¿De qué puñetas hablamos cuando hablamos de apropiación cultural?

Todo el mundo habla de apropiación cultural. El problema es que nadie se para un segundo a definir los términos del debate, haciendo difícil saber de qué puñetas hablamos cuando hablamos de apropiación cultural. Este artículo intenta aclararlo.

Hasta hace poco no le poníamos nombre, pero ahora todos sabemos qué es el blackface. Y al igual que ahora tiene nombre, también se ve de otro modo. Lo que antes era visto con alegría y denuedo, hoy se considera una falta de respeto. ¿Indica eso que nos hemos vuelto más sensibles? ¿O será que ahora sentimos más empatía hacia los otros? A fin de cuentas, el blackface, pintarse la cara de negro para que un blanco haga el papel de un personaje negro generalmente estereotipado, es bastante menos inocente de lo que pueda parecer. El hombre blanco tiene una larga tradición de apropiarse elementos de la cultura, la historia o la fisionomía ajena. Y eso también tiene un nombre. Lo llamamos apropiación cultural.

El principal problema a la hora de hablar de apropiación cultural es que parece no estar del todo claro qué es la apropiación cultural. Mezclando de forma casual apropiacionismo, apropiación cultural y asimilación cultural como si fueran tres patas del mismo banco, quienes promueven el debate rara vez se molestan en definir los términos. Y cuando no se definen los términos, los conceptos quedan desligados del discurso. Es decir, llegan los malentendidos y sólo se consigue predicar entre conversos.

A fin de cuentas, en el mundo hay muchas formas de apropiarse de lo ajeno. Y si bien no todas esas formas son invasivas o necesariamente perniciosas, sí que están conectadas entre sí, haciendo difícil intentar hablar de apropiación cultural sin hablar antes de las otras formas de apropiarse de las identidades ajenas.

Apropia, que algo queda

Cuando hablamos de apropiación tenemos que remitirnos a la Historia. Ya desde el principio de los tiempos los intercambios, robos y apropiaciones culturales han sido paradigmáticos de todas las civilizaciones. En occidente tenemos el caso de la antigua Roma, que evolucionó de un pueblo de pastores a un imperio gracias a la pasmosa facilidad con la que integraron la cultura de los griegos primero y de los territorios conquistados después. Del mismo modo, en Asia tienen el caso de Japón, que adaptando las normas imperiales chinas con fines políticos acabarían creando una cultura propia a través de esa apropiación temprana que luego irían modificando según las peculiaridades propias de su territorio.




Es decir, para empezar, no estaríamos hoy aquí sin apropiación. La mayor parte de los grandes hitos de la historia, desde el imperio romano hasta el Renacimiento pasando por la corte imperial japonesa y la ocupación árabe de la península ibérica tienen que ver más con la disposición de asimilar la cultura ajena que con el hecho de guerrear o dejar estar las cosas tranquilas. Es decir, no hay evolución sin hibridación. La apropiación no es necesariamente negativa, sino que depende completamente del contexto.

El problema es que por cada caso de un imperio aceptando las costumbres y los dioses extranjeros nos encontramos cuatro casos de imposición cultural. Ya sea algo que nos toca tan de cerca como la España de Franco persiguiendo el uso de cualquier lengua que no fuera la española o algo en apariencia tan lejano como la formación de las identidades culturales coreanas y latinoamericanas, generadas a través de la imposición violenta durante siglos de imperios coloniales (Japón y China por un lado, España y Portugal por el otro), la apropiación tiene un reverso tenebroso muy difícil de evitar: la imposición. Y si bien ha habido casos donde la cultura ha servido para contribuir a la expansión y la diversidad humana, en no pocos casos ha servido como rodillo para aplanar toda posible diferencia.

Otra forma de apropiación: el caso del arte

A eso cabe sumar el uso que se ha hecho de la apropiación en el arte. Ya sean los impresionistas inspirándose en el ukiyo-e japonés, Picasso fijándose en el arte tribal africano o la técnica artística del apropiacionismo donde caerían en el mismo saco Marcel Duchamp, Andy Warhol o Yasumasa Morimura, apropiarse de lo ajeno es de lo más común en el arte.

El problema es que en el arte, como en la historia, existen buenas y malas costumbres. Y no siempre ganan las primeras. Por cada artista japonés de finales del siglo XX que llevó un paso más allá las posibilidades de la electrónica al fusionarla con la bossa nova, logrando así un resultado diferente al original que le inspiró, tenemos un DJ americano que ha saqueado samples, sonidos y ritmos de artistas latinoamericanos que no tenían ni los recursos ni los conocimientos para defenderse de lo que ya no era sólo inspiración, sino un secuestro de su propia cultura.

Es decir, allá donde hay dos culturas diferentes hay apropiación. Y allá donde hay apropiación hay dinámicas de poder que no deberíamos obviar.

De la apropiación como un problema de clases

Entonces, ¿cuándo debemos hablar de apropiación cultural y no de apropiación o apropiacionismo? Cuando hablemos de relaciones derivadas del imperialismo cultural.

Por imperialismo cultural entendemos un problema derivado del neo-colonialismo. Es decir, cómo aun cuando hoy se supone que los países desarrollados ya no ejercen ninguna clase de poder directo sobre los países en vía de desarrollo, todavía se ejerce un influjo discreto, y quizás incluso no intencionado, en el modo de interactuar con estas potencias. A ese tipo de relaciones, en geopolítica internacional, se las llama poder blando. Ejercer poder a través de la economía, la diplomacia y la cultura del país. Algo que conocerá muy bien cualquier jugador de la saga Civilization, o cualquier que conozca el vértice político que es el k-pop en Corea del Sur.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver esto con la apropiación? Que las relaciones entre los imperios y los pueblos siempre son desiguales. EEUU tiene unos medios de producción capaces de llegar hasta el último rincón del mundo, mientras que el resto de países no. Eso produce que cada vez que EEUU decide apropiarse de la cultura de un país, por ejemplo aprovechando el éxito del reggaeton dentro de ciertas partes de Sudamérica, lo que hace es expoliar una fuente de potencial beneficio para otro país para apropiárselo él. Cosa que además, por los medios de producción y propaganda utilizados, es imposible que ocurra en la dirección contraria.

EEUU se ha apropiado del reggaeton como fuente de recursos monetarios, invisibilizando a la mayoría de artistas de los países autóctonos donde se practica el género en favor de los suyos propios hibridándolo con el pop, pero los artistas de esos países no pueden hacer lo mismo: aunque secuestraran el pop industrial americano, no conseguirían los mismos resultados para su país: al carecer de los medios de producción necesarios, no llegarían al público suficiente como para lograr su objetivo. Nunca sonarían ni llegarían tan lejos como la industria del entretenimiento americana. O no lo harán si no vienen previamente apadrinados por esa misma industria.

Algo que explica, por ejemplo, por qué todo el mundo canta en inglés o porqué sólo parecen existir series y películas americanas. El imperio norteamericano impone una uniformidad cultural a través de la cual legitima su posición como figura dominante en el escenario geopolítico. En ese uso de poder blando radica la crítica principal a la apropiación cultural. Porque ya no es utilizar los símbolos de otra cultura ajena a la nuestra, sino aprovechar las diferencias en los medios de producción para enriquecernos, económica o artísticamente, a costa de una cultura ajena.

Y por eso el blackface está mal visto. Por eso se exige que en películas cuyos personajes son asiáticos, árabes, latinos, transexuales o discapacitados se utilicen a actores que sean igualmente asiáticos, árabes latinos, transexuales o discapacitados. Porque la apropiación de su cultura, entendiendo aquí cultura en un sentido amplio de identidad colectiva, sirve para crear la falsa sensación de integración de esos colectivos, pero sin darles la posibilidad de generar por sí mismos un valor económico o social. Es decir, se les reivindica en imagen, pero no se les permite acceder a ningún puesto de poder.

El problema de la apropiación no es la apropiación en sí, es que se da en un contexto de desigualdad terrible. Cuando EEUU populariza el reggaeton produciéndolo ellos mismos o Hollywood produce una película donde cambia a la protagonista asiática por una occidental no está legitimando la cultura de latinos o asiáticos, se la está apropiando para su propio beneficio. Les está robando su potencial fuente de riqueza.

Los límites de la apropiación

¿Significa eso que toda apropiación esté mal? Como ya hemos dicho, todo depende del contexto. Está sujeta a crítica siempre que se dé en una relación asimétrica, pero es perfectamente legítima en relaciones entre iguales. El problema es que delimitar esa asimetría es, en ocasiones, realmente difícil.

En términos geopolíticos es fácil entender la asimetría que se da entre EEUU y toda Latinoamerica, en relación a la música pop o a cualquier otra cosa, pero es mucho más difícil de percibir cómo se da esa relación en términos de EEUU en relación con Europa. O entre los países desarrollados de Asia. ¿Hasta qué punto es apropiación cultural que Corea imite los usos y costumbres del entramado empresarial de las idol japonesas? Y dada la pasión desaforada que despierta el wuxia y la cultura china clásica, ¿cómo de legítimo es que Japón use constantemente fórmulas heredadas del taoísmo y ambientaciones derivadas de la época de los Tres Reinos Combatientes? En este último caso, con un problema añadido al debate: la historia antigua de Japón está marcada por la influencia cultural China, que puede ser leída a su vez como una forma de imposición imperial.

Al final el problema es que los límites son poco claros. ¿Es ofensivo el uso de rastas por parte de personas blancas? Si consideramos que estas suelen estar asociadas con personas de color, es posible, pero si consideramos que es un peinado relativamente corriente a lo largo de la historia de la Humanidad, incluido entre nuestros antepasados los griegos -como demuestran las esculturas de kuros-, el debate se vuelve turbio y muy difícil de sancionar. Pero eso no significa que sea imposible. Sí hay ciertos patrones que es posible elucidar como estrictamente negativos.

Apropiación cultural implica siempre relación de poder y borrado de identidad cultural o étnica del otro. Nunca inspiración o réplica sin prestigio añadido. Si se replica, pero el prestigio deviene de la condición prestigiosa de lo replicado, entonces no hay apropiación; este es el caso del Renacimiento o Japón con respecto de la cultura china. Si se inspira en ello, pero no se replica, entonces no hay apropiación; este es el caso de Corea con las idols y de Picasso con el arte africano. Si se replica, y pasa de ser considerado menor a ser bien valorado (económica o socialmente), entonces es apropiación cultural; y aquí metemos tanto el blackface como el reggaeton o cualquier forma de whitewashing, de hacer pasar por un invento blanco o algo propio de blancos lo que en origen no lo era.

Si han existido claras relaciones asimétricas entre grupos sociales, y además ha existido una opresión sistemática hacia ese grupo, entonces hablamos de apropiación cultural.

Partiendo de esa premisa podríamos decir que la cuestión yace finalmente en la sensibilidad. En tener un poco de cuidado. Aunque la apropiación sea el pan nuestro de cada día, es importante considerar siempre la clase de relaciones existentes en el intercambio cultural e intentar evitar minar aquellas que van contra los intereses de grupos oprimidos. Es decir, no apropiarse tal cual de los símbolos culturales de los otros, menos aún cuando esos mismos grupos sociales no se ven igualmente reconocidos por el uso de los mismos códigos.

¿Te ha gustado este artículo? Puedes colaborar con Canino en nuestro Patreon. Ayúdanos a seguir creciendo.

Artículos Promocionados

Loading...

Publicidad