De ‘Tiburón’ y ‘La jungla de cristal’ a ‘Megalodón’ y ‘El rascacielos’: ¿acaso el blockbuster ya no es lo que era?

Hace poco menos de un mes se estrenó en España El rascacielos, y ahora llega a las pantallas otra película de título aún más ilustrativo con respecto a su caudal testosterónico: Megalodón. Dwayne Johnson y Jason Statham protagonizan cada una de ellas, pero parece que su atractivo no ha sido suficiente para venderlas, y la publicidad se remonta las míticas La jungla de cristal y Tiburón. ¿Una elección caprichosa, o realmente tienen algo que ver?

Este artículo incluye spoilers leves de El rascacielos y Megalodón. Que tampoco es que importe demasiado, pero avisados quedáis.

Es obvio que no estaba en la intención de los responsables de El rascacielos y Megalodón replicar la magia de esos referentes clásicos –La jungla de cristal (1988) y Tiburón (1975), respectivamente- a la hora de redondear sus propuestas. De hecho, incluso antes de echarles un vistazo que vaya más allá de los tráilers, cargados de spoilers y capaces por sí solos de dinamitar las escasas sorpresas genuinas de las películas prometidas, resulta inevitable situar este desesperado intento de identificarse con fenómenos culturales del pasado en un afán tan parasitario como cínico, que trasciende la propia práctica del dar gato por liebre. Sobre todo, porque ni la una ni la otra pierden el tiempo en admitir que sí, son liebres, pero que han visto las mismas películas que tú, las aman de forma similar, y van a tejer en torno a ellas un homenaje a la altura. O algo así.

Otro tema ya es querer tejer simbolismos más allá de dos films que pché, no están mal, hay cosas peores, en torno al particular contexto en el que han nacido. Y éste es un año, 2018, donde ya se ha comprobado que nos gusta más que nunca ver monstruos destruyéndolo todo, que un blockbuster de autor puede ser originado a partir del lado más oscuro de la cultura popy de, efectivamente, sus logros pretéritos y arraigados en el imaginario colectivo-, y que el éxito de Vengadores: Infinity War sólo está empezando a cambiar las leyes del cine comercial. ¿Suponen El rascacielos y Megalodón, dirigidas por Rawson Marshall Thurber y John Turteltaub, el enésimo alegato por tiempos más sencillos, donde las superproducciones podían seguir su camino sin necesidad de recurrir de forma constante a la hemeroteca?




Lo cierto es que no. Tanto El rascacielos como Megalodón son nada más y nada menos que los productos descerebrados que todos nos imaginamos -y esperamos-, pero eso no quita que a través de sus andamiajes narrativos, escénicos y financieros podamos extraer algunas conclusiones muy reveladoras acerca del estado del blockbuster actual. Que sí, todo apunta a que éste ya no es lo que era, pero profundicemos, y nada mejor en este sentido que empezar por la pregunta primordial: ¿por qué dos películas con Jason Statham, The Rock, un tiburón gigante y un edificio de 225 pisos a bordo… son tan rematadamente sosas?

Cómo malentenderlo todo

El principal problema del que parten tanto El rascacielos como Megalodón es que ambas están al corriente de la relevancia histórica de La jungla de cristal y Tiburón, así como del poso que cada una de ellas ha dejado en el público, pero la consiguiente reverencia a su legado no implica, necesariamente, que entiendan las cosas que hicieron grandes a estos films y los convirtieron en clásicos. De hecho, el esfuerzo de ambas por replicar algunas de estas características es de lo más evidente, e incluso llega a ser entrañable por cómo no acaban haciendo otra cosa que tirar del calco acrítico, quedándose en la superficie.

Bastan sólo dos minutos desde que te dan el carné de cinefilillo para que puedas gritarle a todo aquel que te quiera escuchar aunque casi mejor si no quiere-, que el secreto del éxito del Tiburón de Steven Spielberg empezó a fraguarse cuando éste, metido hasta las cejas en un caótico rodaje, se preguntó qué haría Alfred Hitchcock si estuviera en su lugar. Y, en consecuencia, optó por disimular los problemas técnicos que daba el tiburón mecánico en base a no mostrarlo hasta pasada una hora y pico de película. Hasta entonces, planos subjetivos, música machacanervios de John Williams, y escenas diseñadas para que creas haber visto algo aunque realmente no haya nada. Así nació el terror, y más o menos así se convirtió Tiburón en una obra maestra, animando a John Turteltaub a plantear el metraje de un modo similar.

El problema, claro, no es tanto que el público sea distinto al de 1975, como que el marear la perdiz con un monstruo enorme y prehistórico de CGI pues, sí, es bastante más ingrato. El Megalodón susodicho no asoma el morro de forma completa y diáfana hasta pasados demasiados minutos, sin que hasta entonces haya habido ningún suspense debido a la complicada gestión de las dimensiones del pez -amén de una costumbre bastante inexplicable de lanzar cabezazos en vez de mordiscos-, y a la ridícula escasez de gore, que parece ser responsabilidad directa de los productores y motivó la salida de Eli Roth ante la imposibilidad de conseguir una calificación R. Y Dios nos libre de quejarnos de que Jason Statham sea el protagonista de algo, pero su inclusión en la trama tampoco ayuda a incrementar esta sensación de peligro, logrando que su duelo con el monstruo se parezca más a una lucha entre superhéroes que al desesperado combate del hombre contra la adversidad cuasi demoníaca que mostraba el final de Tiburón.

Megalodón, su primo hipervitaminado, no tiene bastante con copiar los detalles más llamativos del discurso spielbergiano -o incluso escenas completas, como aquélla que sitúa a uno de los personajes en una jaula submarina- sin preocuparse por contextualizarlos o adaptarlos a sus propias necesidades, sino que también tiene el descaro de ir más allá de la entrega inaugural de la saga del tiburón blanco para reflejarse en Tiburón 3: El gran tiburón (1983), y remasterizar la única secuencia decente del film de Joe Alves. El angustioso metraje transcurrido en el Mundo Marino, disfrutado por su público original en glorioso 3D, aquí se reduce a la pequeña Meiying (Shuya Sophia Cai) observando fascinada las fauces del monstruo con la única separación de una pared de cristal… que nunca llegará a romperse, porque el bueno de Meg -le llamaremos Meg a partir de ahora- tiene suficiente con hundir un poquillo los colmillos en la construcción y largarse por donde ha venido. En efecto, la hipertrofia que padece la película de Turteltaub, y que de forma tan natural la predispone a los despiporres de la serie B, como analizaremos después, impide cualquier viso de inquietud o terror, pero eso no significa que haga lo mismo con la vertiente más festiva del asunto. Y no sólo porque esté Jason Statham lanzando one liners con la maestría que habitúa.

Tanto Tiburón como Megalodón –qué inextricable placer produce decir sus títulos uno detrás de otro- encuentran su momento más efectivo en una playa llena de bañistas a punto de servir de merienda al bicho de turno, y cuyo culmen emocional está constituido por un perro llamado Pippin (o Pippet), perdido entre toda la marabunta de gente y extremidades amputadas. Como vemos, la escenografía es la misma más allá de que los bañistas del film de Turteltaub sean chinos, pero el tono es radicalmente distinto: mientras que en Tiburón la secuencia obedece a presentar en sociedad oficialmente al escualo -y a constatar la obscena habilidad de Spielberg para dejarnos sin uñas-, en Megalodón se convierte en la escena más abiertamente cómica de la función, gracias tanto al mencionado Pippin como a la visualización de las muertes, por supuesto carente de sangre pero poseedora de una retranca y un espíritu slapstick que no le habría venido nada mal al resto de la obra.

No hay indicios de esta subversión del lenguaje en El rascacielos, sin embargo, siendo ésta una reformulación de La jungla de cristal aún más estática y naïf que la examinada en Megalodón. Dirimir el secreto del éxito del celebradísimo film de John McTiernan aparenta ser tan sencillo como con el de Spielberg, y más o menos igual de fácil de replicar: soslayando su respaldo dramático, el film de 1988 prefiere dejar de lado set-pieces específicas que quiten el hipo en favor de un clima de acción constante, intensificada por la vulnerabilidad y calvario físico de John McClane (Bruce Willis). Esta estructura origina la principal razón de que La jungla de cristal sea con mucha probabilidad la película más entretenida de todos los tiempos, pero obviamente es bastante difícil de replicar por mucho que se recurra a mimbres similares. Y, ni que decir tiene, El rascacielos no lo consigue.

Aunque, hay que decir en su descargo, tampoco es que lo intente con mucha convicción. La acción del film de Thurber se divide en secuencias concretas y bien separadas unas de otras, aunque ahonden en las mismas claves que la obra de McTiernan: un hombre normal sacando lo mejor de sí mismo ante la adversidad. Aceptando renuentemente que Dwayne Johnson sea un hombre normal y no pertenezca al mismo panteón de semidioses que Statham, la visualización de Will Sawyer escalando una grúa a pelo o dándose un paseo por la fachada del edificio consigue igualmente increpar al espectador y que éste empatice de forma visceral con lo sucedido en la pantalla. En La jungla de cristal sentíamos una profunda satisfacción viendo cómo McClane (a estas alturas, nuestro McClane) conseguía superar cualquier obstáculo con valentía y esfuerzo. En El rascacielos, por el contrario -y centrándonos en la escena de la grúa, que junto con ese momento de Fast & Furious 7 (2015) en el que revienta un cabestrillo sacando molla identifican inequívocamente la figura de Johnson-, lo que sentimos son unas ganas locas de irnos corriendo al gimnasio más cercano.

La herencia del clásico referenciado es mucho más liviana dentro de El rascacielos, lo que si bien permite que la película pueda volar algo más libre, hace flaco favor a la experiencia emocional que busca. Por un lado, porque los villanos carecen del encanto cabrón y sofisticado de Hans Gruber (Alan Rickman), y por otro, porque los intentos de inyectarle a Sawyer una cercanía à la McClane se quedan en agua de borrajas. Da igual que tenga una pierna ortopédica subrayando su indefensión, o que su costumbre de solucionarlo todo con una cinta adhesiva lo vincule férreamente con ese padre apañao que te arregla la bici: al final el espectador se queda con que, cuando Sawyer ha de curarse las heridas, la escena se parece más a Terminator (1984) que a McClane sacándose un cacho de cristal de sus pies descalzos.

Tal parece que los deficientes recursos emocionales de Megalodón y El rascacielos dan cuenta de una flagrante deshumanización en el blockbuster del siglo XXI, pero quizá no sea así del todo: ha llegado el momento de hablar de la masculinidad. Esa vieja amiga.

Lucky there’s a family guy

En La jungla de cristal, hetairas y pin-ups problemáticas: una queja -uno de los estupendos ensayos que componen La revolución feminista geek, de Kameron Hurley-, la autora establece preventivamente que le encanta la película de John McTiernan, que se ve en la obligación de revisarla cada año, y que tiene uno de los guiones más perfectos jamás escritos, para a continuación detenerse en dos momentos específicos de la obra que siempre le han incomodado: uno es cuando McClane repara en una mujer desnuda tras las ventanas del edificio de enfrente, y otro encuentra al atribulado policía deteniendo durante unos segundos sus correrías para fijarse en un calendario con tías en bolas que cuelga de las paredes del Nakatomi Plaza. “Creo que estas pequeñas alusiones, que le muestran participando en la cosificación ‘normal’ de la mujer, están pensadas para ser reconfortantes”, reflexiona acertadamente la escritora estadounidense.

Obviamente, La jungla de cristal va de una reconciliación amorosa, y de un tipo orgulloso que aprende a comunicarse con su amada en medio de una tormenta de fuego y frases icónicas destinadas a iluminar el futuro pop de la humanidad. Pero, también, La jungla de cristal va de un hombre -el último tipo duro, para más señas- que se encuentra en una situación crítica, donde la fuerza bruta y el ingenio veloz son las únicas bazas para sobrevivir, la forma idónea de reafirmarse como cazador y protector frente a una mujer independiente (Bonnie Bedella), con su propio lugar de trabajo, que además se niega a usar su apellido. Holly Gennaro, tiene la desfachatez de pretender llamarse. “John McClane no es sólo un poli con recursos para proteger a su mujer del peligro real”, escribe Hurley; “también es un tipo de sangre caliente con impulsos sanos y lujuriosos hacia las mujeres”. Había poco de esto en Nothing Lasts Forever, novela de Roderick Thorp en la que se basaron los guionistas Jeb Stuart y Steven E. Souza -y donde McClane era un policía sesentón que debía proteger a su hija en lugar de a una esposa respondona-, pero La jungla de cristal iba a estrenarse en plena década de los ochenta, momento de emancipación laboral para las mujeres y escenario de una nueva revolución feminista, y era inevitable que la correspondiente psicosis masculina se filtrara en los elementos fundamentales del guión.

Afortunadamente, no hay ni rastro de dicha psicosis en El rascacielos, dándose por superada de formas muy variadas y, para qué negarlo, hermosas. Will Sawyer era un policía como McClane, pero un error fatal acabó dejándolo sin pierna y fuera de servicio hace tiempo, provocando que debiera dedicarse a ese trabajo más cerebral y menos tendente a los sopapos -supervisor de medidas de seguridad- que el desencadenante de la trama de El rascacielos le pilla practicando. De forma torpe, Thurber se sirve de este trauma para darle algo de empaque al posterior clímax, sin darse cuenta de que no era en absoluto necesario para que el reseñado prólogo continuara siendo significativo. Y es que resulta que dicho trauma no es tal: el bueno de Sawyer se muestra agradecido de que le pasara algo así. “Me vi obligado a dejar ese mundo atrás, pero sin esa mala suerte no habría conocido a Sarah”, reflexiona en los compases iniciales de El rascacielos, confirmando a un espectador pillado a contrapié que se encuentra guay. No echa en falta la acción, ni añora las hostias. Está bien con las movidas de seguridad. Quizá no sean tan emocionantes como los tiros y las escaramuzas con terroristas, pero hey. Gracias a esa lesión por la que acabó enfundándose su preciada pierna ortopédica -a la cual da un beso en un instante del film que sólo podemos describir como catártico- conoció a Sarah (Neve Campbell), y tuvo dos hijos a los que adora.

Son incontables y probablemente excesivas las veces en que Sawyer le dice “te quiero” a algún miembro de su familia, y de esta forma el protagonista de El rascacielos se erige, más allá de los músculos y la capacidad para dejar atrás corriendo a las autoridades chinas sin parar de cojear, como un hombre mucho más sano y relajado que McClane. Cuando el policía que todos amamos se encontraba superado por la situación necesitaba desahogarse con chistes gruesos que reafirmasen su masculinidad -como el canónico “9 millones de terroristas en el mundo y se me ocurre matar a uno que tiene pie de mujer”-; frente a ello, lo único que hace Sawyer es encogerse de hombros y seguir adelante para salvar a su familia, sin intereses más profundos que ésos. En consecuencia directa, no hay modo de que funcionen las tímidas insinuaciones de una amistad estrecha entre Sawyer y uno de los policías que sigue sus aventuras: en La jungla de cristal la relación de McClane con el sargento Powell (Reginald VelJohnson) tenía mucho de sucesión de confesiones, de reunión privada de colegas para poner verdes a las ex, ¿y qué corcho iba a contar Sawyer que dejara en mal lugar a Sarah, que además cuenta con sus propias escenas de acción y todo?

El desdén que muestra El rascacielos hacia los significantes socioculturales tóxicos de La jungla de cristal es tan encomiable como, en más de un sentido, arriesgado a la hora de manufacturar un conflicto efectivo, y quizá encuentra el rasgo más claro en la relación de Sawyer con Ben (Pablo Schreiber), antiguo compañero policía. Tal y como se ha esbozado, los recelos del guión hacia la amistad masculina/heterosexual eran demasiado acusados como para emular la dupla McClane/Powell, pero lo que sucede con Ben es especialmente tocho. Nada más aparecer, se muestra escéptico ante las bondades familiares que le describe Sawyer, proyectando sus ojos suspicaces la palabra “calzonazos” en cuanto el personaje interpretado por Johnson asegura que se alegra de haber dejado esa vida. Y, escasos minutos después, resulta ser uno de los cerebros tras el asalto al edificio que vehicula la trama y, por tanto, un traidor que ha de ser eliminado por Sawyer seguidamente a revelar su impostura. ¿Una mala decisión narrativa, al dejar a gran parte del metraje de El rascacielos sin un villano al que el prota se vea vinculado emocionalmente? Sin duda. ¿Una medida admirable en tanto a fortalecer las íntegras convicciones de nuestro amigo Sawyer? Pues oye, también.

Volviendo a la dupla Tiburón/Megalodón, nos encontramos con un caso igualmente interesante, aunque esta vez debamos ir algo atrás y examinar el manuscrito del que parte la película de Spielberg. El Tiburón original es una novela de Peter Benchley publicada en 1974 que no sólo se limita a ser excepcionalmente mala, sino que perfila una masculinidad muchísimo más agresiva que la tratada en La jungla de cristal. Martin Brody es un tipo de pueblo que odia a los hippies y cuyo mayor problema no es que un tiburón blanco se esté zampando a los turistas de Amity, sino que el científico que ha venido a interesarse por la criatura también lo esté, y mucho, por su mujer Ellen (Lorraine en su versión cinematográfica). Al montarse en el barco junto a Quint y Matt Hooper no deja de sospechar que su esposa le está poniendo los cuernos con este último -un blandengue fulminado por el tosco pragmatismo de Brody-, y dichas tensiones estallan cuando Quint les propone que los tres hagan como hacen los hombres y se pongan a hacer tiro al blanco con latas de cerveza.

Hooper se niega, por supuesto, y entre unas cosas y otras Brody acaba intentando estrangularlo, aunque el tiburón no tardará en hacer justicia por él. Cuando Hooper sugiera estúpidamente meterse en una jaula submarina para hacerle fotos centíficas al pez, y éste se lo cargue como era de esperar, Brody no sólo será vengado, sino que encontrará el ánimo necesario para convertirse en una fuerza de la naturaleza equiparable al escualo -desterrado ya cualquier rastro de intelectualidad-, y acabar derrotándolo tras un combate entre iguales. Sí, un poco a la manera de Statham con Meg.

El conflicto naturaleza vs civilización era sin duda lo más interesante del libro de Benchley -aunque haya sido tratado de un modo infinitamente menos garrulo a posteriori-, pero difícilmente iba a suponer algún atractivo para Spielberg, empeñado en hacer una sencilla película de aventuras, así que éste decidió llevarse los personajes a su terreno para hacerlos más simpáticos y humanizar la trama. Con la inestimable colaboración de Carl Gottlieb, el Brody cinematográfico se convirtió en un buen tipo, un currante, que eliminada la trama de la infidelidad no tenía otra cosa que hacer que amar a su mujer y realizar su trabajo lo mejor que pudiera.

Este cambio conducía a que el prota, aunque fuera interpretado por Roy Scheider -quintaesencial sicario inexpresivo, y con papeles en películas de los setenta como The French Connection (1971) o Marathon Man (1976), en los que Jason Statham no habría desentonado-, se situara como un punto intermedio entre la bisoñez de Hooper (Richard Dreyfuss) y la brutalidad de Quint (Robert Shaw), y que el trío de personajes funcionara mucho mejor en pantalla, como atestigua el memorable diálogo en torno al USS Indianápolis. Además de todo esto, Hooper no moría al final y el tiburón blanco carecía del subtexto reaccionario de Benchley, limitándose a ser una amenaza de tonos míticos contra todo lo que Brody amaba.

Escenas como la del protagonista pidiéndole a su hijo que le dé un beso no sólo resumen por sí solas la carrera de Spielberg, sino que también hacen gala del furioso sentimentalismo que guiaría al blockbuster en tanto a producto multitudinario, e inauguran un ecosistema familiar, para todos los públicos, del que Megalodón no intenta zafarse en ningún momento. Por mucho que Jonas Taylor, el personaje que interpreta Statham, empiece la película con un asunto no aclarado con su ex-mujer (Jessica McNamee), esto no acaba llevando a ningún sitio, en favor del vínculo paternofilial que empieza a desarrollar con Meiying -hay pocas cosas más excitantes que ver a Statham haciendo de padrazo-, y la relación abiertamente amorosa que le une a la madre de ésta, Suyin (Bingbing Li).

Son estos sentimientos, además del sempiterno compromiso por el trabajo bien hecho que nos retrotrae al jefe Brody, los que verdaderamente guían a Taylor y, por esto mismo, la inclusión de un prólogo en el que éste desarrolla una fijación mobydickiana por Meg es tan engañosa como el falso trauma del personaje de Dwayne Johnson en El rascacielos. Jonas Taylor y Will Sawyer son, finalmente, figuras de acción monolíticas cuyo principal background no es un guión rico en conflictos, sino cuarenta años de blockbuster que los contemplan y que, sorpresa, han de enfrentarse a un repentino cambio en las reglas del juego.

Con China hemos topado

No corresponde aquí describir los tejemanejes culturales que ahora mismo mantienen EE.UU. y China —aunque éste es un buen sitio donde informarse—; para lo que nos interesa, baste con decir que los norteamericanos tienen grandes deseos de exportar sus productos a este país en concreto, y que siendo posibles por ley sólo 34 títulos extranjeros cada año, la competición es encarnizada.

El rascacielos se ha preocupado de que sus opciones sean considerables incluso más allá de estar producida por Legendary Pictures, empresa adquirida por la megacorporación china Dalian Wanda Group en 2014; y es que además de estar ambientada en la propia China, y de en directa consecuencia poder permitirse que la Perla sea una sofisticada construcción con desbarres tecnológicos propios de una ciencia-ficción pochísima, los oriundos del lugar hacen bastante más que aplaudir sin freno a The Rock una vez consigue saltar de la grúa al rascacielos -en una escena, por otro lado, sumamente reveladora-. La Perla es el proyecto personal de Zhao Long Hi (Chin Han), un excéntrico millonario que en cualquier otra película sería el responsable oculto tras el secuestro del edificio, pero que en El rascacielos asume un comentario metafílmico de lo más cachondo. El guión de Thurber -sí, porque también escribe, y es que puedes hacer todo lo que te propongas si tienes un nombre como Rawson Marshall Thurber- parece perfectamente consciente de que Zhao va a contar con la antipatía del público desde el principio, y por eso se empeña en que actúe de forma sospechosa cuando da inicio la debacle negándose a tomar las precauciones aconsejadas por sus socios, y se insinúa un vínculo pasado con el líder de los delincuentes. Cuando parece traicionar a Sawyer la reacción natural del público es un “ya lo sabía yo”, pero cuando segundos después revela que todo consistía en un plan para ayudarle a salvar a su hija, este mismo público abriga cierto sentimiento de culpabilidad, y la simpatía hacia este personaje llega con mucha más potencia que cuando Sawyer asegura que mudarse a dicho país con su familia ha sido la mejor decisión posible.

¿Qué sucedía, treinta años antes, en La jungla de cristal? Pues que la acción se emplazaba en Nueva York, pero el edificio asaltado, el icónico Nakatomi Plaza, era igualmente de mano de obra asiática. Eso sí, japonesa en este caso, y con el pequeño detalle de que  ninguno de los hombres poderosos encargados de salvarlo de los ladrones europeos compartía esta nacionalidad: por supuesto que esa misión era sólo de McClane, y de sus cojones morenos. El norteamericano de pura cepa salvaba simbólicamente a Japón, y en un contexto histórico tan relevante y ligado al argumento como la anteriormente mencionada llegada de las mujeres al escenario laboral. Y es que, según la década de los ochenta se consumía, también lo hacía el temor de que Japón se convirtiera algún día en la superpotencia que hiciera peligrar la hegemonía de EE.UU., afrontando este país una crisis económica y una década perdida que jamás llegaría a apartarle del influjo del gobierno norteamericano. La jungla de cristal de John McTiernan, por tanto, no sólo refrendaba el poder del hombre blanco heterosexual de “sanos impulsos lujuriosos”: también hacía lo propio con la preponderancia de los EE.UU. en todo el mundo.

Tiburón, en tanto a suponer para muchos el primer blockbuster, también arrasó en un contexto donde nadie podía negar la supremacía cultural norteamericana. Surgida en ese Nuevo Hollywood que trataba de modificar el sistema de estudios lo justo para reemplazar a los viejos ejecutivos por sangre joven que acabara haciendo básicamente lo mismo, las peculiaridades en la génesis del film de Spielberg -llámense peculiaridades, llámese un sindiós de rodaje del que se preveían pérdidas millonarias- forzaron a los distribuidores a probar estrategias inéditas y consideradas kamikazes para la época, como el estreno simultáneo en varias salas o el empeño en perfilar un target esencialmente adolescente. Además, claro, de la inclusión de los aires acondicionados en las salas de cine. Eso sí que fue un puntazo, la inclusión de los aires acondicionados en las salas de cine, y probablemente la herramienta más decisiva a la hora de manufacturar un blockbuster veraniego: el primero de todos, y de los muchos que vendrían y reforzarían la influencia de la industria hollywoodiense.

Pero claro. Tanto El rascacielos como Megalodón surgen en un ambiente donde dicha proyección está empezando a ponerse en entredicho y es necesario cosechar simpatías más allá de las norteamericanas: ésas que, hasta hace muy poco, servían como aglutinante mundial. Lo que no quita, centrándonos en la película de Jason Statham, que ésta no se atreva a mostrar cierta ambivalencia, o al menos un leve sustrato travieso, ante sus posibilidades de exportación. El atractivo hallado en la mencionada escena de la playa radica, a fin de cuentas, en el homicidio de varias decenas de civiles chinos, e incluso se deja caer algún chiste sexual que otro -reduciendo drásticamente las opciones de venta-, lo que en ocasiones deja entrever que, de tan asfixiada por los límites autoimpuestos, en el film se persigue un espacio para cierta rebeldía, aunque ésta, en directa proporción a la diversión que llega a deparar, sea más anecdótica que otra cosa.

El propietario de la instalación marítima no es chino, como sucede en El rascacielos, sino que posee los rasgos de Rainn Wilson y se esfuerza en cada escena por mostrar su mezquindad y la escasa consideración que le merecen tanto las criaturas marinas como las humanas. Sin asomo de dudas, detenta el imprescindible papel de personaje repelente que deseamos que se coman el primero, y además queda claro desde el minuto uno que no es más que un ridículo socio capitalista: el auténtico emprendedor es Zhang (Winston Chao), responsable intelectual, padre de Suyin y abuelo de Meiying. Los buenos, por decirlo de la forma más simplista, vuelven a ser los chinos por mucho que Statham que lance los mamporros elementales: éste sólo es un aliado ecuánime y conciliador, la cara más visible del romance chino-estadounidense, y del empeño en caer simpática por parte de una maquinaria a la que nadie parecía poder parar en 1975, pero que ahora debe recurrir a otras estrategias para seguir rindiendo.

No obstante, hay otros problemas más acuciantes para el blockbuster hollywoodiense, como supone su sumisión a la temida posmodernidad, al hedor del “esto ya se ha visto”. Y es en su empeño por sortearla cuando El rascacielos y Megalodón sufren las derrotas más aparatosas.

Siempre nos quedará la serie B

Tanto el film de Thurber como el de Turteltaub han debido bregar a lo largo de su desarrollo con un panorama muy complejo y, por supuesto, distinto a aquéllos que vieron nacer La jungla de cristal y Tiburón, películas muy aplaudidas por el público que, además de ganar dinero, introducían nuevas imágenes en la memoria popular. No es mi intención insinuar que en 2018 el cine comercial se haya quedado oficialmente sin ideas -dicho argumento produce más pereza que otra cosa-, pero obviamente Universal y Warner Bros. han pensado que el escenario era lo suficientemente hostil como para que subordinarse a unos supuestos referentes primigenios fuera el mejor modo de salvar los muebles. Con la coartada del homenaje, buscado explícitamente por la primera compañía al lanzar una serie de carteles con Dwayne Johnson sustituyendo a Willis en el legendario póster de La jungla de cristal, se apuntaban a la moda nostálgica y defendían su atractivo con gran énfasis. Sí, venimos de películas que os encantan, y que nos encantan a nosotros también. ¿Cómo vamos a caerte mal?

El problema es que este supuesto homenaje ha acabado siendo, pese a las jugosas connotaciones captadas a lo largo del artículo, finalmente superficial, casi falso. A efectos argumentales, El rascacielos tiene más cosas en común con El coloso en llamas (1974) -el fuego como principal amenaza, y la presencia de un arquitecto compungido en el drama- que con La jungla de cristal, e incluso la propia imaginería de la película de John Guillermin e Irwin Allen se antoja igualmente insuficiente. La escasa inventiva depositada en las andanzas de Sawyer una vez entrado en la Perla requiere buscar nuevas formas de que la acción siga sorprendiendo, o en todo caso siendo familiar para el público, y el guión de Thurber desvela sus auténticas carencias durante el clímax, situado en una sala de espejos con los fantasmas de Orson Welles (La dama de Shanghai, 1947), Bruce Lee (Operación Dragón, 1973) y Woody Allen (Misterioso asesinato en Manhattan, 1993) sintiendo mucha vergüenza ajena.

Este inesperado vínculo con un cine incluso anterior a los primeros coletazos de blockbuster no se debe tanto a un impulso desmitificador en la obra de Thurber como a una condición de fagocitador cultural incrustado en el mismo ADN de El rascacielos, y que como última consecuencia, en tanto a tener a una mujer involucrada en la acción por culpa de su marido pero sin hacerle ascos a coger un arma, tiende un sorpresivo puente con la fallecida Anna Nicole Smith, la serie B, y una película terrible conocida como Infierno de cristal  (1996) en nuestro país, y titulada Skyscraper en EE.UU. Sí. Exactamente igual que el film protagonizado por Johnson.

Siendo la vocación ultrabarata de El rascacielos más accidental que otra cosa, el centrarse en Megalodón sin echarle un vistazo a las películas de menor presupuesto y pretensiones es inevitable. No sólo porque el estreno de Tiburón en 1975, paralelamente a la concepción de blockbuster, proveyera a la serie B de las directrices suficientes como para esculpir un nuevo subgénero -básicamente, monstruos gigantescos que comen gente-, sino porque la propia historia del proyecto de Meg es inseparable de los videoclubs y los catálogos de Syfy. Y así, más que la muy sofisticada y reciente Infierno azul (2016), el film clave para entender Megalodón resulta ser Deep Blue Sea, dirigido en 1999 por un Renny Harlin que, precisamente, ha sido de los primeros artesanos de la industria en darse cuenta de las posibilidades que ofrece China.

Megalodón, como Tiburón, procede de una novela de dudosa calidad con el mismo título, y ésta lleva desde su publicación en 1997 con su autor Steve Alten empeñado en que sea filmada. Proyecto inicialmente comprado por Disney, la proximidad en el tiempo con Deep Blue Sea -beneficiada por cierto culto de mercado doméstico en años posteriores, pero que a su estreno recibió unas críticas nefastas- desaconsejó el inmediato rodaje del film, y así fue como una coyuntura que jamás habría frenado a la serie B dio paso a años y años del proyecto cambiando de manos, llegando a interesarse por él desde Guillermo Del Toro a Jan De Bont. Mientras, en 2002 se llegaban a producir hasta dos películas protagonizadas por un Megalodón, Megalodon y la indescriptible Shark Attack 3: Megalodon, y en 2013 daba inicio el fenómeno Sharknado abanderando la asimilación de la serie B -aunque ésta fuera más de boquilla que otra cosa- a manos de un público mayoritario con ganas de farra.

Como resultado de esta espera, extenuantemente prolongada mientras a su alrededor el mercado no dejaba de cambiar, la Megalodón hollywoodiense se ha convertido en una película avergonzada de sí misma, incapaz de nutrirse a efectos prácticos de esta encantadora forma de hacer cine, y sumida en una batalla perdida de antemano por ser un blockbuster en la estela de Tiburón, cuando simplemente no es que ahora fuera imposible, es que nunca había dejado de serlo. Y llegados a este punto, no deja de suponer una especie de justicia poética que el mismo mes de su estreno The Asylum -productora responsable tanto de los Sharknados como de la saga de los tiburones con un número creciente de cabezas– haya lanzado Megalodon, un plagio de orgulloso bajo presupuesto y, probablemente, mucho más libre que la película de Turteltaub. Que dicha película esté protagonizada por Michael Madsen -actor con mayor prestigio artístico del que Statham tendrá nunca, o querrá tener- no hace más que reafirmar los extrañísimos y apasionantes tiempos que los blockbusters están viviendo.

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