De Jim Kelly a Blade: una historia alternativa del superhéroe negro

El estreno de Black Panther supone la consagración de un fenómeno precedido por series de televisión y personajes secundarios afroamericanos en diversas producciones superheroicas de cine y televisión de los últimos 15 años. Los cimientos se construyeron en apariciones puntuales dentro de subgéneros como la blaxploitation y el Kung fu. Antes de Luke Cage estuvo Jim Kelly y antes de Black Lightning, M.A.N.T.I.S. (el Ant-Man negro de Sam Raimi).

La historia de los superhéroes negros en el cine y la televisión está desincronizada con las primeras apariciones de estos en el cómic. Si no tenemos en cuenta los primeros acompañantes de otros héroes en los años cuarenta, el primer héroe africano en protagonizar sus propias tiras fue Waku, el príncipe de los bantúes que aparecía en Jungle Tales (1954-1955), una revista de Marvel, sí, pero cuando aún se llamaba Atlas.




Sin ser técnicamente un superhéroe tal y como lo conocemos ahora, Waku ya se ocupaba de problemas sobrenaturales y no dejaba de ser el heredero en una tribu, en cierta forma precediendo a Black Panther, que no hizo acto de presencia hasta mediados de los sesenta. No encontraremos rastro de encarnaciones de estos personajes en el cine durante años. Por ello, se hace necesario plegar la perspectiva y buscar el rastro en otros nichos de entrenamiento que no adaptan directamente el noveno arte. Para un panorama completo de los héroes en papel y tinta que han ido abriendo el camino a su representación en el audiovisual, es imprescindible el libro Black Super Power de Daniel Ausente.

Aunque para encontrar una película que realmente incluya un héroe protagonista de raza negra haya que esperar a los setenta, hubo una muestra díscola en la televisión de la década anterior. Y sin buscar a extrañas adaptaciones: el primer ejemplo clave es la mismísima Catwoman de la serie Batman (1966-1968). Sí, sí, la de Adam West. Técnicamente una supervillana, primero sería encarnada por Julie Newmar para cambiar de actriz en la tercera temporada, en la que la cantante Eartha Kitt se adelantaría en petardeo y desparpajo camp a la Catwoman negra de Halle Berry algunas décadas. Se supone, sin embargo, que esta no es la misma Selina Kyle, aunque tampoco se hacen demasiadas aclaraciones al respecto. Su aparición fue bastante efímera y trajo un esperable revuelo entre los que no aceptaban a una persona criada en una plantación de algodón en la piel de un personaje tan icónico.

Enter the blaxploitation: el superpoder negro del Kung fu

La esencia del héroe negro cinematográfico primigenio no proviene de Gotham ni de la tradición de superpoderes de Marvel y DC, sino de un delgado y musculoso hijo de inmigrantes chinos que imprimió su sello en la cultura negra de los setenta: Bruce Lee. El “superpoder” de las artes marciales era tangible y digerible en celuloide, y además se podía reproducir en el mundo real. La afinidad de los negros de Norteamérica por las artes marciales se debe a un puñado de factores de trazabilidad confusa. No está de más recordar que incluso en 1966, el rey de Wakanda era un héroe sin capacidades fantásticas. Sus habilidades incluían ser “maestro de todas las artes marciales, incluidas las formas africanas y desconocidas“. También, algunas agrupaciones como los Panteras Negras reales -que surgieron y se bautizaron después de la edición del cómic-, el movimiento Kawaida de Ron Karenga o la Nación del Islam invirtieron en artes marciales como parte integral de su formación.

Si a ello sumamos que en los setenta Lee era todo un líder no blanco, que traspiraba lo cool dentro y fuera de la pantalla, se explica que fuera una especie de espejo convexo en el que se reflejaba toda una generación que nunca había encontrado su hueco para ser representada en la cultura. Además, sus cuatro películas representan mostraban la opresión del barrio por mafiosos, eco de la vida en el gueto y donde se enseñaba que se podía vencer a hostias, con una honradez y una autosuficiencia que atraía a audiencias negras saliendo de luchas por los derechos civiles pero aún sujetas a muchos prejuicios.

Por ello, no tardaron en aparecer representantes propios a través de la blaxploitation y con personajes tan populares como Cleopatra Jones (1973), una variación de Coffy o Foxy Brown con una mayor inclinación por las artes marciales. Pero probablemente, el héroe más cinematográfico fue Jim Kelly. Su papel junto a Lee en Operación Dragón (1973) le barnizó de una fama eterna que aprovechó en algunos éxitos en los que ejerció de auténtico superhéroe afro como Cinturón negro (1974).

Kelly era el arquetipo de actor hecho a medida de una comunidad que necesitaba un paladín para ellos mismos, pero no era ni mucho menos una excepción. Ron Van Clief, el único que competía en la vida real, se convertiría en el mítico Black Dragon de ¿Quién mató a Bruce Lee? (1974) mientras que Rudy Ray Moore llevaba al extremo de la parodia a su personaje Dolemite en la delirante The Human Tornado (1976). Todos ellos crearon los cimientos para una cultura de (súper) héroes alternativos que, incorporando las artes marciales como habilidad extraordinaria, ocupan el hueco que empezaban a llenar para los blancos los Hulk, Spider-Man y Capitán América televisivos. Un patrón que se desliga de la visión típica del tío con licra de colores pero que tendrá importancia más adelante y que, ocasionalmente, tendrá puntos de contacto futuros en muestras revival como El último Dragón (1985), donde el grado supremo de entendimiento del arte marcial dota de un aura de invencibilidad y destellos luminosos fantásticos no muy diferentes de los que puede tener un héroe Marvel como Puño de Hierro.

Algo más dentro de la horma de la viñeta, la blaxploitation se adelantaría un año al Superman (1978) de Richard Donner con una pequeña película llamada Abar, The First Black Superman (1977), que iba a llamarse en un principio SuperBlack aunque tenía poco más que ver con el amigo de Kripton que el hecho de ser un ejemplo más de superhombre. En su trama, un científico le da un brebaje químico a un guardaespaldas local, creando un vigilante superpoderoso que lucha contra las injusticias de su vecindario. Una obra bastante torpe y farragosa que fue rodada en la calle, sin permisos oficiales, a lo Larry Cohen. Una pandilla de moteros reales, contratados como extras, impedía que la policía se acercara al set de rodaje, dándole auténtico significado a la expresión “cine de guerrilla”. Abar se las veía con policías racistas, predicadores codiciosos, mafiosos y peces gordos ajenos a la abandonada situación de un barrio que tenía en sus villanos un buen indicador del día a día real en Norteamérica.

La era de los dibujos animados

Aunque el cómic de los setenta fuera dando oportunidades a algunos hijos de la blaxploitation como Luke Cage, su lugar en la gran pantalla seguía atomizado en su propio reducto de entretenimiento en el que aún no se llevaban los trajes de mallas y capas. Por ello, el superhéroe negro más afín al cómic encontró su hueco en la televisión, y más concretamente en horario infantil, puesto que la principal plataforma en la que tuvieron oportunidades fue en formato de animación. Antes de entrar en los héroes de grandes poderes, es interesante pararse en la figura de uno de los mayores superhéroes negros de la década. Muhammad Ali, tal y como cuenta el compañero Yago García era, más que un boxeador, una figura crucial de la cultura pop gracias a su oratoria, creando una imagen muy distinta para los afroamericanos ante el mundo.

Por ello, no resultaba extraño que se midiera con el mismísimo Hombre de Acero en su propio ring, el tebeo, en Superman vs. Muhammad Ali (1978) de Denny O’Neil y Neal Adams. De ahí que fuera casi natural que Ali tuviera una pequeña aventura televisiva en forma de personaje de dibujos animados, en una especie de versión de Scooby-Doo (1969) con acción en la que se enfrentaba a todo tipo de monstruos y peligros. I Am the Greatest: The Adventures of Muhammad Ali (1977) sería cancelada tras 13 episodios, pero sería sin duda el primer ejemplo de superhéroe negro animado.

Dentro del universo del resto de héroes de cómic, también como invitado en el universo DC, apareció Black Vulcan. Un personaje creado específicamente para televisión como coestrella de la serie El reto de los superamigos (1978), siendo el primer y único miembro afroamericano del esta Liga de la Justicia para niños. Entró como sustituto de Black Lighting, que debido a disputas legales con su creador estaba vetado. Black Vulcan no tiene historia, origen o identidad real conocida, pero era un miembro activo regular de la serie. Sus poderes estaban relacionados con la electricidad: desde disparar rayos con las manos a volar, moverse a la velocidad de la luz, convertirse en energía pura e incluso viajar en el tiempo. Vamos, que hicieron el cambiazo no sólo atendiendo a la raza sino incorporando habilidades que dejaban claro que era un clon del que ahora es protagonista de su propia serie en Netflix.

El formato era lo suficientemente amplio como para empezar a dejar espacios a personajes de color protagonistas y el primero vino por partida doble con Superstretch y Microwoman, los nombres en clave de una pareja de héroes urbanos sin máscara llamados Chris y Christy Cross. Chris era, básicamente, el hombre elástico de Los Cuatro Fantásticos y Christy podría reducirse al tamaño microscópico de Ant-Man. Junto con su perro Trouble vivían aventuras ligeras con toques de comedia. Sus episodios tenían lugar en un bloque de la serie de dibujos animados Tarzan and the Super Seven (1978) que duró unas once entregas. Aunque los personajes negros no eran tan extraños en los dibujos de las mañanas de sábado, el hecho de ser absolutos protagonistas, sin que se cuestionara el color de su piel o se hiciera referencia a su raza para justificar nada -además de ser un matrimonio- suponía un salto mucho más notorio de lo que nos puede parecer cuarenta años después.

Microwoman no fue la única superheroína que reducía su tamaño en la televisión, y aunque el siguiente protagonista también pertenecía a un combo, este era mucho más extraño que la pareja anterior. Mighty Man and Yukk (1979) tenía a un héroe hecho a la medida de Tony Stark o Bruce Wayne. Aunque no se hacía ninguna referencia especial a que fuera de raza negra salvo el detalle del pelo afro, parece más bien ser latino o mulato a juzgar por los rasgos y el color de la piel. Sus poderes se reducían a encogerse gracias al poder de una pistola de rayos especial. El detalle más curioso, sin embargo, era su sidekick, un enorme perro que resultaba ser “el más feo del mundo”. De hecho la deformidad debe ser tan jodida que cuando se quita la caseta que tiene sobre la cabeza provoca la destrucción de los objetos cercanos o el desmayo de quien le vea la cara, poco menos que el Juez Miedo al que Dredd atravesaba con su puño en la saga de los Jueces Oscuros. Sea afroamericano o no, este Mighty Man no es una adaptación del personaje de cómic sudafricano, otro héroe negro ignoto con capa y que se supone tuvo una adaptación cinematográfica en 1978 dirigida por Percival Rubens de la que es imposible encontrar una pista.

La tradición deportiva estadounidense también generó héroes en otro ámbito en el que la raza negra tiene gran protagonismo: el basket. La popularidad del equipo de los Harlem Globetrotters hizo que tuvieran su propia serie de animación creada por Hanna-Barbera de 1970 al 72. Pero más adelante tendrían su propia versión con poderes en esa especie de Vengadores negros que fueron los Super Globetrotters (1979-1980), un grupo de jugadores de baloncesto y superhéroes encubiertos que se transformaban al entrar en sus casilleros mágicos. Además de poder volar, cada uno tenía un poder individual propio junto a sus incomparables habilidades con la pelota. Liquid Man, Super Sphere, Spaghetti Man, Gizmo y Multi Man tenían poderes parecidos a los de The Impossibles (1966-1967), otra creación de Hanna-Barbera. No contaban con voces reales de los jugadores que aparecían, pero su líder, Liquid Man, fue doblado por Scatman Crothers, el mítico Señor Halloran de El resplandor (1980).

Los desiertos años ochenta

La casi total desaparición de la blaxploitation eliminó las posibilidades de una gran película de superhéroe afroamericano. Los ochenta fueron muy mala década para los personajes de cómic en el cine como concepto, pero en la cultura negra de Estados Unidos está totalmente desierto. Lo más parecido a un superhéroe de color fue el personaje de Kinkaid en Pesadilla en Elm Street 3: Los guerreros del sueño (1987) en la que un grupo de adolescentes en un hospital mental se enfrentaban a Freddy Krueger con poderes en este caso fuerza sobrehumana- que obtenían en el mundo de los sueños del demonio. Y hablando de pesadillas, las que daba Michael Jackson jugando con niños en Moonwalker (1988), en la que también hacía de pseudo-superhéroe extraño, convirtiéndose en una especie de transformer creepy con el que se enfrentaba a la banda de un traficante de drogas interpretado por Joe Pesci.

Uno de los sucedáneos de superhéroe negro que se pueden rescatar de la década tiene más que ver con la moda post E.T. El extraterrestre (1982) que con el de los cómics, pero también puede interpretarse como una variación bajo un prisma diferente. El hermano de otro planeta (1984) es una rareza de culto de John Sayles en la que un alienígena llegaba a Harlem, en Nueva York. El despistado visitante utiliza sus poderes para echar una mano aquí y allá, pero principalmente arregla recreativas. No deja de ser una versión realista de Superman o, al menos, la visión del lado negro: si llegas de Kripton puedes ser un periodista de élite, si llegas de otra galaxia y eres negro no te diferencias mucho de los jamaicanos o africanos que buscan una oportunidad. El ángulo oblicuo de verlo como una anti-película del sub-género se complementa si la encajamos con la ganadora de la edición de Sitges 2017, Jupiter’s Moon (2017), que básicamente se hace la pregunta, afrontado de forma naturalista y bajo el prisma del cine social, de dónde acabaría un superhéroe si fuese un refugiado sirio.

Y el caso es que las posibilidades deberían haber sido estadísticamente plausibles, puesto que el mainstream puso a grandes estrellas de la comedia como Richard Pryor o Eddie Murphy en primera línea, pero no hubo indicios de una adaptación de tebeo más allá de los obvios paralelismos de Black Panther con El príncipe de Zamunda (1988) -pese a que Murphy era, además de cómico, un héroe de acción hecho y derecho que incluso se enfrentó a los sobrenatural en El chico de oro (1986)-. Pero los ochenta pasaron sin que nadie echara de menos a un Luke Cage de carne y hueso hasta que entró la que podría decirse que fue la década en la que la representación negra llegó a ser tremendamente influyente en la cultura pop.

Superhéroes from the Hood

El delirio llegó de pleno con Meteor Man (1993), probablemente la primera película con un héroe negro a medida del mundo del cómic, con todos los convencionalismos del hombre con superpoderes, traje y capa modelado por el cómic clásico. Sin embargo, el tono era paródico, moviéndose hacia el terreno de la cultura de gueto que reflejaba la clase de películas dirigidas a la comunidad negra en los noventa. Fue un proyecto de Robert Townsend que contaba la historia de un maestro de escuela convertido en superhéroe después de recibir los poderes de un meteoro verde; más o menos los de Superman pero incluyendo también telepatía canina. Su misión era tratar de hacer la paz entre dos bandas, los Bloods, interpretados por Cypress Hill, y los Crips, interpretados por Naughty by Nature. Fue una superproducción de 30 millones de dólares y contaba con nombres como James Earl Jones y Bill Cosby e incluso un papelito de Don Cheadle, que más tarde interpretaría a un héroe en condiciones con Máquina de Guerra en el MCU. Marvel incluso llegó a hacer una miniserie de cómics en los que Meteor Man se encontraba con Spider-Man. Siete años después Townsend regresó con toda una súper-familia en la cinta Disney para televisión Superhéroe a la fuerza (2000).

Si la cultura negra tardó en tener a su primer héroe de carne y hueso con poderes, fueron más precoces en parodiarlo. Blankman, mi hermano el chiflado (1994) era el equivalente a Kick-Ass (2010) o Super (2010) solo que más de quince años antes. Podríamos decir que la idea de hacer aventuras de un zarrapastroso superhéroe-vigilante sin poderes, que se pone cualquier trapo de casa y un montón de artilugios caseros para patear a delincuentes de poca monta fue de esta película, aunque hubiera un precedente en el John Ritter de Finalmente héroe (1980). Sin embargo, no llegar primero no implica que no tenga su público, e incluso se considera de culto entre los seguidores de Damon Wayans.

La apertura en la década es evidente y se vieron una buena cantidad de intentos que, si bien no tuvieron mucho éxito, abrieron las puertas para las posibilidades que vemos ahora. Muchas de las películas de superhéroes de estos años han quedado algo enterradas, sin dejar una huella profunda en el imaginario popular, pero algunas de estas ficciones no estaban nada mal, como es el caso de M.A.N.T.I.S (1994), cuyo piloto era una película de dos horas co-creada y escrita por Sam Raimi, (que aún retenía el tono bífido juguetón y trágico de Darkman -1990- y se iba preparando para su trilogía de Spider-Man) y Sam Hamm (que deja claro en la primera escena que era el guionista de la primera Batman de Tim Burton). La serie quiso tratar tensiones raciales, violencia de pandillas y esa clase de problemas, contando con un reparto básicamente afroamericano mientras desarrollaba las aventuras de un híbrido de Batman/Iron-Man pero que recordaba sobre todo a un Ant-Man oscuro. Con todo, es uno de los mejores ejemplos hasta el momento, y no porque la banda sonora sea un calco de la de Depredador (1987).

El verano de 1997 vio llegar a las pantallas las dos primeras películas de superhéroes protagonizadas por personajes negros que ya existían en los cómics. Spawn, que tenía a Michael Jai White como el popular antihéroe de Todd McFarlane, llegó primero. Su historia faustiana con payasos asesinos y diablos no era tan terrible como se dice, pero la sobredosis de CGI sin curar la hirió de muerte. Pese a ello, la violenta serie de animación de HBO basada en el personaje, también en los noventa, era excelente.

Lo opuesto a lo tenebroso de Spawn lo encontrábamos en Steel, un héroe de acero, un spin-off oficial de Superman que cortó casi de raíz las aspiraciones como actor de Shaquille O’Neal. El hecho de que un deportista de élite afroamericano se viera como superhéroe seguía siendo elocuente sobre los mitos reales en los que se miraba ese sector de la población -constatado asimismo por el Michael Jordan fantástico de Space Jam (1996)-. Con todo, su tono de aventura infantil bienintencionada y limpia recuerda demasiado a por qué fracasó Robocop 3 (1993) y de paso, al superhéroe Guardian, el vigilante negro de la serie Supergirl (2015-), también con armadura y acompañado por ayudante en furgoneta como Steel.

La carretera ya estaba lista. Los nombres de estos héroes empezaban a sonar con asiduidad, y desde ese momento no existirían las mismas dificultades que en las décadas anteriores para que las minorías tuviesen su representante dando porrazos en la gran pantalla. Pero aún quedaban algunas balas en la recámara, como el Chico Invisible dentro del supergrupo Mystery Men: Hombres Misteriosos (1999), cuyo poder de invisibilidad funciona prácticamente una de cada cien veces.

Aunque el verdadero punto de bisagra, el éxito que convirtió al superhéroe negro en una posibilidad de hacer verdadera taquilla fue Blade (1998), en la que Wesley Snipes encarnaba al cazavampiros de la saga de cómic La tumba de Drácula (1972-1979). Gracias a él, hoy no es difícil ver series como Luke Cage (2014-) o Black Lighting (2017-). Ni siquiera Will Smith habría tenido en su mano encarnar a un héroe transversal en Hankcock (2008) o a Deadshot en Suicide Squad (2016). La clave del éxito fue la readaptación de un personaje menor de la línea de terror de Marvel en un héroe sólido y relevante a ritmo de tecno, gore y acción estilizada que marcó más tendencia de lo que se aprecia en la distancia. La moda de los abrigos negros se disparó un año antes de que Matrix (1999) rematara el estilo.

En el Blade de Snipes se recogen varios atributos de la tradición disgregada del superhéroe negro, integrando en su figura la herencia las artes marciales, con una estrella experta y habitual en las escenas de lucha cuerpo a cuerpo. El éxito del personaje le aseguró dos películas más y un periplo televisivo donde ya no estaba Snipes, abriendo las puertas para lo que vendría en el siglo XXI, con series y películas que han llevado hasta la actual Black Panther.

Curiosamente, fue Snipes el primer candidato para encarnar a T’Challa en los noventa, pero la tecnología del momento no podía ofrecer una visión de sus gadgets o la misma Wakanda a la altura, por lo que decidió ir a por el personaje de Marv Wolfman y Gene Colan, en lo que acabó siendo a primera película Marvel protagonizada por un afroamericano y solo la segunda en recibir distribución en gran pantalla -superada solo por Howard el pato (1986), que realmente no era un superhéroe-. Sin Blade sería imposible contemplar, hoy, la multimillonaria apuesta Disney por la cultura negra frente al mundo. Una bonita paradoja.

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