Dan Gilroy, de ‘Nightcrawler’ a ‘Velvet Buzzsaw’: el hombre que le susurra a los corruptos

Pocos directores actualmente polarizan tanto como Dan Gilroy. Amado por Nightcrawler, odiado por sus demás películas, es el hombre del que es fácil tener una opinión. Incluso si es equivocada. Y por eso, para que puedas construirte la tuya propia, hacemos un repaso sobre su vida y obra no sólo como director, sino también como guionista.

Dan Gilroy es uno de los directores más singulares de nuestro tiempo. Con tres películas en su haber, lo que define a todas ellas es un hecho muy específico: mira a donde nadie más mira. Pero lo hace no arrojando luz sobre las sombras, sino girando la cámara para filmar las sombras tal cual son, sin edulcorar con los focos de la atención. Es decir, Gilroy observa las cosas por lo que son en su contexto, no por lo que serían una vez se extrajeran de él.




Eso es algo que se puede apreciar a lo largo de toda su carrera, no sólo en su salto, relativamente reciente, a la dirección. Antes de ser el director de culto que es hoy, fue un prolífico guionista con una relación especial con la palabra escrita.

Nacido en 1959 en Santa Mónica, California, es hijo de Frank D. Gilroy, dramaturgo ganador del Pulitzer, y de Ruth Dorothy Gaydos, escultora y escritora. Semejantes padres le proveerían de una herencia que marcaría toda su carrera: comprendió pronto que escribir no es un trabajo de inspiración, sino de machacar la página todos los días.

Pese a todo, aunque la influencia familiar le llevó a no romantizar el proceso artístico, sus estudios también tuvieron algo que ver. Estudió Lengua y Literatura en la universidad de Dartmouth y se obsesionó con la literatura inglesa victoriana. Teniendo como compañero de clase a Ty Burr, que se convertiría después en crítico de cine, y por profesor a David Thomson, que ya entonces era un prominente crítico, resulta difícil no leer su biografía como si hubiera estado destinado a acabar trabajando en el séptimo arte.

Pero el ponerse detrás de las cámaras no ocurrió inmediatamente. Antes de eso, trabajño en los guiones de no pocas películas. Pero dado el complejo sistema de créditos impuesto por la Writers Guild of America, el sindicato mayoritario de guionistas de Hollywood, resulta difícil desentrañar el desempeño real que ha tenido en cada una de las producciones en las que figura su nombre.

Gilroy puede jactarse de tener una nada escasa lista de créditos. Entre 1992 y 2007 aparece como coguionista de Freejack: Sin identidad, Misión explosiva, Apostando al límite y la muy estimable, pero algo caída en el olvido, The Fall. El sueño de Alexandría, de Tarsem Singh.

Pero no sería hasta la actual década donde Gilroy empezaría a brillar. A principios de esta década, se encargó de la historia de la reivindicable Acero puro y del guión de El legado de Bourne, cuarta entrega de la saga y un auténtico hito para la familia Gilroy pues, además del guion de Dan, sus hermanos Tony Gilroy y John Gilroy se encargarían, respectivamente, de la dirección y el montaje. Pero si tuviéramos que elegir un único guion redondo fuera de su trabajo para sí mismo, sería el de la excelente Kong: La Isla Calavera, una película de aventuras con mucho de angst existencial y reflexión sobre la justificación de la violencia y la guerra. Una pequeña joya que no recibió el cariño que se merecía.

Por lo demás, hemos de tener en cuenta una cosa: la vida de cualquier guionista es la vida de sus proyectos que nunca vieron la luz. La mayoría de guiones se escriben, se mueven y acaban dentro de un cajón, criando polvo. Y los profesionales no son una excepción. En el caso de Gilroy, el caso más sangrante, en parte por ser el que es más conocido, fue el de Superman Lives, la película de Superman protagonizada por un Nicolas Cage con melena que nunca llegó a ver la luz. Pese a todo, podemos saber más gracias a un estimable documental, The Death of “Superman Lives”: What Happened?, que nos sirve, a su vez, como peculiar memento mori cinéfilo: recuerda que la mayoría de las películas que te gustan estaban destinadas a no haber sido rodadas.

Pero, como ya sabemos, la carrera de Gilroy no acaba en escribir guiones para otros. En un momento dado, decidió dar el salto a la dirección. Y ahí, donde ha tenido en control total sobre su material, es donde ha podido demostrar la altura de su genio. Pero, también, cuáles son los temas que le obsesionan de una manera más evidente.

De periodistas, abogados y críticos

Su primera película, Nightcrawler, sería un buen ejemplo de todo lo que vendría después. Estrenada en 2014 con Jake Gyllenhaal de protagonista, en la película seguimos a Lou Bloom, un hombre desesperado por trabajar en el mundo del periodismo de investigación. Y tan desesperado está que decide tomar la ruta más cuestionable de todas: hacerse camarógrafo freelance, enchufarse a la radio de la policía y acudir lo más deprisa posible a cualquier escenario de accidentes o crímenes violentos para ser el primero en tener imágenes que vender a las cadenas de televisión. Esos escarabajos mórbidos que se alimentan de los cadáveres de lo que, hasta un momento atrás, todavía eran seres humanos.

Ahí está el foco de lo que le interesa a Gilroy. La corrupción. No necesariamente la maldad, sino más bien la imposibilidad de mantenerse virtuoso en una sociedad y un sistema esencialmente corrupto.

Pero Gilroy tampoco es partidario de la seriedad, el ceño fruncido, la cátedra desde la cual pontificar a las almas descarriadas. En eso ha demostrado tomar nota de su obsesión por los escritores victorianos. De colores saturados, noches plagadas de luces fluorescentes y un protagonista sociópata, alguien incapaz de comprender los sentimientos ajenos más que como formas útiles de contratos sociales siempre y cuando sean explícitos, Gilroy no subraya el mensaje de Nightcrawler. Al contrario, lo difumina, haciéndolo presente en todo momento, pero sin señalar nunca un culpable claro. Porque, si bien todos somos culpables, eso no significa que no haya sitio para disfrutar del viaje sin sentir que alguien nos está regañando como si fuéramos niños.

Esa misma idea es la que seguiría explotando en su siguiente película, la insultantemente infravalorada Roman J. Israel, Esq.. Estrenada en 2017, en la película seguimos al homónimo Roman J. Israel, un brillante abogado que es una enciclopedia de asuntos jurídicos (y de música negra de ayer y hoy) que, a la muerte de su socio, tendrá que buscarse la vida sobreponiéndose a un hecho evidente: es tan brillante atesorando conocimiento como es nefasto navegando por las turbulentas aguas de las relaciones sociales.

De hecho, es fácil señalar que ahí radica el problema del escaso éxito de crítica y público de la película. Roman J. Israel es un personaje desagradable, aunque magistralmente personificado por Denzel Washington, viviendo una época que no comprende, rodeado de personas que no le entienden, buscando una idea de justicia y estabilidad personal que choca frontalmente contra los prefectos de su tiempo, sean estos capitalistas o anti-capitalistas. Porque Gilroy aquí demostró que con Nightcrawler no estaba criticando sólo al neoliberalismo caníbal que nos convierte en monstruos deseosos de morbo. También estaba criticando a quienes hacen una crítica vacía, sin pensar en la función que tiene cada engranaje de la experiencia humana en la sociedad, declarándose únicamente en contra, sin proponer una alternativa.

Roman J. Israel se hace dos preguntas: en primer lugar, ¿qué es lo que queremos? Y si queremos algo diferente al status quo, ¿acaso escucharemos a quien venga a ofrecernos una alternativa? Y aunque su respuesta es desalentadora, al menos es una respuesta.

De ahí llegamos a su última película. Recientemente estrenada en Netflix, Velvet Buzzsaw se hace una pregunta muy relevante para el imaginario desarrollado hasta ahora por Gilroy. ¿Es el arte nada más que un hobby para especuladores y pretenciosos? Y su respuesta, algo más esperanzadora, es un rotundo no. Cuenta la historia de un hombre que muere en el anonimato dejando atrás una vasta obra de art brut que pide en su testamento que sea destruida. Es encontrada por una joven marchante de arte deseosa de éxito que no desaprovechará la oportunidad de sacar tajada de ella. Pero las obras de ese artista están malditas y provocarán que todos aquellos que se involucren en su comercio acaben muriendo de las formas más brutales.

Con actuaciones soberbias, un ejemplar uso de la luz y el balance de los blancos y un guion que no da puntada sin hilo, Velvet Buzzsaw no es una parodia del mundo del arte, sino una crítica de la mercantilización del arte. De la idea de que el arte es sólo pretenciosidad, dinero y éxito social. A fin de cuentas, ningún artista sufre daño alguno por la maldición: sólo quien quiere aprovecharse del trabajo de un artista que quiso desentenderse del mercado acaba sufriendo las iras del arte mismo, apropiándose de sus muertes como una suerte de instalación conceptual extraordinariamente retorcida y divertida.

A fin de cuentas, todo el cine de Gilroy trata en cierta medida sobre la corrupción existente de forma inherente a cualquier forma de sociedad capitalista. Cómo al intentar romper con el ciclo natural de las cosas, capitalizando la desgracia, el derecho o el arte, lo único que conseguimos es tirar nuestra humanidad por el retrete. No porque el periodismo o la pintura deban ser puros, intocados por el comercio, sino porque no deberían pasar por encima de las personas: el límite del comercio es, o debería ser, el límite de lo que es ético.

Esa es la razón por la que todas las películas de Gilroy son objetos extraños. Historias sobre personajes hiperdetallados en circunstancias excepcionales y en mundos perfilados con trazos gruesos que chocan constantemente entre sí, arrojando luz a todo aquello que normalmente pasaría desapercibido. A Gilroy le interesa conocer los límites de lo que es bueno describiendo el papel de personas que, aún retorciendo la ética, se plantean cuál es el límite de las decisiones que están tomando. Es decir, retratando no lo que queda de las sombras cuando arrojamos luz sobre ellas, sino captando la propia luz que emana de las sombras.

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