[Crítica] ‘Stranger Things’ (S01) – Homenaje total

La mayoría de las reseñas positivas que he podido leer de Stranger Things hacen hincapié, una y otra vez, en el casi enciclopédico rosario de guiños a los años ochenta que despliega la serie de Netflix creada por los hermanos (y gemelos) Duffer. No es para menos, en cierto sentido: ensamblar todo un universo que conocemos al dedillo gracias a lo mucho que se cultivó hace tres décadas es una labor digna de elogio, sobre todo si el puzle resultante respira vida propia y autónoma, como es el caso. Pero una vez superado el subidón nostálgico... ¿tiene la serie valor por sí misma?

Cada espectador afín al género y la década (y como crío de los ochenta que debe buena parte de su educación sentimental al VHS, yo no podría serlo más) escogerá su santo favorito del sofisticado álbum de cromos que propone Stranger Things. El mío, posiblemente, junto a los sensacionales títulos de crédito, de exquisita tipografía y que recuerdan a las portadas clásicas de los libros de Stephen King (mi yo más paranoico tiende a pensar que se ha buscado un efecto Paulov en el espectador con la similitud fonética de ‘Stranger Things‘ y ‘Stephen King‘), sea la honesta y nada artificiosa reivindicación de los juegos de rol de tablero, Dungeon & Dragons en cabeza, como un entretenimiento genuino (y algo marginal, también) de los chavales de la época. Antes de la explosión de la Atari (que por supuesto se referencia en la serie como futuro juguete favorito del protagonista; toda la cultura pop del momento se referencia por activa o pasiva en Stranger Things), los juegos de rol tradicionales eran el estímulo de la imaginación de los críos, y se vuelve a ellos una y otra vez en la serie como inspiración, guiño, chiste y deus ex machina.

Todo espectador encandilado con determinada estética y filosofía de los ochenta va a encontrar su correspondiente guiño en Stranger Things. De los experimentos científicos que salen mal a los pueblos donde nunca pasa nada hasta que pasa algo. De los profesores de ciencias enrollados a subir escalando por el porche hasta la habitación de tu ligue. De las marquesinas de cine con sistemas analógicos para anunciar películas de reestreno a las sempiternas bicis y aparatosos walkie-talkies para salvar el mundo. Todo está aquí y, reconozcámoslo, está de forma coherente: se puede achacar a los Duffer cierta arbitrariedad a la hora de gestionar los guiños, pero es innegable que les han dado cuerpo en torno a una historia coherente: una niña con poderes extrasensoriales escapa de unas instalaciones gubernamentales donde se están haciendo experimentos prohibidos, justo al tiempo en el que comienzan a producirse ciertas desapariciones misteriosas en el pueblo.

Y es ahí donde Stranger Things funciona: de acuerdo, el carrusel de guiños a veces parece un mero abanico de masajes para la memoria del respetable, pero los Duffer cuentan con algo a su favor. La primera temporada de Stranger Things ha sido planteada como una historia con principio y final, no como una indeterminada saga de temporadas que hay que tener eternamente abierta porque nunca se sabe. Puede que haya nuevas temporadas, puede que se planteen como continuaciones de esta (esperemos que no; se puede hacer, pero sería forzar la máquina… como una secuela de los ochenta) o que vayan en una onda al estilo American Horror Story, con historias independientes ligadas por pequeñas metareferencias y una atmósfera común. En cualquier caso, esta primera temporada se beneficia enormemente  de su concisión argumental y de su decisión de llevar los personajes en una dirección específica. Todo lo que les sucede está decidido de antemano, y se nota, entre otras cosas, en eso tan raro de ver en televisión, y es que las interpretaciones no tienen nada de errático: de la histeria continua de una Winona Ryder de cuyo regreso nos congratulamos pero a la que esperamos ver en papeles más relajados en un futuro al enigma que progresivamente va desplegando el gran descubrimiento de la serie, la niña Millie Bobby Brown.

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La pregunta es, finalmente, si la cosa queda en lodazal de homenajes o el producto tiene sentido propio y sensibilidad única. La respuesta, me temo, está condicionada por las filias de cada cual, porque la nostalgia es un andamiaje tremendamente complejo. Por ejemplo: Should I stay or should I go de The Clash se convierte en un leit-motiv sonoro a lo largo de la serie (no tan bien traído como otros guiños, por cierto: es poco probable que el grupo de punk inglés fuera tan conocido en los Estados Unidos de 1983 como supone la serie, aunque en los comentarios de esta crítica un lector aporta algo de interesante luz al asunto) y se antoja una reverencia un poco facilona. ¿No había ninguna canción más quemada que esa por la sobreexposición mediática de tres décadas? En ese sentido, prefiero productos como It Follows (2014), Drive (2011) o The Guest (2014), que ni siquiera se plantean unas coordenadas espacio-tiempo tan precisas como esta, pero prefieren replicar un paisaje mental más que un castillo de naipes referenciales. Por ejemplo, en The Guest la protagonista tiene un gusto musical exquisito (Love & Rockets, Sisters of Mercy, Clan of Xymox, Stevie B.… casi nada), absolutamente inverosímil en para la protagonista adolescente que, con esa edad y en esa época sería más posible que escuchara a Modern Talking. Pero funciona igual en términos de ambientación y sobre todo, elabora un discurso. La nostalgia de Stranger Things, pese a su precisión y su, no lo vamos a negar, buenas intenciones, carece de discurso.

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¿Es eso importante? No demasiado. ¿Es necesario? En absoluto. ¿Convierte a Stranger Things en un homenaje confortable, gozoso de mirar y fácil de olvidar? Completamente, sobre todo si se compara con productos más afinados en ese sentido: Super 8 (2011), con todas sus imperfecciones, no solo era un homenaje a los mismos años ochenta a los que contempla extasiada Stranger Things, sino que intentaba explicar qué significaban esos ochenta. Lo conseguía regular, pero no dejaba la sensación de castillo de fuegos artificiales sin demasiada chicha que transmite la serie de los hermanos Duffer. Quizás ha llegado el momento de asumir que, más que celebrar los ochenta, deberíamos plantearnos qué exactamente es lo que los hace tan celebrables.

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Stranger Things

Año: 2016
Un homenaje bienintencionado al cine juvenil de la década de los ochenta, factoría Amblin en cabeza que a ratos se asfixia por su ansia de acumular citas.
Director: Creada por Matt Duffer y Ross Duffer
Guión: Guión: Paul Dichter, Justin Doble, Jessica Mecklenburg y otros.
Actores: Intérpretes: Winona Ryder, David Harbour, Finn Wolfhard