocarnos un encogimiento en el estómago.

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Star Wars: Episode VIII – The Last Jedi

Año: 2017
La segunda entrega de la tercera trilogía Skywalker ofrece todo lo necesario para entrar con honor en el canon pero no acaba de justificar por qué es la película más larga de la saga.
Director: Rian Johnson
Guión: Rian Johnson
Actores: Mark Hamill, Carrie Fisher, Adam Driver