[Crítica] ‘Zeroville’ – Un reloj perfectamente sincronizado con lo emocional.

El logro de Steve Erickson con Zeroville es conseguir que cine y literatura se unan de manera tan inextricable que seamos incapaces de separarlos. Apasionará a los grandes amantes del cine con mayúsculas pero con tantas capas de disfrute que no hace falta ser un cinéfilo para volverse loco con él.

Engaña y sorprende mucho esta nueva propuesta de Pálido Fuego, editorial que se ha especializado en recuperar obras olvidadas de gran calidad y que representen formas innovadoras de hacer literatura, un poco alejadas de los típicos bestsellers. Tal es el caso de este Zeroville de Steve Erickson, publicado inicialmente en el año 2007, y que ha tenido que sufrir el olvido hasta el año 2015 en que José Luís Amores se dio cuenta de nuestra carencia.

Y es atípica de diferentes maneras, en primer lugar por el ritmo vertiginoso que propone desde su primer párrafo, la presentación del protagonista, un singular personaje marcado por un tatuaje en su calva cabeza representando una escena de la película Un lugar en el sol (1951):

1. Vikar tiene tatuados los lóbulos derecho e izquierdo de su cabeza afeitada. Un lóbulo está ocupado por un preciso primer plano de Elizabeth Taylor y el otro por Montgomery Clift, sus rostros apenas separados, los labios apenas entreabiertos, abrazados en una terraza, las dos personas más hermosas de la historia del cine, ella la versión femenina de él, y él la versión masculina de ella.

Sorprende porque el ritmo es cinematográfico, se suceden las escenas (numeradas todas y cada una de ellas) y es un ritmo que te insufla vida, dinamismo; las páginas casi pasan sin que te des cuenta; la mayoría de los libros del catálogo de Pálido Fuego no se caracterizan por esta velocidad y choca en un principio por simple expectativa.

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Si a eso le sumas la exuberante multirreferencialidad cinematográfica prácticamente en cada párrafo, la sensación es más bien curiosa, como si estuvieras observando una película más que leer un libro.

Son las cuatro de la mañana, han pasado horas desde la llamada de Vikar a la policía.

-…La diligencia. ¿Verdad? Centauros del desierto. Bueno –continúa el ladrón-, La diligencia marcó un hito en el género, eso no se puede negar. Pero esa cosa no ha envejecido bien…

-Eh.

-…aunque nadie quiere admitirlo, mientras que Centauros del desierto es una película de la hostia cuando sale mi hombre, el Duke, con todo lo racista que ese cerdo cabronazo y blancucho puede llegar a ser. Digo que tal vez sea un cerdo cabrón racista, pero en Centauros del desierto es malo de colones, eso no se puede negar.

-¿Malo?

-Ya veo que he de elegir mis palabras con más cuidado –dice el ladrón-. Me refiero a que Duke hace una interpretación de una intensidad aterradora y una complejidad psicológica sublime, ya sea a propósito, o debido al toque natural de los pirados blancos americanos.

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De hecho, con la lectura tenía la sensación de estar perdiéndome en infinito mar de referencias que no me hacían disfrutar completamente de la lectura. Afortunadamente, esta sensación no se ajustaba a la realidad. Erickson te conduce por un camino que no es lo que parece a través de su protagonista, Vikar; el siguiente texto lo apunté por diferentes motivos, aunque cobra un valor totalmente distinto conociendo la lectura completa; ahora soy consciente de que me estaba manipulando, pero de una manera inconsciente y ciertamente placentera, contando sin (aparentemente) contar o contando de manera críptica entre lo que cuenta:

Eso es editar, si me permites decirlo así. Elegir la toma. Eso nos lo está contando todo. Nos está contando cosas que ni siquiera sabemos que nos está contando. No nos está contando sólo qué piensan los personajes, nos está contando qué pensamos nosotros. Es manipuladora del carajo, eso no se puede negar, pero la cuestión es que todas las películas son manipuladoras. Cuando la gente se queja de que una película es manipuladora, lo que en realidad quieren decir es que no es demasiado buena en sus manipulaciones, que su manipulación es demasiado obvia.”

No hay nada peyorativo en la manipulación que nos somete el cine y la literatura. Más bien se trata de parte su magia, el escritor utiliza el medio literario para hablar del cine, subrayando el carácter metafórico del mismo:

“Cooper León dice:

-¿Qué es el cine, señor Vicario?

-¿Qué?

-¿Qué es el cine? El cine –se responde a sí mismo- es metáfora. –Mira a los hombres que le rodean para medir la reverencia con la cual ha sido recibida su reflexión-. El cine es metáfora, y esa es una de las cosas que tiene en común con la política, la cual a menudo es también metáfora. El generalísimo asesino… ya no se trata de su poder. Está agonizando, y en su agonía ya no tiene verdadero poder ejecutivo. Despacio pero sin pausa el país se arrastra hacia la libertad y la justicia. En Fuencarral, por ejemplo, cerca de su hotel, ¿ha advertido recientemente mujeres de la noche?

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He escogido los dos siguientes textos porque son un resultado de la manipulación maravillosa en las que nos sumerge Erickson. En el primero de ellos nos habla de “inversión”; en ese momento no lo podemos entender pero nos alerta sobre la posibilidad de que nuestra experiencia no sea la que estamos creyendo:

-No sé qué quiere decir eso.

-Yo tampoco. Pero según explicó él la mayoría de los editores, cuando cortan de un plano donde la acción ocurre a la derecha del fotograma, seguidamente cortan a otro plano donde la acción sigue a la derecha para que el espectador pueda seguirla, a menos que la película quiera desconcertar al espectador en ese momento y entonces hacen lo contrario. Deduzco que tú lo estás haciendo todo al revés, no hablemos ya de que has cogido la trama central de asesinato sobre el artista y el club nocturno y la has rodeado de la subtrama acerca de la supermodelo en lugar de a la inversa, algo que también contradice lo que cualquier otro hubiera hecho.

-Las escenas tienen perfiles como las personas y las cosas. Todas las historias están en el tiempo y todo el tiempo está en las historias.”

En el segundo texto se produce una “inicialización”; tras 227 escenas, se invierte la numeración en el siguiente párrafo, hay una puesta a cero que nos lleva a otros derroteros y nos hace conscientes del camino que estamos siguiendo:

226. Las grandes cajas con películas le aguardan a su regreso a Los Ángeles, tras haber estado ausente casi seis meses. Vikar desempaqueta su colección, que ahora atiborra su apartamento, y cae rendido soñando con visiones de golpear a Soledad en la cara con una botella de Coca Cola.

227. Vikar no lo sabe, pero ahora todo ha sido puesto a cero.

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Entonces empieza un tour de force donde percibes que algo extraño está sucediendo, quizá es el mismo libro (película) (la frontera se estrecha y se hace difusa):

-¿Quién es Cassavetes?

-Cassavetes es al cine lo que el Sonido a la música.

-¿No es raro cuando ocurre eso? –dice Zazi-. Es como la primera vez que oí el segundo disco de Pere Ubu y pensé que era una porquería absoluta, pensé que a quien le gustase tendría que ser estúpido y estar de mierda hasta arriba, y luego prácticamente fue el único disco que escuché en casi todo un año. Era el único álbum al que cabía encontrarle sentido. Por qué pasará eso si la música no ha cambiado, si la película no ha cambiado. Sigue siendo la misma película, pero es como si pusiera algo en movimiento, alguna percepción que no sabías que podías percibir, es como un virus que tuviera que introducirse en ti y aferrarse a ti mientras que tú no le haces ningún caso […]”

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El baile multirreferencial sigue pero con la órbita futura de un final diferente:

“48.

Seguidamente, antes de que Zazi regrese, Vikar lee el resto del diario de sueños.

escribo esto cuando despierto y la tarde siguiente no me acuerdo de nada en absoluto, se han esfumado mi memoria y todo lo que sé es lo que he escrito, ni siquiera releyendo los sueños soy capaz de recordarlos

47.

Anoche otra especie de sueño religioso, ¿en un convento? En medio de la cima de una montaña y de cara a un precipicio, hay una monja loca intentando empujar a otra por una torre alta y acaba cayendo ella misma, cae cae cae

46.

Otro sueño con campanario, sin monjas locas pero con un detective privado, enamorado de una chica a la que está siguiendo y de la que piensa que es como una tía reencarnada.”

Steve Erickson.

Steve Erickson. Foto de litreactor.com.

Ya no sabemos dónde estamos, nos puede cambiar el punto de vista de tal manera que, quizá, ni siquiera estemos seguros de estar despiertos; lo que sí sabemos es que el sitio en el que estamos inmersos nos tiene subyugados:

En su inframundo entre el sueño y la vigilia, a Vikar le es difícil saber si piensa en la pregunta un minuto o cinco, o una hora, un día o el resto de su vida. En su imaginación ve a Fred Astaire y Ginger Rogers en En alas de la danza de George Stevens bailando con la música de “The way you look tonight” mientras cambia a “Never gonna Dance.” El suelo es de un ónice resplandeciente, a sus espaldas se levanta una escalera negra en arco a los pies de un oscuro fondo de estrellas. Su baile es un adiós melancólico –aunque por supuesto al final no es un adiós- que flota por el suelo y asciende hasta la parte superior de la pista, donde Rogers se desliza desde los brazos de Astaire hacia las alas blancas del escenario, las cuales brillan como un palacio de hielo, y Astaire queda con los brazos vacíos suspendido entre la perdida mientras la luz se instala en una especie de crepúsculo que sólo existe en el cine.”

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El final es una simple obra de arte que cada lector debe descubrir, todo el libro es un mecanismo de relojería que encaja a la perfección pero que no resulta frío ni calculador sino lleno de pasión: pasión por el cine y por la literatura. Inolvidable.

[Los textos provienen de la traducción de José Luís Amores de Zeroville de Steve Erickson para la editorial Pálido Fuego.]

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Zeroville

Año: 2015
Un libro inolvidable que nos retrotrae a un pasado cinéfilo glorioso y que, sin embargo, nos une definitivamente con el presente del séptimo arte
Editorial: Edita: Pálido Fuego
Autor: Autor: Steve Erickson