[Crítica] ‘Steve Jobs’ – El moderno Prometeo.

El cineasta Danny Boyle y el guionista Aaron Sorkin colaboran en una apasionante producción en torno a Steve Jobs. El resultado no tiene tanto que ver con un análisis exhaustivo del personaje como con su instrumentalización para reflexionar acerca de lo mesiánico en la era del capitalismo hipertecnológico.

La muerte, en octubre de 2011, del alma mater de Apple, supuso la definitiva emancipación de una mitología fraguada por el propio magnate durante sus últimos años de vida en entrevistas, ruedas de prensa y presentaciones. Justo cuando finaliza el tiempo vital de Steve Jobs, visionario tecnológico y empresario superdotado, empieza su tiempo legendario; el gurú renace de las cenizas, transmutado en innumerables artilugios tecnológicos que nos rodean cada día, pero también en cursos de autoayuda y libros de coaching, reviviendo en los miles de millones de memes inspiradores que pululan por las redes sociales. Ya en 1999, el telefilm Piratas de Silicon Valley había relatado sus veinte primeros años de trayectoria –desde las travesuras de garaje con Steve Wozniak (Joey Slotnick) hasta el regreso triunfal a Apple–, pero la deificación y la sospecha aún no habían arrojado las luces y sombras que hoy se proyectan en su efigie. El Steve Jobs encarnado por Noah Wyle, un arquetípico geek, es la concreción llana de la percepción mediática que se tenía de él por entonces: un místico y romántico que perseguía la trascendencia donde otros solo veían un apetitoso negocio.

No obstante, la publicación de revisiones nada confortables de la personalidad de Jobs y de su influjo en nuestra cultura material como The Agony and Ecstasy of Steve Jobs (Mike Daisey, 2010) o la biografía (autorizada) que firmara Walter Isaacson –punto de partida de la producción que nos ocupa– inauguró una senda crítica que terminaría asaltando las pantallas. jOBS (2013), rutinario biopic de Joshua Michael Stern que se tornaba en oda a las glorias de la filosofía «Think Different», trataba sin demasiado éxito de adentrarse en lo más sombrío del carácter del héroe, para finalmente decantarse por la hagiografía de tintes compasivos. Sin grandes alardes cinematográficos, Alex Gibney sí había atinado a la hora de sacar a flote, con Steve Jobs: Man in the Machine (2015), detalles francamente turbios del Jobs íntimo, aunque su trabajo no fuese sino una pulcra y correcta puesta al día de aspectos ya abarcados por infinidad de publicaciones.

https://www.youtube.com/watch?v=4XzJH08k27I

Steve Jobs, el nuevo largometraje del británico Danny Boyle, está menos interesado en responder a la inocua pregunta de quién es Steve Jobs que en reinterpretar su figura –hombre y mito– a través de la ficción. En ello juega un papel determinante Aaron Sorkin, el guionista y dramaturgo que mejor ha sabido –tal como constatan La red social (2010) y Moneyball: Rompiendo las reglas (2011)– condensar en diálogos que valen su peso en oro las transformaciones, a nivel colectivo e individual, de la América del siglo XXI bajo el influjo del capitalismo 2.0. Su Steve Jobs (un Michael Fassbender que se permite una creatividad interpretativa inusual al encarnar a un personaje real), como salido de una obra de Luigi Pirandello, tiene el complejo paranoico del monarca shakespeariano. Y como buena invención de Sorkin, el espíritu de los bienes que comercializa está íntimamente relacionado con sus limitaciones e inseguridades. Porque Jobs es un tullido emocional obsesionado con el control; aunque también, como buen «director de orquesta», cumpla el perfil inquieto del cineasta. Un perfeccionista experto en dirigir talentos ajenos que, como si fuera condición sine qua non de la genialidad, sabe que nunca será tan bueno como sus creaciones.

Dividida en tres actos, Steve Jobs observa a su protagonista yendo y viniendo entre bastidores: cada una de las unidades dramáticas corresponde a la presentación de tres productos determinantes, por una u otra razón, en su carrera profesional: el Macintosh (1984), el NeXT Cube (1988) y el iMac (1998). Todas ellas culminan justo antes de que el showman se robe el corazón del público desde el escenario, optando por centrarse en las conversaciones que mantiene con un puñado de personas condenadas, para bien o para mal, a formar parte de su existencia: la jefa de Marketing de Apple, Joanna Hoffman (Kate Winslet), acaso la voz de su conciencia; su amigo y compañero Steve Wozniak (Seth Rogen); el paternal CEO de la empresa, John Sculley (Jeff Daniels); y, sobre todo, su hija Lisa (Makenzie Moss / Ripley Sobo / Lisa Brennan), cuya presencia puntea el progreso de la narración.

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Y es que las charlas relacionadas con los preparativos, colmadas de detalles técnicos, sufren continuas interferencias que delatan hasta qué punto nuestros actos son hijos de la educación sentimental que hemos recibido. Steve Jobs, moderno Prometeo que descendió a la tierra para traernos quién sabe si una utopía o una distopía, es el fabricante de objetos que desean, por todos los medios, ser amados. La promesa de un artefacto –el iPod– que pueda sustituir al walkman es la bella declaración de amor de Steve a Lisa. Como si únicamente la progresiva virtualización –a la que este Mefistófeles tanto contribuyó– de nuestros entornos emocionales y la cosificación de los afectos fueran capaces de ligarnos a los demás sin dejar de mantenernos a cubierto en un presente que abandona al individuo a la intemperie de un porvenir económico y social incierto.

Lo que propone en definitiva Steve Jobs es una mirada fascinada y ambivalente a uno de los máximos responsables de algunas de las innovaciones que más han influido en nuestra cotidianeidad a lo largo de las últimas décadas. La calidad de la película se debe no solo a la alta precisión y hondo calado del libreto de Sorkin, sino también al talento de Boyle para otorgarle a las imágenes una entidad sugestiva. Así pues, Steve Jobs –siempre brillante en sus aspectos técnicos– sobresale por su capacidad de dotar, sin romper la armonía, de un tono, un ritmo y una estética propias a cada uno de sus segmentos. Del primero, desprolijo y visceral, pasamos a un segundo acto operístico, de resonancias trágicas, que acaba conduciéndonos a una conclusión cuyo aliento límpido responde al control definitivo que Jobs –cuyo talante mesiánico realzan numerosos close-ups– cree haber alcanzado. Hay que decir, eso sí, que Boyle demuestra en contadas ocasiones cierta impotencia, incluso torpeza, al intentar alcanzar una expresividad audiovisual elocuente a la altura del espeso torrente de réplicas y contrarréplicas. El único problema relevante de un film, por lo demás, rotundo y potente.

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El año cinematográfico en España comienza, de esta manera, con una obra mayor, tan convincente en términos cinematográficos como textuales. No esperen, eso sí, grandes certezas al final del camino, porque Steve Jobs es otra meditación de Aaron Sorkin sobre la frustración como motor de la era que habitamos: la dificultad de conjugar aquello que sentimos con proyectos identitarios basados en blindarnos, cada vez más, frente a los retos de lo real.

 

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1 comentarios

  1. Cunqueirano dice:

    Paul Giamatti en Piratas de Silicon Valley? Sr Ignacio Rico haga el favor de revisionar el filme

Los comentarios están cerrados.

Steve Jobs

Un absorbente retrato que, ajeno a las estrategias del biopic, cifra en una aproximación dramatúrgica a Steve Jobs incertidumbres, miedos y anhelos sintomáticos del tiempo que vivimos.
Director: Director: Danny Boyle
Guión: Guion: Aaron Sorkin
Actores: Intérpretes: Michael Fassbender, Kate Winslet, Seth Rogen, Jeff Daniels.