[Crítica] ‘Super Mario Maker’ – Nintendo it yourself

Nintendo se celebra a sí misma poniendo sus herramentas en manos de los jugadores. Le buscamos las cosquillas al kit que nos permite construir nuestro propio Reino Champiñón.

Cada vez que se habla del Super Mario Bros. original, todos los enterados que en el mundo somos nos ponemos en pie de un salto, y cogiéndonos de las manos, entre hipidos y recuerdos lacrimosos sobre bocatas de Nocilla, setas y caparazones, recordamos al mundo una vez más (las veces que haga falta) que a mediados de los ochenta la industria de los videojuegos colgaba de un hilo y se salvó porque un fontanero bigotudo se puso a saltar de tubería en tubería en busca de una princesa que nunca estaba donde se la esperaba.

La eclosión de Nintendo se produjo en un momento en que las compañías del ramo que aún no estaban completamente arruinadas hacían las maletas con idea de dejar el sector para nunca más volver. Porque tampoco habría sector al que volver. Entonces se hablaba del fin de una moda, se comparaba el breve boom de los videojuegos con el éxito del hula-hop o el cine en 3D entre comentarios condescendientes y suspiros de alivio de padres y jugueteras.  Cuando echamos la vista atrás y revisamos ese periodo, se nos llena la boca hablando de la política de tierra quemada de los encorbatados de la época, de la avaricia de los intermediarios, del agotamiento  por parte del público (de los géneros en marcha y de que se le tomara por tonto, posiblemente un poco más de lo segundo), como si la falta de visión y el hambre para mañana fueran algo desterrado del negocio hoy día. Es difícil saber qué hizo click en el público de aquella NES primigenia. Ni todos sus juegos eran The Legend of Zelda ni todas las decisiones de la competencia eran suicidas o estrambóticas. Pero, a diferencia de otros, al menos Mario y Zelda buscaron un jugador que se los quisiera tomar en serio.

Los juegos de Mario siempre han necesitado algo más que alguien que apriete el botón correcto en el momento adecuado. Recorrer los niveles de izquierda a derecha y empujar a Bowser al lago de lava se debe entender como un calentamiento necesario para esa segunda vuelta en la que el jugador hará suyo el nivel, que resulta que es lo que iba todo desde el principio. Ese resquicio inocente, colgando a trasmano en medio de la nada, guardaba una recompensa que antes no supiste ver. No todas las tuberías abren caminos, pero las que sí funcionarán como atajos, como puertas secretas, como premios para el fan que persevere. Super Mario Bros. quiere un jugador involucrado, más atento a las señales que a rescatar princesas, que se empeñe en agotar el juego y no solo en llegar al final. No hay trofeos, ni logros ni estadísticas que empujen a hacer esto, se investigará únicamente porque es divertido. Por la honrilla. Porque hemos venido a esto.

Pues treinta años después del lanzamiento del título que estableció la fórmula, Nintendo se celebra a sí misma empaquetando las herramientas que lo hicieron posible y poniéndolas en manos de los jugadores. Es una decisión desconcertante este Super Mario Maker, un lanzamiento marciano que no se dirige a ningún nicho definido, que confía en habilidades que nunca se había pedido a sus fans y depende completamente de la capacidad de estos para articularse en comunidad, que se cuela en las tiendas justo cuando propios y extraños nos frotábamos las manos pensando en una nueva aventura canónica de la que sigue sin saberse nada. Y sin embargo, una vez en la bandeja, Super Mario Maker resulta coherente con la serie madre, un complemento natural.

Si Super Mario Bros necesitaba un jugador que se adelantase, que lo interpretara más allá de lo que se muestra a simple vista, Mario Maker le pide que defina al personaje y sus treinta años de Historia en un nivel. Que encapsule su espíritu y lo recree a su manera, que le diga a Nintendo qué entiende él que es Mario. En un rápido vistazo a los niveles mejor puntuados se ven aproximaciones muy conservadoras, quizás las más divertidas de jugar porque se están subiendo a hombros de una tradición firmemente establecida. Pero los verdaderamente interesantes son los rotos, los descompensados, los que funcionan regular. Algunos de estos se encastillan en el componente de exploración, otros en combates frenéticos contra ejércitos de goombas tuneados con cualquier cachivache que añada alguna ventaja a su limitado potencial destructivo. Algunos plantean secuencias de plataformas delirantes, casi líricas, y otros un infierno impracticable de saltos milimetrados. Los hay pensados como runners de móvil, y los hay (muchos, muchísimos) planteados como youtubes brevísimos donde se anima a no tocar ningún botón, a dejar que el escenario nos impulse cómodamente a la meta mientras se derrumba a nuestro alrededor como una maquina de Goldberg.

Super Mario Maker necesita de un esfuerzo para interiorizar una fórmula familiar, y de imaginación suficiente como para darle un giro. Los resultados tienen invariablemente restos de otros géneros, otros juegos, otras maneras de entender los plataformas que no necesariamente casan del todo con el espíritu de la compañía. Pero que podrían llegar a enriquecerlo. Super Mario Maker es un buzón de sugerencias jugable que enseguida se ha llenado de intuiciones locas y malas ideas, pero malas ideas que, en las manos correctas, podrían perfectamente germinar en clásicos. Nintendo abre la puerta al fan a sabiendas de que el fan es manazas, zafio y casi nunca sabe lo que quiere. Pero también apasionado, que para eso es fan. Y tampoco sería la primera vez que le ha ido bien precisamente por poner un poco de confianza en el jugador

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Super Mario Maker

Año: 2015
Nintendo se celebra a sí misma poniendo sus herramentas en manos de los jugadores. Le buscamos las cosquillas al kit que nos permite construir nuestro propio Reino Champiñón.
Estudio: Nintendo EAD 4
Distribuidora: Nintendo
Plataformas: Wii U